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EMDR Sanando la pandilla que vive adentro

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SANANDO
A LA PANDILLA
QUE VIVE ADENTRO
 
 
Cómo el EMDR puede
sanar nuestros roles internos
de Esly Regina Carvalho, Ph.D
 
 
 
Índice
Prefacio ...
La Metáfora del Trauma: Recuerden a la Mujer de Lot...
El trauma y sus consecuencias...
EMDR – Eye Movement Dessensitization and Reprocessing...
Play of Life y EMDR:Negociando la inter-relación de la Pandilla Interna...
La Sesión de Mariana: Habla la Pandilla Interna...
Conclusiones ...
Sobre este libro...
Acerca de la Autora ...80
Formación e Información...
 
Prefacio
Todos tenemos “personas” que viven adentro de nosotros. Si nos detenemos a
escuchar, podemos oír las “voces” de muchas de ellas. Hay una que nos dice “burra,
burra” cuando nos equivocamos; otra que tiene miedo y nos impide hacer las cosas, la
Miedosita. Algunos tienen un Ansioso para que nadie se queje, que nos hace tomar
pésimas decisiones con la esperanza de acabar con la ansiedad en vez de resolver el
problema con prudencia y sabiduría. Y todos tenemos un Médico Interno.
Todos los días la Pandilla Interna está presente en nuestra vida. Existen
algunos roles que nos resultan evidentes: estamos conscientes de ellos. Sin embargo,
existen otros que rigen nuestra vida sin que nos demos cuenta. El que ocupa el “asiento
del conductor” de nuestra vida es quien toma las decisiones en determinados momentos.
Si nuestro Niño Interno toma las decisiones que debe tomar el Adulto, puede provocar
más embrollos que soluciones.
 
Cierta vez, tuve una paciente que me preguntó si yo pensaba que ella sería
capaz de estudiar una lengua extranjera en otro país. Yo le dije:
- Depende...
- ¿Depende de qué, doctora?
- Depende de quién estudie...
- ¿Cómo así?
- Si va la Adulta, ingeniera, joven capaz y madura, pienso que no habrá
ningún problema de quedarse un mes estudiando afuera. Pero si la que viaja es su
Niña Interna de siete años, que vive agarrada a la falda de su mami, en 24 horas
vuelve a su casa...
-Ah, creo que entendí...
 
Hay roles de los que tenemos conciencia y otros sobre los que debemos poner
atención (o hacer terapia) para entender qué nos pasa. Muchas veces, cuando no
entendemos por qué hacemos ciertas cosas, es probable que algún rol escondido se
haya colado al asiento del conductor de nuestra vida.
Cierta vez, oí decir que en la homeopatía la diferencia entre el remedio y el
veneno es la dosis. Pues con nuestra Pandilla Interna también es así. En algunos casos
extremos, encontramos personas que llegan a tener “personalidades” distintas. (Vamos a
tratar esto más adelante cuando hablemos acerca de la disociación). Esas personas
intentan navegar por la vida sin tener conciencia de algunas otras partes. Aunque son
confrontadas con la realidad de sus actos, no logran recordar lo que hicieron cuando
estuvieron en el otro rol. Esto es muy raro. Lo más común es tener una Pandilla formada
por roles que quedaron bloqueados en su desarrollo mientras crecíamos.
En los últimos años, el énfasis de mi trabajo ha sido ayudar a las personas a
curar sus traumas y recuerdos dolorosos oriundos de situaciones adversas. Cuanto más
trabajo esa cuestión, más me convenzo de que los traumas –los grandes y los
pequeños– van afectando nuestra vida actual y nuestra capacidad de elegir respuestas y
reacciones sabias para las situaciones que enfrentamos todos los días. Fuimos creados
para un mundo perfecto, y realmente no sabemos lidiar con la imperfección, la
violencia, la muerte, el rompimiento de las relaciones interpersonales, la decepción y
la pérdida de nuestros sueños y esperanzas de un futuro mejor.
Espero que este libro pueda esclarecer la existencia de esa Pandilla Interna, la
forma en que sus roles nacen y se desarrollan adentro de nosotros, cuál es la función
que cumplen en nuestra vida y cómo son sus interacciones. Además, trataré de proveer
algunas formas de sanar a aquellos personajes heridos de nuestra Pandilla Interna que
nos impiden vivir plenamente. También aprenderemos a celebrar aquellos que nos
edifican, nos lanzan hacia arriba y adelante, y nos proveen recursos positivos.
Nuestra propuesta es desarrollar una “política de buena convivencia”, pero
ahora con los personajes que viven dentro de nosotros, nuestra Pandilla Interna.
Introducción
 
Este libro fue escrito para que el público en general pueda tomar contacto con
sus roles internos: la Pandilla que vive dentro de nosotros. Por esa razón, he procurado
escribir en un lenguaje sencillo y accesible a todos.
De una manera especial, los terapeutas de Eye Movement Dessensitization and
Reprocessing (Desensibilización y Reprocesamiento por medio de los Movimientos
Oculares - EMDR) podrán sacar provecho de los conceptos psicoterapéuticos que se
presentan aquí y podrán identificar los pasos a seguir de los respectivos protocolos.
Las personas que desean entender qué es EMDR pueden leer aquellos capítulos
primero (EMDR será explicado más adelante y no al inicio del libro), ya que esto
puede ayudarles a entender las observaciones casuísticas que aparecen en los capítulos
iniciales.
Quiero dejar claro que no creo que los roles que representan nuestra Pandilla
Interna sean “personas” internas. La Pandilla Interna es una conceptualización creativa
para ayudarnos a entender nuestros roles y como estos guían nuestros pensamientos,
emociones y conductas. Así pues, se trata de construcciones internas que todos tenemos.
Los casos aquí presentados son verídicos, pero tuve el cuidado de disfrazar
toda la información identificadora. Todos los nombres y datos personales fueron
modificados para proteger la identidad de las personas que comparten sus historias. La
mayoría de estos casos ocurrieron en otros lugares, ya que he vivido y trabajado en
cuatro países diferentes, y he tratado pacientes en muchos otros más.
Siempre elegí nombres distintos para los casos, pero es imposible evitar
nombres comunes. En ningún caso fue utilizado el nombre real del paciente. Mis
clientes (pasados y presentes) pueden estar seguros de que, si encuentran un caso con un
nombre parecido al suyo, ellos no son el sujeto descrito en la viñeta. Cualquier
semejanza entre los nombres de mis clientes y los casos presentados es mera
coincidencia. La esencia de las historias fue mantenida para fines de ilustración de lo
que las nuevas terapias de reprocesamiento pueden hacer en la vida de las personas.
Lastimosamente, en esos relatos la emoción y las expresiones físicas de los pacientes
se pierden en la escritura, pero aún así tengo la esperanza de que puedan tener una idea
de cómo es la sesión, y de la rapidez y el impacto del EMDR.
 
Dicho esto, ¡empecemos a conocer a la Pandilla Interna!
Presentación de la Pandilla
que Vive Adentro
 
Todos tenemos una “Pandilla que vive adentro”. Son nuestros roles internos
que se van desarrollando durante nuestra vida. Esa Pandilla tiene algunos elementos en
común:
1. En primer lugar, la Pandilla Interna existe. Existe de verdad, pero sólo
dentro de nosotros. El Bebé Recién-nacido, el Niño Interno de tres años, la Niña en
Crisis de 13 años, el Adolescente Rebelde, (mi) Madre o (mi) Padre, y el Médico
Interno, son todos roles que de cierta manera vinieron a vivir adentro de nosotros a
través de las experiencias que tuvimos en el transcurso de la vida.
Cada vez que algún incidente se queda emocionalmente mal digerido, o
“archivado” en nuestro cerebro de una manera disfuncional, se forma dentro de nuestra
existencia psíquica (y neuroquímica) alguien de nuestra Pandilla Interna. Estos son
roles que se formaron adentro de nosotros. Esto constituye un desarrollo normal y no
debe sorprendernos.
Ana Emilia: yo tengo la sensación de que vive mucha gente aquí adentro...
así, de la manera que usted habla de la Pandilla Interna. Hay una enorme
Miedosita... ella parece una gatita asustada. Cuando se asoma, me da frio en la
barriga, por el pánico. Estoy segura que no voy a poder enfrentar las situaciones
más sencillas. Cuando se asoma la Adulta otra vez, yo no entiendo cómo fue que
aquella Miedosita pudo tener tanto temor a una situacióntan banal, tan fácil de
resolver. Pero cuando la Miedosita se asoma, no hay nada que la pueda calmar.
Pienso que ella necesita un abrazo, de alguien que le cuide...
Lázara: Tengo una Llorona - ¿Conoce aquel árbol que tiene ramas largas y
parece que llora al lado de los ríos...? ¿Un sauce? Pues... hay una Llorona que vive
dentro de mí. Ella tiene unos 13 años y me contó que en donde vive dentro de mí, no
hay UN adulto cerca…
2. La Pandilla Interna también existe adentro de los otros. ¿Quién no ha
tenido la experiencia de conversar con alguien y de repente tiene la sensación de que
deja de ser aquella persona a la que estamos acostumbrados? ¿Por qué se enfurece
desmedidamente, o hace una escena de celos o se pone frío y calculador, o se porta
como un niño con actitudes bien infantiles...?
Betty me comentaba con una sonrisa en los labios: Imagínate que llegué de
viaje y los nenes que viven adentro de mi marido vinieron toditos a ver qué había
traído en la maleta... y comenzó a quejarse que ¡había traído más regalos para las
otras personas que para él! 
 
 
3. Arrastramos a la Pandilla Interna con nosotros por dondequiera que
vamos. Lo peor es que a veces hay gente asustada adentro, o enojada, o totalmente
perdida, que de repente se asoma. Entonces, puede impedirnos hacer las cosas
importantes que queremos.
Me tomó mucho tiempo entender que el préstamo del banco es solamente
papel, dijo Juan, cierta vez en una consulta. Cada vez que yo tenía que lidiar con
esas cuestiones de alquiler, burocracia, o préstamos de banco, me daba un pánico
total. Yo perdí buenos negocios y hasta vendí un departamento precipitadamente,
porque la ansiedad interna vinculada a estos procesos me impedía tomar buenas
decisiones con tranquilidad. Cuando finalmente entendí que era uno de mis Niños
Internos, el que entraba en acción cada vez que yo tenía que hacer esto, pude
asegurarle que el préstamo era cosa del adulto y que yo, Juan Adulto, iría a
encargarme de ello. En una sesión de psicoterapia con EMDR, pude dimensionar la
ansiedad infantil y transformar la “catástrofe burocrática” en una realidad adulta.
Yo venía de una familia de inmigrantes, donde tuvimos que aprender una lengua
extranjera y todos en casa se encontraban medio perdidos con la cultura y
soterrados bajo un mundo de información que no tenía sentido para un extranjero. A
veces en la escuela, yo entendía las palabras, pero no entendía el sentido o contexto.
Nunca me olvido de ir al banco diciéndome suavecito, “Juan. El préstamo es
solamente papel. Es solamente papel. Un papel tras otro... es solamente papel...”,
pero finalmente pude lograr hacerlo sin tener un ataque de ansiedad.
4. La Pandilla se forma a partir de las interrelaciones con otras personas,
roles y contra-roles. En la medida en que vamos creciendo vamos “introyectando”
(poniendo adentro) aspectos de las personalidades de aquellos con quienes
convivimos. Vamos desarrollando nuestro rol de “madre” en función de cómo fue
nuestra madre, aun cuando juramos que jamás vamos a ser/hacer igual a ella. Vamos
desarrollando una “Madre Interna” que tiene mucho que ver con la “Madre Externa”
que nos crió. Cuando tenemos hijos, es probable que imitemos muchos de los aspectos
que aprendimos con la Madre Externa.
Marilyn suspiró y dijo: Llegó la hora de devolver a mi Madre Externa todas
esas cosas que venía arrastrando adentro de mí, en mi Madre Interna. ¡Veo porqué
era tan difícil tomar decisiones! Cada vez que yo resolvía hacer alguna cosa, mi
madre hacía problema. Ahora me di cuenta que quien me complica el tomar mis
decisiones es esa Madre Interna. Entones hoy decidí devolverle a mi Madre Externa
todo lo que le pertenece, y de ahora en adelante yo voy a decidir esas cosas; yo, y yo
misma.
Adentro de nuestra Pandilla Interna vive también aquella “Madre Externa” que
todavía nos “habla” y dispara cosas adentro. Ella es parte de los roles que van
formándose adentro de nosotros. Pasa a formar parte de nuestra Pandilla Interna. La
Madre Externa puede haber fallecido hace 20 años, pero ella sigue viva y activa
adentro, a través de mi Pandilla Interna.
 
En una sesión de EMDR con María Antonia, ella comentó que había tenido
una madre muy crítica, que nunca le dio elogios ni palabras positivas. El primer
recuerdo que ella tenía, a los cuatro años, era de la madre reclamando que ella había
hecho algo malo. Le pedí a María Antonia que entrara en el rol de esa niña interna
de cuatro años, y fuimos procesando ese recuerdo con EMDR. Quejándose
llorosamente que la madre siempre le decía cosas críticas, le dije que todos tenemos
un botón para regular el volumen, y que ella podría controlar el volumen de la
comunicación de la madre o incluso, ponerla en “mute”. Después de una serie de
movimientos bilaterales típicos del EMDR, ella comentó:
- Pero los niños tienen – ¡deben! – oír la voz de la madre. Entonces le dije:
- Pero usted puede elegir qué oye.
Pensando una vez más, María Antonia me contestó:
- Ah, ¿puedo usar un filtro? ¿Y elegir oír lo que me hace bien y no oír lo que
me hace daño?
- Ahora puede...
 
5. Las heridas de la Pandilla Interna pueden hacer daño a la Pandilla
Externa. Los traumas son como astillas en el corazón de cada cual. Pero además, puede
ser que las astillas de una persona hieran a otras personas. Cada vez que nos acercamos
a otras personas nuestras astillas pueden hacer daño (¡y las astillas de los otros también
nos hieren!). ¿Ha intentado abrazar a un puercoespín? Pues hay personas en la Pandilla
llenas de astillas, y cuando intentan abrazarse, se hieren más de lo que se aman... 
6. También hay roles positivos en nuestra Pandilla Interna. Muchas
personas consideradas “fuertes” o resistentes, tuvieron la posibilidad de desenvolver
miembros de su Pandilla Interna que les ayudaron a vencer los desafíos de la vida.
Algunas tuvieron infancias envidiables, y por lo tanto, poseen naturalmente un
repertorio natural de roles positivos. Otras, lograron desarrollar una Pandilla Interna de
roles positivos a pesar de sus circunstancias. A veces tuvieron una persona significativa
en su medio, que invirtió mucho en su crecimiento emocional. O quién sabe si nacieron
con un temperamento o disposición interna que les permitió vencer las adversidades en
que se encontraron. Lo cierto es que, en mayor o menor grado, en todos existen estos
roles positivos. Así pues, una de las propuestas psicoterapéuticas debe ser ayudar a los
clientes a rescatar y desenvolver a los miembros positivos de su Pandilla Interna.
Cierta vez Rosita me dijo: “Recuerdo que en medio del caos que fue mi
familia, yo tenía una profesora de corte y confección. Durante cuatro años yo fui a
sus clases, todas las tardes. A veces me sentía molesta, porque mi madre me había
dicho que la condición para que yo pudiera hacer el curso, era que tenía que coser
también para mi hermana. Me sentía enojada porque cuando tenía que hacer un
vestido de fiesta… era desesperante terminar mi vestido y el de mi hermana también.
¡Encontraba todo aquello tan injusto! Pero Doña Fátima me ayudaba, tenía
paciencia conmigo, me explicaba las cosas, y hoy me doy cuenta que aquellas clases
eran un oasis de estabilidad y aprecio en mi vida de adolescente. Veo que todavía hoy
hago cosas como ella me enseñó. A veces hasta me pregunto qué haría ella en tal o
cual situación...
7. Podemos aprender a oír a nuestra Pandilla Interna. Todos tenemos estos
diálogos internos entre los miembros de nuestra Pandilla. En la medida en que vamos
aprendiendo a prestar atención a aquello que nos quieren decir, a sus necesidades, a
como se formaron, lo que necesitan para calmarse y vivir mejor, tendremos más salud
en la vida. Aprender a escucharnos es un gran don. Si se nos enseña a escuchar a los
otros, ¿porqué no aprender a escucharnos a nosotros mismos?
Cuando yo era adolescente me sentía igual que Betty la Fea, ¿la recuerdan?
Anteojos, aparatos dentales, cabello atado… pues sí, me sentía una extranjera en la
vida: observadora, pero no participante. Ahora que me escucho,¡me doy cuenta que
era linda! Muchas de las cosas que me gustan hoy en día (como la música clásica,
poesía, literatura) fueron cosas que mi adolescente me enseñó. Hoy estoy muy
agradecida con ella… ¡y veo que soy linda!
8. Porque estos roles viven adentro de nosotros y son fruto de nuestra
percepción, podemos cambiar su contenido. No tenemos que pensar que estamos
condenados a vivir eternamente amarrados y atrapados a una infancia infeliz o a
experiencias que nos atormentaron la vida entera y nos continúan perjudicando en el
presente. Las percepciones de los miembros de nuestra Pandilla Interna pueden
cambiar. Además, pueden ser liberados para hacer nuevas elecciones y opciones, y
tomar decisiones que nos traigan salud, realización personal, y una mayor satisfacción
con la vida.
Jennifer: yo me acuerdo que cuando era pre-adolescente y toda larguirucha,
un día íbamos a un festejo. Dentro del auto, mi tío y otros niños empezaron a
burlarse de mí, y me sentí tan molesta con eso, que acabe bajándome del auto. Volví
a la casa a pie. Sentí que era como un bebé abandonada al borde del camino. Me
sentí muy lastimada con todo aquello. Imaginen que mi madre, que estaba también en
el carro, ¡permitió que me hicieran esto!
La terapeuta dijo a Jennifer que ahora podría rehacer la escena en términos
ideales, de la manera en que a ella le hubiera gustado que sucediera. Luego de 
reprocesar con los movimientos bilaterales de EMDR, Jennifer dijo: Pero ahora estoy
viendo que yo, la Adulta, puedo rescatar a esa niña que necesita la protección de
padre y madre. (MBs[1]) Además, recuerdo que mi madre comentaba que ella – mi
madre – había sido muy ridiculizada en la adolescencia. (MBs) Ahora yo puedo
hacer las cosas de forma distinta. Puedo decirle a mi Adolescente Larguirucha lo que
quería que mi madre le dijera: “Tu eres mi hijita querida, y voy a volver contigo”.
Ah! Veo a mi madre haciéndolo, volviendo conmigo para no dejarme volver sola y me
siento defendida y amparada. (MBs) No tengo más odio. Comprendo lo que pasó: ella
también fue víctima como yo. (MBs) Ella volvió conmigo y le dijo a mi tío que ya no
íbamos a la fiesta. Ella y yo nos fuimos conversando por el camino, ella pasó por una
tienda y fuimos comiendo caramelos.
9. Los miembros de nuestra Pandilla Interna pueden cambiar de dirección.
Esto significa que no están obligados a vivir eternamente en nuestro pasado con su
forma original. Podemos rescatarlos de donde viven dentro de nosotros y traerlos al
presente. Podemos curarlos, y darles lo que les faltó (llenar lo que llamamos su déficit
de desarrollo, “agujeros” emocionales que surgieron como consecuencia de la falta de
satisfacción emocional). Ahora, nuestro Adulto Interno puede ser la “madre” o el
“padre” que tanto anhelábamos tener cuando crecíamos. Ellos pueden instruir a nuestro
presente con su sabiduría, inocencia o alegría. La realidad es que no estamos
condenados a vivir en ese pasado que nos hizo tanto mal. Podemos buscar a nuestro
Niño Interno de siete años, sacarlo de ese hogar desastroso, y llevarlo a pasear por el
Jardín Zoológico de nuestro presente interno Es una cuestión de percepción… y la
percepción lo es todo. Cómo hacer esto es parte del propósito de este libro.
La Metáfora del Trauma: 
Recuerden a la Mujer de Lot
Una de las mejores metáforas del trauma viene de la Biblia. Se trata de una
historia muy antigua y bastante conocida de los estudiosos de las Escrituras judío-
cristianas. La historia es más o menos así (versión Carvalho)[2]:
 
El antepasado de los judíos, Abraham, tenía un sobrino que se llamaba Lot.
Ambos tenían muchas ovejas y cabritos, y sus sirvientes comenzaron a pelear por los
pastos. Para que no hubiera desacuerdos en la familia, Abraham le propuso a Lot que se
separaran y que Lot escogiera a qué lado quería ir. Lot estuvo de acuerdo y
eventualmente fue a vivir en una ciudad llamada Sodoma. Según la narración bíblica,
Dios decidió destruir esa ciudad, pero como se había comprometido con Abraham a
salvar a los justos, él mandó un ángel a avisar a Lot de que saliera corriendo de allá
con su familia. Lot llevó a los ángeles a su casa, pensando que eran seres humanos, y
los ángeles le dieron el aviso. El mensaje divino incluía la instrucción de que huyesen y
que no mirasen hacia atrás hasta llegar a su destino.
Los novios de las hijas de Lot no creyeron en el mensaje – pensaron que se
trataba de una broma – y se quedaron en la ciudad, mientras que Lot, su esposa y sus
dos hijas salieron corriendo hacia la planicie. Apenas habían recorrido cierta distancia,
cuando comenzó a llover azufre del cielo sobre la ciudad. Todos juntitos, siguieron
huyendo, pero por alguna razón que nadie puede explicar, la mujer de Lot decidió mirar
hacia atrás ¡y se convirtió en estatua de sal!
 
Esa es la metáfora del trauma: de cierta manera nos transforma en estatuas de
sal, eternamente congeladas mirando hacia atrás donde está ocurriendo la tragedia y la
destrucción. No logramos ver para adelante hacia el presente o el futuro, y tampoco huir
de lo que ocurrió.
Parte de nosotros se queda congelado, viendo hacia la muerte y destrucción,
paralizado emocional y neurobiológica-mente también. Vamos arrastrando las estatuas
de sal por la vida y cuando intentamos hacer algo para resolver la situación interna, las
estatuas se quedan aterrorizadas porque sólo logran ver muerte y destrucción.
Cuando queremos hacer algo diferente, ellas se aterran y dicen que “¡No! ¡Mira
el peligro! ¡Mira la destrucción! ¡Meternos en esto será un desastre!” Lo que resulta
más interesante es que recientes estudios de neurobiología confirman y explican cómo
esos recuerdos se atascan y se congelan en las redes asociativas de la memoria que hay
adentro de nuestro cerebro. No sólo es la metáfora la que nos atrapa. Nuestro propio
cerebro archiva los recuerdos de forma mal-adaptativa en esos casos. La memoria no
resuelta se queda guardada en las redes neuronales de forma desconectada de las
herramientas mentales que podrían ayudar a metabolizarlas y digerirlas.
Hoy en día podemos ver esto en las tomografías cerebrales sofisticadas. El
recuerdo traumático del pasado queda sin resolverse en el cerebro de la misma manera
en que la estatua queda congelada viendo la destrucción.
La verdad es que de cierta forma, podemos decir que fuimos creados para un
mundo perfecto y nunca nos acostumbramos a la maldad o a la imperfección. La vida y
los traumas nos rompen a todos, y cuando estos ocurren, dentro de nosotros se van
formando pequeñas “estatuas de sal”. Pasamos el resto de la vida arrastrando esas
estatuas hasta el día – si es que llega – en que finalmente logramos visitar esos
recuerdos, esas estatuas, y descongelarlas. ¿Cómo ocurre esto? Es el tema de este libro,
pero vale decir que la relación terapéutica es una de las maneras más interesantes de
conseguir “abrazar” esas estatuas y descongelarlas a través del amor y del afecto.
Hay muchas técnicas, enfoques, sugerencias y terapias. En los capítulos que
siguen, presentaremos algunas de esas posibilidades. Pero en último análisis, lo que
cura es el amor, especialmente cuando se da en una relación de protección, seguridad y
sintonía con otra persona. Es el amor el que derrite el invierno interminable de la
estatua presa en su visión de terror y destrucción.
El trauma y sus consecuencias
 
El trauma nos perjudica de muchas maneras... más de lo que muchas personas
imaginan. Y no sólo los “traumas obvios” como secuestros, violaciones, muertes
violentas, experiencias de guerra, terremotos, huracanes destructores. Cuando hablamos
de traumas hablamos también de aquellos que se encuadran en experiencias dolorosas
que no necesariamente encajan en los diagnósticos oficiales de médicos y psicólogos.
Los traumas light también hacen daño.
Por ejemplo, un paciente que se queja que todos los días durante la infancia y
adolescencia, el padre criticaba su forma de comer en la mesa porque sin querer
derramaba una taza de leche, el tenedor caía al suelo, no sabía manejarlos cubiertos, su
conversación era tonta… y hoy reclama que tiene dificultad para salir a comer con sus
amigos. Tomar una cerveza, lo hace con dificultad, ¿pero sentarse a la mesa a cenar?
¡Jamás es diversión! La ansiedad le revuelve el estomago, el corazón se le dispara,
llega a sudar frío ¡porque va a comer con los amigos! No podemos decir que este
paciente tiene un diagnóstico de Trastorno de Estrés Pos-Traumático (TEPT), pero
definitivamente esos recuerdos crean situaciones difíciles para él y limitan su vida
cotidiana.
Entonces hablemos un poco sobre las consecuencias de experiencias y
recuerdos dolorosos y traumáticos:
1. El trauma congela los recuerdos en las redes cerebrales a nivel
neuroquímico. Los estudios más recientes con tomografías sofisticadas (CAT, PET,
SPECT, fMRI, etc.) demuestran que el contenido vinculado de forma disfuncional
compromete la actividad neurocerebral. Hay partes de nuestro cerebro que poseen
redes llenas de contenido guardado de forma neuroquímicamente disfuncional.
Susan respiró hondo y dijo: yo soy una heroína de hielo – resuelvo la vida de
todos los demás, pero estoy paralizada para ayudarme a mi misma desde que aquello
sucedió...
Las partes “congeladas” no se comunican con las partes funcionales. A veces
no hay palabras para explicar lo que sucedió porque el trauma reside en el hemisferio
derecho del cerebro y las palabras se encuentran en el hemisferio izquierdo (área de
Broca) que es el hemisferio del lenguaje.
Los dos hemisferios no se están “hablando”, por lo tanto no hay forma de
atribuirle significado a aquello que sucedió. La información mal adaptativa se
encuentra disociada de las herramientas que podrían ayudar a procesar y resolver
adaptativamente aquel mal recuerdo.
Selena compartió con enorme tristeza: yo tuve una hermanita que nació
muchos años después que los demás. Luego que me quedé embarazada de mi primer
hijo, ella murió. Se contagió de una de esas enfermedades comunes de la época y
murió a los siete años. En ese entonces no había antibióticos ni remedios para esas
enfermedades de niños. Mi madre nunca más fue la misma. Antes ella se vestía de
seda y joyas, se hacía peinar el cabello todas las semanas en la peluquería, y andaba
siempre arreglada. Después que murió mi hermana, nunca más se puso esas ropas,
desistió de las joyas y nunca más frecuentó al peluquero. Se dejó crecer el cabello y
usaba un moño como era común en aquel tiempo. Ella nunca superó la muerte de mi
hermanita.
2. Lo que va a ayudar a sanar esos recuerdos es justamente la posibilidad
de reprocesar e integrar adaptativamente el contenido de ellos. Es lo que hacen las
nuevas terapias de reprocesamiento. Crean nuevas conexiones cerebrales que permiten
el surgimiento de nuevas informaciones e insights, y transforman los recuerdos
traumáticos en nuevas percepciones resolutivas.
Eliana comento: Solté a mi niña interna para que pudiera jugar en un lugar
seguro. Hacía dos años que no experimentaba esto… yo antes era una muñeca de
yeso.
De hecho, hay estudios que proponen la hipótesis de que el trauma es mucho
más un disturbio del sueño que de la memoria (Stickgold, 2007[3]). En cuanto
dormimos, procesamos. Esta es la función normal del ciclo del sueño: soñamos,
procesamos, “digerimos”, y al procesar guardamos los recuerdos de forma adaptativa.
El trauma se va formando - organizándose como un recuerdo disociado y/o vinculado
de forma mal adaptativa – en función del hecho que el cerebro no logra cumplir su
función normal de procesamiento.
En casos más extremos, los recuerdos no procesados adecuadamente se
vuelven un recuerdo disociado al cual no tenemos acceso en condiciones normales.
Entonces ni siquiera el sueño es capaz de resolver el trauma porque el mecanismo de
procesamiento está trabado. El resultado es que tenemos pesadillas, sueños malos, nos
despertamos sobresaltados; el sueño no es reparador ni restaurador. Es como si toda la
noche estuviésemos intentando resolver asuntos internos sin conseguirlo. Damos vueltas
en la cama y no “progresamos” en el camino de nuestras resoluciones internas de
recuerdos dolorosos porque el mecanismo está trabado y congelado.
3. El trauma es la secuela de vivencias de peligro (real y/o percibido) que
no conseguimos resolver adecuadamente. Es conocido que cuando nos enfrentamos
con una situación de peligro es probable que reaccionemos en alguna de las siguientes
tres formas normales: huir, luchar o congelarnos.[4] Cuando un zorro encuentra un
conejo en el bosque, el conejo sabe que hay que reaccionar o se va a convertir en la
cena. Si se ve acorralado, lucha porque es la única oportunidad de salir vivo de las
garras del zorro. Si piensa que puede correr más que el zorro, el conejo huye. Pero a
veces, en la carrera, cuando el zorro se aproxima, el conejo puede congelarse: cae
como muerto en un estado fisiológico que hace creer al zorro que murió de susto. Como
la carne muerta no le interesa al zorro, éste se retira. Cuando el conejo percibe que el
peligro pasó, empieza a temblar y sacudirse que es su manera de salir del estado de
congelamiento. Este riesgo es tan alto, que si no lo hace correctamente, puede llegar a
morir de verdad. Terminado el proceso de descongelamiento, el conejo vive para ver
otro día sin secuela del trauma.
En los seres humanos hay muchas de esas mismas reacciones, y las estatuas de
sal muchas veces son sólo un rol adentro de nosotros que no conseguimos “sacudir” de
forma apropiada. La experiencia es que “no pasó” y el peligro se siente eternamente
presente.
De cierta manera podemos decir, según el sabio Job (aquel mismo de la
paciencia), que Dios colocó la eternidad en nuestros corazones. Hoy en día, una forma
de esa “eternidad” que se manifiesta en nuestra vida puede ser llamada el inconsciente
en el que, además, no hay noción de tiempo. El trauma está eternamente repitiéndose
dentro de nosotros mismos. No termina, por eso nuestro cerebro sigue activo.
Está en hipervigilancia porque el cerebro profundo (podemos decir que de
cierta manera es nuestro inconsciente) continua queriendo protegernos del peligro. Y
como hay una parte que todavía no “sabe” que el peligro pasó, nos quedamos en un alto
nivel de ansiedad, con la expectativa de que algo malo puede o nos va a suceder. Hay
alguien adentro que está viviendo y reviviendo el trauma… que no sabe que ya pasó.
Son esas estatuas de sal, congeladas en el trauma, que miran eternamente la destrucción
ocasionada por el trauma.
Mi hermana me contó este fin de semana que aquel nuestro vecino tan
extraño, había perdido todo-todo-todo debido a un rayo que cayó en su casa. Quemó
TODO. Él tenía un montón de hijos, y perdió todo, la casa, el caballo, la cosecha,
todo. Ella dijo que este vecino nunca más logró hacer algo después de aquello.
Nunca más fue él mismo.
4. Una de las cosas que el trauma nos quita es la capacidad de elegir. 
Fuimos creados para tener libre albedrío. La salud siempre implica la posibilidad de
elegir cómo voy a responder o actuar. El trauma acaba con esa capacidad de elección y
nos obliga a repetir comportamientos. Esto nos ayuda a entender por qué ciertas
personas repiten conductas destructivas, aunque no quieran hacerlo. (¿Quién no conoce
la mujer que se queda en una relación violenta? ¿Quién sabe qué traumas anteriores le
impiden romper este vínculo dañino…?) Vale la pena averiguar su historia de vida y
ver en qué momento esos recuerdos comenzaron a congelarse. Las estatuas no nos
ofrecen alternativas de conducta.
5. El trauma hace que creamos en mentiras sobre nosotros. Una de las
cosas que suceden cuando vivimos una experiencia dolorosa y no logramos procesarla 
(o “digerirla”) es que los recuerdos se quedan guardados no sólo con el dolor, pero
también con lo que pensamos, sentimos físicamente, los olores, sonidos, colores - todo
eso queda vinculado en ese recuerdo, en los archivos de nuestro cerebro. Esos
pensamientos suelen ser irracionales y falsos. Hay una parte dentro de nosotros que
dice que todo esto es mentira, pero laparte que vivió la experiencia y continua
“viendo” la destrucción no logra creer en la verdad sobre lo que sucedió y permitir que
soltemos los recuerdos. La estatua no cree en lo que decimos en nuestro rol adulto.
Leticia: Yo no pienso que soy una persona interesante. Desde que me sucedió
aquello a los 10 años, yo pienso que soy pobre, fea y que nadie iba a querer quedarse
conmigo. Además, ya tengo casi 40 años y no logro casarme. Mis relaciones duran
poco, y eso cuando logro tener algún enamorado. De verdad yo no creo que merezca
cosas buenas…
Por ejemplo, a veces llegan mujeres que fueron violadas por un hombre
armado. Saben que si no se hubiesen sometido a lo que él les impuso, corrían un
verdadero riesgo de vida.
Pero hay una parte que piensa que “la culpa es mía”. Piensan: ¿quizá si hubiera
hecho esto o aquello...? ¿O si no hubiera hecho esto o aquello...? ¿O si no me hubiera
vestido de esa manera? ¿O si hubiera bajado del bus en otro lugar? Y así va… la
mentira es pensar que es culpable.
La verdad es creer que ella hizo lo mejor que pudo para sobrevivir, que ella no
tenía muchas opciones, y que podría haber sido asesinada si el hombre perdiera el
control del arma. Necesitamos ayudar a las personas a descongelar la mentira y creer
en la verdad, ya que esto las va a liberar. Pero esto no se da a través de un argumento o
convencimiento. La disolución de esta mentira se da a través del reprocesamiento del
trauma a nivel neuroquímico.
Además, una de las características poco reconocidas de los eventos
traumáticos es que se trata de respuestas normales a situaciones anormales. Anormal
es ser asaltada, secuestrada y violada a mano armada. Normal es sentirse aterrada
pensando que ese peligro nunca va a pasar. A veces, las personas logran digerir y
metabolizar todo esto espontáneamente a través de sus recursos y resistencias internas...
pero no siempre es posible, y es ahí que existe el peligro del congelamiento traumático.
Tener estatuas internas derivadas de esas cosas es común, pero limitante. Nuestro
cerebro sencillamente no logró procesar la enormidad de lo que nos sucedió. Bessel
van der Kolk[5], comenta que la dificultad del trauma es enfrentar la verdad de lo que
sucedió: es manejarse con la verdad.
6. El trauma nos trae pensamientos obsesivos e intrusivos. No logramos
dejar el trauma en el pasado. Nos perturba diariamente. Me digo a mi misma: “No voy
a pensar más en esto. Voy a cambiar de asunto interno” y cambia… por poco tiempo. De
repente cuando se da cuenta, otra vez está ahí, ñe-ñe-ñe, y listo, el asunto en pauta
vuelve a ser la experiencia difícil.
 Es difícil lidiar con estos pensamientos intrusivos. En los momentos más
inesperados, cuando estamos tranquilos, de repente algo dispara uno de esos
pensamientos y estamos de vuelta en el pasado. No “llamamos” al evento ni estamos
pensando en aquello. A veces es más sutil. No entendemos por qué cambiamos de
humor, por qué nos sentimos tristes sin razón aparente, o irritados. Es que alguna cosa
en el presente disparó algo que nos ocurrió en el pasado y alguien de nuestra Pandilla
Interna vino a hacer una visita de manera inesperada e indeseada.
 7. Desarrollamos conductas de evitación. Las experiencias difíciles hacen que no
queramos acercarnos a “aquello” otra vez. Si fue en aquella esquina en la que tuvimos
un accidente de automóvil, entonces comenzamos a tomar otro camino para el trabajo.
Si fue en aquel restaurante donde tuvimos la pelea final que acabó con nuestro
matrimonio, entonces evitamos comer allá otra vez. El problema es cuando esa
conducta evasiva comienza a generalizarse y tratamos de evitar un número cada vez
mayor de lugares, cosas o hasta personas.
Las fobias comienzan así. Tenemos una pésima experiencia en un vuelo, y no
queremos volver a viajar en avión. Necesitamos presentarnos delante de un grupo, y las
personas hacen bromas de nuestro modo de hablar o de vestir o gesticular. Ya no
queremos volver a subir a una platea para evitar el riesgo de la humillación.
Priscilla: Doctora, cuando yo tengo que viajar en avión, me siento pequeñita
y con miedo. Necesito de alguien que sea más fuerte que yo. Yo me encojo, sé que
tengo que ser más racional, pero ¡parece que no hay ningún adulto que acompañe a
esa pequeñita en el viaje...!
T: ¡Una niña no puede viajar en avión sola! Necesita de un Adulto. ¿Dónde
está el adulto para acompañar a la niña asustada?
P: Ah, yo tengo la sensación que no hay nadie
T: Dile a la pequeñita que con ella hay una adulta que siempre le acompaña
en sus viajes, ¡su Adulta Interna! Y que siempre le va a tomar de la mano. Ahora
piensa en esto y acompaña los movimientos…
8. Nuestra capacidad para el aprendizaje está bloqueada/ afectada. Las
personas traumatizadas no logran aprender bien. No hay espacio cerebral y emocional
para esto, es muy común recibir pacientes que dicen que son burros. Nunca les fue bien
en la escuela. Cuando yo pregunto cómo era su vida en aquel entonces me cuentan una
larga historia de humillaciones escolares, los padres que se separaron, había falta de
apoyo y amparo, y así sucesivamente. Yo les explico que donde hay ese nivel de “ruido
interno” no hay espacio para aprender. El problema no fue que les faltó inteligencia. Lo
que faltó fue la posibilidad de poder oír la lección externa porque el ruido interno era
tan alto. Cuando curamos el ruido interno, abrimos espacio para un aprendizaje real.
Las estatuas de sal estaban ocupando el espacio del álgebra.
9. El trauma abre la puerta a la maldad. ¿Qué significa esto? En términos
más sencillos, la violencia genera violencia. No es simplemente que las personas sean
malas o malvadas. Examine sus historias de vida. Acostumbran tener historias
traumáticas de abuso, de violencia, explotación, injusticias, de falta de cuidado. No es
gratuito que están en un rol de bandido o delincuente: no conocen otra cosa. La buena
noticia es que muchas veces, si conseguimos sanar el jardín de infantes que forma parte
de nuestra Pandilla Interna, tenemos la posibilidad de rescatar lo que la persona tiene
de bueno. No siempre es posible, pero vale la pena intentarlo si la persona está
dispuesta a pagar el precio de su cura emocional.
10. La vida nos rompe a todos, pero algunos se vuelven estatuas de sal.
Todos tenemos lugares adentro de nosotros que se congelaron y se convirtieron en
estatuas. Una vez más, es una cuestión de dosis. Cuanto más tengamos roles congelados,
más afectada queda nuestra vivencia. La vida no es equitativa en la distribución de
traumas y experiencias dolorosas. Cómo lidia cada uno con esas cosas también depende
de quién es, de su temperamento, de su desarrollo (y de los déficits en ese desarrollo, a
medida en que fue creciendo), en su contexto familiar (o falta de…), en fin, de las
peculiaridades de cada uno, su temperamento y su historia de vida.
11. La vida también rompe a quien ve la tragedia. No quedan traumatizados
sólo aquellos que viven la catástrofe, sino también los que hicieron las intervenciones y
acompañaron los resultados. Por ejemplo, la persona que lo llevó al hospital, la que
estuvo junto a alguien cuando agonizaba. Fácilmente nos olvidamos de bomberos,
policías, médicos y enfermeras que acompañan estos casos innumerables veces y viven
la impotencia de no salvar a un niño, o alguien que le ruega por ayuda y aun así se
perdió. El sufrimiento vicario también deja secuelas en aquellos que ayudan. Se llama
fatiga de compasión: Es el cansancio de quien no aguanta más acompañar tanta
desgracia y se traumatiza también.
 12. Finalmente, sin cura para el corazón no hay calidad de vida. ¡Imagine
intentar vivir arrastrando esas estatuas de sal por la vida! Cuanto más curados, cuanto
más integrados estuvieran los miembros de nuestra Pandilla Interna, mejor es nuestra
vida, mayor nuestra calidad de vida también. Quién sabe si esa sea la razón principal
por la que buscamos esa integración emocional de la Pandilla Interna: para que
podamos hacer mejores elecciones en la vida; que podamosresponder de forma más
adecuada a los desafíos que la vida y las personas nos traen; que podamos disfrutar de
las alegrías y los triunfos alcanzados; amar mejor y aprender a dejarnos amar. El trauma
nos roba esas posibilidades. Cuando curamos a nuestra Pandilla, rescatamos aquello
que hay de esencial e importante para el ser humano: la convivencia saludable en la
relación de amor y respeto mutuos – adentro y afuera de nosotros.
Teoría de los roles
 
Mi hija de 13 años tiene Síndrome de Down. Como toda adolescente, intenta
burlar las reglas y, aun sabiendo lo que puede o no puede hacer, insiste y desafía lo
acordado. Cuando cuestioné una de esas “contravenciones”, respondió:
“Pero, mamá, no fui yo la que hizo eso. Fue mi pensamiento. En verdad, ¡fue
mi cerebro!”
A lo que nuevamente cuestioné:
“¡Pero tu cerebro es parte tuya!”
Y ella me contestó: “Entonces tendremos que conversar con este cerebro
para que no me ponga en estos líos porque si no, salgo castigada…”
Entonces, “conversamos” con ese cerebro y ella hizo un “acuerdo” con él
(¡palabras de ella!). Ahora, ¡trabajan juntos para intentar atender los deseos y
respetar las reglas!
La teoría de los roles fue desarrollada de una forma revolucionaria por J. L.
Moreno, el genial creador del Psicodrama. En el concepto de él, los roles son
“unidades culturales de conducta” (Garrido, 1978). Poseen características y
particularidades propias de la cultura en que fueron estructurados. La palabra “rol” o
“role” vienen de “rollo” y se refiere a los pergaminos que eran enrollados al alrededor
de un cilindro. Se trata de libros primitivos hechos de esa manera para que los actores
pudiesen memorizar sus partes en las representaciones teatrales.
Podemos decir también que el rol es una “estructura dinámica dentro de un
individuo (basada en las necesidades, creencias y valores) que toma vida bajo la
influencia del estimulo social o posiciones definidas”[6]. La manifestación de un rol
está basada en las expectativas de un individuo en relación consigo mismo y con los
otros, y en su interacción con determinados grupos y situaciones.
Yo me di cuenta que en mi vida siempre tuve los dos extremos: muy bueno o
muy malo. Terminé volviéndome muy pesimista, mirando sólo el lado malo, pero el
lado bueno siempre estuvo ahí, olvidado. Por ejemplo yo tengo la imagen del Niño
Abandonado, pero existe también el Niño Muy Querido, el Niño Mimado. Hay un
Descuidado, pero hay un Estudioso. Uno que comía compulsivamente en la
adolescencia, pero el otro es Saludable, y durante mucho tiempo supo lidiar bien con
el alimento. También hay el Tímido/Quieto/Cerrado, así como el Extrovertido.
 
Todos nacemos en una cultura existente o en una red social. La realidad de tal
cultura es definida personal y colectivamente. Podemos decir que el rol es una forma
tangible de ser. No constituye el yo de la persona y no es la persona. Esto significa que
si quisiéramos definir el yo de una manera experimental, debemos recurrir a los roles
que la persona desempeña.
Según Moreno, el yo nace de los roles y no al contrario. Esto significa que
vamos por la vida integrando esos roles que van surgiendo para poder alcanzar una
sensación cada vez mayor de un yo integrado. Por esto tenemos esa experiencia de
Pandilla Interna: son nuestros roles que hablan y actúan dentro de nosotros y que
debemos procurar integrar cada vez más, siguiendo una “política de buena
convivencia” interna. Para vivir feliz, nuestros roles necesitan llevarse bien entre sí.
Moreno decía que desarrollamos roles a través del desempeño de los mismos.
Inicialmente comenzamos con los roles psicosomáticos; i. e., roles de las funciones
fisiológicas indispensables relacionados con el medio, tales como comer, dormir,
defecar, orinar, etc.
Después, poco a poco se comienzan a desarrollar los roles sociales que
corresponden a las funciones que desarrolla cada individuo y por medio de las cuales
se relaciona con su ambiente. Los roles van apareciendo en función de la identidad de
los grupos a los que pertenecemos (familia, escuela, trabajo, etc.). En términos ideales
vamos desarrollando cada vez más roles sociales, tales como el rol de hija, hermano,
alumno del jardín de infantes, sobrino, nieta, y eventualmente roles cada vez más
adultos: alumno, profesional, madre/padre, abuela, conductor de coche, profesor, etc.
Nuestros roles internos surgen en función de los contra-roles, es decir, según la
forma en que me relaciono con las personas de mi medio ambiente, familia, escuela,
etc. Como yo soy tiene mucho que ver con como es el otro o me enseña a ser, por la
instrucción (padre y madre) o por la experiencia de vida (escuela, trabajo, amigos).
El número y características de estos roles dependen de la posibilidad de
“oferta” de desarrollo de los mismos. Por ejemplo, una persona que fue criada en el
campo a la antigua, tendrá acceso al desarrollo de menos roles sociales que una
persona criada en un centro urbano actual. A esto llamamos el repertorio de roles. Se
trata de la “lista” de los diferentes roles que poseemos en la vida.
Cuando tenemos muchos papeles, hablamos de riqueza de roles; cuando son
pocos, hablamos de pobreza de roles. La importancia de tener una variedad de roles
tiene que ver con la flexibilidad para enfrentar la vida y una comprensión más
apropiada de los otros.
También es importante tener la habilidad de identificar una variedad de roles
que no sean sólo los propios, ya que hay roles que muchos jamás aprenderán, tales
como astronauta, presidente de la república, ganador del Premio Nobel, etc.
Cada persona tiene múltiples roles que puede cumplir. Cuando los grupos o las
personas cambian, los roles también lo hacen. Esta es una de las cosas maravillosas de
trabajar con los roles de las personas: no tenemos que vivir confinados a los roles que
aprendemos y tampoco a la forma de desempeñarlos (ni cantidad ni calidad de rol).
Todo esto es posible cambiarlo en función de una búsqueda de calidad de vida mejor:
roles mejores, desempeños mejores, es decir, roles desarrollados de forma más
saludable y adecuada.
Pasamos la vida aprendiendo roles: nadie nace sabiendo. Ese aprendizaje es de
suma importancia, ya que algunos roles son esenciales para nuestra sobrevivencia. Se
trata de roles que tienen que ver con vida y muerte, como por ejemplo, saber
protegerse del peligro, cuidar de los bebés y los niños, saber encontrar formas de
proveer comida, trabajar y reproducirse. Los roles necesitan tener adecuación social.
Tienen que ser desempeñados de forma saludable en el medio en que convivimos.
Vale la pena recordar que no siempre lo que funciona en una cultura, funciona
en otra, y tenemos diferentes roles que nacen de situaciones distintas que enfrentamos.
Te quería escribir y comentar un poquito sobre la metáfora que me salió
espontáneamente sin haberlo pensado antes. Te dije que fue muy duro para mí pasar
de un estado de salud a un estado de enfermedad. Pasar de estar sana a estar
enferma era como una emigración: era como irse de un país y llegar a otro. Debía
dejar detrás de mí la seguridad de lo familiar y la pertenencia a mi grupo de
personas - los sanos - y de repente mis puntos de referencia eran completamente
distintos. La sala de quimioterapia, donde acudía (y sigo acudiendo tres viernes al
mes durante cuatro horas y medía) se convirtió de ser un lugar extraño, lejano y
amenazante, en uno acogedor con gente que me entendía, y a quienes yo podía
entender.
Los que quedaron atrás - en el país de origen, los sanos, aparecieron,
muchos, pero no todos, como lejanos. No me sentía comprendida. Cuando me
relacionaba con ellos o emergía de un mundo interno mío, donde la angustia de la
muerte rivalizaba con la esperanza de que todo fuera para bien, y me encontraba con
personas que a menudo me inundaban con consejos bien intencionados, pero a la vez
tantas veces ofensivos, porque pretendían saber más de mí que yo misma, como si no
sólo estuviera enferma, sino que fuera una persona desautorizada por la vida. El
otropaís era entonces el de antes, al que regresaba después de haber pasado mil
peripecias en otro mundo. Lo que siempre se dice… cuando uno se va, cambia, y los
que deja atrás también cambian. Hubo otros que siempre estuvieron allí, que no
pretendían saber más que yo, que escuchaban pacientemente, que sabían consolarme,
estar conmigo. Tengo amigas y amigos maravillosos, que son cosmopolitas, que
saben estar en todos los países conmigo y aunque les sea difícil, humildemente lo
intentan y a menudo lo consiguen.
Hoy ya no es tan duro estar enferma… es una realidad que puedo asumir. No
sé cómo pasó, simplemente pasó, y el mundo de antes me parece ahora lejano. Ya no
sé lo que quiero de mi vida. Estoy en una especie de inmanencia, en la que sólo
cuenta lo que hay ahora y de lo que pueda salir de este ahora.
Otro aspecto interesante de los roles es que son distintos a la personalidad
general de la persona. Por ejemplo, que una persona sea arquitecto no significa que
sólo se vea como tal. La persona es mucho más que uno de los roles que desempeña en
la vida. Una persona no solo se reduce a su rol profesional. Mis colegas de profesión
pueden identificarse con las innumerables veces en que nos sentamos al lado de alguien
que descubre que somos psicólogos y dicen algo así: “¡Ah, necesito cuidar lo que digo
en frente suyo porque es psicóloga!” Lo que no entienden es que cuando estamos
sentados en el avión leyendo un libro no nos estamos desempeñando de psicólogos, ni
tampoco pasamos la vida evaluando (y juzgando) a todos a nuestro alrededor. Tenemos
muchos otros roles en la vida además del rol profesional.
 
A veces, puede suceder que algunos roles se vuelven tan fuertes, que la persona
tiene dificultad para separar los roles que desempeña. Esto sucede en adultos que
vienen de familias disfuncionales. Es posible continuar desempeñando los roles que
desarrollaron en su infancia. Por ejemplo, lo hijos adultos de familias alcohólicas, a
veces siguen interpretando el rol de héroe, de chivo expiatorio, del niño perdido o la
mascota,[7] aún después que ya no viven en casa. Infelizmente, en tales circunstancias
las personas pueden quedar atrapadas en ciertos roles y modos de interacción que las
perjudican en casi todas sus relaciones. De ahí la importancia de identificar los roles
que desempeñamos en la vida a fin de evaluar si es de este modo que queremos vivir
para siempre.
 
Cuando hablamos del impacto de los traumas en nuestros roles, debemos
recordar que el trauma “forma y congela” los roles. Recordemos a la mujer de Lot.
Cuando algo impactante nos sucede – y puede ser un trauma grande o un “trauma” del
tipo que pensamos que no dejaría mayor secuela, como por ejemplo, un regaño del
padre – a veces formamos roles a partir de la interrupción del desarrollo normal.
“Alguien” de nuestra Pandilla Interna se forma a partir de esas experiencias. Por eso,
los distintos roles tienen diferentes edades y contenidos emocionales - porque quedaron
atrapados en alguna etapa del desarrollo.
Chuck Pierce, comenta que[8] ... muchas veces estamos fragmentados en
nuestra alma y tenemos pedazos de nuestra vida regados aquí y allá...partes de la
persona que deberíamos ser - íntegra o “entera”- quedan desparramadas por los
caminos de nuestra vida.
Si entendemos el trauma nos rompe a todos, podemos entender esa
fragmentación como la que forma nuestros roles internos. Por ejemplo, a veces, las
personas comentan que ellas están “saboteando” sus vidas. Se quejan porque saben lo
que tienen que hacer o dejar de hacer, pero no logran cambiar el comportamiento.
Según la teoría de los roles, podemos entender que esto se debe al hecho que hay una
parte congelada (disociada) que no logra subir al camión de la vida y acompañar a la
Pandilla del Yo.
Es necesario tener cuidado de no culpar a la víctima. Cuando hablamos de
auto-sabotaje, manipulación o conductas que llevan a ganancias secundarias, es
importante recordar que realmente hay miembros de nuestra Pandilla Interna que no se
han dado cuenta de que deben recorrer juntos el camino de la vida. No es mala voluntad
ni maldad; es que realmente no lo logran. Tienen limitaciones. Los terapeutas necesitan
tener cuidado de no cargar a sus clientes con más culpa de la que ya sienten por que
perciben su limitación. Debemos procurar entender lo que ese miembro de la Pandilla
Interna necesita para sanar, perder el miedo, sentirse seguro, adquirir nuevas
habilidades, permitir una integración mayor y mejor de sus roles. Cuando alcanza ese
nivel de cura, la conducta cambia automáticamente y la persona pasa a tener una mayor
posibilidad de alcanzar sus metas.
Tenemos que aprender a negociar la convivencia con nuestra Pandilla Interna
de roles, sanar las heridas que algunos roles contienen y descongelar esas estatuas de
sal. Cada parte/rol contiene información importante, aspectos y contenidos que
contribuyen algo a la personalidad y a la integridad del yo. Esa perspectiva debe
llenarnos de esperanza. Ya no estamos obligados a vivir de forma fragmentada o
disfuncional. Podemos cambiar nuestros roles tanto en cantidad como en contenido
interno. Este hecho debe llenarnos de esperanza, sabiendo que no estamos eternamente
condenados a repetir las historias difíciles, sino que podemos encontrar nuevas
soluciones para problemas antiguos por medio de la sanidad de nuestros roles internos.
Habla la Pandilla Interna
 
Sigue una pequeña porción de un encuentro terapéutico. Vea cómo Anabella
encontró a su Niña Bailarina y con ella, toda su feminidad. También ejemplificamos
como podemos “rematrizar”, es decir, rehacer un antiguo camino disfuncional a través
de la relación terapéutica. Es sumamente importante para el desarrollo de los
individuos que una persona nos vea y nos confirme nuestra existencia en amor.
Como en nuestro inconsciente no hay noción de tiempo cronológico, aunque la
reparación se dé hoy día, si el niño interno del pasado puede oír y recibir esa
confirmación en la actualidad, puede validar y sanar aquello que había quedado
desarreglado en el pasado. David Grand[9] comentó cierta vez que el niño que vive
dentro de nosotros tiene que oír lo que necesita de nuestro adulto interno y no
necesariamente de las figuras externas. Todo está dentro de nuestro cerebro: sanar a la
Pandilla, cambiar de percepción, etc. Lo que está dentro de nosotros es lo que tiene que
cambiar y puede cambiar – porque podemos cambiar la percepción que hay dentro de
nuestro cerebro.
 
Relato parcial de una sesión de EMDR
Anabella compartía sobre una situación de infancia que todavía le molestaba y
estructuramos el EMDR tradicional para reprocesarlo con movimientos bilaterales.
Hay silencio mientras se hacen los movimientos. Anabella comparte después de cada
tanda de los mismos. El tiempo total de esa sesión fue de una hora, pero lo que sigue es
apenas una parte relevante del relato ejecutado.
A: Todavía me siento atrapada en la escena de la infancia. No he logrado
desconectarme de ese conjunto de imágenes. Todavía me afecta mucho como persona,
me siento insegura. Soy una mujer sin fuerzas. (MBs)
A: Ahora logré tranquilizar a la niña que se sentía en peligro. Logré tomarla de
la mano y sacarla de la escena. Ella salió por una puerta (MBs). Estoy más emotiva.
(MBs)
A: ¡Que chistoso! Cuando yo era pequeña me gustaba mucho el ballet. Mis
recuerdos más felices son de mí, bailando, vestida de bailarina. (MBs) Acaba de
caerme el veinte de que yo restringí mi lado femenino porque pensé que ese lado estaría
siempre vinculado a la violencia. Hoy ni bailar puedo. Pienso que me quedé con mucho
miedo de la violencia contra la mujer después de lo que vi al crecer en mi hogar. 
(MBs)
A: Ahora me siento mejor, parece que finalmente entendí. Pienso que tenía
disociado todo esto. Necesito volver a la clase de ballet urgentemente. Estoy con un
sentimiento de estar libre, de tener libertad dentro de mí.
T: Tengo una propuesta: ¿Podemos ver juntas a esa niñita bailar ballet?
A: ¡Vamos! (Terapeuta y cliente miran juntasa la barra de luz de estimulación
bilateral, “viendo” a la niña pequeña bailar ballet.) (MBs) Fue genial, estoy libre, sin
preocupaciones. Mi Niña Bailarina está vestida con un vestido color rosa. Estoy bien,
ella esta súper feliz, orgullosa de sí misma. Humm, todavía falta tener más amor en la
escena… amor por mí. (MBs) Ay, yo… ¡me amo! ¡Yo soy una persona buena! Vi a esa
niña de cinco años. Estamos en comunión. Yo la amo mucho. Le digo que siempre la he
amado mucho, y que todo va a estar bien, que estamos bien. Ahora ya no tengo
perturbaciones al pensar en todo esto. Creo que soy amada. ¡Yo me amo! Siento que
estoy rescatando a esa niña y su feminidad.
T: ¿Qué significa todo esto para usted, una mujer adulta?
A: Yo soy una mujer completa. Me voy a inscribir en la clase de danza...
La Pandilla Interna y
la Teoría de la Disociación
 
Todos hemos tenido la experiencia de estar conduciendo el auto tan absortos en
nuestros pensamientos, que perdemos la salida correcta en la carretera. O en vez de ir a
donde queríamos, nos distraemos y el “carro hace el camino de siempre”. A veces,
estamos en “la luna” mientras la profesora da su clase y no recordamos lo que enseñó
durante esos momentos. Todos estos son ejemplos normales de disociación.
En verdad, existe lo que podemos llamar disociación adaptativa. Cuando
vamos a hacer una resonancia magnética, no hay ninguna justificación para que
tengamos que pensar que estamos siendo metidos dentro de un pasadizo de acero con
1-2 cms. de espacio para respirar. Nada impide que a propósito pensemos que estamos
en una linda playa, con el sol brillando, escuchando las olas del mar mientras
aguantamos el procedimiento. Esa es una forma saludable de lidiar con situaciones
difíciles: una disociación adaptativa.
Como dijimos anteriormente, la cuestión de la disociación es un asunto de
dosis. Cuando nuestra Pandilla Interna comienza a perder la conciencia de la existencia
de algunos de sus miembros (que es diferente del desconocimiento terapéutico de los
mismos) entonces comenzamos a hablar de una disociación patológica. Los “bordes” de
los roles quedan cada vez más rígidos y “compartimentalizados” y existe cada vez
menos flexibilidad y conciencia entre ellos.
Se trata de un trastorno serio que necesita ayuda profesional – y generalmente
auxilio medicamentoso – para poder lidiar con un proceso largo y difícil de sanar. Las
personas con Trastorno Disociativo de Identidad (antiguamente denominado Trastorno
de Personalidad Múltiple) tienen una serie de limitaciones que perjudican su vida
cotidiana. Acostumbran tener lagunas de memoria – no recuerdan pedazos enteros de su
vida, o no recuerdan cómo hicieron ciertas cosas o que tuvieron ciertos diálogos, y la
amnesia para algunos roles es total. Como fue algo que sucedió cuando estaban en otro
rol, no hay acceso al contenido de aquel rol por estar disociado de la vivencia total del
individuo. Hasta hace poco tiempo se creía que esto sucedía solo en el cine. Pero la
verdad es que estos trastornos son más comunes de lo que se imaginaba, y casos de
disociación leve son bastante frecuentes en el consultorio (¡a pesar de que
diagnosticarlos no es tan común!). Uno de los problemas actuales es lograr un
diagnostico apropiado para casos de disociación, ya que pocos profesionales estudian
este tema y menos todavía reconocen este tipo de dificultad. 
En nuestra Pandilla Interna, vamos “disociando” ciertas experiencias difíciles
que experimentamos en el transcurrir de nuestras vidas. Es de esta forma que se
desarrollan esos “miembros” de nuestra Pandilla. El rol interno que se vuelve un
aspecto de nuestra Pandilla no acostumbra desarrollarse a propósito, pero no deja de
cumplir cierta función de protegernos o ayudarnos a sobrevivir. Como dice Silvia
Guz[10], nuestra colega de profesión, disociación es aquel momento en que se “baja el
interruptor”. De la misma manera que el interruptor detiene el flujo energético para
evitar un incendio, la persona se disocia para evitar un infarto emocional.
Nadie tiene una personalidad completamente integrada. El concepto de
Pandilla Interna es una manifestación normal de los roles que se desarrollan dentro de
nosotros. Pero cuando hay una desconexión extrema entre estos roles, con eventuales
incógnitas de lo que está sucediendo con ciertas partes de la persona, es probable que
nos encontremos delante de un caso de Trastorno Disociativo de Identidad (TDI). En
estos casos, las partes o roles de la personalidad son más rígidos y se presentan de
formas distintas e “independientes”. En verdad es casi como si tuviesen vida propia. En
estos casos, cuando los roles son rígidos y poco flexibles, llamamos a esos roles
“alteres”. La propuesta en este tipo de trabajo terapéutico - en términos simplificados
– es encontrar una forma en que esos roles (o “alteres” en los casos de diagnósticos
graves) aprendan a tener conciencia unos de los otros, sanar sus heridas del pasado,
aprender a andar juntos en vez de jalar cada uno para un lado, y procesar una
integración que permita una vida más normal. Pero debido a la severidad de este tipo
de diagnóstico, comúnmente el progreso se mide en milímetros terapéuticos.
Es común que en la disociación traumática ocurra una total desconexión entre
la conciencia y los hechos ocurridos. En nuestro cerebro, el evento queda disociado de
las herramientas neuronales que podrían ayudar a procesar esos recuerdos. Por ello,
parece que el trauma ocurrió recientemente, cuando en realidad, a veces ya han pasado
años. Pero debido al hecho de que está disociado, es difícil recordar lo que sucedió, y
cuando se recuerda, a veces viene en diluvio. En el trabajo con trastornos disociativos,
estamos delante de personas muy frágiles (y muy fuertes ya que lograron sobrevivir a
tamañas tragedias). La persona debe ir recordando en la medida en que soporte, para
evitar el riesgo de retraumatización o revictimización.
Algunas personas con situaciones graves de trauma crónico y continuo,
especialmente durante la infancia, pueden desarrollar un trastorno disociativo. Esto
puede ocurrir cuando el niño es sometido a situaciones abusivas durante largos
periodos. Describen su estado como que estuviera en una neblina, otros dicen que es
como estar en un estado etéreo. (Haddock[11], 2011, p. 2). Parece que están
funcionando en “piloto automático” – sólo que para todo en la vida. Están
desconectados del mundo que los rodea. Pueden llegar a distorsionar el tiempo o hasta
perder la noción de la hora en casos extremos. Un sobreviviente de trauma con
trastorno grave puede no recordar algunas partes de lo sucedido durante el día.
La disociación se manifiesta de diferentes formas. Podemos decir que la
disociación es disfuncional (Haddock, 2001, p. 2) cuando:
- una persona no tiene conciencia o no es capaz de controlar sus respuestas
disociativas;
- esas respuestas disociativas ocurren en situaciones inapropiadas;
- la intensidad y duración de la disociación dificulta severamente la vida diaria
de la persona.
Debemos recordar que la disociación es una defensa emocional que nos
protege cuando no logramos soportar el sufrimiento emocional. Es una estrategia de
sobrevivencia, pero en los casos de disociación grave, es como cuando eventualmente
el hechizo se vuelve contra el hechicero: la disociación “protege” del sufrimiento, pero
impide que sea procesado, porque desconecta la experiencia de las herramientas
neurobiológicas (y emocionales) que permitirían su resolución adaptativa.
Según Haddock (2001, p. 11) el “propósito de la disociación es tomar ese
recuerdo o emoción que está directamente asociado con el trauma y encapsularlo, o
separarlo del yo consciente.[12] Se trata de una forma creativa de mantener aquello que
es inaceptable fuera de la conciencia. Ayuda el sistema disociativo (TDI) a proteger sus
secretos y adaptarse continuamente al medio ambiente. Permite que un vinculo con el
abusador se mantenga, y finalmente, hace que las emociones fuertes y muchas veces
conflictivas se mantenganen compartimentos separados de la mente.”
P: Doctora, que extraño… hoy mis ojos están lagrimeando mucho… no entiendo
porqué, dijo Pedro inocentemente, y se limpió los ojos con un pañuelo durante una
sesión de EMDR donde estábamos trabajando una situación muy dolorosa de su
infancia.
T: ¿Quizá sus ojos están lagrimeando porque está llorando? ¿Será que las lágrimas
son un llanto?
P: ¿Usted piensa que es eso? ¿Qué estoy llorando? (limpiándose los ojos otra vez con
un pañuelito…)
 
Aunque una persona y su comportamiento se encuentren dentro de la categoría
de disociación, la persona no debe sentirse avergonzada o humillada por esto. Esa
disociación cumplió una función muy importante, una función adaptativa en un
determinado momento de su vida. No es un exageración decir que gracias a la
disociación, la persona no murió de “infartos emocionales” (que pueden llevar hasta a
intentos suicidas - para detener el dolor emocional vinculado a la experiencia
traumática. No siempre la persona quiere morir: sencillamente quiere que el sufrimiento
pare.) El problema es que una vez que el trauma termina y la amenaza ya no existe, la
disociación comienza a interferir en la vida cotidiana del individuo. En este sentido, la
disociación se vuelve una estrategia mal-adaptativa para vivir el presente.
Con el nuevo tratamiento de reprocesamiento de recuerdos dolorosos y
traumáticos como EMDR, somos cada vez más capaces de ayudar a las personas a
lidiar con sus disociaciones de forma que consigan integrar sus experiencias de forma
saludable. Situaciones más graves de disociación, tales como los Trastornos
Disociativos, necesitan de un especialista en disociación para que los acompañe, y no
todos esos casos graves tienen indicación para EMDR, pero dentro del aspecto
disociativo, muchos diagnósticos responden bien a esas nuevas terapias.
 
EMDR – Eye Movement
Dessensitization and Reprocessing
 
Tamara se levantó de la mesa, respiró hondo y subió la escalera eléctrica por
primera vez en 58 años de vida. María Helena llegó al consultorio y contó que logró
entrar en el aparato de resonancia magnética con tranquilidad. Rodrigo volvió a
manejar su carro después del accidente en que murieron sus amigos. Patricia se hizo los
exámenes de sangre después de haber perdido el miedo a las agujas. Juan Pedro
comentó del asalto armado a su casa que duró 5 horas y cuyo trauma le impidió trabajar
por un año: “Ah, esa es una historia para contar en el happy hour”.
 
EMDR
Lo que esas personas tienen en común es que se sometieron a una psicoterapia
revolucionaria llamada EMDR Eye Movement Dessensitization and Reprocessing
(Desensibilización y Reprocesamiento por Medio del Movimiento Ocular) descubierta
en Estados Unidos por la Dra. Francine Shapiro en 1987. Desde entonces, más de cien
mil terapeutas han sido capacitados mundialmente en el enfoque que hoy representa un
cambio de paradigmas en la psicoterapia.
Entendiendo que los traumas y recuerdos dolorosos se almacenan de forma
mal-adaptativa en las redes cerebrales, el EMDR es capaz de reprocesar los miedos,
fobias, terrores y ansiedades vinculadas a los recuerdos difíciles que mantienen a sus
víctimas atrapadas a los fantasmas del pasado. Esto se da a través de la integración de
la información que se encuentra separada en los dos hemisferios cerebrales.
De forma acelerada y adaptativa, el EMDR “imita” de cierta manera lo que
sucede en las personas durante la etapa de sueño -movimiento ocular rápido (REM –
Rapid Eye Movement – Movimiento Rápido Ocular) en que el cerebro procesa la
información diaria y archiva adaptativamente el pasado.
Por alguna razón todavía no completamente comprendida, en determinadas
situaciones las personas no logran realizar este procesamiento de forma normal y
saludable, de donde probablemente vienen las pesadillas, sobresaltos, pensamientos
intrusivos y obsesivos, ataques de pánico y en casos más graves el Trastorno de Estrés
Pos-Traumático (TEPT) y sus consecuencias. En casos excepcionales pueden llegar los
Trastornos Disociativos de Identidad (TDI) cuando las personas poseen historias de
traumas crónicos, repetitivos y constantes, especialmente en la infancia.
Para aplicar el EMDR, el psicoterapeuta debe capacitarse por medio de cursos
acreditados donde se le enseñará de forma teórica y práctica a manejar el protocolo de
ocho fases que estructura el tratamiento. Comenzando con la primera fase, el paciente
comparte su historia clínica y el terapeuta identifica los traumas y recuerdos dolorosos
del paciente que serán los objetivos del tratamiento en futuras sesiones. En la segunda
fase, se instalan recursos positivos para ayudar al paciente a enfrentar los momentos
difíciles dentro y fuera de la sesión, y se prueban diferentes movimientos bilaterales
(visuales, auditivos y táctiles) y se instruye al paciente en el proceso del EMDR. En la
tercera fase, “se abre” el archivo cerebral a ser trabajado a través de los rescates de
imagen, creencias emocionales y sensaciones vinculadas al evento clave en cuestión.
Asimismo, se toman medidas en dos escalas diferentes. La primera es la escala
SUDS (Subjective Units of Disturbance Scale), una escala que mide unidades
subjetivas de perturbación. Preguntamos al paciente, “En una escala de cero a diez,
donde cero es ninguna perturbación y diez es la máxima perturbación que puede
imaginar, ¿cuánta perturbación siente ahora cuando piensa en esa experiencia difícil?”
Esto nos permite ir acompañando el nivel de resolución (o no) de la experiencia
mientras vamos aplicando los movimientos bilaterales. Esa escala fue inicialmente
desarrollada por Joseph Wolpe, quien trabajó durante muchos años con la
desensibilización, y fue una forma que él descubrió para poder evaluar experiencias
subjetivas estadísticamente.
También se pide al paciente que imagine una situación ideal o de resolución y
se le pregunta: “En una escala de uno a siete, donde siete se siente como completamente
verdadero y uno es completamente falso, ¿qué tan verdaderas siente que son esas
palabras positivas con respecto a usted ahora?” Esa es una escala que Francine Shapiro
desarrolló para que se pudiera medir también y acompañar la resolución deseada al
problema en cuestión. Es decir que con esas medidas, Shapiro creó un protocolo que
permite el estudio estadístico de su nuevo enfoque, lo que ya resultó en la publicación
de más de 200 estudios científicos con metodología rigurosa y una revista indexada
específicamente dedicada al estudio de EMDR (Journal of EMDR Practice and
Research). Actualmente, la confirmación de la eficacia del EMDR es innegable.
En la cuarta fase, el terapeuta aplica los estímulos bilaterales que darán el
“arranque” al cerebro para que pueda desarrollar el reprocesamiento que resultará en
la desensibilización de los recuerdos dolorosos.
Una de las cosas que pasa comúnmente en el reprocesamiento es el surgimiento
de emociones intensas o ab-reacciones. Si entendemos que un recuerdo fue archivado
con la emoción, sensación, imagen y pensamientos originales de aquella experiencia, no
es de sorprender que cuando abrimos este archivo cerebral, venga el recuerdo con todo
el impacto emocional de la experiencia original. Esto es normal. Abrimos el archivo y
salen todos los elementos que estuvieron viviendo en este pozo de recuerdos. Cuando
esto sucede, no significa que la persona está volviendo a ser traumatizada, sino que la
carga negativa vinculada al recuerdo está siendo liberada, reprocesada y transformada
en un contenido adaptativo y funcional. El pasado se está volviendo pasado y dejando
de vivir en el presente a través de esa transformación neuroquímica del
reprocesamiento.
Por otro lado, debemos tener en consideración que las ab-reacciones excesivas
pueden impedir el reprocesamiento. Cada parte o rol traumatizado es una parte
congelada y disociada. Cuando nos conectamos con esa parte, se dispara todo lo
congelado, guardado y vivido en aquel lugar, en el contenido de aquel rol. Por eso
decimos que la vivencia es un estadodependiente. Cuando topamos ese lugar aparece
todo lo que fue vivido y sentido en ese momento. En general son partes o roles del niño
que no tuvo los recursos emocionales para enfrentar lo que estaba sucediendo. Los
circuitos quedan sobrecargados y la disociación fue la defensa que encontró para
sobrevivir. Pero si es excesiva la ab-reacción o la vivencia de la emoción es
demasiado intensa, la persona puede volver a disociarse y ahí no hay reprocesamiento.
El individuo no logra hacer las conexiones cerebrales o neuronales necesarias para
reprocesar hasta llegar a una resolución adaptativa porque la emoción es demasiado
fuerte y la persona (y su Pandilla Interna) se asusta y “huye” (se vuelve a disociar) a sus
lugares congelados de nuevo para “protegerse”. A través de la disociación, van a esos
lugares internos donde se tiene la ilusión de estar protegidos. Pero en esos casos, la
estrategia de supervivencia se convierte de nuevo en una prisión de congelamiento.
Vemos la importancia de tratar esto dentro de un camino de cuidado. Ab-
reacción no significa que automáticamente hay procesamiento. Hay ciertos enfoques de
psicoterapia que creen en la idea que cuanto más “fuerte la catarsis o ab-reacción” más
está procesando, resolviendo y sanando su dificultad. Esto no es necesariamente cierto.
Ab-reacción no es igual a cura. Esto hace parte del paradigma que dice que las
personas deben tener ab-reacciones fuertes para sanar. No.
En la quinta fase es posible sustituir las creencias negativas y falsas surgidas a
partir de aquello que fue vivido, por creencias positivas que llevarán al paciente a
encontrar percepciones adaptativas en relación a aquello que había sido archivado de
manera mal adaptativa y, muchas veces, patológica.
En la sexta fase se averigua la existencia (o no) de perturbaciones corporales y
la sesión termina en la séptima fase con instrucciones específicas sobre qué esperar
entre sesiones.
En la octava fase el paciente vuelve, se hace una evaluación de los resultados,
y se continúa con la evolución del tratamiento: un nuevo objetivo de tratamiento en caso
de que el anterior ya haya sido resuelto de manera satisfactoria, o la elaboración más
profunda y completa del objetivo inicial.
 
Para poder procesar con eficacia es necesario sentirnos protegidos y seguros.
Gran parte de esa seguridad proviene de la relación terapéutica. Si no confiamos en la
persona que nos acompaña en esa peregrinación terapéutica – ya que a veces hay
pasajes aterradores – no nos entregamos al proceso sanador. Al fin y al cabo, hay toda
una Pandilla Interna en nuestro interior por la que somos responsables y a la que
tenemos que proteger. Si cualquiera de las partes internas -alguien de mi Pandilla
Interna– no se siente cómoda, segura y protegida, o se asusta, o no está de acuerdo en
seguir adelante, no pasa nada. El reprocesamiento se estanca.
Por eso, siempre enfatizamos que lo que cura… es el amor. Tal vez suena
extraño hablar de esto en un libro sobre psicoterapia, pero es el amor, el afecto, el que
da seguridad a las personas para que busquen la valentía de embarcarse en el navío de
la sanidad y soporten el viaje hasta el final. Es la seguridad de la aceptación
incondicional del paciente por parte el terapeuta la que anima a las personas a hacer
ese viaje hacia adentro de sí mismas y visitar a los miembros de la Pandilla Interna.
Conocer la pandilla herida por los traumas de la infancia permite que sean curadas por
las nuevas herramientas psicoterapéuticas, pero sin amor, nadie encuentra la valentía
para el viaje.
 
¿Qué es lo que hace que el EMDR sea percibido como un cambio de
paradigmas? Primero, no es necesario hablar para sanar. Durante 120 años se nos
enseñó que el paciente debía conversar y hablar sobre sus dificultades como una forma
de “desahogar” sus penas y que esto iba a ayudarle a resolver sus dificultades (es el
“talking cure” que describía Breuer). Pero con el EMDR, el hablar puede ser mínimo
durante el período de reprocesamiento cerebral, lo que permite que el paciente pueda
trabajar sus recuerdos en privado. Teniendo en cuenta que muchos traumas son de
carácter sexual o de humillación, el hecho de no tener que entrar en detalles gráficos
muchas veces permite que el paciente enfrente el recuerdo sin tanta vergüenza.
Segundo, la resolución de la dificultad se da por la integración de la
información neuronal inicialmente disociada en los hemisferios cerebrales. Es común
que el recuerdo doloroso esté archivada en el hemisferio derecho y sabemos que el
habla (área de Broca) que permite la atribución de sentido al evento está en el
hemisferio izquierdo. Los recuerdos están desvinculados de aquello que permitiría al
paciente describir en palabras lo que sucedió (“no tengo palabras para explicar lo que
me sucedió” es un discurso común entre personas traumatizadas porque literalmente no
las tienen). O los recuerdos están desvinculados del sistema límbico y el paciente vive
en un eterno estado de ansiedad y peligro sin saber por qué y sin poder explicar a su
cerebro que el peligro pasó. (Esto se constata a través de tomografías cerebrales
sofisticadas tales como tomografías PET o SPECT, o resonancias magnéticas
funcionales - fMRI). El EMDR integra esas informaciones y permite que se pueda
atribuir sentido a lo ocurrido y calmar el sistema límbico atorado.
 
Una de las mejores cosas que oímos de nuestros pacientes al terminar el
reprocesamiento es…
- Acabó. Ahora está distante. Está en el pasado.
Y cuando vuelven en las sesiones siguientes dicen así:
- Lo recuerdo, pero ya no me molesta.
- Ya no recuerdo como era antes.
- Quedó borroso. Perdí la nitidez del recuerdo.
- ¿Es normal sentir tanto alivio en tan poco tiempo?
- A veces me dicen o me hacen cosas molestosas y ya no me importa. Ya no es
más importante como antes.
- ¡Estoy durmiendo bien por primera vez en años...!
- No pensé más en ese asunto. Ni me vino a la mente.
- Es tan chistosa esa cosa del EMDR… es como que nunca existió aquella
experiencia. Parece que el EMDR lo pone en un lugar donde nunca existió el
problema. Es como si antes yo veía un cuarto todo abarrotado y ahora no hay nada
de eso. Está todo organizado y ni me imagino ¡cómo era con todo el
abarrotamiento...!
 
- ¡Este EMDR es mágico...!
Sesión de EMDR
María Clara vino a terapia para resolver algunos recuerdos de su infancia. Ella
relató que cuando era pequeña, ella y sus hermanas oían a la madre teniendo relaciones
sexuales en el cuarto de al lado. Ella sabía que había habido una etapa en la vida de su
madre donde eran tan pobres, que su madre se prostituía para poder proveer a las
necesidades básicas de las hijas. La madre no tenía instrucción, era analfabeta, había
sido abandonada por el marido con tres hijas pequeñas y la única forma que encontró
para pagar las cuentas había sido esa, ya que era extranjera y no tenia familia de origen
a la cual recurrir.
María Clara relataba que tenía mucha dificultad para dormir, sufría de
insomnio, y atribuía esto al hecho de que se asustaba mucho en la noche cuando era
pequeña y se despertaba con los ruidos y gemidos del cuarto de al lado. Se sentía
ansiosa y no lograba más dormir. Las hermanas dormían tranquilamente, pero ella,
como la mayor, se preocupaba que sucediera alguna cosa mala.
Cuando estructuramos el protocolo clásico de EMDR, María Clara describió el
objetivo de trabajo para esa sesión, es decir, ese recuerdo de la infancia. La imagen era
de ella acostada en la cama, con la almohada tapándole los oídos, con frio en el
estómago y con mucho miedo de que algo malo fuera a ocurrir. Su creencia negativa
era: “Estoy desamparada” y quería que la creencia positiva fuera: “Estoy cuidada.” La
validez de la creencia era cinco (en una escala de uno a siete donde siete significa que
creo completamente que esa expresión es verdadera en relación a la situación en
cuestión.) Las emociones eran de tristeza, miedo, inseguridad al extremo, con un nivel
de perturbación (SUDS) de siete en una escala de cero a diez donde diez