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O Coração do Escritor

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149El	artista	y	el	otro
Língua	Estrangeira	Moderna	-	Espanhol
RIVAS, M. Hamnlet, en el café bar Venecia
de Manuel Rivas - Santiago
Digamos algo sobre el corazón. El 
de Suso de Toro es el de un resistente 
con humor. Entre el sístole y el diástole, 
puede escucharse la campana de la 
Berenguela remontando una de las 
dos más importantes escaleras de 
Santiago, la que separa la Quintana 
dos Mortos de la de los Vivos. La 
otra escalera, la de caracol de triple 
desarrollo, en Bonaval, de Domingo 
de Andrade, que no termina nunca, 
también tiene mucho que ver con la escritura y el corazón de Suso de Toro. Un corazón independiente que, como 
al del fado de Estranha forma de vida, le gusta vivir perdido entre la gente. En la danza de las palabras, en su 
búsqueda angustiosa de sentido. Sin miedo al qué dirán.
En Cómo estar solo, un joven autor estelar de la literatura norteamericana, Jonathan Franzen, reflexiona de 
forma muy inteligente sobre los dilemas que torturan al escritor en su relación con el mundo real, con la sociedad. 
Suso de Toro encontró de forma precoz e inconscientemente su Aleph, una posición universal de la mirada, 
y se vacunó contra algunas de esas neurosis, en el café bar Venecia. El bar de sus padres. Antes, la taberna 
O´Mañoso. Él era o fillo do taberneiro. Era el mundo el que desfilaba, el que entraba, el que representaba. Allí, 
sin saberlo, los jugadores de dominó eran reyes que movían las fichas de una batalla. Allí un Hamlet, príncipe 
de aldea, acodado en la barra, murmuraba su monólogo entre tragos. Llegaría a ser profesor de Literatura, pero 
fue allí, en el Venecia, y en las ciudades invisibles de Santiago, esa extraordinaria redoma, donde desarrolló la 
escuela de los sentidos y el derecho a imaginar. Además del Venecia, y del lenguaje procaz de las gárgolas de 
Compostela, podríamos hablar, por ejemplo, de Faulkner o de Joyce. En una de sus bases, la escalera de Suso 
de Toro arranca de esa tradición culta y experimental del siglo XX. A él, además de experimentar, le apasiona subir 
peldaños, contar historias. Trece badaladas nació de un guión de cine.
Uno de los personajes de Torrente Ballester era un anarquista que quería reventar la cripta de una Compostela 
vista como una Compospétrea. Cuando Suso se encripta, hace hablar a las piedras. Ésa es su dinamita. Desentierra 
los mitos y enfrenta al ser contemporáneo con los espejos rotos, en una especie de realismo trágico que templa la 
ironía, ese diafragma sutil que mantiene a flote toda la obra de Suso de Toro. Que es ya una prodigiosa caravana, 
iniciada hace dos décadas con Caixón de Sastre y Polaroid, todavía no publicadas en castellano. La pasión de 
contar descuella también en una obra aparecida en colección juvenil, A Sombra Cazadora.
El corazón independiente es un corazón valeroso, inconformista. La sombra cazadora del fraguismo en 
Galicia ha tratado de silenciarlo. Ayer mismo, Suso de Toro corregía las galeradas de una obra ensayística titulada 
Españoles todos, en la que critica el casticismo de Aznar, pero también otros cerrilismos. Autor reciente de Nunca 
Máis (Galicia a la intemperie), le puede la emoción al hablar de ese movimiento solidario que conjuró la catástrofe 
del Prestige: “¡Yo soy del país de Nunca Máis!”. En la tradición gallega, los buscadores de tesoros persiguen una 
viga de oro aunque lo que suelen encontrar es una viga de alquitrán. Suso de Toro escribe con pan de oro, con 
el alquitrán pegado a la suela de los zapatos.
Disponible en: <http://www.elpais.com/articulo/cultura/Hamlet/cafe/bar/Venecia/elpepicul/2003101>. Acceso en: 29 nov. 2007.
150 Discurso
Ensino	Médio
Una mujer y una silla
de Luisa Castro – Lugo
Estaba escrito en mi agenda del siete de julio, el mismo día 
que cumpliría treinta y cinco años: cambiar silla.
Para que el grupo de sillas que abrigaban la mesa del 
comedor no desentonara, aquella silla marrón tenía que ser 
roja. Pero llevaba siendo marrón mucho tiempo, cuatro o 
cinco meses, desde que la comprara apresuradamente. Había 
quedado con el vendedor, también apresuradamente, en 
cambiarla en cuanto les llegara la roja, sin tener en cuenta esa 
lentitud que nos invade a los que vamos cumpliendo años sin 
que en nuestra casa los muebles acaben de asentarse. Sí, yo la 
quería roja, pero entonces no la tenían roja, la tenían marrón. Yo, 
que iba para los treinta y cinco sin tener en mi vida una mesa de 
comedor, no podía esperar ni dos días a que llegara una silla.
-No importa –dije-, me llevo ahora ésta. Cuando llegue la 
otra, vendré a por ella.
Y estuve mirando la silla marrón durante cuatro, cinco meses, sin ser capaz de cogerla y llevarla a 
cambiar, cuando empezaron a llamarme casi a diario de la tienda.
-Ya tiene aquí la roja. Ya puede venir a buscarla.
-Hoy no puedo, mañana voy.
Apunté el recado que tenía que hacer en varias hojas de varias semanas, me acosté pensando en la 
silla muchas noches, me levanté muchas veces con el temor de que en el teléfono una voz educada me 
diera los buenos días y me lo recordara:
- ¿Quiere que se la llevemos nosotros? También podemos llevársela.
-No, no, iré yo.
-Si prefiere la marrón, puede quedarse con ella.
-No. Yo prefiero la roja, en serio.
Y llegó el día de devolver la silla. Un siete de julio como otro cualquiera, sólo que aquel día yo cumplía 
treinta y cinco años. Juré que no pasaría la mañana sin hacer el recado. Me levanté con decisión. Cogí la 
silla marrón en el regazo, bajé con ella por las escaleras y la metí en el coche, en el asiento del copiloto, 
con las patas hacia arriba. Me puse al volante y eché a rodar.
Siempre me ha gustado conducir. Recordaba que el camino de la tienda era otro, pero me metí por 
la calle que atravesaba el río segura de que iba a llegar al mismo sitio. En eso, Santiago no es una ciudad 
como otras. El tejido urbano es antiguo, implantado de viejo, y las aldeas de los alrededores acceden 
al centro por caminos estrechos y alquitranados que llevan directamente de las puertas de las casas al 
mercado de abastos, y poco más. Las comunicaciones radiales que llevan del centro a las comarcas no 
están comunicadas entre sí por esos puentes circulares que tejen la tela de araña de una gran ciudad. Me 
metí con el coche por esos huecos de paisaje verde, con la esperanza de encontrar en algún momento el 
atajo que me llevase al centro comercial, pero poco después de atravesar el río enseguida me di cuenta 
de que no habría tal atajo. Aun así, la belleza de la carretera que ahora me llevaba monte adentro merecía 
gastar unos kilómetros en llegar a ningún sitio y sin mirar el reloj. La silla marrón iba a mi lado, sentada patas 
arriba como un compañero mudo y escéptico.
Pensé por un momento que aquella era una de las escenas más absurdas de mi vida, una mujer que 
el día de su treinta y cinco cumpleaños huye de casa con una silla por todo equipaje hacia un destino

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