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La voluntad y las obras de Dios John L Dagg

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LA VOLUNTAD Y LAS OBRAS DE DIOS
El deber de deleitarse en la voluntad y las obras
de Dios
John L.  Dagg
Teologia para Vivir
 
 
LA VOLUNTAD Y LAS OBRAS DE
DIOS
JOHN L. DAGG
Impreso en Lima, Perú
◆◆◆
 
LA VOLUNTAD Y LAS OBRAS DE DIOS
Autor: John L. Dagg
Traducción: Daniel E. Valladares
Edición: Jaime D. Caballero
Primera revisión de estilo y lectura: Artemio G. Colque
Segunda revisión de estilo y lectura: Dorian Obreque
Diseño de cubierta: Angelica Garcia-Naranjo
Título original:
John L Dagg, Manual of Theology, First Part: A Treatise on Christian
Doctrine (Charleston, SC: Southern Baptist Publication Society; 1859), 95-
138.
Editado por:
© TEOLOGIAPARAVIVIR.S.A.C
José de Rivadeneyra 610. Urb. Santa Catalina, La Victoria.
Lima, Perú.
ventas@teologiaparavivir.com
https://www.facebook.com/teologiaparavivir/
www.teologiaparavivir.com
Primera edición: Febrero del 2023
Tiraje: 1000 ejemplares
Hecho el depósito legal en la Biblioteca Nacional del Perú, N°: 2021-
08391
Prohibida su reproducción o transmisión total o parcial, por cualquier medio,
sin permiso escrito de la editorial. Todos los derechos reservados y exclusivos
©TEOLOGIAPARAVIVIR.S.A.C. Las citas bíblicas fueron tomadas de las versiones
Reina Valera de 1960 y de la Nueva Biblia de los Hispanos, salvo indique lo
contrario en alguna de ellas.
◆◆◆
 
mailto:ventas@teologiaparavivir.com
Sobre esta obra
Esta obra corresponde a la edición completa, sin
abreviar, cambiar o recortar de ningún modo la obra
original. Los subtítulos de los capítulos han sido añadidos
por el editor de la obra en español. La obra completa ha
sido publicada por la editorial Teología para Vivir. Este libro
corresponde a la segunda sección del libro correspondiente
a la doctrina de Dios. Este libro electrónico fue tomado de:
John Dagg, “La voluntad y las obras de Dios”, en
Manual de teología y orden de la Iglesia, ed. Jaime D.
Caballero (Lima, Perú: Teología para Vivir, 2021), 85-
124.
TABLA DE CONTENIDOS
LA VOLUNTAD Y LAS OBRAS DE DIOS
PREFACIO POR JOHN DAGG
INTRODUCCIÓN: EL DEBER DE DELEITARSE EN LA
VOLUNTAD Y LAS OBRAS DE DIOS
LA VOLUNTAD DE DIOS
1. Voluntad de mandamiento
2. Voluntad de propósito
LAS OBRAS DE DIOS: LA CREACIÓN
LAS OBRAS DE DIOS: PROVIDENCIA
1. Preservación
2. Gobierno de todo
3. El gobierno natural
4. El gobierno moral
5. La libre agencia
6. La necesidad moral
7. Los designios de la providencia
8. La providencia de Dios sobre el pecado
CONCLUSIÓN
APÉNDICE: SOBRE JOHN L. DAGG
Biografía
Análisis teológico de la obra, por Jaime D.
Caballero
Propósito de la obra
Una teología protestante
Una teología reformada
Una teología bautista
Características distintivas
LA VOLUNTAD Y LAS OBRAS DE
DIOS
JOHN L. DAGG (1794-1884)
PREFACIO POR JOHN DAGG
Este volumen está hecho para aquellos que no tienen el
tiempo ni la oportunidad de estudiar libros más grandes de
teología. Al prepararlo tengo como objetivo presentar el
sistema de doctrina cristiana con amabilidad y brevedad. Y
demostrar, en cada punto, su verdad y su camino a
santificar el corazón. Los hombres que han tenido la
inclinación y el talento para una investigación profunda
preferirán discusiones elaboradas, pero si el novato en
religión es ayudado a determinar lo que es verdad y cuál es
el uso apropiado que se le debe dar, entonces, el fin
principal por el cual he escrito, ha sido alcanzado.
Al estudiar la verdad divina, podemos exhibirla en
diferentes aspectos y relaciones. Podremos verla como algo
que viene de Dios con suprema autoridad o como un
sistema revelado por Jesucristo donde todas las partes se
armonizan bellamente una con otra y se agrupan alrededor
de la doctrina de la cruz. Ese es el punto central de esta
obra: Entrar en el corazón humano por la obra del Espíritu
Santo transformándolo a la imagen de Dios. He trabajado
este punto de vista para hacerlo prominente en estas
páginas.                                                      
El principio moral y religioso del ser humano necesita
una influencia adecuada para su desarrollo y perfección y
esa influencia se encuentra en las verdades aquí
presentadas. La sistematización de una doctrina para
producir este efecto se considera como una prueba de esta
verdad y de su origen divino. Y en consecuencia se deducen
en los “artículos de fe” en gran medida los ejercicios
internos de piedad. Se han examinado otras fuentes de
conocimiento religioso, y especialmente la Biblia, en la cual
la verdad de Dios es directamente conocida. A este Libro
Sagrado, como la norma suprema, siempre se hace el último
llamado y la armonía de sus decisiones; además de las
deducciones de nuestras experiencias internas, que son
observadas cuidadosamente para la confirmación de
nuestra fe. Aunque el sistema ha sido visto como su origen
en Dios y terminando en el hombre, la atención no debe
dirigirse exclusivamente a su origen o su terminación. En la
convergencia de todas las páginas está el glorioso centro,
“la cruz de Cristo” que no ha sido pasada por alto. El lector
encontrará, espero, prueba en estas páginas de que la
doctrina de la cruz es la doctrina según la piedad.
No ha sido parte de mi deseo guiar al investigador
humilde a la región espinosa de la teología polémica. Evitar
todo lo que ha sido objeto de controversia ha sido
imposible, porque cada parte de la verdad divina ha sido
tergiversada. Pero, lo que sí ha sido parte de mi plan es
seguir nuestro curso de investigación, abarcando lo menos
posible las disputas de los contendientes religiosos, y de no
conocer controversia, sino aquella que es consecuencia de
la incredulidad de nuestros propios corazones.
Se han examinado las preguntas que tienen más
probabilidades de confundir las consultas sinceras; y si no
se han dilucidado y respondido por completo, espero que
hayan sido eliminadas como para dejar la mente en paz y
reposando pacíficamente sobre la verdad claramente
revelada, y esperando pacientemente que la luz de la
verdad despeje toda duda restante.
En la religión, los hombres se muestran naturalmente
aficionados a lo difícil y lo oscuro, tal vez porque allí
encuentran un escape de la inquietante luz de la verdad
claramente revelada. Incluso el principiante que abandona
los temas que son simples y se sumerge en investigaciones
profundas y complejos razonamientos, los cuales, los
teólogos más inteligentes piensan que es mejor evitar. Aquí
surge la necesidad de recordarle con frecuencia al
investigador, que hay temas que se extienden mucho más
allá de su visión y que al explorar más de lo que se hace no
siguiendo la guía de la revelación, se está en peligro de
confundir la hipótesis y las deducciones del falso
razonamiento por la verdad de Dios. Las hipótesis pueden
ser admitidas legalmente para la remoción de objeciones, si
se recuerda que es solo eso, una hipótesis. Se debe permitir
un raciocinio cuando sea necesario ir a su laberinto con el
fin de sacar a aquellos que se han perdido en él, por las
pruebas directas de los “artículos de fe”. Pero este libro
descansa sobre las declaraciones expresas de la Palabra de
Dios o las deducciones que se adapten a las mentes
sencillas y prácticas.
Cualquiera que desee ver una historia de opiniones
religiosas, no la encontrará en esta obra. La religión es un
asunto entre el hombre y su Dios; y cada hombre debe
buscar la verdad por sí mismo, cualesquiera que sean las
opiniones de otros respecto a ella. Este ha sido mi objetivo,
guiar la mente del lector a las fuentes del conocimiento
religioso e incitarlo a investigarlas por sí mismo, respetando
las opiniones de otros. Usted puede aprender de la ayuda
que le estoy ofreciendo, de mis opiniones. Pero, le daré aquí
la advertencia de una vez por todas, de no adoptar
cualquier opinión que yo pueda tener más de lo que está
sostenido por la Palabra de Dios. Si hubiera querido que
fijara su fe en la autoridad humana, pude haber recurrido acitas de celebres escritores en apoyo de mis opiniones, pero
he escogido no hacerlo. Es mi deseo que el lector pueda ver
en la doctrina aquí presentada, en lo que respecta a la
autoridad humana, “nada nuevo”, sino la simple opinión de
un gusano falible. Pero mientras sea sustentado por la
Palabra de Dios, debe recibirla como la verdad de Dios.
Este volumen no contiene aspectos de la religión
externa. La piedad es tan importante como su poder. Y la
doctrina respecto a la piedad es una parte del sistema
cristiano; pero no he podido incluirla en la presente obra.
Si este humilde intento de beneficiar a otros no tuviera
éxito, no ha sido útil para mí. Con miras a la eternidad, me
ha parecido bien examinar de nuevo los fundamentos sobre
los cuales reposa mi fe. Si la lectura de estas páginas
proporciona beneficio y placer a los lectores, como la
preparación de ella dio al escritor, podemos encontrar razón
para regocijarnos en el mundo futuro, porque los creyentes
han sido llamados a este pequeño servicio para el Redentor.
INTRODUCCIÓN: EL DEBER DE
DELEITARSE EN LA VOLUNTAD Y
LAS OBRAS DE DIOS
Sal. 37:4. Deléitate en el Señor.
Sal. 40:8. Me deleito en hacer tu voluntad, oh Dios mío.
Sal. 119:47. Me deleitaré en tus mandamientos.
Ro. 7:22. Me deleito en la ley de Dios.
Sal. 107:22. Declarar sus obras con regocijo.
Si alguno supone que la religión consiste, meramente de
autonegación, dolorosas austeridades, llena de pesimismo y
melancolía, con la exclusión de toda felicidad, confunde
grandemente su verdadero carácter. Las religiones falsas, y
las falsas apreciaciones de la religión verdadera, pueden ser
sujetas a esta suposición. Pero la religión que tiene a Dios
por su autor, y la cual guía el alma hacia Dios, está llena de
paz y de gozo. Nos alegra en medio de las pruebas de la
vida enfrentando con gozo todas las asignaciones de la
divina Providencia, felices en las prácticas piadosas y
alegres con la esperanza de una felicidad sin
fin.                                          
En perspectiva, el cielo está cercano, y mientras estamos
rumbo a ese mundo de felicidad perfecta y eterna, se nos
permite, en alguna medida, anticipar su gozo, siendo aquí
bendecidos “con toda bendición espiritual en los lugares
celestiales con Cristo Jesús” (Ef. 1:3). Se nos ha hado, no
solo para continuar nuestra peregrinación a la buena tierra,
sino también para deleitarnos a sí mismo en el Señor (Sal.
37:4). Nuestra felicidad no es meramente la ausencia de
pena y dolor, sino que es una delicia positiva. El deleite que
asiste a otros ejercicios religiosos debe sentirse en la
investigación de la verdad religiosa, y debe estimular a la
diligencia y perseverancia.
La verdad divina no es solamente santificadora, sino que
también es beatificadora. Para los santos de la antigüedad
ella era “más dulce que la miel, y la que destila del panal
(Sal. 19:10), y para los cristianos tempranos, en quien,
creyendo la verdad que está en Jesús, se alegraron con gozo
inefable y glorioso (1 P. 1:8).                                                  
                                             
Si amamos la verdad como debiéramos, deberíamos
experimentar igual placer al recibirla; y la investigación
cuidadosa de ella debería ser una fuente de placer puro y
perdurable. No sería suficiente el emplear nuestros poderes
intelectuales en la discusión de preguntas desconcertantes
que atañen a la religión, sino que deberíamos encontrar un
rico banquete en la verdad que puede ser conocida y leída
por todos. El hombre que se deja llevar por sus dudas
escépticas, y se detiene a sí mismo con preguntas sin
beneficio, es como aquel que cuando está ante él un
banquete abundante, en lugar de disfrutar de la comida
ofrecida, se detiene a examinar un supuesto defecto del
plato en que es servida. Las gloriosas verdades que son
claramente reveladas, en lo que respecta a Dios, y las cosas
de Dios, son suficientes para habilitar a cualquiera para
deleitarse asimismo en el Señor.
Anteriormente miramos que el amor a Dios descansa en
el fundamento de la religión verdadera. El amor,
considerado como simple benevolencia, tiene por objeto la
producción de felicidad, no el recibirla. Pero por los sabios
arreglos de la bondad infinita, la bendición producida:
bendice al que la da, así como al que la recibe. “Es más
bendecido dar que recibir” (Hch. 20:35). Pero cuando Dios
es el objeto de nuestro amor no podemos incrementar su
felicidad. Nos deleitamos en ella como ya perfecta; y todo lo
que brota de nuestro amor por Él, encontrando la medida de
su felicidad completa, regresa a nosotros mismos,
llenándonos de la plenitud de Dios. Dios es amor; y amar a
Dios con todo el corazón es tener lleno el corazón, de la
medida completa de su capacidad, con la bienaventuranza
de la naturaleza divina.
Esta es la plenitud del gozo. En la existencia y atributos
de Dios se establece un fundamento suficiente para
reclamar el amor supremo hacia Él. Pero por el ejercicio
activo del santo afecto, Dios debe verse no solo como
existente, sino como actuante. Para deleitarse en Él, sus
perfecciones deben manifestarse, para que disfrutemos del
objeto de nuestro amor sincero por su presencia en
nosotros, y la exhibición de esas cualidades, que atraen
nuestros corazones.
El cielo está lleno de felicidad, porque sus habitantes no
solo aman a Dios, sino que contemplan las completas
manifestaciones de la gloria de Dios. Para disfrutar a Dios
en la tierra, debemos contemplarle en tales
manifestaciones, como Él se ha complacido en hacer a
nosotros, quienes moramos bajo el estrado de sus pies.
Estas manifestaciones las podemos descubrir en las
declaraciones de su voluntad y en sus obras, las cuales son
la ejecución de su voluntad.   Al contemplarlas, el corazón
piadoso encuentra una fuente del más puro y elevado
deleite.                                                                                    
                                                                             
Cuando el hijo de Dios consintió en tomar la naturaleza
humana para la salvación del hombre, dijo: “El hacer tu
voluntad, Dios mío, me ha agradado” (Sal. 40:8). Si el
mismo sentir que hubo en Cristo, estuviera en nosotros,
también nos deleitaríamos en la voluntad de Dios. Seriamos
capaces de decir con David: “Me deleito en tus
mandamientos”, y con Pablo: “me deleito en la ley de Dios”.
Debemos rendir obediencia a todos Sus Preceptos, no a
regañadientes, sino alegremente, y no solo alegremente,
sino con gozo y deleite.
El hacer la voluntad de Dios debería ser para nosotros
como comida y bebida, como lo fue para nuestro bendito
Señor. Nuestro gozo religioso debe consistir no solo en
recibir el bien de Dios, sino en rendirle un servicio activo;
como los felices espíritus que están ante su trono, quienes
sirven a Dios de día y de noche y se deleitan en servirle. No
solamente deberíamos rendir servicio personal a nuestro
Soberano, sino que debemos desear que su voluntad sea
hecha por todos los demás, y regocijarnos en su dominio
universal. “El Señor reina, regocíjese la tierra” (Sal. 97:1).    
                                                           
Así como los santos de la antigüedad se deleitaban en la
voluntad y gobierno de Dios, también se deleitaban en sus
obras. Ellos vieron en ellas las manifestaciones de su
sabiduría, poder y bondad; y se deleitaron meditando en
ellas. Ellos contemplaron con santo placer su gloria
mostrada en los cielos y las obras de Sus manos; se
regocijaron al recordar, “es Él quien nos ha creado”, y, al
acercarse a Él con adoración religiosa, estaban
acostumbrados a dirigirse a Él como el Creador de todas las
cosas: “Señor, tú eres el Dios que hiciste el cielo y la tierra,
el mar y todo lo que en ellos hay” (Hch. 4:24).                      
                                                                           
La Bondad mostrada en las obras de Diosdespierta la
gratitud en el hombre piadoso, y entretanto que disfruta el
don, reconoce la mano que se lo otorgó; y cada bendición se
hace más querida, por causa de ser conferida por aquel a
quien ama supremamente. Él ve en la creación un vasto
almacén de gozo, y bendice a su autor. Él recibe de la
providencia de Dios los innumerables beneficios que se le
otorgan diariamente, y bendice al amable dador. Dios está
en cada acto de misericordia. Su corazón de él, disfruta y
sale siempre hacia Dios con adoración incesante y acciones
de gracias.                                                                              
                                                                   
En el sendero de nuestro deleite en Dios se experimenta
la aflicción, cuando ella llega. El hombre piadoso siente que
esto, también viene de la mano de Dios. Así pensaron todos
aquellos santos, de cuyos servicios religiosos, la Biblia nos
da cuenta. Se inclinaron ante Dios bajo la aflicción, con
espíritu de resignación, reconociendo que Dios es el autor
de la aflicción. Como Job; “Jehová dio, y Jehová quitó; sea el
nombre de Jehová bendito” (Job. 1:21). Como David;
“Enmudecí, no abrí mi boca, porque tú lo hiciste” (Sal.
39:9). Como Elí; “Jehová es; haga lo que bien le pareciere”
(1 S. 3:18). Como los compañeros de Pablo; “Y como no le
pudimos persuadir, desistimos diciendo: “Hágase la
voluntad del Señor” (Hch. 21:14).                                          
                                                                                               
                                                           
Los santos de la antigüedad creyeron en una providencia
poderosa, y recibieron todas las aflicciones como ordenadas
por Él, en cada particular; y sobre esta fe fue fundada su
resignación por la cual se distinguió su eminente piedad.
Para la carne, la aflicción no era gozosa, sino gravosa y, por
lo tanto, no podían deleitarse cuando se consideraban en sí
mismas, pero al soportarlas con la más aguda angustia, aún
podían decir junto con Job; “Bendito sea el Nombre del
Señor”. Firmemente creyeron que la dispensación fue sabia
y amablemente ordenada, y que Dios podía sacar lo bueno
de lo malo; y, aunque, oprimidos por el sufrimiento y dolor
presentes, todavía confiaban en Dios; y deleitándose en Él,
que aliviaba su miseria mezclada con dolores.
Dejemos que el amor a Dios arda en nuestros corazones
mientras contemplamos su existencia y atributos.
Deleitémonos en Él hasta el arrebato más elevado del cual
las mentes humanas son susceptibles, mientras estudiamos
su voluntad y sus obras. La gran obra de redención, dentro
de la cual especialmente los ángeles anhelan mirar, el cual
es el tema principal del canto de los glorificados que está
preparado para producir un éxtasis superior; pero incluso los
temas de la creación y de la providencia pueden llenarnos
de deleite si nos acercamos a ellos como debiéramos.
Cuando los cimientos de la tierra fueron puestos, las
estrellas de la mañana entonaron juntas su canto, y todos
los hijos de Dios alabaron con alegría. Y ahora los ángeles,
se deleitan en ser los ministros de la Providencia de Dios.
Permitámonos, con igual devoción al Dios Todopoderoso,
deleitarnos en su voluntad y en sus obras.
LA VOLUNTAD DE DIOS
El término “voluntad”, siempre implicará deseo, se aplica
de diversas maneras, según el objeto de ese deseo.              
         
i- Éste denota la intención o el propósito de actuar. Se ha
dicho de Apolos: “De ninguna manera tuvo voluntad de ir
ahora” (1 Co. 16:12), es decir, él no tuvo ninguna intención
o propósito de venir. En este sentido, se ha hablado de la
voluntad de Dios: “conforme al propósito del que hace todas
las cosas según el designio de Su voluntad” (Ef. 1:11). El
propósito o la intención que pueden existir antes de que
llegue el momento de la acción. Cuando ha llegado, la
mente presenta un acto denominado volición para producir
el efecto deseado. En los seres humanos el propósito puede
ser voluble y puede sufrir cambios antes del tiempo de la
acción; pero el propósito o intención de Dios nunca cambia,
y cuando llega el tiempo para producir el efecto deseado, no
debemos pensar que surge una nueva volición en la mente
de Dios, sino que el efecto sigue, de acuerdo a la voluntad
de Dios, sin ningún nuevo esfuerzo de su parte.                    
                                                                     
ii.- Este término también denota un deseo de actuar,
restringido por deseos opuestos más fuertes, u otras
influencias que contrarrestan. Pilato estaba “dispuesto” a
soltar a Jesús (Lc. 23:30); pero otras consideraciones
presentes en su mente anularon su deseo, y determinaron
su acción. Estamos obligados a pensar de la mente divina a
partir del conocimiento que poseemos; y de las Escrituras
que adaptan su lenguaje a nuestras concepciones. En esta
forma, un deseo de actuar es algunas veces atribuido a
Dios, cuando las consideraciones opuestas previenen su
acción. “Yo había dicho que los esparciría lejos, que haría
cesar de entre los hombres la memoria de ellos, de no haber
temido la ira del enemigo (Dt. 32:26-27). “¡Cuántas veces
quise juntar a tus hijos, etc., y no
quisiste!”                                                
iii.- Este término es usado con referencia a un objeto
externo que es deseado, o a una acción que se desea que
otra la realice. “Sacrificio y ofrenda no quisiste” (Heb. 10:5).
“Hágase contigo como quieres” (Mt. 15:28). “Pedid todo lo
que queréis, y os será hecho” (Jn. 15:7), “¿qué haré,
entonces, con el que ustedes llaman el Rey de los judíos?”
(Mc. 15:12). En este sentido, al expresar simplemente lo
que a Dios le es deseable, se le atribuye a la voluntad de
Dios. “No queriendo que nadie perezca, sino que todos
procedan al arrepentimiento” (2 P. 3:9). “Que no quiero la
muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino,
y que viva” (Ez. 33:11), “pues la voluntad de Dios es
vuestra santificación” (1 Ts. 4:3).
iv.- Estrechamente ligada a la última exposición, y quizá
incluida en ella, es que el uso del término “voluntad” denota
el mandamiento, o requisito. Cuando una persona; cuyo
deseo o placer es que una acción deba ser realizada por
otra persona, tiene autoridad sobre esa otra, así, el deseo
expresado asume el carácter de precepto. La voluntad
expresada de un suplicante es una petición, pero la
voluntad expresada de un gobernante es un mandamiento.
Lo que sabemos que es “el placer de Dios”, debemos
hacerlo, es nuestro deber hacerlo.  Su placer dado a
nosotros se convierte en ley.
1. Voluntad de mandamiento
 
Es especialmente importante distinguir entre la primera y
última de las explicaciones que se han enumerado. En la
primera, la voluntad de Dios se refiere a su propia acción,
significando su fija determinación en cuanto a lo que hará.
Es llamada su voluntad de propósito y siempre surte efecto.
En el último sentido, se refiere a las acciones de sus
criaturas, y expresa lo que le agradaría que hicieran. Esta es
llamada, su voluntad de precepto y siempre falla en surtir
efecto cuando las acciones de sus criaturas no le agradan,
es decir, cuando ellos violan sus mandamientos.
La voluntad de propósito está prevista cuando se dice:
“Conforme al propósito del que hace todas las cosas según
el designio de Su voluntad” (Ef. 1:11), y, Él hace según su
voluntad en el ejército del cielo y en los habitantes de la
tierra” (Dn. 4:35). La voluntad de precepto está prevista
cuando se dice: “Tu voluntad sea hecha en la tierra, así
como se hace en el cielo” (Mt. 6:10). Debe tomarse en
cuenta que, en el primer caso, Dios es el agente, y el efecto
es cierto. En el último caso, sus criaturas son los agentes y
el efecto no es un objeto de expectación cierta, sino de
petición o deseo.
La voluntad de mandamiento que Dios nos ha dado
a conocer, es nuestra regla del deber (Sal. 40:8,
143:10, Mt.6:10, Ro. 2:12, 18, Ex. 20, Ec. 12:13).
Las Escrituras hacen de la voluntad de mandamiento la
regla del deber, tanto a los que tienen los medios de un
conocimiento claro y a aquellos que no lo tienen. La
desobediencia de los primeros será castigada con muchos
azotes, y la de los últimos con pocos azotes. Ningún hombre
será tenido por responsable, excepto por los medios de
conocimiento que están a su alcance. Pero estos, incluso
para los desposeídos paganos, son suficientes para hacerlos
inexcusables. No tenemos el derecho de dictarle a Dios la
manera en que Él debería hacernos conocer su voluntad;
sino que estamos obligados a aprovechar todos los medios
posibles para obtener el conocimiento de ella.                      
                                                                                               
                               
Varios términos son usados para denotar la voluntad de
Dios como se dio a conocer en las Escrituras: Estatutos,
juicios, leyes, preceptos, ordenanzas, etc. Los dos grandes
preceptos, que se encuentran como fundamento de todas
las leyes, son, “amarás al Señor tu Dios con todo tu
corazón, y a tu prójimo como a ti mismo” (Mt. 22:37-39). El
primero de ellos se extiende en los primeros cuatro
mandamientos, los cuales constituyen la primera tabla del
decálogo; el segundo, en los otros seis mandamientos, que
constituyen la segunda tabla.                                                
                                             
El decálogo fue dado por ley a los hijos de Israel, como
es manifiesto en su introducción: “Yo soy el Señor tu Dios
que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de
servidumbre” (Ex. 20:2). Sin embargo, se distinguió de las
otras leyes dadas a la nación, por ser pronunciadas
audiblemente desde el Sinaí por la voz de Dios, y por ser
grabadas en las tablas de piedra por el dedo de Dios.          
                                                                                               
             
Cuando examinamos sus preceptos descubrimos que
ellos respetan las relaciones entre los hombres, con Dios y
entre sí; y encontramos en el Nuevo Testamento donde se
considera que su obligación se extiende a los Gentiles bajo
la dispensación del evangelio (Ro. 13:8-9, Ef. 6:2). Por lo
tanto, inferimos, que el decálogo, aunque dado a los
Israelitas, los considera como hombres, y no como un
pueblo peculiar, y es igualmente obligatorio sobre todos los
hombres.                                                                                
                                                                           
La ley ceremonial que consideró a los hijos de Israel,
como una congregación de adoradores, llamada “la
congregación del Señor”, comenzó con la institución de la
pascua, y finalizó cuando Cristo, nuestra pascua fue
sacrificado por nosotros, y cuando las ordenanzas escritas a
mano fueron clavadas en la cruz. Entonces su obligación
cesó. El bautismo y la cena del Señor son las ceremonias de
la dispensación cristiana, y son obligatorias para los
discípulos de Cristo, hasta el fin del mundo.                          
                                                                                   
La ley judicial fue dada a los Israelitas como una nación,
y no era obligatoria para cualquier otra nación. Los
principios de justicia sobre los cuales se basa son
universales, y deben ser incorporados a cada código civil.
2. Voluntad de propósito
 
Dios actúa voluntariamente (Job 23:13, Is. 46:10, Dn.
4:35, 11:36, Ef. 1:11).
Dios es un agente voluntario. Existen muchos poderes en
la naturaleza que operan sin la volición. El fuego consume el
combustible, el vapor mueve la locomotora, y el veneno
quita la vida; pero estos no tienen voluntad. Incluso los
seres que poseen voluntad, algunas veces actúan
involuntariamente, y algunas veces contra su propia
voluntad o por compulsión de un poder superior.
Dios actúa voluntariamente en cada cosa que Él hace- no
por necesidad física; ni por una compulsión de un poder
superior, ni por error o por equivocación, o por el poder
ejercido involuntariamente. Los hombres pueden pedir
disculpas por sus actos que hicieron descuidadamente, o
por inadvertencia; pero Dios nunca pide tal disculpa.
Conocidas de Él son todas Sus Obras desde el comienzo del
mundo (Hch. 15:18), y por eso, han sido debidamente
respetadas.
Dios hace todo lo que quiere hacer (Job. 23:13, Dn. 4:35,
Ef. 1:11, Is. 46:10, Dn. 11:36). Dios no es Omnipotente, si Él
absolutamente quiere y desea hacer algo y no lo logra. Todo
lo que Dios hace es de acuerdo a un propósito que es
eterno, inmutable, perfectamente libre, e infinitamente
sabio. (Job 23:13, Is. 40:14, 46:10, Jer. 51:29, Ro. 8:28, Ef.
1:11, 2 Ti. 1:9). Nadie puede negar que Dios tenga un
propósito. Actuar sin propósito es cosa de niños, o de
idiotas. Un hombre sabio no actúa sin ningún propósito,
mucho menos puede hacerlo el único y sabio Dios.
Además, las Escrituras hablan expresamente de ese
propósito, el cual, ninguno que admita la autoridad de la
Revelación, puede rechazar la doctrina, por mucho que la
malinterprete o la tuerza. El término implica que Dios tiene
un fin previsto en todo lo que hace, y que Él tiene un plan
según el cual actúa. El propósito de Dios es eterno e
inmutable. Un hombre sabio, en la ejecución de un
propósito, puede tener muchas voliciones separadas, las
cuales son actuaciones momentáneas en su mente; pero su
propósito es más duradero y continúa desde su primera
formación en su mente hasta su completa ejecución.            
                                         
El término “voluntad” tal como se ha aplicado al acto de
la mente divina, no implica en sí mismo una duración, sino
que el propósito de Dios, desde la importancia misma de la
frase, debe tener duración. Dios debió tener un propósito
cuando creó el mundo; y las Escrituras hablan de su
propósito antes de que el mundo viniera a existencia, pero
la duración de él, es todavía más explícitamente declarado
en la frase: “El propósito eterno” (Ef. 3:11).
El término nunca es usado en número plural por los
escritores inspirados; como si Dios tuviera muchos planes, o
una sucesión de planes. Es un esquema glorioso y
completo; y su fecha es de duración eterna, su eternidad
implica su inmutabilidad, su inmutabilidad implica su
eternidad; y su unidad concuerda con estas dos
propiedades.                                                                          
                                                                                               
                   
El propósito de Dios es perfectamente libre. No está
forzado sobre Él por algo exterior a Él; porque nada existe
que pueda restringir la mente infinita del que es antes de
todo. Es el propósito que se había “propuesto en sí mismo”
(Ef. 1:9).  Es su voluntad y debe, por lo tanto, ser voluntaria.
El termino propósito y voluntad aplican a la misma cosa en
diferentes aspectos de Él, o de acuerdo con diferentes
modos de concebirlo. Si el propósito sugiere de manera más
natural, la idea de duración, voluntad sugerirá su libertad.
No es el destino en el cual los antiguos paganos creían, por
el cual ellos consideraban que los dioses estaban limitados
como verdaderos hombres.                                                    
                                                                                               
                               
El propósito de Dios es infinitamente sabio. Hemos
discutido, que Dios debe tener un propósito, porque Él es
sabio; y, por lo tanto, su sabiduría debe corresponder a su
propósito. No es un plan caprichoso o arbitrario; sino uno
ideado con infinita sabiduría, teniendo en mente el lograr el
mejor fin posible, y adoptar lo mejores medios posibles para
su ejecución.Los escritores de teología han empleado el termino
Decretos, para denotar el propósito de Dios. Hay una
objeción a este término, que no hay una autoridad inspirada
para su uso en ese sentido. Cuando las Escrituras usan el
término decreto, ellos significan por estos, un mandamiento
promulgado para ser observado por aquellos que están bajo
autoridad. Es la voluntad de precepto, en vez de la voluntad
de propósito. Y, además, su uso en número plural no
concuerda muy bien con la unidad del plan divino.                
                                                                     
Casi ninguna doctrina de la religión ha dado tanta
ocasión de dudar y tropezar como esta de los decretos de
Dios. Como si los hombres fueran más sabios que Dios, se
negaron permitirle a Él formar un plan, o le encuentran
fallas cuando éste es hecho, y muy pocos tienen tanta
humildad y sencillez de fe como para escapar
completamente de la vergüenza que le ha producido las
objeciones a esta doctrina. Por lo tanto, se necesita de un
examen cuidadoso.                                                                
                                                                                         
Objeción 1.- El propósito de Dios es inconsistente
con el libre albedrío del hombre.
Que un mero propósito no pueda interferir con la libertad
de cualquiera, es una respuesta completa a esta objeción.
Cuando un tirano decide aprisionar a uno de sus súbditos,
hasta que este designio no sea cumplido, la libertad del
súbdito no se ha invadido. Él camina tan libre como
siempre, sin ser tocado por el mal premeditado. La invasión
a su libertad comienza cuando el propósito comienza a ser
ejecutado, y no antes. Así, en el gobierno divino, el
propósito del gobernador supremo no interfiere con la
libertad de sus súbditos, en tanto permanezca como un
mero propósito.                                                                      
                                                                                               
                   
La objeción que estamos considerando es
completamente inaplicable a la doctrina del propósito de
Dios. Su propio lugar, en caso de tenerlo, es contra la
doctrina de la providencia de Dios; y, bajo este título, será
apropiado conocerla. Fue el propósito de Dios crear al
hombre como un agente libre; y así lo creó. Hasta aquí, ni el
propósito, ni su ejecución, pueden ser acusados de infringir
la libertad moral del hombre; pero se unen para
establecerla. Fue el propósito de Dios gobernar al hombre
como un agente libre; ¿y no lo ha hecho así? Si cada
hombre siente que la providencia de Dios, mientras preside
los asuntos de los hombres, es dejado completamente libre
para actuar de la forma que elija en cada cosa que haga,
¿qué base hay para quejarse de que el propósito de Dios
interfiere con la libre agencia del hombre? Si el mal del que
se queja no está en la ejecución del propósito, ciertamente
no está en el propósito mismo.                                              
                                                                 
Esta objeción a menudo se nos presenta prácticamente.
Cuando somos llamados a una acción a la cual nos
oponemos, el argumento se presenta por sí mismo. Si Dios
ha preordenado de antemano lo que suceda, el evento es
cierto, y lo que será, será, sin esfuerzo de nuestra parte. Es
digno de comentar, que este argumento nunca nos induce a
desviarnos de un curso al cual estamos inclinados, si algún
placer invita, nunca nos excusamos por la indulgencia,
alegando que, si queremos disfrutarlo, lo disfrutaremos.      
                                                             
El hecho es suficiente para enseñarnos la falsedad de la
alegación, cuando es admitida en otros casos. Esta
predomina con nosotros solo a través del engaño del
pecado; Y, sin embargo, el argumento puede parecer
engañoso, cuando concuerda con nuestras inclinaciones,
nunca confiamos en él en ningún otro caso. Ningún hombre
que esté en sus sentidos permanece cómodo en una
vivienda ardiendo, según la alegación, si él va a escapar de
las llamas, escapará.                                                
La Providencia de Dios establece la relación entre causa
y efecto y da pleno margen a la influencia de la libertad
humana. Argumentar que los efectos se producirán sin sus
apropiadas causas, es negar el conocido plan de la
providencia. Aquel que espera que sea el propósito de Dios,
lo que la providencia de Dios le niega, espera que el plan o
propósito de Dios sea inconsistente con su propio desarrollo.
Y acusa el plan del más sabio Dios, de inconsistencia y
locura, para poder encontrar un escape engañoso de su
criminal indulgencia.    
Objeción 2.- Si Dios propuso la caída de los
ángeles o de los hombres, Él es el autor de su
pecado.
Antes que procedamos a contestar esta objeción, es
necesario examinar los términos en los cuales es expresada.
¿En qué sentido propuso Dios la caída de los ángeles o de
los hombres, o cualquier acción pecaminosa? Para el
piadoso hay un sentido, en el que cualquier evento que
toma lugar, bajo la dominante providencia de Dios, se
atribuye a Dios, cualquiera sea el agente subordinado que
pueda haber estado involucrado en su realización. El viento,
los relámpagos, los Caldeos, los Sabinos, todos fueron
involucrados en las aflicciones que cayeron sobre el
patriarca Job; pero el reconoció la poderosa mano de Dios
en cada evento, y piadosamente exclamó: “Jehová dio, y
Jehová quitó; sea bendito el nombre de Jehová” (Job. 1:21).
También José cuando fue vendido por sus hermanos y
llevado a Egipto, vio la mano de Dios en el evento, y explicó
el designio de Su Providencia: “porque para preservación de
vida me envió Dios acá” (Gn. 45:5). Precisamente en el
mismo sentido en que la Providencia de Dios se involucra en
tales eventos, Su propósito se relaciona con ellos; y no en
otro.                 
Explicado esto, procedamos a considerar la objeción.
¿Fue la intención de José acusar a Dios de ser al autor del
pecado de sus hermanos? Claro que no, ellos eran
verdaderamente culpables de la sangre de su hermano; y
sus propias consciencias tendrían que cargar con las
consecuencias de su pecado. Ellos sintieron que eran
responsables por su pecado, y José lo sabía también; y nada
de lo que dijo tenía la intención de transferir la
responsabilidad de ellos hacia Dios, sino que miró y se
deleitó contemplando el propósito de Dios en el evento. El
propósito era, “preservar la vida de muchos”. Este propósito
fue ejecutado; y Dios fue el autor del propósito y del
beneficio resultante. Así, en cada caso, el bien que Él
obtiene de la moral malvada, y no de la moral malvada en sí
misma, es el objeto apropiado de Su propósito.                    
                                                                                               
 
Debe siempre recordarse que su propósito es su
intención de actuar, y que, estrictamente hablando, este se
relaciona exclusivamente a su propia acción. De hecho, se
extiende a todo lo que es hecho bajo el sol, justo como la
omnipresencia de Dios que lo abarca todo, y no se involucra
de otra manera; y todo lo que Dios hace, es el objeto
apropiado de su propósito. “Conforme al propósito del que
hace todas las cosas según el designio de Su voluntad” (Ef.
1:11). “Mi consejo permanecerá y haré todo lo que quiero”
(Is. 46:10). “Y Él hace según su voluntad en el ejército del
cielo, y en los habitantes de la tierra” (Dn. 4:35). ¿Puede
notarse cuidadosamente también, que el propósito de Dios
se relaciona estricta y apropiadamente con sus propias
acciones?  Dios no es el autor del pecado, y, por lo tanto, su
propósito nunca puede hacerle a Él, el autor del pecado.      
                                                                                               
                                                                   
La objeción,aunque pueda parecer tener una gran fuerza
cuando se aplica al primer pecado del hombre, en realidad,
no es más aplicable a este que cada pecado cometido
desde entonces. Dios creó a Adán y todos sus
descendientes como seres morales y responsables, les
preservó en su ser y sostuvo sus poderes morales, les
permitió pecar y Él mismo controla la maldad desde el
principio hasta el final para lograr el resultado más glorioso.
En todo esto, lo que Dios ha hecho, y está haciendo, es
porque así se propuso hacer. En todo, su acción es la más
justa, más sabia y santa; y, por lo tanto, su propósito
también lo es. Él es el Autor, no de la moral malvada la cual
permite, sino del bien.                                                            
                               
Algunos han negado la distinción entre el permiso y la
autoría del pecado, pero al hacerlo, no tienen el apoyo de la
palabra de Dios. Todo el contenido del Inspirado Volumen
nos lleva a considerar a Dios como el autor de la santidad,
no del pecado. La Biblia nos enseña que en Él no hay
pecado (1 Jn. 1:5); que “en Él no hay ningunas tinieblas”
(1:5), que cada don perfecto, no el pecado, viene del Padre
de las luces (Stg. 1:17); que Dios no puede ser tentado por
el mal, ni Él tienta a ningún hombre (1:13).                            
                                                                                               
         
Tal lenguaje nos enseña a considerar a Dios como el
autor y la fuente de la Santidad; y es contrario a la doctrina
de atribuir el pecado a Él, como la oscuridad al sol. Incluso
la misma palabra enseña su permiso del mal. “En las
edades pasadas Él ha dejado a todas las gentes andar en
sus propios caminos” (Hch. 14:16). Este sufrimiento del
pecado del hombre, del cual habla la Escritura, implica el
permiso del pecado. Pero, de este, que le resulta altamente
desagradable, incluso cuando lo soporta, no puede ser el
autor.         
Objeción 3.- Si Dios propuso la condenación final
de los malvados, los hizo a propósito para
condenarlos.
Esta objeción es la que a la impiedad le encanta
presentar en su forma más repulsiva. Nos conviene a
nosotros acercarnos con profunda reverencia hacia aquel,
cuyo carácter y motivos impugna. Imaginémonos presentes
en el juicio del día final. El juez justo está sentado en su
trono blanco, y todas las naciones reunidas delante de Él.
Los libros se abren, y cada hombre es juzgado
imparcialmente de acuerdo a los actos hechos mientras
estaba en vida.
Se otorgan las recompensas, y se dictan las sentencias.
Los malvados son arrojados “al fuego preparado para el
diablo y sus ángeles” (Mt. 25:44), y los justos son
bienvenidos en “el reino preparado para ellos desde antes
de la fundación del mundo” (v.34). La escena pasa, y la
misteriosa economía de la tolerancia y gracia de Dios
finalmente se cierra. ¿Hay algo en los procedimientos de
ese día, que sea indigno de Dios? ¿Hay algo de lo cual los
habitantes del cielo, a través de su inmortal existencia,
puedan recordar con desaprobación? No es así, el Juez,
aunque castiga al malvado con exclusión eterna de la
presencia del Señor y la gloria de su poder, es alabado en
sus santos y es admirado en todos los que creen (2 Ts. 1:9-
10); y Él siempre aparecerá glorioso en las decisiones de
ese día. Si la acción de Dios en ese día será tan gloriosa
para Él, ¿será una deshonra para Él, que se haya propuesto
actuar así?        
La idea a la que alguien estuviera dispuesto seriamente
a darle atención,  de que Dios fuera tomado por sorpresa en
el último Juicio y que se vea obligado a emitir una sentencia
no premeditada, se deja de lado por el hecho de que, tan
temprano como fueron los días de Enoc, séptimo desde
Adán, el gran día, y especialmente la terrible condena de
muerte para los impíos fueron predichos: “He aquí, vino el
Señor con sus santas docenas de millares, para hacer juicio
contra todos, y dejar convictos a todos los impíos de todas
sus obras impías que han hecho impíamente” (Jud. 14-15).  
                                                                                               
                                                                     
Este hecho también demuestra que el Señor no castiga
por el mero placer de castigar. ¿Por qué da Él la advertencia
de ese día? ¿Por qué son sus mensajeros enviados a
advertirles a los hombres a huir de la ira venidera? ¿Por qué
son esos mensajes entregados con tan ferviente suplica y
amonestación? Para que sus servidores digan: “Como si
Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en el
nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios” (2 Co. 5:20).          
                                                                                               
                                                 
Como criaturas formadas por su mano, Él no tiene, ni
puede tener, cualquier placer en hacerlos infelices. Pero,
como rebeldes contra su autoridad, y enemigos de su
carácter y Gobierno y del buen orden de su imperio
universal, obstinadamente rechazando su plan de
misericordia y reconciliación, Él se deleitará al infligirles el
castigo que su justicia requiere. La recompensa de los justos
es un reino preparado desde antes de la fundación del
mundo; pero el fuego en el cual los malvados serán
arrojados, se ha dicho que está preparado no para ellos,
sino para el demonio y sus ángeles (Mt. 25:34, 41).
De esta significativa manera a Dios le ha placido
enseñarnos que los castigos están preparados, no para sus
criaturas como tales, sino solamente para los pecadores, y
en vista de los pecados cometidos. ¿Debe Él para
asegurarse del reproche y la deshonra, ser capaz de
argumentar que ha sido tomado por sorpresa, y que, desde
la fundación del mundo nunca esperó este terrible
resultado? Si los procesos de ese gran día serán tan
gloriosos para Dios que Él los considerará con placer a
través de la eternidad futura, ¿por qué no tiene que
considerarlos con placer a través de la eternidad pasada?    
                                                                                         
La objeción, originada en el disgusto hacia la justicia de
Dios, completamente tergiversa el carácter de su recto
juicio que inicia desde la creación del hombre hasta la final
condenación de los impíos, y pasa por alto completamente
la causa intermedia de la condena. Y procede como si el
pecado fuera un asunto sin importancia, y como si así debió
haber sido considerado por Dios. Por lo tanto, representa el
castigo infligido por el pecado como si fuera infligido por su
propio bien.                                                                            
                                           
La sentencia pronunciada será, en el juicio de Dios, una
causa justa y suficiente. En todo el propósito de Dios con
respecto a esa sentencia, la causa ha sido contemplada. Lo
que Dios hace, y el por qué lo hace, están igualmente
incluidos; y la objeción ignora completamente esta
conexión. Dios no tomó al pecado como algo insignificante,
cuando por causa del pecado, Él destruyó el mundo antiguo
con diluvio; y ahora, como si contestara a esta objeción
delante de nosotros, y convenciendo al hombre de que Él no
destruye por el mero placer de destruirlos, está escrito: “Y
vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la
tierra, y que todo designio de sus pensamientos del corazón
de ellos era de continuo solamente el mal. Y se arrepintió
Jehová de haber hecho al hombre en la tierra, y le dolió en
su corazón” (Gn. 6:5-6).
Nuestro mejor juicio deduce que el mundo no debe haber
sido hecho sin un propósito. Sus poderosos movimientos de
la tierra ahora, si suceden sin ningún propósito, es
infinitamente intolerable. La mejor de las obras de manos
humanas que podamos contemplar con cualquier deleite, ha
sido formada con algún propósito; y ningún ser inteligente
puede mirar las Obras de Dios con satisfacción,si él las
puede imaginar que fueron emprendidas y realizadas sin
ningún diseño. ¿Quién no quisiera llorar al pensar que toda
esta vasta maquinaria se mueve para lograr nada; que los
planetas son colocados en el espacio infinito, guiados en sus
rotaciones, y controlados en su velocidad, por ningún sabio
director; que el sol brilla, que los animales existen, que el
hombre inmortal vive, se mueve y que no tienen un
propósito?                                                                
Nuestro entendimiento puede aceptar el no comprender
el propósito por el que el mundo fue hecho, pero aceptar
que fue hecho sin ningún propósito, no puede. Nuestra
inteligencia natural rechaza completamente este
pensamiento. La doctrina del propósito de Dios, mientras se
esculpe en nuestro entendimiento, aplica una prueba a los
principios morales de nuestros corazones. Si Dios tiene un
propósito, deberíamos deleitarnos en estudiar y regocijarnos
en haberlo logrado. Nuestros corazones y vidas deben ser
regulados en armonía con ella. Cuando decimos que Dios no
debe tener ningún propósito, o que éste deba ser diferente
de lo que es, esos pensamientos no son rectos hacia él. Si lo
amamos como debe ser, nos regocijaremos en el
cumplimiento de su voluntad y mirar con deleite el
despliegue de sus grandes designios.                                    
                                                     
Los santos ángeles estudian el misterio del amor
redentor, y aprenden de las dispensaciones a la iglesia de la
multiforme sabiduría de Dios (Ef. 3:10). Si los principios
correctos prevalecen en nuestros corazones, no
presumiríamos de aconsejarle al Dios infinito y sabio, ni de
encontrar una falla en sus planes, sino de esperar con
placer el desarrollo de su voluntad. Y cuando no podamos
ver la sabiduría y la bondad de sus obras, debemos, con fe
sencilla, descansar en la seguridad de su plan. Cuando sea
revelado completamente lo encontraremos más recto y más
sabio.
LAS OBRAS DE DIOS: LA
CREACIÓN
Dios creó todas las cosas de la nada (Gn. 1, Neh.
9:6, Job 9:9, Sal. 89:11, 95:5, 103:19, 104:4, 19, Col.
1:6, Ap. 4:11, Heb. 3:3, 11:3, Hch. 17:24).
Originalmente, nada existía sino Dios; ni la materia, de la
cual las cosas visibles fueron formadas, ni una sustancia
espiritual de la cual los ángeles y las almas humanas fueron
hechas, pero Dios les dio a todas las cosas que existen su
ser entero.                                                                              
                                                                                               
Se ha discutido que la materia no puede ser eterna,
porque la auto existencia es una propiedad muy noble para
ser atribuida a una naturaleza inferior; pero este argumento
no es satisfactorio. ¿Por qué no puede existir una cosa
pequeña sin una causa, así como una mayor? Concebimos
que la producción de algún efecto particular puede ser más
fácil para una naturaleza mayor que para una menor; pero,
en la auto - producción, el efecto es igual a la causa, y la
dificultad para producirlo debe ser tan grande para la
naturaleza de una como para la otra.
En todo razonamiento a priori, podemos engañarnos a
nosotros mismos; y quizás el peligro sea más grande, donde
la razón parece más profunda.  Nada de esta filosofía puede
enseñarnos. Un átomo de materia es absolutamente
indestructible, y sobre esos principios filosóficos, si existe a
través de la eternidad futura, pudo haber existido a través
de la eternidad pasada. El milagro de la creación está más
allá de las demostraciones de la filosofía, como del milagro
de la aniquilación.                                                                  
                                                                                 
Cuando hemos probado la existencia de un Dios, capaz
de obrar milagros, se levanta la probabilidad de que esta
materia pueda ser la producción de su poder, y podremos
ver una inteligencia creativa mostrada en las propiedades y
cualidades de las varias clases de materia y su adaptación
para propósitos benéficos. Pero, para prueba decisiva de
que todas las cosas fueron hechas de la nada, nos dirigimos
a la palabra de Dios, y la recibimos como verdad de fe, en
lugar de un razonamiento simple. “Por la fe entendemos
haber sido constituido el universo por la Palabra de Dios”
(Heb. 11:3).
En el texto arriba citado, la doctrina de la creación no se
expresa en el lenguaje, lo cual, comúnmente se expresa. No
se dice que el mundo fue hecho de la nada; sino que la
misma idea es expresada de manera diferente. Cuando
miramos una estatua, miramos el mármol del cual esta
consiste; y cuando miramos una casa, miramos los
materiales con los cuales ha sido construida. Pablo enseña
que el mundo que ahora vemos no fue hecho de las visibles
substancias que ahora vemos, o sea, que no fue formado de
materia preexistente, sino que los materiales de los que
ahora parece estar formado, se crearon al momento en que
las cosas mismas fueron creadas.                                          
                                                                                               
                                                             
La obra de la creación fue realizada sin esfuerzo. Dios
habló, y fue hecho. Él dijo, sea la luz, y la luz fue. Después
de trabajar seis días, descansó en el séptimo; no porque
estuviera cansado, sino para santificar el séptimo día, y
hacerlo un día de descanso para el hombre. Por lo que se
dice: “El día de reposo fue hecho por causa del hombre”
(Mc. 2:27).                                                                              
                                                                                 
Por un examen de la corteza terrestre, los geólogos han
descubierto, como ellos creen, que los animales y las
plantas existieron mucho antes de la fecha Mosaica de la
creación. Se han propuesto métodos para reconciliar el
registro bíblico, del primer capítulo del Génesis, con estos
descubrimientos que han sido publicados. Algunos han
propuesto que cada uno de los días de la creación fue un
largo periodo de años. El séptimo día del descanso, el cese
de la Obra de creación, ellos entienden que ha continuado
hasta el tiempo presente, aunque han pasado cerca de seis
mil años; y ellos suponen que cada uno de los días
anteriores pudo haber incluido un igual periodo de tiempo.  
                                                                                               
                                                                 
Otros entienden que “el principio” mencionado en el
primer versículo de la historia, se refiere a un largo periodo
de tiempo anterior al que se refiere el segundo versículo, “la
tierra estaba desordenada y vacía”. Una transición similar,
aunque no tan repentina, es hecha en el primer capítulo de
Juan: “En el principio era el Verbo; - y aquel Verbo fue hecho
carne” (Jn. 1:1-14). Muchos teólogos se han dispuesto a
considerar la ciencia de la geología con recelo, y a
considerar sus deducciones como hostiles a la fe. Pero no
puede haber un fundamento justo para temer a la ciencia
en cualquiera de sus departamentos, mientras que persiga
sus investigaciones legítimamente, y haga sus deducciones
con apropiada modestia.                                                        
                                           
El autor de la Biblia es el hacedor del mundo, y el autor
de toda verdad, sus obras y sus Palabras deben estar en
armonía, porque la verdad siempre es consistente. Se ha
pensado que pasajes en su Palabra son inconsistentes con
otros pasajes; pero un cuidadoso examen ha mostrado su
armonía, y no hay que temer, sino que la debida
investigación mostrará que la Palabra es consistente con
todas las deducciones legítimas de la ciencia. Las
involuntarias coincidencias que se han descubierto en las
narraciones de la Escritura,constituyen una parte altamente
satisfactoria de la evidencia interna que la Biblia contiene, y
que sus registros son verdaderos.
La prueba que brindan es más satisfactoria cuando es
más evidente que la coincidencia no fue intencional. Cuando
dos porciones de la Escritura, que aparentemente discrepan
entre sí, se ha encontrado, después de una cuidadosa
investigación, que están perfectamente en armonía, se ha
descubierto que esta aparente contradicción era en realidad
una coincidencia, que es una gran evidencia que no fue
voluntaria.
De esta manera, las supuestas discrepancias que al
principio nos avergonzaban, resultan en el fortalecimiento
de la fe, y cuando aún quedan algunas todavía que no
hemos aprendido a armonizar, se nos enseña a esperar
pacientemente, con la confiada esperanza de que esos
lugares oscuros también serán alguna vez iluminados. La
misma paciencia y fe deben ser puestas en práctica cuando
la ciencia y la Escritura parezcan estar en desacuerdo.        
                                                                                               
                                                                                   
El infiel se deleita señalando las aparentes discrepancias
en la Escritura, y se regocija cuando puede anunciar algún
supuesto descubrimiento de la inconsistencia entre la
ciencia y la palabra revelada. Mientras el infiel triunfa, el
hombre de fe débil se tambalea; y de verdad es una fe tan
débil que no puede resistir tal conmoción. También
podríamos dudar si el sol brilla, cuando su brillo es eclipsado
por una nube pasajera.                                              
La enorme evidencia de que la Biblia es la verdadera
palabra de Dios, es tan grande que no podemos permitirnos
esperar mientras pasa la nube; sino con confiada
expectación de que la luz volverá a brillar de nuevo, y quizá
con mayor esplendor.                                                              
                                                                                               
                                 
La geología es una ciencia reciente. Y lo que hará por
causa de la verdad, lo decidirán los años, y no es sabio
temer el resultado. Podemos confiar en que el arca de Dios
será llevada cuidadosamente. En cierta medida, los
descubrimientos de la ciencia han resultado en el
establecimiento de la fe. Ha penetrado una muy pequeña
distancia debajo de la superficie terráquea, y, en los
sucesivos depósitos de reminiscencias animales, ha
encontrado un registro por el cual profesa poder leer el
orden en el que las diversas especies de animales vinieron a
existir. Entre este registro y el de Moisés, hay una
coincidencia involuntaria. Es especialmente notable que,
por consentimiento general de los geólogos se encuentran
restos humanos solo, en el último de los depósitos de
animales.                                                                                
                                                     
Este hecho apunta a un tiempo que está de acuerdo con
la fecha Mosaica de la creación, cuando el hombre comenzó
a existir, y cuando, por supuesto, un poder creador fue
ejercido. Si la geología puede establecer que, previo a esto,
una convulsión de la naturaleza desoló la tierra, y sepultó
una completa generación de animales inferiores en sus
cavernas, que así sea. Escucharemos sus argumentos, y los
sopesaremos bien; pero no podemos dejar de notar el
acuerdo de sus hechos con los fieles registros de la
Inspiración.                                                                            
                                                                                               
         
Si la geología pudiera llevar el origen de la raza humana
a una fecha mucho anterior a la de Moisés, ella
contradeciría, no solo a la Biblia, sino a toda la historia
escrita y tradicional. No se podrá explicar, que nuestro
conocimiento de la historia antigua deba ser limitado a un
periodo tan reciente si la raza previamente ha existido a
través de miles de generaciones. El progreso en el
asentamiento del mundo, el establecimiento de los reinos, y
la construcción de ciudades, se expanden antes de nosotros
en las páginas de la historia, y la geología no contradice
este registro.                                                                          
                                                                                               
Aunque la ciencia nunca contradecirá a la Escritura,
puede corregir de ella erróneas inferencias, y al hacerlo,
puede incidentalmente demostrar la sabiduría que emana
de la Biblia. Cuando hemos llegado a la edad madura,
recordamos las instrucciones que hemos recibido en nuestra
niñez, de un padre sabio, y que eran adaptados al propósito
para el cual fueron designados.
Estas instrucciones no nos enseñaron las ciencias que
hemos aprendido desde entonces, pero ellas no nos
enseñaron nada contrario; y ahora somos capaces de ver,
entre lo que se dijo y lo que se omitió decir, que el padre
entendió completamente las ciencias que en ese momento
no era su designio enseñarnos. Si no las hubiera entendido,
él pudiera haber usado otra forma de lenguaje, y seríamos
capaces de recolectar alguna palabra o palabras que
pudieran haber traicionado su ignorancia.                              
       
De este modo, las falsas revelaciones del mundo pagano
contradicen la ciencia. Y algunas de ellas contradicen las
primeras lecciones de geografía, y un niño en una escuela
cristiana puede probar que ellas son falsas. Pero la ciencia,
en todo su avance, aunque ha logrado sus mayores logros
en las tierras donde la Biblia es más conocida, no ha
encontrado nada que contradecir de la Biblia. La única
manera racional de explicar esto, es suponer que el Autor
de la Biblia entendió la ciencia. En ninguna parte de esta
obra leemos que la tierra es sostenida por un elefante, y
que el elefante está parado sobre una tortuga; en cambio sí
leemos: “Él cuelga el norte sobre el vacío, cuelga la tierra
sobre nada” (Job 26:7), una declaración que, aunque hecha
en la infancia de la revelación, nos satisface en que, el autor
de la Biblia comprendió el mecanismo del
universo.                                                
En una pasada época de ignorancia, los hombres
supusieron que la orden de Josué al sol, que se parara,
desaprobó el sistema de astronomía de Copérnico; pero esta
infantil inferencia del lenguaje de la Escritura, es ahora bien
entendida para ser injustificada. Los hombres de ciencia,
quienes firmemente creen en el sistema de Copérnico,
hablan libremente tanto del sol saliendo, como del sol
poniéndose, así como aquellos que nunca habían oído que
estos eventos se deben a la rotación de la tierra. La ciencia
futura puede enseñarnos a corregir otras erróneas
inferencias que muchos han sacado de las Escrituras; y
debemos estar contentos de aprender. El resultado dará
más pruebas de que el autor de la naturaleza, es el autor de
la Biblia.                                                              
Nuestros corazones reciben una fuerte impresión del
poder, sabiduría y bondad del Señor, cuando nos
detenemos a pensar en que Él hizo los cielos y la tierra y
todo lo que ellos contienen. Sobre todo, cuando
reflexionamos en que Él nos hizo, y no nosotros a nosotros
mismos, estamos obligados a reconocer su derecho a exigir
el servicio, alabanza y gloria de la que somos capaces de
rendir. Él formó nuestros cuerpos, y es el padre de nuestros
espíritus y, ¿no le rendiremos a Él lo que es suyo?, ¿no le
serviremos y le glorificaremos con nuestros cuerpos y
espíritus, los cuales son suyos? Su derecho, por virtud de la
redención puede presentar fuerte reclamación de adoración,
pero su derecho por virtud de ser El Creador, es suficiente
para establecer nuestra obligación, y debemos reconocer la
fuerza de su derecho.
LAS OBRAS DE DIOS:PROVIDENCIA
Acerquémonos al objeto de nuestro amor supremo. Un
ser como Dios sería digno de los mejores afectos de nuestro
corazón si estuviéramos completamente bajo el dominio de
otro señor y nuestra existencia se deba a otro poder
creativo. Como la reina de Sabá, cuando escuchó de la
sabiduría y gloria de Salomón, debemos, con gran
propiedad, desear visitar el remoto palacio de Jehová, para
poder aprender de su carácter y el orden de su imperio. Si
Dios, después de crear el mundo, hubiera dejado el manejo
de él en otras manos, y se hubiera retirado para emplearse
en otras obras, nuestras investigaciones podrían seguirle, y
podríamos laudablemente buscar conocer a nuestro
Creador.
Pero Dios no está lejos de nosotros, y Él, después de
hacer el mundo, no lo dejó a su propio cuidado, ni lo puso
en cuidado de otras manos; sino que es el objeto de su
constante cuidado, y su mano está involucrada en todos sus
movimientos. Ya sea que miremos a nuestra mano derecha,
o la izquierda, podremos ver donde Él obra, y en la
exhibición de su sabiduría, poder y bondad que a cada
momento encuentran nuestros ojos, encontramos continuas
provocaciones para adorarlo y amarlo. Dios cuida de su
creación, esto se denomina providencia; e incluye su
preservación y su gobierno.
1. Preservación
 
Todas las cosas creadas se mantienen siendo por
la voluntad y el poder de Dios (Job 1:21, 5:18, Sal.
33:10-15, 103:3-5, 104:27-30, 127:1-2, Pr. 16:9, Mt.
5:45, Lc. 12:6, Hch. 17:28).
Podemos entender tan poco de los actos de la
providencia, como de la creación; pero sabemos que ambos
son actos de Dios, y que ambos implican su voluntad y
poder. Este continuo acto de preservación es necesario para
mantener a sus criaturas y no debemos dudarlo. La
expresión: “sustenta todas las cosas” (Heb. 1:3), claramente
denota tal acto.                                                                      
                                                                                               
         
Un arquitecto puede construir una casa y una vez
completada puede erigirse independiente de su trabajo y
habilidad, un monumento a ambos, cuando él haya caído
por la mano de la muerte. De igual manera, estamos
propensos a concebir que la obra de Dios pueda igualmente
mantenerse, si se dejara a sí misma, sin su constante
cuidado y soporte.                                                                  
                                                                                               
                     
Pero estos casos son ampliamente diferentes. El
constructor humano encuentra que los materiales que usa
están ya en existencia; y todo su trabajo consiste en
cambiar sus formas, y combinarlos en un nuevo orden. Las
sustancias usadas no recibieron su existencia de él; y su
independencia que poseían antes de que el arquitecto las
tocara, también después de haber sido retirada su mano
será retenida. Pero la misma sustancia, así como la forma
de todas las cosas creadas, vinieron de la mano de Dios; y si
Él retirara su mano dejaría a su ser sin soporte, y la
expresión: “sustenta todas las cosas” no tendría significado
apropiado.                                                        
Muchos han sostenido que el acto de preservación no
tiene el mismo autor que el acto creador, sino que es
idéntico a él. Ellos consideran filosóficamente cierto que la
preservación es una perpetua creación. Y que toda la
existencia creada está concebida para terminar en cualquier
momento por su tendencia a la aniquilación, y ser
reproducida en un nuevo acto creativo. Pero a pesar de los
ingeniosos argumentos que se han adelantado en apoyo de
esta opinión, la filosofía persevera en distinguir entre los
dos actos, diciendo que la creación es un milagro y que la
preservación es debida a las leyes de la naturaleza.              
                                                                                   
Estamos propensos a concebir que traer de la no
existencia a la existencia, difiere de la preservación de la
existencia ya otorgada. Es suficiente, para cada propósito
práctico, atribuir la preservación de todas las cosas al poder
y voluntad del mismo ser que originalmente las creó. A su
voluntad, el mundo vino a existir; y a su voluntad, continúa
existiendo.  
2. Gobierno de todo
 
Todas las cosas están bajo el control de Dios, y sus
cambios ocurren de acuerdo a su propósito (2 Cr.
20:6, Pr. 16:9, sal. 104:4, 7, 10, 13-14, 19, 32, Dn.
4:35, Ro. 8:28, Ef. 1:11).
Las cosas creadas están operando perpetuamente una
con la otra en la relación de causa y efecto. Las propiedades
y poderes por los cuales operan, fueron dados a cada una
de ellas en la creación, y continúan en el acto de la
preservación. Por lo tanto, se sigue, que todas las cosas
creadas operan una con la otra, y producen cambios una
con la otra, por la voluntad y el poder de Dios. Si ellas son
dependientes para su existencia, deben serlo para sus
propiedades y poder, y, como consecuencia, de sus
operaciones.                                                            
El control de Dios sobre todos los eventos que pasan, se
enseña abundantemente en las Escrituras; que representan
al viento (Jn. 4:8), la lluvia (Mt. 5:45), la peste (Lv. 26:25), la
abundancia (Gn. 27:28), la hierba (Mt. 6:30, las aves del aire
(6:26), los cabellos de la cabeza (10:30), etc., como objetos
de su providencia. Las Escrituras no solo atribuyen eventos
a la poderosa mano de Dios, sino que lo representan como
ordenándolo todo para la realización de algún propósito.
La hierba crece, de modo que pueda dar fruto (Sal.
104:14), la pestilencia es enviada para que el hombre sea
castigado por sus pecados (2 S. 24:15). José fue enviado a
Egipto para preservación de vida de muchos (Gn. 45:7). No
solo hay algunos eventos que estén así tan ordenados, sino
que está escrito: “el que obra todas las cosas según el
consejo de su propia voluntad”. La declaración, “todas las
cosas obran para bien” (Ro. 8:28), etc., no podrían ser
verdad si el control de Dios no se extendiera a todos los
eventos, causando que todos ellos cooperen en el
cumplimiento de Su voluntad.                          
Algunas personas no están dispuestas a atribuirle a Dios
el cuidado y manejo de los eventos minúsculos y sin
importancia. Ellas consideran que es inferior a su dignidad
involucrarse en asuntos triviales. Ellas creen en una
providencia general sobre los asuntos del mundo, ejercida
por leyes generales; pero una providencia particular ejercida
sobre cada particular incidente de la vida de cada hombre,
no tiene entrada en su credo. Pero las Escrituras son claras
sobre este tema.                         
La caída de un gorrión es un evento muy trivial, sin
embargo, el maestro celestial afirma, que no será sin la
voluntad de nuestro Padre celestial (Mt. 10:29). Si los
grandes eventos suceden de acuerdo a leyes generales, es
igualmente verdad en las menores; y la operación de esas
leyes en el último de los casos debe ser tan bien
comprendida y perfectamente controlada como la anterior.
Además, sucede muy a menudo que eventos de gran
importancia dependen de otros que en sí mismos son
triviales y sin importancia. El rey de Israel fue asesinado (1
R. 22:34), y la profecía de Dios respecto al rey se cumplió
por una flecha lanzada a la ventura.
¡Cuántas minúsculas circunstancias concurrieron en este
acto! Que la flecha se disparó, absolutamente- que fue
disparada y precisamente dirigida, con la fuerza precisa, y
que no encontró obstáculo alguno hacia su objetivo, y todas
estas debieron estar bajo el control de Él, en cuyas manos
estaba la vida del rey. Así como la grandeza de Dios le
permitió crear la más diminuta de sus obras, así también le
permite tomar el control de ellas; y este cuidado es fácil y
sin distracciones para Él, como si toda su energía fuera para
el beneficio y cuidado de un solo hombre o ángel.Los objetos de la providencia de Dios son todas las cosas
creadas, animadas e inanimadas, racionales e irracionales.
Algunas de ellas, como los ángeles o los hombres son
agentes morales. Todas las otras que se ven como causando
cambio de alguna clase, deben clasificarse juntas como
agentes naturales. Con referencia a esta división de las
agencias que están bajo su control, el gobierno de Dios
puede dividirse en gobierno natural y moral.
3. El gobierno natural
 
Entre nuestras primeras lecciones aprendimos que la
relación de causa y efecto existe, y que, por causa de esta
relación, los eventos ocurren en un orden o secuencia
establecidos. Si el orden de sucesión no estuviera
establecido, o si lo ignoramos, no seríamos capaces de
manejar las preocupaciones más comunes de la vida. Si de
los alimentos que algunas veces alimentan, y otras veces
envenenan, fuéramos incapaces de aprender, si la calidad
nutritiva pertenece al pan o al arsénico, seríamos incapaces
para regular el proceso de comer, tan necesario para la
preservación de la vida. Pero nuestro Creador nos ha hecho
capaces de observar las secuencias de la naturaleza, y de
aprender el orden en el cual ellos ocurren, y la relación de
causa y efecto que las partes de sucesión sustentan a cada
otro.                                                                                        
                                                             
El estudio de estas secuencias es tarea de la filosofía;
pero la filosofía no está confinada a la universidad, ni al
salón de lectura. Se encuentra en cada paso del hombre, y
en la experiencia de vida de cada día. El niño comienza su
aprendizaje desde la cuna; y sin ningún conocimiento de
eso, el hombre no sería capaz de evitar las inundaciones,
las llamas o el precipicio.                                                        
                                                                                         
En todos los departamentos del conocimiento,
clasificamos las cosas conocidas; y las secuencias de la
naturaleza ya clasificadas se transforman en lo que
llamamos leyes de la naturaleza. Estas son los modos
regulares en los que las secuencias de la naturaleza
ocurren. En la frase, leyes de la naturaleza, el término ley es
usado en un sentido transferido. Cuando se emplea en
morales, este implica una autoridad al mando; y las cosas
naturales no son capaces de obedecer en el sentido
correcto.                                                                                  
               
En la moral, las leyes de la naturaleza pueden ser
consideradas como modos en los cuales la providencia de
Dios opera. Su voluntad ha determinado la relación de
causa y efecto; y, por lo tanto, las leyes de la naturaleza son
las órdenes de secuencia en los cuales, es su voluntad que
ocurran los cambios de las cosas naturales. Cuando
contemplamos el orden que prevalece en el mundo natural,
contemplamos la exposición de la sabiduría que muestra la
providencia de Dios.                                                              
                                                                                               
   
Su gobierno natural, así como su gobierno moral,
abundan en sabiduría. No podemos presumir de entender
todas sus razones para planificar precisamente el sistema
de cosas tal como son, pero la ventaja resultante de este
orden se encuentra en cada experiencia de vida. No serviría
de nada que hayamos sido creados con la capacidad de
observar las secuencias de la naturaleza, si esas secuencias
tuvieran lugar fuera de su orden. Si el caos reinara en la
sucesión de eventos, la filosofía sería imposible, e
igualmente imposible serían las artes de la vida más
comunes. La razón sería un don inútil; y si la vida humana
no estuviera llena de terror perpetuo, la exención surgiría
más bien de la incapacidad de comprender su peligro, que
de las circunstancias de su situación.
4. El gobierno moral
 
Llamamos un agente moral, a un agente voluntario, con
un sentido de lo correcto y lo incorrecto, tal agente es un
sujeto apropiado de la ley moral. Se le pueden dar órdenes
y él puede obedecer o desobedecer. Él puede sentir la
fuerza de la obligación moral, y ser afectado por la auto
aprobación o por el remordimiento. La ley moral no es una
orden de secuencia establecida, como lo son las leyes de la
naturaleza. Algunos han buscado encontrar un acuerdo
entre ellas, en este particular, refiriéndose al hecho de que
una acción moral tiene consecuencias inseparablemente
conectadas con ellas, lo que resulta de su cualidad moral.
Pero la conexión de esas consecuencias con la acción moral,
pertenece más bien a la clase de las secuencias
naturales.                                           
Al igual que otras secuencias naturales, el orden es
inviolable. Pero la ley moral puede ser violada. El orden de
la secuencia que la ley moral pretende regular, es aquel que
subsiste entre la orden y la acción, no entre la acción y sus
consecuencias. En la primera de esas secuencias, no en la
última, aparece la obediencia o desobediencia de las leyes
morales.                                                                                  
                                                         
Si las leyes morales fueran un orden de secuencia
establecido, como la ley natural lo es, nadie, sino Dios
podría violarlas, así como nadie, sino Dios, puede obrar
milagros. Pero, mientras que Dios no cometa pecado, el cual
es una transgresión de la ley moral, será cometido por los
ángeles y los hombres, como lo ha probado la triste
experiencia.  
5. La libre agencia
 
¿Qué es la libre agencia? Si significa la libertad de la
responsabilidad de rendir cuentas a un poder superior, no
existe un agente libre, sino Dios. Sin embargo, este no es el
sentido en el cual este término es empleado técnicamente,
y en el que indica agencia voluntaria – agencia sin
compulsión.                                                                            
   
Una criatura que actúa libremente, y que conoce la
diferencia entre lo correcto y lo incorrecto, es un sujeto
propio del gobierno moral. El sentido común de la
humanidad sostiene a esta persona responsable de sus
acciones. No entramos en una investigación metafísica para
determinar mediante qué proceso mental se formó la
voluntad; sino que nos es suficiente saber que esta fue
formada. Si un hombre hace aquello que no pretendió
hacer, admitimos la involuntariedad del motivo; pero,
cuando la intención de perpetrar el hecho es comprobada
junto con el conocimiento de su criminalidad, ninguna
sutileza metafísica lo exime en el juicio unánime de la
humanidad, de ser considerado responsable.                        
                                                                                               
       
Algunos han mantenido que, para ser una agencia
responsable, es necesario que la voluntad tenga un poder
de auto determinación. Esto es, ellos dicen, que no solo es
necesario que el agente haya actuado de manera
voluntaria, sino que debe de tener el poder de voluntad
para hacer lo contrario. Debería haber tenido el poder de
actuar de otra manera a lo que hizo, es decir, sin
compulsión, es implicado en su actuación voluntaria, y es,
por lo tanto, necesario para su responsabilidad, pero el
poder de querer hacerlo de otra manera es una súper-
adición a la voluntariedad que el sentido común de la
humanidad no investiga, sin embargo, como perplejidad
metafísica, reclama nuestra atención.    
El poder auto-determinante de la voluntad
Es inconsistente con la exactitud filosófica el hablar de la
voluntad como determinante o decisiva. Las facultades de la
mente no son dos agentes distintos que poseen una
existencia separada de la mente. Podemos decir que un
hombre comprende o que desea, o que su mente entiende y
desea; pero decir que su comprensión entiende

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