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Lengua y Cultura en el Caribe

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Nancy Morejón
Escritora. Teatro Nacional de Cuba.
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¿Qué es nuestra región sino una Babel de contrastes, de
complicados procesos de transculturación que albergan
en su seno antiguas y nuevas civilizaciones? No es posible
hablar del Caribe �bien sea de sus islas o de las costas de
los países de América Central y Sudamérica ancladas en
Tierra Firme� sin hablar de sus lenguas, porque ellas
expresan mejor que todo nuestra cultura, nuestro mundo
cambiante y, lo que es más importante, nuestra experiencia
histórica común.
¿Somos una unidad? Por supuesto que sí, pero esa
unidad se afinca en una diversidad que se expresa en varias
culturas. Esas culturas se expresan a su vez en complejos
lingüísticos de infinita originalidad. Esta es una de las
características más interesantes de estas tierras.
Siempre que se habla del Caribe �que es una acepción,
sobre todo, válida desde mediados del presente siglo�, se
piensa en un universo heterogéneo. A pesar de la
certidumbre que esa heterogeneidad encierra, lo
fundamental es que siendo tangible, verdadera, no nos
obliga a creer que no haya engendrado un sustrato sui
generis más o menos homogéneo. No me asustan ni la
palabra heterogeneidad ni su concepto. Me han inquietado
mucho más la incomunicación, los puentes volados, en
fin, eso que, a lo largo de estos años y sobre todo en los
albores de los estudios caribeños entre nosotros, se dio
en llamar balcanización. El pretexto ideal para la ideología
de las clases dominantes en el poder fue precisamente crear
la conciencia de que la existencia misma de las llamadas
lenguas metropolitanas, en esta parte del hemisferio
occidental era un hecho a su favor, pues aportaba la arcilla
privilegiada para construir barreras lingüísticas. El hecho
lingüístico era entonces considerado como un hecho
autónomo, interesadamente despojado de su contexto
histórico y, más aún, de su extracción eminentemente
sociocultural.
Traduciendo estas realidades a un lenguaje sencillo, al
alcance de todos, habría que decir que esta trampa
ideológica del colonizador intentaba entronizar un
lenguaje de mudos, cuyos patrones tenían que establecerse
desde el centro mismo de la lengua y de la cultura
metropolitanas eurocentristas, vinieran de la latitud que
vinieran. Un ciudadano de María Galante, en cualquier
tiempo de la era contemporánea, debía conocer primero
la producción literaria francesa. París era su referencia
cultural. Todo producto que naciera, contrariamente, en
ultramar, tenía que estar en dependencia de su homólogo
francés.
En pleno siglo XX, una buena parte de la creación
artística y literaria de nuestra América padeció un feroz
mimetismo que no hizo sino convertirla en una fofa
 no. 6: 4-7, abril-junio, 1996.
5
Lengua, cultura y transculturación en el Caribe: unidad y diversidad
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caricatura de valores coloniales. Junto a ese espíritu
imitativo fue coexistiendo, para apuntalarlo, una
verdadera y apoteósica desvinculación
intercontinental. ¿Quién iba a imaginar, desde La
Habana, un poeta en Barbados? ¿O un dramaturgo en
Aruba? ¿Un ensayista en Guadalupe? Era
prácticamente imposible. Y si sumamos a esto la
imposibilidad de poder expresar el alma nacional de
cada una de estas islas mediante la lengua criolla, es
decir, los créoles , eran pocos los bienaventurados
capaces de imaginar un futuro de l ibertad e
independencia cultural. Para nosotros, habitantes del
Caribe, estaban vedados esos sueños de encontrar
nuestra propia imagen, nuestro ser, sin desvirtuación
y sin maltrato. La diversidad y heterogeneidad, en
nuestro caso, se volvían nada al tener, como fijo
recuerdo común, la pesadilla de la trata, la esclavitud
y la entrega total de nuestra mano de obra y nuestra
riqueza natural a los monopolios internacionales.
Damos por sentado que Europa �el espíritu de la
Europa del ideal de un Paul Valéry� y su cultura,
existen de manera tan rotunda que no necesitan
siquiera que se reflexione al respecto. Ya los europeos
apenas hablan de su ser, sublimado hasta la más pura
de las ficciones. Difícil es encontrar eventos donde se
exponga lo europeo; o donde se entre a distinguir la
Babel de lenguas que allí se hablan. ¿Podríamos hablar
allí también de creoles? ¿Lo son el celta, el gallego, el
catalán? Me parece que solo la imaginación cándida
de algún extraterrestre podría aceptar esa posibilidad.
George Lamming ha contribuido a esclarecer estos
criterios cuando afirmaba que «Europa y sus sucesores,
los Estados Unidos, han sido atrapados en el engañoso
hábito de verse a sí mismos no como una parte de la
humanidad, sino como los custodios del destino de
toda la humanidad».1 Parecerá esta una afirmación de
Pero Grullo, pero ocurre que, a veces, al emplear el
más común de los sentidos alcanzamos las más
concretas y precisas nociones de la verdad que hemos
querido defender.
Con esto quiero dejar sentado que vivo
absolutamente convencida de que nuestro mundo
caribe �insular, costeño, marítimo y telúrico� posee
una esencia que lo caracteriza y lo define: su historia
invariablemente común, su heterogeneidad, su diversa
homogeneidad y hasta su propia inaprehensión, tanto
por nosotros mismos como por el resto de las culturas
europeas, africanas y orientales que hubiesen
participado en la gestación de nuestra imagen factual.
Entre ninguno de los apasionados de esa imagen se
desconoce el hecho de que un perenne proceso de
transculturación ha calado en nuestras más vivas
entrañas. El resultado de ese proceso, en mayor o
menor medida, no ha tocado a su fin; los factores que
componen la conquista en América aún perviven; por
tanto, no hay un resultado definitivo, estático. Aún
somos un crisol que se empaña, se lustra, vuelve sobre
sí mismo, se achica y se acrecienta, a pesar de cuanta
teoría a ultranza quiera crear un esquema artificioso o
una nomenclatura rígida.
¿Cómo es la cultura del Caribe o, mejor, cómo son
sus culturas? No podríamos entrar en materia sin,
quizás, volver a introducir las narices en ese ajiaco que
tanto amó Fernando Ortiz. Al Caribe llegaron las
culturas madres que no son más que aquellas que
entraron a estas tierras, por la vía de la conquista y la
colonización, provenientes de España, Francia,
Portugal, Gran Bretaña y Holanda. Junto a ellas, casi
parejamente �aunque por razones opuestas por
completo� aparecieron diversas culturas africanas. Y,
aun en holocausto delirante, los despojos de las
culturas precolombinas arrasadas por la conquista y
la colonización europeas en uno de los más patéticos
etnocidios registrados por la historia de la humanidad.
El Caribe es, pues, mestizo. Ningún rasgo nuestro
puede ya aislarse de la aglutinación de etnias, razas y
culturas. Nuestra cultura y nuestra biología han vivido,
y casi viven, bajo el signo de la inmigración desde sus
más remotos orígenes. Pensemos en los movimientos
migratorios que trajeron aquí a numerosas olas de
asiáticos cuya presencia es, hoy por hoy, más que
firme. De modo similar, las distintas etnias de la India
asentadas en todo el Caribe, particularmente en la zona
oriental de las Antillas menores, conforman asimismo
el perfil definitivo de nuestra área. La historia del
Caribe es una historia de migraciones.
Aquí me gustaría aplicar la teoría que, para toda
América, esbozó el antropólogo Darcy Ribeiro y que
tiene, según creo, plena vigencia para el área del Caribe,
en esa dimensión heterogénea a la que me referí
anteriormente.
La América nuestra es sin duda una unidad, pero una
unidad dramática y amenazada; y una unidad, también,
integrada por partes que se articulan dialécticamente.
Cualquier observador atento distingue en ella tres zonas
mayores, que esquemáticamentepueden ser llamadas
Indoamérica, Afroamérica y Euroamérica: zonas que se
corresponden, en nuestra América, con las que el
antropólogo brasi leño Darcy Ribeiro ha l lamado
Pueblos Testimonios, Pueblos Nuevos, y Pueblos
Trasplantados. Todos tienen en común ser pueblos
colonizados primero y neocolonizados después, uncidos,
como tierras de explotación, al mercado capitalista
mundial. Todos tienen en común, también, numerosos
rasgos de muy distinta naturaleza. Por eso constituyen
una unidad. Pero esa unidad no es uniformidad ni
monotonía: ni excusa de señalar las características específicas
de cada zona.2
El Caribe es una combustión de esas tres Américas de
las que habla Ribeiro. Por ello su heterogeneidad culmina
en una complejidad homogénea. En una conferencia
pronunciada en La Habana en vísperas de Carifesta�79,
Alejo Carpentier, refiriéndose a las culturas de los pueblos
que habitan la cuenca, señalaba que luego del
Descubrimiento, solo en tierras del Caribe se produce la
primera cita, la primera conjunción de las tres razas que
hasta el momento poblaban Occidente: la india, la blanca
y la africana.3
Cualquier ojeada a un mapa de la zona, nos indicaría
ahora mismo que este mar Caribe toca también las costas
6
Nancy Morejón
de países de América Central, e incluso de los Estados
Unidos, cuyas culturas se asientan, fundamentalmente,
en las llamadas autóctonas o indígenas y que, a mi juicio,
deben llamarse indias. De Chichén Itzá a Bluefields en la
costa atlántica, que pertenecen a México y Nicaragua
respectivamente, se extiende de igual modo una infinidad
de elementos integrantes del mundo caribe. Buena parte
de esa cultura nuestra, se asienta en esa latitud frondosa
donde podemos cobijarnos, según el genio poético de
Carlos Pellicer (1897-1977), bajo el amparo de verdes hojas
«de un metro de diámetro».4
El trópico es una de las constantes de nuestra expresión
cultural y es, por ende, uno de los principales mitos de la
región. De un constante choque de culturas, en ese trópico
nació la cultura caribeña, hija de gallegos, mayas, catalanes,
taínos, andaluces, bretones, celtas, germanos, galos, íberos,
yorubas, congos, ararás y yolofes y, hasta con envidiable
discreción, chinos e indios orientales. Lo cierto es que a
una expresión caribeña debe corresponder un altísimo
grado de mestizaje, sin desmitificar la referencia de las
culturas madres. No obstante esa tridimensional torre de
Babel, nos caracterizamos por tener pieles oscuras, en
todas las tonalidades. La presencia de Africa es «múltiple
y una», como pedía el gran poeta martiniqueño Aimée
Césaire. La vocación antillana de Nicolás Guillén �el
poeta nacional de Cuba� precursora y zahorí, se entronca
justamente con ese pasado de servidumbre africana,
porque aquí somos más Africa que Europa, como previó
en su momento histórico Simón Bolívar y como lo ha
asentado en nuestros días Fidel Castro. En su «Carta de
Jamaica» (1815), Bolívar llega a cuestionar «a qué familia
humana pertenecemos».5 Africa transculturada nos
identifica en el Caribe.
Los valores prelógicos que caracterizan el trasplante
de las culturas africanas, nutren y enriquecen la mitología
caribeña de hoy. La cuestión lingüística viene a adquirir
aquí una gran importancia. Si atendemos al precepto de
Edward Sapir de que «toda lengua es en sí misma un arte
colectivo de la expresión»,6 tenemos que convenir en que
el Caribe es un surtidor de esta problemática y un
verdadero crisol de sus potencialidades. Un ejemplo de
ello son los mitos, que se conservaron con la pujanza con
que llegaron a las islas desde los inicios del siglo XVI, o
bien que �al transculturarse� partieron de sus morfemas
originales (lengua), juntándolos, mezclándolos con la
sintaxis de las lenguas indoeuropeas aportadas por los
conquistadores y colonizadores. El créole, tanto en el
Caribe anglófono como francófono �por llamarlos de
alguna manera en el marco de su signo lingüístico�
expresa también una zona de esos mitos. El hungán del
vodú haitiano dice los parlamentos de sus ritos en créole,
y la sabiduría que sus mitos irradian se expresa en esa
misma lengua, amoldada por el pueblo entre vocablos e
interjecciones africanos y franceses. Porque no hay que
olvidar que la tradición oral �explícita como vehículo
esencial de comunicación entre enormes masas de
analfabetos�, tan cara a la cultura de los pueblos del Tercer
mundo, de hecho propone y dispone de toda una riqueza
de signos, leyendas, fábulas y folklore que ayudan no solo
a concretar una imagen legítima de nosotros mismos, sino
que tienden a ser un puente de salvación ante el empuje
asimilador y enajenante de las culturas metropolitanas,
desde la llegada del almirante Cristóbal Colón.
El acervo cultural del Caribe puede registrarse, de
manera dinámica, a través de estas manifestaciones,
escamoteadas incluso por la Academia y por los altos
centros docentes, cuyos conceptos de la cultura, en la
práctica, excluyen todo lo que cae en el campo de la
llamada cultura popular. Todo objeto de arte nacido de
los recursos populares se llama folklore, subcultura, camp
o kitsch, según convenga. La tradición oral, que es
principalmente anónima, se depositó en las capas más
humildes de nuestra población; fue trasmitida de padres
a hijos, de generación en generación, hasta crear un
inexpugnable sustrato de propiedad colectiva.
Afortunadamente, oímos cada vez menos el término
dialecto para denominar las lenguas populares caribeñas.
Alguien en un simposio me hizo recordar una agudísima
frase de uno de los fundadores de la lingüística, que hoy
apreciamos en su justo valor. El decía: «Piensen siempre,
cuando escuchen a un colonizador hablar de lengua y de
dialecto, que un dialecto no es otra cosa que una lengua
con un ejército a sus espaldas.»
La vigencia de los créoles en el panorama �no solo
lingüístico, sino también literario� de la región es una
realidad latente y hermosa que nos proporciona una de
las más conmovedoras lecciones de sociología
contemporánea. Como creemos en el pozo infranqueable
que destinó Charles Bally para distinguir la lengua escrita
de la lengua hablada, debemos elogiar esta experiencia
de Martinica, Guadalupe, Haití y Guyana, en donde la
explosión del habla popular se ha convertido en una
categoría estética, marcada por la insurrección en el plano
del arte y en el de la ideología. No obstante respetar y
admirar el fenómeno que se produce allí alrededor de la
revista Antilla, es innegable la validez y la eficacia del
Nuestro mundo caribe posee una esencia que lo caracteriza y lo
define: su historia invariablemente común, su heterogeneidad,
su diversa homogeneidad y hasta su propia inaprehensión, tanto
por nosotros mismos como por el resto de las culturas europeas,
africanas y orientales que hubiesen participado en la gestación
de nuestra imagen factual.
7
Lengua, cultura y transculturación en el Caribe: unidad y diversidad
6
discurso antillano que protagoniza Edouard Glissant
quien, heredero de la experiencia literaria de nuestros
clásicos, aún cree válido expresar los valores de nuestra
identidad a través del francés.7 De forma maravillosa,
como hubiera soñado Jacques Stephen Alexis, Glissant
se acerca a los postulados que para la lengua española
formuló Nicolás Guillén y, por qué no, el infortunado
poeta jamaicano Claude McKay, así como los poetas dub
del Caribe anglófono o figuras tales como Edouard K.
Brathwaite, Lorna Goodison o Mutabaruka. Glissant,
como ellos, ha sabido virar sus valores; tomar por las
bridas su lengua y tornarla en algo nuevo, original,
contestatario y fundador.
Recuerdo, en este sentido, que don Ezequiel Martínez
Estrada había calificado a Guillén como un mambí de
las letras.8 Martínez Estrada propone: «La presencia de
Guillén en las letras castellanas es la de un americano
insurrecto que desprecia las armas de fuego y vuelve a
usar el arco y la lanza del siboney».9 Escribir en español
no es abogar por una esencia colonial. Ya lo había hecho
José Martí con su magnánima obra; en el español más
rico y potente de su épocacreó uno de los monumentos
literarios que cuestionaran con mayor rigor los sustratos
del régimen colonial español. Y Martí supo salvar
distancias.
Si hay un aspecto preponderante en el fenómeno
colonial, cualquiera que fuera su base, es la cuestión
lingüística. Este es uno (o el mayor) de los factores que
hacen sui generis la situación cultural de Puerto Rico en
el plano de la lengua; como lo es para las Antillas
holandesas o para el Caribe anglófono. El drama de
Calibán es nuestro, y como afirma en su brillante ensayo
el poeta Roberto Fernández Retamar:
Nuestro símbolo no es pues Ariel, como pensó Rodó, sino
Calibán. Esto es algo que vemos con particular nitidez los
mestizos que habitamos estas mismas islas donde vivió
Calibán: Próspero invadió las islas, mató a nuestros
antepasados, esclavizó a Calibán y le enseñó su idioma para
poder entenderse con él: ¿qué otra cosa puede hacer Calibán
sino utilizar ese mismo idioma �hoy no tiene otro� para
maldecirlo, para desear que caiga sobre él la «roja plaga».10
Ese drama nos concierne también como moradores
del mar Caribe que somos. La lengua del español �desde
el Diario de navegación de Cristóbal Colón hasta El diario
que a diario (1972) de Nicolás Guillén, pasando por los
Diarios de José Martí�, bien puede calificarse como un
dechado reverdecido de lo que nunca imaginó Próspero
que fuera.
Yoruba soy, lloro en yoruba
l u c um í .
Como soy un yoruba de Cuba,
quiero que hasta Cuba suba mi llanto yoruba,
que suba el alegre llanto yoruba
que sale de mí.
Yoruba soy,
cantando voy,
llorando estoy,
y cuando no soy yoruba,
soy congo, mandinga, carabalí.
..................................................
Estamos juntos desde muy lejos,
jóvenes, viejos,
negros y blancos, todo mezclado.11
La lengua transculturada de Guillén, por voluntad de
estilo y justa visión de lo que sería nuestra identidad, se
muestra aquí en uno de sus momentos más radiantes. Esta
voz mayor de nuestras letras, al igual que sus epígonos de
la región, deben continuar inspirando la indagación y la
reflexión �eso espero� de los que, cada vez más, centran
su atención en el estudio de las lenguas y las culturas del
Caribe.
Notas
1. George Lamming, «Discurso en la inauguración del IV Carifesta», Casa
de las Américas, La Habana, 22(130), enero-febrero, 1982: 47.
2. «El arte y la literatura cubanas como integrantes de la cultura de la
América Latina y del Caribe» [ponencia], La Habana: II Congreso de la
Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), 1977: 4.
3. Alejo Carpentier, «La cultura de los pueblos que habitan en las tierras
del mar Caribe», Anales del Caribe, La Habana, (1), 1981: 197-206.
4. Carlos Pellicer, «Esquema para una oda tropical», en Hora de junio,
México, D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1979: 14.
5. Simón Bolívar. Citado por Roberto Fernández Retamar en Calibán y
otros ensayos, La Habana: Arte y Literatura, 1979: 12.
6. Edward Sapir, El lenguaje, La Habana: Editorial de Ciencias Sociales,
1974: 254.
7. Véase el excelente estudio de Silvia García Sierra «La problemática
lingüística en la literatura del Caribe», en Temas [primera época], La
Habana, (20), 1990: 129-56.
8. Ezequiel Martínez Estrada. Citado por Nancy Morejón en Nación y
mestizaje en Nicolás Guillén, La Habana: Ediciones UNION, 1982: 268.
9. Ezequiel Martínez Estrada, «La poesía afrocubana de Nicolás Guillén»,
en Nancy Morejón, comp., Recopilación de textos sobre Nicolás Guillén,
La Habana: Casa de las Américas, 1974: 79.
10. Roberto Fernández Retamar, ob. cit.: 32.
11. Nicolás Guillén, «Son número 6», Obra poética (1920-1972), La Habana:
Ediciones UNION, 1974; t.1: 271-2.
© , 1996.

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