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El Día del Trabajo

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El Día del Trabajador
Se conoce como Día Internacional del Trabajo, Día Internacional de los Trabajadores o Primero de Mayo a una festividad pública de carácter internacional, que conmemora la lucha del movimiento obrero mundial en pro de mejores condiciones de vida y de trabajo. Se celebra todos los años el día 1° de mayo.
El Día del Trabajador es un día festivo nacional en la mayoría de los países del mundo, muy aprovechado por movimientos reivindicativos y de organización obrera para llevar a cabo manifestaciones, concentraciones y otros eventos de protesta. Su establecimiento en el calendario tuvo lugar en 1889, durante el Congreso Obrero Socialista de la Segunda Internacional, que se celebró en el París de la época. Se eligió ese día tuvo como propósito rendir homenaje a los “Mártires de Chicago” de la Revuelta de Haymarket de 1886. Si bien esta conmemoración es común en numerosos países del mundo, en otros de tradición anglosajona, se opta en cambio por celebrar el Laboy Day (“Día del trabajo”) el primer lunes de septiembre de cada año, desde finales del siglo XIX.
La razón de esta fecha distinta es que el presidente estadounidense de entonces, Grover Cleveland, temía que asumir el 1° de mayo como fecha le otorgase mayor influencia a los movimientos internacionales comunistas y anarquistas en su país. En estos países la conmemoración del 1° de mayo es conocida como May Day (“Día de mayo”).
Para contar la historia del Día del Trabajador hace falta remontarse a inicios del siglo XIX, cuando Estados Unidos era un país en plena y frenética industrialización. Chicago era la segunda ciudad más poblada del país y ejercía una atracción continua sobre ganaderos desocupados e inmigrantes de otros países, en busca de integrarse a la recientemente creada clase obrera. En aquel entonces, los obreros cumplían jornadas agotadoras de 12 a 18 horas de trabajo, que no sólo consumían la mayor parte de su día, sino que dejaban poco tiempo para otro tipo de actividades, incluso para el descanso. He allí que desde 1829 los movimientos obreristas comenzaron la lucha por una nueva jornada, más humana: ocho horas laborables, ocho horas de descanso y ocho horas ocio. Ya en algunas legislaciones se contaba con la prohibición de jornadas de 18 horas, “salvo en casos de necesidad”, que multaba con 25 dólares a cualquier patrón que forzara a sus empleados a trabajar semejante turno.
De hecho, por presión de la Federación Americana del Trabajo, de orígenes anarquistas o socialistas, muchos de los gobiernos provinciales estadounidenses implementaron horarios máximos de trabajo de entre 8 y 10 horas, pero siempre dejando cláusulas de excepcionalidad que permitían su aumento a 14 y 18 horas. Esto obedeció a la Ley Ingersoll decretada por el presidente Andrew Jackson.