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La Verdadera Espiritualidad Jonathan Edwards

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Categoría: Vida Cristiana
Jonathan Edwards fue la figura central del Primer Gran Desper-
tamiento, un avivamiento en la década de 1740 en Nueva In-
glaterra, Estados Unidos. Habiendo sido un reconocido pastor 
en Northampton, Massachusetts, este mover de Dios inspiró 
los escritos de Edwards y preparó el camino para que fuera uno 
de los hombres más reconocidos del avivamiento. El predica-
ba con pasión sobre la soberanía de Dios, la pecaminosidad del 
hombre, los horrores del infierno, y la necesidad de un ¨nuevo 
nacimiento.¨
Durante el Gran Despertar, Edwards fue testigo tanto de las se-
ñales verdaderas y falsas del avivamiento, como así también 
las conversiones falsas y las verdaderas; esto le llevó a escribir 
acerca de las diferencias. En esta adaptación del libro original, 
Religious Affections, vemos claramente un llamado a través de 
los siglos a un verdadero avivamiento y de emociones puras y 
equilibradas en la vida cristiana.
¡INCLUYE UNA GUÍA PARA EL ESTUDIO 
PERSONAL O EN GRUPO!
El doctor James M. Houston es un reconocido erudito y pione-
ro en el campo de espiritualidad evangélica. El llegó a los Esta-
dos Unidos desde Inglaterra en 1968 para dirigir Regent College 
en Vancouver, Canadá, una escuela internacional de posgrado 
para estudios cristianos. Hoy es profesor del Regent Board of 
Governors en teología espiritual, obtuvo maestría en artes en 
Edinburgh, y maestría en artes, bachillerato en ciencias, y un 
doctorado de filosofía en Oxford. 
Originalmente publicado como Religious Affections 
LA VERDADERA 
ESPIRITUALIDAD
LA VERDADERA ESPIRITUALIDAD
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FE Y AVIVAMIENTO
LA VERDADERA ESPIRITUALIDAD
© 2013 por Editorial Patmos
Publicado por Editorial Patmos, Miami, FL 33169, E.U.A. 
Todos los derechos reservados.
Publicado originalmente en inglés por David C. Cook, 4050 Lee Vance 
View, Colorado Springs, CO 80918, con el título Faith Beyond Feelings.
© 2004 James M. Houston
Adaptación por James M. Houston de Treatise Concerning the Religious 
Affections, por Jonathan Edwards, publicado en el año 1746 d.C.
A menos que se indique lo contrario, las citas bíblicas se toman de la 
versión Reina-Valera © 1960, Sociedades Bíblicas Unidas.
Traducido: Luis Magín Álvarez
Diseño de portada: Jonas Lemos
ISBN 10: 1-58802-445-8
ISBN 13: 978-1-58802-445-9
Categoría: Vida cristiana
Impreso en Brasil
Printed in Brazil
3
Contenido
Introducción por Charles W. Colson ........................................................5
PARTE I: LA NATURALEZA Y LA IMPORTANCIA DE LOS 
AFECTOS ..............................................................................23
Capítulo 1: Los afectos como evidencia de la religión 
verdadera ...............................................................................25
PARTE II: LA MANERA COMO PUEDEN SER EVALUADOS 
FALSAMENTE LOS AFECTOS RELIGIOSOS ................55
Capítulo 2: Falsas señales de los verdaderos afectos religiosos .........57
PARTE III: LAS SEÑALES DISTINTIVAS DE LOS AFECTOS 
VERDADERAMENTE SANTOS RESULTANTES DE LA 
GRACIA ..............................................................................101
Capítulo 3: Cómo conocer los afectos resultantes de la gracia ........103
Capítulo 4: El propósito y el fundamento de los afectos 
de la gracia ...................................................................... 121
Capítulo 5: La formación de los afectos de la gracia .........................139
Capítulo 6: Certeza y humildad en los afectos de la gracia .............153
4
La verdadera espiritualidad
Capítulo 7: Los afectos de la gracia nos transforman para que 
tengamos un carácter más parecido al de Cristo ........181
Capítulo 8: Los afectos de la gracia son equilibrados, pero dinámicos 
en cuanto a crecimiento ..................................................201
Capítulo 9: Los afectos de la gracia son intensamente prácticos ....213
Capítulo 10: Los afectos son la principal evidencia, en la religión 
verdadera, de una sinceridad salvadora .....................229
Guía del lector: ......................................................................................241
5
INTRODUCCIÓN 
Cuando mi apreciado amigo Jim Houston me invitó a 
presentar un libro de la serie de clásicos, elegí los escritos de 
John Edwards sin vacilar.
Lo hice, primero, porque admiro profundamente a 
Edwards, un hombre considerado, en general, como el teólogo 
más grande de la historia de Estados Unidos, y señalado 
por algunos como el mayor intelecto que ha producido 
Norteamérica. Fue un predicador y escritor clásico que tuvo 
una profunda infl uencia en el Gran Avivamiento del siglo 18, 
y también un profeta de la iglesia de su tiempo que criticó los 
excesos de ese mismo movimiento. Es esa crítica, uno de sus 
escritos más brillantes, la que usted leerá en las páginas que 
siguen, el Treatise Concerning the Religious Affections [Tratado 
acerca de los afectos religiosos].
La segunda razón que tuve para elegir a Edwards, fue que 
su libro es más que un mensaje aislado a los creyentes de 
su tiempo; es una declaración clásica de la verdad eterna, 
penetrante y profética. La iglesia occidental, gran parte de 
la cual está siendo llevada por la corriente; absorbida por 
la cultura y contaminada por una gracia barata, necesita 
desesperadamente oír el desafío de Edwards. 
6
La verdadera espiritualidad
EDWARDS, EL HOMBRE
Pero, antes de hacerlo, permítame sugerirle que conozcamos al 
hombre, para ver la vida de ese notable erudito, teólogo, pastor, 
rector universitario, misionero y gran pensador. Porque la vida 
de Edwards pone de manifiesto uno de los principios más 
fundamentales de su fe religiosa: la verdadera doctrina tiene 
que ser vivida, demostrada, no sólo a través de la aquiescencia 
intelectual, sino también por medio de las acciones.
Varios malentendidos enturbian la percepción que la 
mayoría de las personas tienen en cuanto a Edwards. Para 
muchos, su reputación está basada solamente en un sermón, 
“Pecadores en las manos de un Dios airado”, y en una imagen: 
la del desventurado pecador colgando de un frágil hilo que se 
deshace, sobre las devoradoras llamas del infierno. 
Ese memorable mensaje evoca una imagen de Edwards 
como un predicador sensacionalista de los fuegos del 
infierno, golpeándose el pecho en el púlpito y aterrorizando 
a su rebaño para que se arrepienta y pueda así entrar en el 
Reino de Dios.
Ese sermón, como todos los sermones de Edwards, tiene una 
base bíblica, es inexorablemente lógico, y está salpicado de 
imágenes para presentar las realidades de la Biblia a su público. 
Fue un sermón que predicó Edwards con su acostumbrado 
estilo, inclinado sobre el atril, y casi sin levantar la vista mientras 
leía el manuscrito con un aburrido tono monótono. Pero el 
efecto de sus vívidas imágenes y el poder de sus argumentos, 
provocaban dramáticas reacciones de vehemente pesar y 
arrepentimiento de sus oyentes. El sermón no fue simplemente 
un intento de aterrorizar a su congregación, como algunos han 
dicho; porque Edwards acompañó su presentación de la ira 
de Dios con una seguridad igualmente dramática de la mano 
moderada de Dios y de su tierna gracia. 
7
Introducción
Otro malentendido común asocia a Edwards con la América 
puritana. Cuando nació en 1703, los colonos que venían a 
América ya no eran necesariamente peregrinos en busca de 
libertad religiosa; eran aventureros atraídos a las colonias 
por la prosperidad material. Como dice un académico de ese 
tiempo: “Se había convertido en un principio implícito para la 
mayoría de los estadounidenses, que la religión era un asunto 
privado; el papel de la iglesia era estimular la piedad personal, 
no desafi ar la ética de una comunidad orientada por el lucro.” 
Edwards desafi ó los temas populares de su época, insistiendo 
en que la fe de la persona no era un asunto de conveniente 
vinculación con una iglesia, ni una religiosidad socialmenteaceptable; era un asunto del corazón, activado por la voluntad. 
El cristianismo verdadero, decía Edwards, se demostraba 
mediante la acción; por hacer, no simplemente oír, la Palabra 
de Dios. 
Cuando los académicos se concentran en los brillantes, y 
a menudo profundamente difíciles, escritos de Edwards, los 
detalles de su vida personal no son tenidos en cuenta algunas 
veces. Edwards comenzó sus estudios de latín, hebreo y griego 
a la edad de cinco años, y fue un joven precoz con una inmensa 
curiosidad intelectual. Su primer gran escrito, un exhaustivo 
estudio sobre las arañas voladoras, revela una mente profunda 
y un depurado conocimiento de las ciencias naturales; esto lo 
escribió cuando tenía once años de edad.
Edwards ingresó a la Universidad de Yale a los trece años, y 
se graduó a los diecisiete. En esta misma universidad hizo su 
maestría y enseñó posteriormente. En 1726 fue llamado como 
pastor asistente de la Iglesia Northampton, de Northampton, 
Massachusetts, pastoreada por su abuelo, Solomon Stoddard. 
Cuando éste murió poco después, Edwards se convirtió en su 
pastor; en 1727 se casó con Sarah Pierrrepont. Su unión, de 
8
La verdadera espiritualidad
la cual nacerían doce hijos, fue un romance poco común que 
se mantuvo siempre, inflamado por su común dedicación a 
Cristo y a su relación con Él. 
Aunque era un hombre frágil que se enfermaba con 
frecuencia, Edwards pasaba trece horas cada día en su 
oficina, estudiando las Escrituras, orando y aconsejando a su 
congregación. Particularmente después de que el avivamiento 
llegó a su iglesia en 1734, sus feligreses acudían a Edwards en 
busca de consejo. Relatos de su época cuentan que las tabernas 
de su zona perdieron a muchos de sus clientes; las personas 
dejaron de ir a ellas para desahogarse con los meseros, para ir 
donde Edwards en busca de luz espiritual y ayuda práctica. 
Si Edwards hubiera sido un severo pastor que disfrutaba 
sádicamente aterrorizando a su congregación con visiones del 
infierno, como algunos han escrito, la verdad es que no podría 
haber sido ese accesible confidente para su rebaño. Su cálido 
corazón y su compasión demuestran lo contrario. Con Cristo 
como su modelo, Edwards escribe: “Los verdaderos afectos 
de la gracia… se preocupan por tener en cuenta… el espíritu 
y la disposición de Jesucristo… engendran y fomentan por 
naturaleza ese espíritu de amor, mansedumbre, paz, perdón y 
misericordia que había en Cristo.” 
La única recreación de Edwards era montar a caballo todos los 
días; le encantaba el bosque tranquilo, el cual le proporcionaba 
un terreno fértil para el pensamiento. Siempre preparado, 
llevaba pluma y papel a dondequiera que se dirigía. Mientras 
iba. , anotaba pensamientos y se los ponía en la solapa, para 
después transferirlos a un diario a su regreso; el comentario 
era que el pastor Edwards podía salir a dar un paseo a caballo 
el mediodía de un caluroso día de verano, y volver dando la 
impresión de que había pasado a través de una tormenta de 
nieve de pedacitos de papel blanco. 
9
Introducción
UNA VOZ PROFÉTICA
Edwards estuvo en el centro del Gran Avivamiento de 1740; 
su iglesia había experimentado una ola de renovación, aun 
antes de que el avivamiento comenzara a extenderse a otras 
colonias. Sin embargo, pronto se vio haciendo el doble papel 
de defensor y crítico.
Cuando los excesos emocionales del Avivamiento, mostrados por 
los entusiastas convertidos (desmayos, temblores, convulsiones y 
otras cosas por el estilo) generaron críticas de los observadores, 
Edwards defendió la obra del Espíritu convenciendo de pecado, a 
veces de manera dramática. Pero también reconoció que siempre 
que está a la vista una gran obra de Dios, también está presente 
la tentación de la obra de la carne. Por eso, en 1742 predicó una 
serie de sermones en los que advertía que Satanás había tenido, 
sin duda, un papel importante en el asunto. Sus refl exiones lo 
llevaron a darse cuenta de lo urgente que era para los cristianos 
discernir las verdaderas características del arrepentimiento en 
una persona, y de la nueva vida en Cristo. 
Éste fue el origen de su brillante libro Treatise Concerning the 
Religious Affections, una obra que demuestra la consagración de 
Edwards a la verdad bíblica de que la fe verdadera se manifi esta 
por los frutos de agradecimiento del pecador arrepentido a un 
Dios misericordioso. 
A mediados de siglo, la relación de Edwards con su iglesia 
comenzó a ir mal cuando comenzó a cuestionar una práctica 
de la iglesia, el Acuerdo de Tolerancia, establecido por su 
abuelo. Como implica su nombre, era una claudicación a las 
conveniencias políticas de su tiempo. 
Puesto que era socialmente ventajoso estar vinculado con 
una iglesia local, el acuerdo daba membresía en la iglesia a las 
personas, y la oportunidad de bautizar a sus hijos (si bien no 
podían participar en la Cena del Señor, ni votar en asuntos de 
10
La verdadera espiritualidad
la iglesia), aunque no hubieran manifestado su aceptación de 
Cristo, ni la disposición de tratar de obedecer sus mandamientos. 
Como ejemplo valiente de un hombre que defendía sus 
convicciones, en vez de rendirse a las presiones sociales y 
políticas, Edwards rechazó el Acuerdo de Tolerancia. Y en 
una secuencia de acontecimientos cargados de emociones, su 
congregación se volvió contra él, y llamó a una votación para 
despedirlo.
Edwards no habló en su defensa, sino que pidió que fuera 
juzgado sólo por quienes lo habían oído predicar o leído sus 
escritos sobre el punto en discusión. Esta petición le fue negada, 
y Edwards se retiró de la batalla, diciendo que su vindicación 
no era responsabilidad suya, sino de Dios.
La congregación votó 200 contra 20 contra Edwards; 
sin embargo, años más tarde, el cabecilla de esa acción, 
evidentemente torturado por un sentimiento de culpa, se 
arrepintió, y publicó en un periódico de Boston una larga 
disculpa por su parte en el despido de Edwards.
Después de seis meses de estar desempleado, Edwards 
fue llamado a pastorear una iglesia local en Stockbridge, 
Massachusetts, y a servir como misionero entre los indígenas 
nativos. Aunque las dificultades de su vida allí arruinaron su 
salud, su amor por los indígenas generó un poderoso ministerio. 
Durante ese tiempo escribió varias de sus grandes obras, entre 
ellas Treatise on Freedom of the Will (Tratado sobre la libertad 
de la voluntad) y Treatise on Original Sin (Tratado sobre el 
pecado original). Esto dio a Edwards notoriedad teológica e 
intelectual tanto en Norteamérica como en el extranjero.
En 1757 falleció de repente el presidente de la Universidad de 
Princeton, Aaron Burr, padre, yerno de Edwards, y la universidad 
lo llamó para que fuera su presidente. Alegando que no era 
competente como orador público, aceptó el cargo a regañadientes.
11
Introducción
En ese tiempo, la viruela mataba a la gente en las colonias. Ésta 
también se había convertido en material de sermones de muchos 
pastores, algunos de los cuales predicaban ardientemente contra 
las vacunas experimentales que se estaban usando, mientras que 
otros pronunciaban sermones en su favor. Edwards no pontifi có 
sobre los benefi cios de la investigación en cuanto a la viruela: 
simplemente se ofreció como candidato para ser vacunado. Sin 
embargo, por su frágil condición física, tuvo una severa reacción a 
la inoculación, y contrajo la enfermedad; cinco semanas después 
de asumir la presidencia de Princeton, Jonathan Edwards murió 
a la edad de 55 años.
EL VACÍO MODERNO
Las obras de Jonathan Edwards son hoy clásicos cristianos. Pero, 
para apreciar su profunda relevancia para la cultura occidental, 
a más de dos siglos de haber sido escritas, necesitamos dar una 
mirada refl exiva a nuestro mundo hoy.
Me horroriza ver que las características predominantes 
de nuestra cultura hoy son el narcisismo, el material y el 
hedonismo extendidos. Nuestra cultura se hace pasar como 
cristiana, con cincuenta millones de estadounidenses que,de 
acuerdo con la encuestadora Gallup, dicen ser “nacidos de 
nuevo”. Pero es una cultura dominada casi en su totalidad 
por el relativismo. La mentalidad de “haz lo que te venga en 
gana” nos ha “liberado” de la estructura absoluta de la fe y 
las convicciones, y llevado a la deriva por un mar de la nada.
Nos hemos vuelto víctimas, en un grado alarmante, de 
nuestra frívola conformidad; somos los seres prendados de 
sí mismos, indiferentes, con el corazón vacío, y “huecos”, 
de los cuales escribió T. S. Elliot a comienzos del siglo 
pasado. El nihilismo es lo que predomina en estos tiempos 
de apatía. 
12
La verdadera espiritualidad
Un dramático ejemplo de esto fue la muerte de David Kennedy, 
el tercer hijo del senador Robert Kennedy. Un afligido amigo 
suyo dijo: “En el caso de David, no había nada que lo conectara 
con la vida. Aunque estaba libre de la influencia de las drogas, 
había una profunda y abrumadora sensación de nihilismo en su 
personalidad. Ninguna persona, ningún trabajo, ningún hobby, 
pudieron darle algo con lo cual pudiera conectarse.” 
A ese vacío fue lo que Dorothy Sayers, la inteligente 
contemporánea de C. S. Lewis, llamó “el pecado que no cree 
en nada, que no le importa nada, que no busca saber nada, 
que no interfiere con nada, que no disfruta nada, que no 
odia nada, que no encuentra propósito en nada, que no vive 
para nada y que sigue vivo porque no hay nada por lo cual 
quiera morir.” 
Esa nada es la premisa que subyace en Treatise Concerning 
the Religious Affections. Edwards enfatizó que los afectos era 
la “fuente de las acciones de los hombres”. Puesto que el 
hombre es inactivo por naturaleza, toda actividad suya cesa 
a menos que sea movida por algún afecto. Edwards escribió: 
“Quitemos el amor y el odio, toda esperanza y todo temor, toda 
ira, todo celo y todo deseo de afecto, y el mundo se paralizará 
y morirá en gran parte; no habría ninguna actividad en la 
humanidad, ninguna entusiasta búsqueda de nada”. 
Aunque pudo haber estado hablando de manera abstracta 
acerca de la naturaleza de la vida en el vacío de los afectos, 
sus palabras se parecen mucho a las de Dorothy Sayers, y son 
tristemente descriptivas de nuestro tiempo.
Porque en la hastiada, egocéntrica y materialista sociedad de 
hoy, se puede ver claramente que el gran tirano vencedor no 
es el totalitarismo; es el nihilismo. Como cultura, nos hemos 
rendido a la insidiosa esclavitud de la autogratificación. Pero 
el villano, en resumidas cuentas, somos nosotros.
13
Introducción
¿Le parece un punto de vista demasiado extremo? Considere, 
entonces, algunas de las siguientes manifestaciones:
En el nombre del “derecho” de una mujer de controlar su 
cuerpo, un millón y medio de niños son asesinados en los 
Estados Unidos en un año. A más seres humanos se les ha 
quitado la vida en este país desde la legalización del aborto que 
durante el Holocausto de la Segunda Guerra Mundial. ¿Quién, 
podría yo preguntar, ha infl igido una tiranía más grande, 
Hitler, un dictador maníaco, o nuestra insensible e indiferente 
sociedad? Es posible que unos “fanáticos religiosos” pongan 
el grito en el cielo por esto, pero la mayoría de la gente no son 
afectadas emocionalmente por estas muertes.
Como sociedad hemos creído en la afi rmación de Sócrates, de 
que el pecado es resultado de la ignorancia; y en la de Hegel, 
de que el hombre está evolucionando hacia niveles morales 
superiores a través del desarrollo de los conocimientos. Hemos 
liquidado cualquier sentido de responsabilidad individual.
¡Qué engaño tan grande! En esta sociedad, la más educada 
y más técnicamente avanzada que el mundo haya conocido 
jamás, tenemos una tasa de divorcios que ha aumentado sin 
cesar durante décadas; tasas de criminalidad cada vez mayores; 
abuso infantil generalizado, e incontables familias destruidas. 
Una cultura sin valores engendra la tiranía más espantosa.
Como nación, hemos sido bendecidos con una abundancia 
material nunca antes vista; pero lo que esto ha producido es 
un aburrimiento tan fuerte, que el uso de las drogas se ha 
convertido en una epidemia. Un empresario sumamente 
exitoso me dijo que él había descubierto un enorme negocio 
no explotado. La rehabilitación por causa del alcohol y las 
drogas “es la industria de más rápido crecimiento en Estados 
Unidos, con benefi cios seguros”, dijo. “El reciente aumento en 
el consumo alcohólico y en la drogadicción ha sido tan grande, 
14
La verdadera espiritualidad
que el tamaño y el número de nuestras instalaciones no son 
suficientes”. 
No es de extrañarse, entonces, de que el crítico estadounidense 
Leslie Fiedler haya llegado a esta conclusión: “El hombre 
occidental ha decidido destruirse a sí mismo, creando su 
aburrimiento de su propia abundancia… habiéndose educado 
a si mismo para la imbecilidad, y al envilecerse y drogarse en 
busca de mayores emociones, se desploma como una viejo, 
cansado y golpeado brontosauro, extinguiéndose.” 
El obsesivo egocentrismo de la cultura actual, el narcisismo, 
crea una tiranía especial propia. Un artículo de Psychology 
Today [Psicología hoy] cita las palabras de una joven; ésta tiene 
los nervios destrozados por tantas fiestas de toda la noche, y 
por una vida interminable de droga, bebida y sexo. Cuando 
el psiquiatra le preguntó: “¿Por qué no dejas de hacerlo?”, ella 
respondió: “¿Me está usted diciendo, en realidad, que no debo 
hacer lo que quiero hacer?” 
¿Quién es el tirano en una sociedad hedonista? No es un 
monstruo totalitario. Es algo mucho peor. Somos nosotros.
UNA IGLESIA PARALIZADA
Pero el hecho más aterrador de nuestros tiempos, es que la 
iglesia de Jesucristo tiene casi tantos problemas como nuestra 
cultura. Sin pensar, hemos aceptado casi por completo el 
sistema de valores seculares. Hace poco leí en la página de 
editoriales de un periódico, las siguientes afirmaciones de 
un prominente líder cristiano: “Haga que Dios trabaje para 
usted, y maximice su potencial en nuestro sistema capitalista 
divinamente ordenado por Dios.” 
Ésa no es sólo una mala teología, es una peligrosa herejía.
Pero, lamentablemente, es lo típico de gran parte del mensaje 
cristiano hoy. Le estamos diciendo al mundo que no sólo 
15
Introducción
estamos de acuerdo con su sistema de valores, sino que además 
podemos perfeccionarlo ya que Dios está de nuestro lado. Son 
este evangelio distorsionado y esta gracia barata, lo que le está 
impidiendo a la iglesia hoy hacer un impacto verdadero por 
Cristo en nuestra cultura.
Los cristianos no pueden luchar de verdad contra el 
secularismo, porque estamos llenos de nosotros mismos. 
Mucho del cristianismo que habilidosamente mercadeamos, no 
es más que una adaptación religiosa de los valores egoístas de 
nuestra cultura secular. El asistente de un renombrado pastor 
me dijo cuando le pregunté cuál era la clave del éxito de este 
hombre: “Le damos a la gente lo que quiere”, me respondió. 
Esto, también, es herejía. La herejía está en la raíz misma de 
la mentalidad de “¿qué hay para mí?”, tan generalizada en 
occidente hoy, una mentalidad nacida de las semillas del 
materialismo plantadas aun en los días de Edwards.
La pregunta para la iglesia no es: “¿Qué puede hacer Dios 
por nosotros?”, sabemos que Él nos ama, sino “¿Qué estamos 
llamados a hacer por Él?” ¿Cómo amamos a nuestro Dios? 
Amar a Dios implica mucho más que tener efusiones de 
sentimentalismo o de palabras piadosas. Amar a Dios exige 
obediencia a Él en cada aspecto de nuestra vida, y llamar a 
otros a la obediencia, ya sea popular o no ese mensaje.
EL MENSAJE DE EDWARDS PARA EL DÍA DE 
HOY
La obediencia está en el corazón del mensaje de Edwards, 
y él la predicaba con fi delidad, aunque no fuera popular. 
Pero él tenía discernimiento de la absoluta supremacía de la 
obediencia bíblica, particularmente al mandamiento de Cristo 
de que fuéramos sus testigos. Por consiguiente, Edwards 
habría estado de acuerdo con el dicho de A. N. Whitehead, de 
16
La verdadera espiritualidad
que“matemática es lo que hacemos, pero religión es lo que 
somos”. La cualidad de la integridad personal, vivir de verdad 
el evangelio como un siervo del Cristo vivo, es una verdad 
ausente hoy en gran parte de la vida religiosa de los Estados 
Unidos. Hemos organizado, empaquetado, vendido, politizado 
e institucionalizado la religión como tantos productos y 
programas. A una persona verdaderamente cristiana le 
preocupa lo que es delante de Dios y la transformación del 
carácter personal hecha por la gracia de Dios en el corazón. 
Edwards descansaba en la afirmación de la Biblia, de que oír 
la Palabra no es suficiente, ni tampoco entender la doctrina. La 
totalidad de la persona debe ser movida por el Espíritu Santo, 
para responder con amor y gratitud a Dios. El resultado de esto 
es una vida santa.
Con esta comprensión, Edwards luchaba contra los teóricos 
doctrinarios y rígidos de la religión, por una parte, y contra 
los entusiastas desequilibrados y emocionales, por la otra. Él 
rechazaba mucha de la histeria, de las emociones extravagantes 
y el entusiasmo efímero asociado con las reuniones de 
avivamiento de su tiempo.
Treatise Concerning the Religious Affections podría muy bien haber 
sido escrito para nuestra cultura; nosotros simplemente hemos 
sustituido el emocionalismo extremo de la época de Edwards 
(aunque usted puede sintonizar algunos canales de TV cristianos 
y ver amplias demostraciones de eso, también) por nuestras 
más sutiles manifestaciones de cristianismo cultural. Muchos 
de los que se sientan hoy en los bancos de la iglesia utilizan la 
jerga cristiana, participan en todos los desayunos de oración, en 
grupos pequeños de estudio bíblico y en asociaciones cristianas, 
pero sus corazones están tan endurecidos e impenitentes como 
los de aquellos a quienes Cristo dirá un día: “Nunca os conocí; 
apartaos de mí.” [Mateo 7.23]
17
Introducción
Edwards hacía hincapié en que nunca podremos cultivar 
verdaderos afectos religiosos sin una profunda sensación de 
pecado. El verdadero corazón de la conversión cristiana está 
en confrontar nuestro pecado y desear desesperadamente el 
vernos libres de él. Una vez que nos vemos libres de nuestro 
pecado, podemos vivir agradecidos por la maravillosa gracia 
de Dios.
Sé muy íntimamente lo que es esto. En la agonía de Watergate, 
fui a hablar con mi amigo Tom Phillips. Su explicación de haber 
“aceptado a Cristo” me desconcertó. Yo estaba cansado, vacío, 
harto de escándalos y de acusaciones, pero ni una sola vez me 
vi realmente como alguien que había pecado. La política era un 
negocio sucio, y yo era bueno en ella. Lo que yo había hecho, 
razoné, no era diferente a lo de las maniobras políticas normales. 
Además, el bien y el mal eran relativos, y mi motivación era para 
el bien del país –, al menos, eso era lo que yo creía.
Pero esa noche, cuando me marché de la casa de Tom y me 
senté solo en mi auto, mi pecado, no sólo la sucia política, sino 
el odio, el orgullo y la iniquidad que había dentro de mí, se 
mostró ante mis ojos de una manera convincente y dolorosa. 
Por primera vez en mi vida, me sentí sucio y, lo peor de todo, 
era que no podía escapar. En esos momentos de claridad, me 
encontré conducido irresistiblemente a los brazos del Dios 
vivo. Desde esa noche, he sido cada vez más consciente de mi 
naturaleza pecaminosa; sé que lo que hay de bueno en mí es 
producto, más allá de toda duda, de las justicia de Jesucristo. 
Edwards se refi rió a esta misma conciencia veinte años después 
de su conversión:
“Tengo tal sentir de mi pecaminosidad y de mi 
vileza, que con frecuencia ese sentir se apodera de 
mí hasta tal grado que me pongo a llorar en voz 
alta, por lo que me fuerzo a callarme. He tenido 
18
La verdadera espiritualidad
un sentir mucho más grande de mi iniquidad y de 
la maldad de mi corazón, que el que había tenido 
antes de mi conversión.
“… Me impresiona ahora pensar cuán ignorante 
era, siendo un cristiano joven, de las insondables 
e infinitas profundidades de iniquidad, orgullo, 
hipocresía y falsedad que quedaban en mi corazón.” 
El resultado de esta mayor conciencia de pecado, dice 
Edwards, es que “el corazón crecerá en ternura”. Y de esta 
ternura fluye una profunda gratitud a Dios por su misericordia, 
un agradecimiento que sólo puede expresarse en servicio a Él.
Edwards dedica la mayor parte de su libro a la afirmación 
de que “los santos afectos de la gracia tienen su ejercicio de fe 
en la práctica cristiana”. Tener fe en la Palabra de Dios tiene 
que significar ponerla por obra, convirtiéndola en la práctica 
de una fiel, y radical, vida de santidad. La práctica de las obras 
de caridad hacia los hombres, el amor a nuestros semejantes, 
es simplemente exteriorizar la aceptación del amor de Dios 
que hay en nuestros corazones. Un cristianismo simplemente 
conceptual es una contradicción que mata a la religión vital. 
Edwards veía que la práctica cristiana es una señal segura de 
sinceridad. Los hechos constituyen la más importante “señal 
visible y exterior de la gracia espiritual e interior”. Como dijo 
él, haciéndose eco de las palabras de la Biblia, “los hechos de 
los hombres son los más fieles intérpretes de sus mentes, no 
sus palabras”. 
¿Pero, cómo –podemos preguntar– puede la práctica 
utilizarse como una prueba del verdadero cristianismo? 
Porque el compromiso con Cristo no se evidencia por la simple 
conformidad a reglas, sino teniendo un nuevo corazón; lo que 
19
Introducción
cuenta es la actitud que hay detrás de la acción. Por eso, aunque 
es posible que hagamos cosas cristianas, como cruzados de 
alguna causa, como políticos o como ciudadanos solidarios, sin 
un auténtico y abnegado servicio, nuestras obras son vacías. 
Es sólo el Espíritu Santo quien motiva realmente, quien nos da 
esa vitalidad que hace madurar y fructifi car nuestro carácter, 
nacida de la gratitud a Dios.
Por eso Edward observaba con tanto cuidado las evidencias 
de la verdadera conversión, el fruto que resulta de vivir como 
Cristo. El avivamiento no es sufi ciente. La acción política no es 
sufi ciente. La fi lantropía no es sufi ciente. Quienes promueven 
las tendencias modernas de externalizar el cristianismo que se 
practica en Estados Unidos necesitan ser reeducados por este 
libro de Edwards. Porque él llega a esta conclusión:
“Hay una clase de práctica religiosa externa sin una 
experiencia interior, que no tiene ningún valor a los 
ojos de Dios. No sirve de nada. Y está también la 
llamada experiencia carente de toda práctica que, 
por tanto, no es seguida por una conducta cristiana. 
Esto es peor que nada. Porque siempre que una 
persona encuentra dentro de ella un corazón capaz 
de responder a Dios como Dios, cuando es enviada 
descubrirá siempre que su disposición es afectada 
en la experiencia práctica de la misma. Entonces, si 
la religión consiste en su mayor parte de un santo 
afecto, es en el ejercicio práctico del afecto que se 
muestra su disposición en la verdadera religión…”
Si la realidad del Cristo vivo ha de signifi car algo para la 
cultura occidental del siglo veintiuno, Él debe ser visto de 
esta manera entre nosotros. El evangelio se tiene que revelar 
a través del cambio de nuestro carácter y expresarse a través 
20
La verdadera espiritualidad
del servicio abnegado en una cultura que exalta el yo personal. 
Tiene que comunicarse por medio de expresiones prácticas de 
compasión, compartiendo el sufrimiento y respondiendo a 
las necesidades del pobre, del hambriento, del enfermo y del 
encarcelado.
Sólo a través de estas expresiones prácticas de los verdaderos 
afectos religiosos, y de una relación real con el Cristo resucitado, 
podrá la cosmovisión cristiana, tan golpeada desde adentro 
y desde afuera, prevalecer en el vacío que existe en el siglo 
veintiuno.
Medio siglo después de Edwards, William Wilberforce 
escribió Cristianismo real [Real Christianity], el primero de esta 
serie de clásicos que volverá a ser publicada por Victor Books. 
El ejemplo deWilberforce nos señala el camino.
En primer lugar, Wilberforce recuperó la realidad del 
cristianismo en sus propios afectos personales; vivió de verdad 
su incansable cruzada a favor de la abolición de la esclavitud. 
En medio de una Europa inundada por la marejada del 
humanismo, él escribió: “La falta de fe ha levantado su cabeza 
sin ninguna vergüenza”, pero concluyó: “Tengo que confesar 
igualmente, y con valentía, que mis firmes esperanzas en cuanto 
al bienestar de mi patria dependen, no tanto de sus navíos ni 
de sus ejércitos, ni tampoco de la sabiduría de sus gobernantes, 
ni del espíritu de su gente, sino de la convicción de que ella 
tiene a muchas personas que aman y obedecen el evangelio de 
Cristo. Creo que sus oraciones podrán prevalecer”2.
Poco después de esto se produjo uno de los grandes 
avivamientos de los tiempos modernos. Yo también creo que 
las oraciones y el trabajo de quienes aman y obedecen a Cristo 
en nuestro mundo, prevalecerán mientras tengan el mismo 
mensaje de Jonathan Edwards. Entonces, como vislumbró 
Edwards, el verdadero cristianismo será “declarado y revelado 
21
Introducción
de tal manera que en vez de espectadores endurecidos, y 
del fomento del escepticismo y del ateísmo, el hombre se 
convencerá de que hay una realidad en la religión; al ver su 
buena obra, habrá otros que glorifi carán a su Padre, que está 
en los cielos.”
Charles W. Colson
229
CAPÍTULO 10
Los afectos son la principal evidencia, 
en la religión verdadera, de una 
sinceridad salvadora
La práctica cristiana es mucho más preferible como evidencia 
de salvación, que la conversión repentina, la iluminación 
mística o la mera experiencia de bienestar espiritual que 
comienza y termina con la contemplación.1
Primer argumento
La razón demuestra claramente que la verdadera prueba de 
lo que el hombre prefi ere de veras, es ver en realidad lo que 
él afi rma y practica cuando se le da la oportunidad de elegir. 
La sinceridad de la religión consiste en dar a Dios el lugar 
más elevado en el corazón, preferirlo sobre todo lo demás y 
renunciar a todo por Cristo. Pero las acciones del hombre son 
la verdadera prueba de su corazón. Por ejemplo, cuando Dios 
y otras cosas, ya sean intereses o placeres mundanos están en 
competencia entre sí, la conducta del hombre será probada por 
lo que él desea en realidad y a lo que se aferra, y por lo que 
deja. La sinceridad consiste, entonces, en dejar todo porque se 
tiene a Cristo en el corazón, y a dejarlo todo por Cristo cuando 
230
La verdadera espiritualidad
uno sea llamado a hacerlo. En hacer esto reside la prueba. Por 
tanto, la piedad consiste no simplemente en tener un corazón 
dispuesto a hacer la voluntad de Dios, sino en tener un corazón 
que la haga en realidad. En Deuteronomio 5.27-29, los israelitas 
tenían un corazón dispuesto a obedecer los mandamientos de 
Dios, pero Dios les muestra que esto estaba muy lejos de lo que 
Él deseaba, porque ellos en realidad no los guardaron. 
Es absurdo pretender tener un buen corazón, y vivir al 
mismo tiempo una vida de pecado. Porque el sencillo hecho de 
la experiencia no puede ser refutado. “No os engañéis; Dios no 
puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso 
también segará” (Gá 6.7). Tal simulación, sin la práctica, es lo 
que a menudo se describe en la Biblia con la palabra “engaño”. 
Por eso Dalila le dice a Sansón: “He aquí tú me has engañado, 
y me has dicho mentiras” (Jue 16.10, 13). Los hombres pueden 
ser engañados, pero el gran juez, cuyos ojos son como llama 
de fuego, no será engañado ni confundido por ninguna 
simulación. “No hay tinieblas ni sombra de muerte donde se 
escondan los que hacen maldad” (Job 34.22). 
Segundo argumento
En la Biblia, la realidad de la fe auténtica se prueba a menudo 
por medio de lo difícil de vencer. Las pruebas o las tentaciones2 
son la demostración verdadera mediante las cuales se 
puede determinar en verdad si un hombre tiene la correcta 
disposición de corazón de ser fiel o no a Dios. “Y te acordarás 
de todo el camino por donde te ha traído Jehová tu Dios estos 
cuarenta años en el desierto, para afligirte, para probarte, para 
saber lo que había en tu corazón, si habías de guardar o no sus 
mandamientos” (Dt 8.2; cf. Jos 2.21, 22; Jue 3.1; Éx 16.4). 
Estas dificultades de la fe son llamadas pruebas o tentaciones 
en la Biblia, para probar la fe de los hombres. “Hermanos míos, 
231
Los afectos son la principal evidencia, 
en la religión verdadera, de una sinceridad salvadora
tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, 
sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia” (Stg 
1.2, 3). “Aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, 
tengáis que ser afl igidos en diversas pruebas, para que [sea] 
sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro” 
(1 P 1.6, 7). También el apóstol Pablo habla de dar a los pobres 
como prueba de la sinceridad del amor de los cristianos (2 Co 
8.8).Tales casos son ilustrados con frecuencia con la imagen 
de refi nación del oro y la plata (Sal 66.10, 11; Zac 13.9; Ap 
3.17, 18). 
Cuando se dice que Dios probó a Israel por medio de 
las difi cultades que encontraron en el desierto, y de sus 
enemigos en Canaán, fue para saber qué había en sus 
corazones, para saber si iban a obedecer sus mandamientos. 
De la misma manera, cuando Dios probó a Abraham con la 
difícil orden de sacrifi car a su hijo, le dijo: “Ya conozco que 
temes a Dios, por cuanto no me rehusaste tu hijo, tu único”. 
[Génesis 22.12] Cristo usó una prueba parecida con el joven 
rico de Mateo 19.16.
Tercer argumento
Esta santa práctica, en el sentido que lo hemos explicado, es 
la mejor evidencia de la realidad de la gracia en la conciencia 
cristiana. En cuanto a esto, el apóstol Santiago dice: “¿No 
ves que la fe actuó juntamente con sus obras, y que la fe se 
perfeccionó por las obras? (Stg 2.22), o, como indica la frase 
en el original: “se completó”. Por tanto, se dice que el amor 
a Dios se perfecciona o completa cuando se guardan sus 
mandamientos. “El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus 
mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él; 
pero el que guarda su palabra, en éste verdaderamente el amor 
de Dios se ha perfeccionado” (1 Jn 2.4, 5). 
232
La verdadera espiritualidad
Se dice que la gracia, o el amor de Dios, se perfeccionan con la 
práctica santa, de la misma manera que el árbol se perfecciona 
con el fruto que da. No se ha perfeccionado cuando la semilla 
es simplemente plantada en la tierra, o cuando produce hojas, 
o cuando florece. Se perfecciona sólo cuando produce fruto 
bueno y maduro, porque entonces ha logrado el fin deseado. 
Así es la gracia en su ejercicio práctico. 
Cuarto argumento
La Escritura insiste en la importancia de la práctica santa, como 
la principal evidencia para juzgar tanto nuestra sinceridad como 
la de los demás. “En esto sabemos que le conocemos; en esto se 
manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo; el que tiene 
esto, edifica sobre buen fundamento; el que no lo tiene, edifica 
sobre la arena; y aseguraremos nuestros corazones delante de él”. 
De todas las evidencias de la verdadera piedad, ninguna es tan 
específica como el tener amor los unos por los otros. “Nosotros 
sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a 
los hermanos” (1 Jn 3.14; Ro 13.8, 10; Gá 5.14; Mt 22.39, 40). 
Quinto argumento
La Palabra de Dios habla claramente de la práctica cristiana como 
la principal evidencia de la verdad de la gracia, no sólo para los 
demás, sino también para nuestras propias conciencias. Ella es 
presentada como la prueba fundamental para uno mismo. “El 
que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama 
(Jn 14.21). Es conspicua la repetición de ese énfasis, porque en el 
versículo el Señor dice: “Si me amáis, guardad mis mandamientos; 
en el versículo 23: “El que me ama, mi palabra guardará; y en el 
versículo 24: “El que no me ama, no guarda mis palabras”. En el 
capítulo quesigue, Jesús repite el mismo énfasis, una y otra vez 
(Jn 15.2, 8, 14). El mismo énfasis lo tenemos en 1 Juan. 
233
Los afectos son la principal evidencia, 
en la religión verdadera, de una sinceridad salvadora
Sexto argumento
Esta gran evidencia de la santa práctica será utilizada ante el 
tribunal de Dios. En el juicio futuro, habrá un juicio a puertas 
abiertas de los profesantes, y se utilizarán evidencias para 
juzgarlos. Ese juicio declaratorio revelará la justicia del juicio 
de Dios a la conciencia de los hombres y al mundo. Por tanto 
del día del Juicio es llamado “el día de la ira y de la revelación 
del justo juicio de Dios” (Ro 2.5; cf Mt 18.31; 20.8-15; 22.11-13; 
25.19-30; Lc 19.11-23). 
Las Escrituras nos enseñan profusamente que la mayor 
evidencia del juez serán las obras o las prácticas del hombre 
aquí en este mundo (Ap 20.12; 2 Co 5.10). “Porque Dios traerá 
toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea 
buena o sea mala” (Ec 12.14). 
De esto podemos inferir, sin ninguna duda, que las obras de 
los hombres, tomadas en el sentido que han sido explicadas, 
son la principal evidencia por la cual deben ellos evaluarse 
hoy. Nuestro juez supremo hará uso de ellas para juzgarnos 
cuando estemos de pie delante de Él, si entretanto no hemos 
hecho uso de ellas para juzgarnos a nosotros mismos.3 De no 
haber sido revelado de esta manera qué evidencia utilizará 
el juez con nosotros, sería normal que la persona preguntara: 
“¿Cómo podía yo saber lo que Dios iba a examinar y sobre lo 
cual iba a insistir en ese juicio fi nal y decisivo?” Pero, puesto 
que Dios ha revelado de una manera tan clara y abundante 
lo que será esta evidencia, es ciertamente prudente y de 
suma importancia que nos probemos por ella ahora mismo.
La práctica cristiana es, entonces, la mayor de todas 
las evidencias, que confirma y corona la prueba de una 
vida piadosa. Es también la prueba cierta del verdadero 
y salvador conocimiento de Dios. “Y en esto sabemos que 
nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos”. 
234
La verdadera espiritualidad
[1 Juan 2.3] Porque si conocemos a Dios, pero no lo 
glorificamos como Dios, entonces nuestro conocimiento 
sólo servirá para condenarnos, no para salvarnos (cf Ro 
1.21). “Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las 
hiciereis” (Jn 13.17). 
La práctica santa es la evidencia verdadera del arrepentimiento. 
Cuando los judíos manifestaban arrepentimiento, confesando 
sus pecados a Juan en el bautismo de arrepentimiento, él les 
decía lo que tenían que hacer: “Haced, pues, frutos dignos de 
arrepentimiento” (Mt 3.8). 
La práctica santa es la evidencia verdadera de una fe 
salvadora, como vemos en el ejemplo que el apóstol Santiago da 
de Abraham (Stg 2.21-24). La práctica es la mejor evidencia de 
haber venido realmente a Cristo y de haberle aceptado. Cristo 
nos promete vida eterna con la condición de que vengamos 
a Él. La práctica santa es también la evidencia verdadera de 
nuestra confianza en Cristo para salvación. Tal confianza es 
una realidad práctica de dependencia. “Por lo cual asimismo 
padezco esto; pero no me avergüenzo, porque yo sé a quién 
he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi 
depósito para aquel día” (2 Ti 1.12).
La práctica santa es también la evidencia verdadera del amor 
a Dios y a los hombres, como resultado de la gracia. Es también 
la evidencia de humildad y del temor a Dios. Es evidencia de 
una verdadera gratitud: “¿Qué pagaré a Jehová por todos sus 
beneficios para conmigo? (Sal 116.12). El salmista dice también: 
“El que sacrifica alabanza me honrará; y al que ordenare su 
camino, le mostraré la salvación de Dios” (Sal 50.23). De 
nuevo, la práctica sana es la evidencia verdadera de los deseos 
y anhelos de la gracia; de una esperanza basada en la gracia; de 
hacer la voluntad de Dios en santo amor; de fortaleza cristiana; 
y de la realidad de la gracia. 
235
Los afectos son la principal evidencia, 
en la religión verdadera, de una sinceridad salvadora
Antes de concluir esta disertación, permítame dar una breve 
respuesta a dos objeciones que cuestionan a la práctica cristiana 
como la evidencia principal de la gracia salvadora. 
La primera objeción es que la experiencia interna y espiritual 
de un cristiano verdadero debe ser la principal evidencia de la 
gracia verdadera. ¿No gobierna y dirige a la expresión corporal 
esta santa práctica de la mente? En realidad, estos ejercicios 
espirituales no son, de ninguna manera el aspecto menor 
de la experiencia cristiana, ya que la conducta exterior esta 
íntimamente conectada con ellos. Pero hablar de la experiencia 
cristiana y de la práctica cristiana como dos cosas diferentes, es 
hacer una distinción no razonable. En realidad, toda experiencia 
cristiana no es llamada con propiedad práctica cristiana, pero 
toda práctica cristiana es experiencia. Hacer una distinción no 
es bíblico. Jeremías pregunta: “¿No comió y bebió tu padre, 
e hizo juicio y justicia… El juzgó la causa del afl igido y del 
menesteroso…? ¿No es esto conocerme a mí? dice Jehová.” 
(Jer 22.15-16). Nuestro conocimiento interior de Dios será la 
característica dominante de nuestra experiencia religiosa, o 
práctica santa. Podrían citarse muchos pasajes bíblicos para 
ilustrar esto; por ejemplo: 1 Juan 5.3; 2 Juan 6; Salmo 34.11; gran 
parte del salmo 119, y muchos otros. 
Hay un tipo de práctica religiosa externa, sin ninguna 
experiencia interior, que no le interesa a Dios; no sirve para 
nada. Y hay también una experiencia sin nada de práctica, que 
no tiene una conducta cristiana, lo cual es peor que nada. Porque 
siempre que una persona descubre que tiene un corazón para 
Dios, y es probada en esto, tendrá una disposición efectiva en 
la experiencia práctica de ese descubrimiento. Entonces, si la 
religión consiste especialmente de afectos santos, la religión 
verdadera se distingue principalmente por el ejercicio práctico 
del afecto. La amistad entre amigos terrenales consiste de 
236
La verdadera espiritualidad
mucho afecto, y cuando esos fuertes vínculos de afecto los 
llevan a tener grandes dificultades, ello les permite tener la 
prueba de que su amistad es verdadera. 
Cuando los teólogos dicen que no hay evidencias seguras 
de la gracia sin los hechos de la gracia, están diciendo lo que 
vemos en la experiencia diaria. Después que un hombre ha 
visto a su vecino, tiene una prueba de su existencia. Pero al 
verlo todos los días, y hablar frecuentemente con él en diversas 
circunstancias, queda establecida la evidencia. Por ejemplo, 
cuando los discípulos vieron por primera vez a Cristo después 
de su resurrección, tuvieron una buena evidencia de que Él 
estaba vivo. Pero después de conversar con Jesús durante 
cuarenta días y ver muchas pruebas infalibles de su identidad, 
tuvieron una evidencia aun mayor.4 De la misma manera, el 
testimonio o el sello del Espíritu se ve en el efecto del Espíritu 
de Dios sobre el corazón. A medida que la gracia es implantada 
y ejercida, la experiencia también crece. Esta presencia interior 
del Espíritu Santo es la mayor evidencia de nuestra adopción 
como hijos de Dios.
También puede objetarse que la insistencia en la práctica 
cristiana como la principal evidencia de la realidad de la gracia, 
es una doctrina legalista. Dar tal importancia a la práctica sólo 
exalta el esfuerzo propio, llevando a las personas a dar un gran 
valor a sus acciones, perdiendo así la bienaventuranza de la 
gracia gratuita. ¿De qué manera es consistente esto con la gran 
doctrina del evangelio de la justificación sólo por la gracia?
Esta objeción es completamente absurda. ¿Cómo puede una 
práctica santa, como señal de la gracia divina, ser inconsistente 
con la libertad que da la gracia de Dios? No sería razonable 
ofrecer nuestras obras como el pago del favor de Dios. Pero 
decir que su ejercicio es prueba del don de la gracia, no es 
algo inconsistente. La falta de méritos del hombre para hacer 
237
Los afectos sonla principal evidencia, 
en la religión verdadera, de una sinceridad salvadora
algo justo es lo importante de enfatizar. Éste es el signifi cado 
de la justifi cación sin obras de que habla la Escritura. Somos 
justifi cados sólo por la justicia de Dios, no por nuestra propia 
justicia. Cuando las obras son enfrentadas a la fe en este asunto, 
se nos dice con toda verdad que somos justifi cados por la fe, no 
por obras. Pero esto no es argumento para negar que la gracia 
se exprese en la práctica santa. Porque indudablemente no es 
consistente con el don gratuito de la gracia del evangelio, que 
se dé a los hombres derecho a la salvación, a menos que los 
benefi cios de Cristo tengan expresión en un corazón renovado, 
santifi cado y bienaventurado que ama a Dios y que es como 
Dios, porque tiene la experiencia del gozo en el Espíritu Santo. 
No dar importancia a las obras, porque no somos justifi cados por 
las obras, es como no dar importancia a la verdadera religión, a 
toda gracia y santidad, y a toda experiencia de la gracia.
Es muy dañino para la religión verdadera que las personas no 
den importancia a las obras, y que den poco énfasis a las cosas 
que las Escrituras muestran que son importantes. Adoptar esa 
idea enfatiza el legalismo, y hace impráctico el antiguo pacto. 
En vano buscaremos una mejor evidencia de santidad que 
la que da la Biblia, y en la que más insiste. Como dice Agur: 
“Toda palabra de Dios es limpia; El es escudo a los que en él 
esperan. No añadas a sus palabras, para que no te reprenda, 
y seas hallado mentiroso” (Pr 30.5, 6). No podemos confi ar en 
nuestro discernimiento del corazón de los hombres. Vemos 
poco de la realidad del alma y de las profundidades del corazón 
del hombre. Los afectos personales pueden ser movidos sin 
ninguna infl uencia sobrenatural. Están tan enterrados y son 
tan herméticos e infl uenciados de tantas maneras, que no se 
puede confi ar en ellos. 
En vez de ello, debemos seguir muy de cerca la señal que 
Dios nos ha dado en su Palabra. Él sabe por qué insiste en las 
238
La verdadera espiritualidad
mismas cosas, y por qué nos las explica, para que las probemos 
por nosotros mismos en vez de hacerlo por otros medios. Talvez 
sabe qué cosas nos causan menos perplejidad, y cuáles nos 
exponen menos al engaño. Él es quien mejor conoce nuestra 
naturaleza. Quien conoce mejor la manera de que estemos a 
salvo. Sabe en qué puede ser indulgente con la iglesia y con 
el temperamento diferente de cada personal. Por consiguiente, 
es prudente que no quitemos de sus manos el trabajo que está 
haciendo, y que le obedezcamos de la manera que Él nos ha 
dicho.
No es de extrañarse, entonces, que nos sintamos 
desconcertados, confundidos y desorientados si hacemos lo 
contrario. Sin embargo, si nos formamos el hábito de mirar 
especialmente las cosas que Cristo, sus apóstoles y los profetas 
han enfatizado y en las que han insistido, y luego nos juzgamos 
a nosotros mismos y a los demás por los ejercicios prácticos y 
los efectos de la gracia, sin descuidar al mismo tiempo otras 
cosas, el resultado será bueno y feliz. Esto traerá convicción 
de pecado a los farsantes equivocados, y evitará que sean 
engañados quien tienes sólo un compromiso tibio con el 
camino angosto que lleva a la vida. Asimismo, nos ayudará 
a ponernos a salvo de las innumerables perplejidades y de los 
diversos esquemas en conflicto que abundan en la experiencia. 
También impedirá que los profesantes de la fe descuiden la 
sobriedad de la vida, y fomentará el fervor y la fidelidad en su 
andar cristiano. 
Veremos entonces una fe dinámica en nuestra generación. Los 
cristianos que sean amigos íntimos comenzarán a compartir 
mutuamente sus experiencias y consolaciones de una manera 
más digna de la humildad y de la modestia cristianas, y más 
provechosa para ambos. Medirán muy bien sus palabras, no se 
vanagloriarán y actuarán de acuerdo con el prudente ejemplo 
239
Los afectos son la principal evidencia, 
en la religión verdadera, de una sinceridad salvadora
de los bienaventurados (2 Co 12.6). Así se le cerrará una gran 
puerta al diablo. Serán quitadas muchas de las grandes piedras 
de tropiezo que hay en contra la fe real y vigorosa.
La verdadera religión se manifestará y revelará entonces 
de tal manera, que los hombres quedarán convencidos de 
que hay autenticidad en la religión, en vez de convertirse en 
unos espectadores endurecidos, o en unos escépticos o ateos. 
Esto los desafi ará y ganará, al convencer sus conciencias de la 
importancia y excelencia de la religión verdadera. Así, la luz 
de ese testimonio brillará de tal forma delante de los hombres, 
que los demás verán sus buenas obras, y glorifi carán al Padre 
de ellos que está en los cielos.

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