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LA UTILIDAD DEL AYUNO SAN AGUSTÍN

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LA UTILIDAD DEL AYUNO 
Escritos de San Agustín 
 
EL AYUNO COMO OFRENDA A DIOS 
El ayuno como ofrenda a Dios es propio de los hombres y no de los ángeles. He 
sido invitado a hablaros sobre la utilidad del ayuno. También Dios nos 
invita, y el tiempo mismo nos apremia. Esta práctica, esta virtud del alma, 
esta pérdida de la carne y ganancia del espíritu los ángeles no se la pueden 
ofrecer a Dios. En efecto, allí en el cielo todo es abundancia y seguridad 
sempiterna; y por eso no hay defecto alguno, porque todo el amor es hacia 
Dios. Allí Dios es el pan de los ángeles, y Dios se hace hombre para que el 
hombre coma el pan de los ángeles1. Aquí en la tierra, todas las almas, que 
tienen una carne terrena, sacian sus vientres de la tierra; allí los espíritus 
racionales, gobernando a los cuerpos celestes, llenan de Dios sus mentes. 
Tanto aquí como allí hay alimento, pero el alimento de aquí, cuando nutre, 
se acaba, y llena el vientre de modo que él se disminuye; en cambio, el 
alimento de allí, a la vez que llena, permanece igualmente entero. De este 
alimento Cristo nos ha indicado que tengamos hambre, cuando 
dice: Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán 
saciados2. 
PRIMERA PARTE: NATURALEZA Y NECESIDAD DEL AYUNO 
CAPÍTULO I: HAMBRE Y HARTURA 
CUESTIÓN PRIMERA: ¿Qué es el ayuno y con qué espíritu se debe ayunar? 
1. El hambre verdadera es la de la justicia. Está claro que es propio de los 
hombres mortales tener hambre y sed de la justicia, así como estar repletos 
de la justicia es propio de la otra vida. De este pan, de este alimento, están 
repletos los ángeles; en cambio, los hombres, mientras tienen hambre, se 
ensanchan; mientras se ensanchan, son dilatados; mientras son dilatados, 
se hacen capaces; y, hechos capaces, en su momento serán repletos. ¿Qué 
significa esto? ¿Que aquí en la tierra los que tienen hambre y sed de la 
justicia no alcanzan nada de eso? Lo alcanzan de lleno; pero una cosa es 
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cuando nos ocupamos de la refección de los caminantes; y otra cosa es 
cuando nos ocupamos de la perfección de los bienaventurados. Escucha al 
Apóstol, que tiene hambre y tiene sed, ciertamente en el más alto grado de 
la justicia que pueda alcanzarse en esta vida, que pueda practicarse. Y 
¿quién de nosotros va a atreverse a compararse con él, y menos aún a 
preferirse a él? ¿Qué es lo que dice?: No es que ya haya alcanzado el premio, 
o que ya sea perfecto3. Fijaos bien quien habla: un vaso de elección4, y, por 
así decirlo, lo último de las fimbrias del vestido del Señor, pero que cura el 
flujo de sangre a quien lo toca lleno de fe5; el último y el menor de los 
Apóstoles, como dice él mismo: Yo soy el menor de los Apóstoles. De 
nuevo: Yo no merezco el nombre del apóstol, porque perseguí a la Iglesia de 
Dios. Sin embargo, por la gracia de Dios, soy lo que soy, y esa gracia suya en 
mí no ha sido en balde; al contrario, he trabajado más que todos ellos; no yo, 
es verdad, sino la gracia de Dios conmigo6. Tú que oyes esto, crees que estás 
oyendo a un hombre hasta la plenitud y perfección. Has oído lo que 
regüelda, escucha también lo que hambrea: No es que ya haya alcanzado el 
premio, o que ya sea perfecto; dice: Hermanos, yo no pienso haberlo ya 
alcanzado; al contrario, una sola cosa me interesa: olvidando lo que queda 
atrás, y lanzándome a lo que está por delante, correr hacia la meta para 
conseguir el premio según la llamada suprema de Dios en Cristo Jesús7. Dice 
que él aún no es perfecto, porque todavía no lo ha conseguido, todavía no 
ha alcanzado la meta. Dice que él se dilata; dice que él corre hasta el premio 
de la llamada celestial. Él ahora está en camino, tiene hambre, y desea 
hartarse; se afana, desea llegar y se inflama. Nada para él de tanta lentitud, 
porque querría llegar sin tardanza, como ser disuelto y estar con Cristo8. 
 
CAPÍTULO II: EL ALIMENTO TERRENO Y EL ALIMENTO CELESTIAL 
2. Los hombres que ayunan ocupan un lugar intermedio entre los carnales y 
los ángeles. Hermanos, hay un alimento que repara la debilidad de la carne, 
y también hay un alimento celestial que satisface la piedad del alma. El 
alimento terreno tiene su vida propia, y también el celestial tiene la suya. 
El uno sostiene la vida de los hombres, el otro la de los ángeles. Los 
hombres de fe, separados cordialmente de la turba de los infieles, y 
levantados hacia Dios, a quienes se dice: ¡Arriba el corazón!, portadores de 
otra esperanza9, y conscientes de que son peregrinos en este mundo10, 
ocupan un lugar intermedio: no hay que compararlos ni con los que no 
piensan en otro bien que en gozar de las delicias terrenas11, ni todavía con 
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los habitantes superiores del cielo, cuyas delicias son el Pan mismo, que ha 
sido su Creador. Los primeros, como hombres inclinados a la tierra, que 
sólo reclaman a la carne el pasto y la alegría, se parecen a las bestias, muy 
distantes de los ángeles por su condición y costumbres: por su condición, 
porque son mortales; por sus costumbres, porque son sensuales. El Apóstol 
queda pendiente, por así decirlo, como intermedio entre el pueblo del cielo 
y el pueblo de la tierra; él corría hacia allí, y se elevaba de aquí. Sin embargo, 
no estaba todavía con los bienaventurados, porque habría dicho: Yo ya soy 
perfecto; y tampoco estaba con los terrenos, perezosos, indolentes, 
lánguidos, soñolientos, que piensan que no existe otra cosa sino aquello 
que ven y lo que pasa, y que ellos han nacido y han de morir12; puesto que 
si el Apóstol fuese del número de ellos, no habría dicho: Yo corro hacia el 
premio de mi llamada divina13. 
Por tanto, debemos reglamentar nuestros ayunos. No es, como he dicho, 
una obligación de los ángeles, y menos el cumplimiento de los que sirven a 
su vientre14; es un término medio en el cual vivimos lejos de los infieles, 
codiciando estar unidos a los ángeles. Todavía no hemos llegado, pero ya 
estamos en camino; todavía no nos alegramos allí, pero ya suspiramos aquí. 
Y según esto que nos aprovecha abstenernos un poco de los pastos y del 
placer carnal, la carne nos inclina hacia la tierra; el alma tiende hacia 
arriba; la arrebata el amor, pero es retardada por la gravidez del cuerpo. 
De ello habla la Escritura: Porque el cuerpo, que se corrompe, apesga el alma, 
y la tienda terrestre abruma la mente pensativa15. Por tanto, si la carne, 
inclinándose hacia la tierra, es peso del alma y lastre que dificulta su vuelo, 
cuanto más uno se deleite con la vida superior, tanto más aligera el lastre 
terreno de su vida. Y eso es lo que hacemos al ayunar. 
CAPÍTULO III: NECESIDAD DEL AYUNO PARA GOBERNAR LA CARNE 
3. La importancia del ayuno. No vayáis a creer que el ayuno es algo de poca 
importancia y superfluo. Que nadie, al hacerlo según la costumbre de la 
Iglesia, piense para sí y se diga, o escuche al tentador que sugiere 
internamente: ¿qué es lo que haces?16 ¿Por qué ayunas? Tú defraudas a tu 
alma, y no le das lo que le gusta. Tú te infliges un castigo a ti mismo, y tú 
mismo eres tú verdugo y sayón. ¿Es que le puede agradar a Dios que tú te 
atormentes? Entonces es cruel, porque se alegrade tus sufrimientos. 
Respóndele al tentador: Yo sufro, es verdad, para que El me perdone; yo 
me castigo para que El me socorra, para que yo sea agradable a sus ojos, 
para gustar su dulzura. También la víctima es sacrificada para ponerla 
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sobre el altar. Y no voy a consentir que mi carne oprima a mi alma. 
Responde a ese malvado consejero, esclavo del vientre, con esta 
comparación, y dile: Si tú cabalgases en un jumento, si te montases en un 
potro que cuando te lleva pudiese hacerte caer, ¿no le mermarías el pienso 
al fogoso corcel para caminar seguro, y así domar con el hambre al que no 
podrías refrenar con la brida? Mi carne es mi jumento, yo camino hacia 
Jerusalén, y muchas veces me lleva precipitadamente e intenta arrojarme 
fuera del camino, pues mi camino es Cristo17; ¿no voy a reprimir con el 
ayuno al que va encabritado? Quien conoce esto, sabe por propia 
experiencia cuan útil es el ayuno. Pero ¿es que esta carne que ahora es 
domada, siempre lo será? Mientras en el tiempo flota a merced de las olas, 
mientras está agobiada por el lastre de la mortalidad, tiene sus diabluras 
manifiestas y peligrosas para nuestra alma. Porque la carne es todavía 
corruptible, y aún no ha resucitado, puesto que no será siempre así: aún no 
tiene el estado propio del ser celestial, porque todavía no somos iguales a 
los ángeles de Dios18. 
SEGUNDA PARTE: UTILIDAD DEL AYUNO 
CAPÍTULO IV: EL ERROR MANIQUEO 
CUESTIÓN SEGUNDA: la carne y el espíritu 
4. la carne no es enemiga del espíritu. No vaya a pensar vuestra caridad que 
la carne es el enemigo del espíritu, en el sentido de que hay un creador de 
la carne y otro creador del espíritu. Porque son muchos los que lo piensan 
así, y desbocados por la misma carne se han salido del camino, y han 
inventado un creador para la carne, y otro creador para el espíritu Pero es 
que bajo el pretexto de apostólico se sirven de un testimonio que no 
entienden: ha carne guerrea contra el espíritu, y el espíritu contra la 
carne19. Esto es verdad, pero ¿por qué no te fijas también en este 
otro: Nadie odia jamás a su propia carne, sino que la alimenta y la cuida, así 
como Cristo a su Iglesia?20 En el primer texto citado se ve una cierta lucha 
entre dos enemigos, entre la carne y el espíritu, porque la carne guerrea 
contra el espíritu, y el espíritu contra la carne. En el segundo, en cambio, se 
ve como una unión conyugal, porque nadie odia jamás a su propia carne, 
sino que la alimenta y la cuida, así como Cristo a su Iglesia. ¿Cómo conciliar 
los dos textos? Si los dos son contrarios, ¿a cuál de los dos rechazamos, y a 
cuál retenemos? Pero es que no son contrarios. Atienda vuestra caridad: 
Mientras tanto yo acepto los dos, y, en lo que pueda, voy a demostrar que 
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los dos están de acuerdo. Tú, quienquiera que seas, inventas un creador de 
la carne y otro distinto del espíritu; y ¿qué vas a hacer de este texto: porque 
nadie odia jamás a su propia carne, sino que la alimenta y la cuida, así como 
Cristo a su Iglesia. ¿Es que la comparación no te asusta?, porque dice: la 
alimenta y la cuida, así como Cristo a su Iglesia. Consideras a la carne una 
cadena, y ¿quién ama su propia cadena? Consideras a la carne una cárcel, y 
¿quién ama su propia cárcel? Porque nadie odia jamás a su propia 
carne. ¿Quién no va a odiar su propia cadena? ¿Quién no va a odiar su 
propio castigo? Y, sin embargo, nadie odia jamás a su propia carne, sino que 
la alimenta y la cuida, así como Cristo a su Iglesia. Pues tú que inventas un 
creador para la carne y otro para el espíritu, tienes que inventarte uno para 
la Iglesia y otro para Cristo. Pero quien eso sabe, desvaría. Pues cada uno 
ama a su propia carne, como dice el Apóstol, y cada uno corrobora este 
testimonio con su propia experiencia. Por mejor domador que seas de la 
carne, sea la gravedad que sea con que te inflames contra ella, ¡no sé yo si 
no cerrarás los ojos cuando un golpe te amenace! 
5. La mortificación de la carne libera al espíritu de sus esclavitudes. Hay, por 
tanto, una especie de maridaje entre el espíritu y la carne. ¿De dónde, 
entonces, la carne guerrea contra el espíritu, y el espíritu contra la 
carne?21 ¿De dónde ese castigo que viene desde la transmisión de la 
muerte? ¿Por qué el dicho: todos mueren en Adán?22, y ¿por qué dice el 
Apóstol: También nosotros éramos en un tiempo por naturaleza hijos de ira, 
lo mismo que los demás?23 En efecto, aquel de quien hemos nacido y de 
quien hemos heredado lo que tenemos que vencer, aceptó la sentencia de 
muerte, y por esto guerreamos contra la carne hasta someterla y reducirla 
a la obediencia. ¿Es que odiamos, por eso, a la que estamos deseando que 
nos obedezca? Cada uno en su casa, de ordinario, impone una disciplina a 
su mujer, y procura atraerla cuando es rebelde, sin tenerla enemiga24. 
Cuando corriges a tu hijo para que te obedezca, ¿acaso lo estás odiando o 
lo consideras un enemigo? En fin, amas a tu siervo y lo castigas, y al 
castigarlo lo haces sumiso. Sobre todo tienes el pensamiento bien claro y 
completo del mismo Apóstol, que dice: Pues yo corro de esa manera, no sin 
rumbo fijo; boxeo de esa manera, no dando golpes al aire; nada de eso; yo 
castigo a mi cuerpo, y lo obligo a que me sirva, no sea que después de predicar 
a otros me descalifiquen a mí25. Por su condición mortal, la carne tiene una 
especie de querencias terrenas contra las cuales se te ha concedido el 
derecho, la brida o freno. Que te rija a ti el superior para que tú puedas regir 
al súbdito. Por debajo de ti está tu carne, por encima de ti está tu Dios; 
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cuando tú quieres que tu carne te sirva a ti, quedas amonestado de cómo 
conviene que tú sirvas a tu Dios. Tú te fijas en lo que está por debajo de ti; 
fíjate también en lo que está por encima de ti. Tú no tienes poderes sobre 
el inferior si no los recibes del superior. Tú eres siervo y tienes un siervo, 
pero el Señor os tiene a los dos como servidores. Tu servidor está más bajo 
la potestad de tu Señor que de la tuya. Puesto que tú quieres que te 
obedezca tu carne, ¿es que puede obedecerte en todo? En todo obedece a 
tu Señor, no en todo te obedece a ti. ¿Y cómo así?, me dirás. Tú caminas, 
mueves los pies, y te sigue; pero ¿irá contigo como tú quieres? De ti recibe 
la vida, pero ¿tanto como tú quieres? ¿Es que estás malo cuando quieres?, 
y ¿estás sano cuando te da la gana? En realidad el Señor te ejercita a 
menudo por medio de tu servidor, para que, como has sido ofensor del 
Señor, merezcas ser corregido por tu servidor. 
CAPÍTULO V: CONCLUSIONES 
6. La carne a veces debe ser refrenada también en las cosas lícitas. ¿Tú qué 
debes hacer? No permitir los placeres de la carne hasta lo ilícito, y de vez 
en cuando moderarte en las cosas lícitas. Porque el que no se mortifica en 
las cosas lícitas, está bien próximo a caer en las ilícitas. Por ejemplo, 
hermanos,el matrimonio es lícito, y es ilícito el adulterio; y, sin embargo, 
los hombres que son morigerados, para alejarse del adulterio ilícito, se 
contienen de vez en cuando del uso lícito del matrimonio. La hartura es 
lícita, e ilícita la borrachera; sin embargo, los hombres virtuosos, para 
apartarse más de las torpezas de la borrachera, se moderan también de vez 
en cuando en el uso de la bebida. Obremos nosotros, hermanos, del mismo 
modo; seamos morigerados; y lo que hacemos sepamos por qué lo 
hacemos. Moderando los placeres de la carne se adquiere el gozo del 
espíritu. 
7. La eficacia de nuestro ayuno se apoya en la fe de Cristo. Para nosotros, el 
fin de nuestros ayunos está en nuestro camino. ¿Cuál es nuestro camino y 
a dónde vamos? Eso es lo que debemos considerar. Porque también los 
paganos ayunan a veces, pero ellos no conocen la patria adonde nosotros 
nos dirigimos. También los judíos ayunan de cuando en cuando, y ellos 
tampoco han tomado el camino por el que nosotros caminamos. Esto es 
igual al jinete que doma su caballo con el que se extravía. Los herejes 
ayunan; yo veo de qué modo caminan, y me pregunto: ¿a dónde caminan? 
Ayunáis para agradar ¿a quién? A Dios, responden. ¿Creéis que El recibe 
vuestra ofrenda? Fíjate antes qué es lo que dice: Deja tu ofrenda, y vete 
primero a reconciliarte con tu hermano26. ¿Es que gobiernas rectamente tus 
miembros, tú que desgarras los miembros de Cristo?27 Se oye entre gritos 
vuestra voz, dice el profeta; y apremiáis a los que son vuestros servidores, y 
los herís a puñetazos. No ayunéis como ahora, dice el Señor28. Luego sería 
reprobado tu ayuno cuando te mostrases severo sin piedad para con tu 
servidor, y ¿va a ser aprobado tu ayuno cuando no reconoces a tu hermano? 
Yo no pregunto de qué alimentos te abstienes, sino qué alimento amas. 
Dime qué alimento amas para que apruebe que tú te abstienes de él. ¿Tú 
amas la justicia? Apasionadamente la amo, respondes. Entonces, que se vea 
tu justicia. Porque creo que es justo que tú sirvas al mayor para que el 
menor te sirva a ti. En efecto, estamos hablando de la carne, que es menor 
que el espíritu, y que cuando es domada y gobernada está sumisa. Obras 
con ella de modo que te obedezca, y le controlas el alimento porque quieres 
que te esté sujeta a ti. Reconoce al que es mayor, reconoce al que es 
superior, para que el inferior te obedezca a ti justamente. 
 
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