Logo Studenta

Mark Batterrson - EL LADRON DE TUMBAS

¡Este material tiene más páginas!

Vista previa del material en texto

© 2014 por Mark Batterson
Traducción en español © 2014 by Baker Publishing Group
Publicado por Baker Books
una división de Baker Publishing Group
P.O. Box 6287, Grand Rapids, MI 49516-6287
www.bakerbooks.com
Impreso en los Estados Unidos de América
Originalmente publicado en inglés con el título
The Grave Robber
Edición de libros electrónicos creado 2014
Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada 
en un sistema de recuperación o transmitida en cualquier forma o por cualquier medio—por ejemplo, 
electrónico, fotocopia, grabación—sin el permiso previo por escrito de la editorial. La única excepción 
son citas breves en revistas impresas.
ISBN 978-1-4412-2346-3
Biblioteca del Congreso de datos Catalogación en la fuente se encuentra archivada en la Biblioteca del 
Congreso, Washington, DC.
A menos que se indique lo contrario, todos los textos bíblicos han sido tomados de la Nueva Versión 
Internacional® NVI® © 1999 por Biblica, Inc.® Usada con permiso. Todos los derechos reservados 
mundialmente.
El autor está representado por Fedd & Company, Inc.
http://www.bakerbooks.com
«Mark Batterson, con su frescura y amigable modo, nos invita a repasar los 
mensajes y milagros de Cristo. Es un privilegio para mí conocer a Mark y a la 
gente maravillosa a la que sirve en la congregación National Community 
Church de Washington, D.C. Doy gracias por él, por ellos y ahora por este 
libro bellísimo. Nuestras convicciones cristianas son válidas si su valor es el 
de Cristo mismo. Mark nos recuerda que vale la pena arriesgarnos a tener fe 
en Jesús».
—Max Lucado, pastor, autor de éxitos de librería
«Mark Batterson nos muestra cómo abrir los ojos a lo milagroso y al hacerlo 
ver realmente que Aquel que caminó sobre el agua y resucitó a otros, sigue 
obrando milagros en nuestros días».
—Pastor Rick Warren, fundador de la Iglesia Saddleback
y del plan P.E.A.C.E.
«Si Mark Batterson no logra convencerte de que nuestro Dios sigue obrando 
milagros, dudo que alguien pueda hacerlo. Este libro va a reavivar el fuego de 
tu fe, aunque todo lo que te quede sean unas pocas brasas que están por 
apagarse».
—Roma Downey y Mark Burnett, productores ejecutivos de la
miniserie La Biblia y de Hijo de Dios
Dedicado al Ladrón de tumbas
y a quienes lo descubrirán por primera
vez en las páginas de este libro.
ÍNDICE
Cubierta frontal
Página de título
Página de Copyright
Elogios
Dedicatoria
No te pierdas el milagro
1. El día que el agua se sonrojó
2. Milagroso
3. Milagros perdidos
La primera señal
4. El Hacedor de vino
5. Seis vasijas de piedra
6. Un empujoncito suave
La segunda señal
7. Sincronización sobrenatural
8. La velocidad de Dios
9. La séptima hora
La tercera señal
10. Muy supersticiosos
11. Profecías que se autocumplen
12. El transgresor
La cuarta señal
13. Dos peces
14. Señor Álgebra
15. Cuenta los peces
La quinta señal
16. El Caminante sobre el agua
17. Un temerario desafío al diablo
18. Corta el cable
La sexta señal
19. Nunca digas nunca
20. La Liga de los milagros
21. Saliva
La séptima señal
22. El Ladrón de tumbas
23. También hoy
24. Arriesga tu reputación
25. Un «sí» pequeñito
Reconocimientos
Notas
Acerca del autor
Cubierta posterior
NO TE PIERDAS
EL MILAGRO
Nadie podría hacer las señales que tú haces si Dios no estuviera con él.
Juan 3.2
1
EL DÍA QUE EL AGUA SE SONROJÓ
Durante casi treinta años Aquel que había creado el universo como un 
artesano con Su voz, creó muebles con Sus manos. Y era bueno en lo que 
hacía. Del taller del carpintero de Nazaret no salían mesas con las patas 
torcidas[1]. Sin embargo, Jesús era más que un maestro carpintero. También 
era Dios, de incógnito. Sus poderes para obrar milagros aparecen como el 
secreto mejor guardado de la historia, durante casi tres décadas. Pero todo eso 
cambió el día que el agua se sonrojó ante el rostro de su Creador.
Ese día, el artesano de la madera fue artesano del agua. Jesús manipuló la 
estructura molecular del agua y la convirtió en vino, en 757 botellas de vino, 
nada menos. Y del mejor. No era solo vino. Era vino fino.
A veces Dios actúa, nada más. Pero otras veces, el despliegue de Su poder 
es impresionante. Impacta.
Eso fue lo que hizo Jesús al tercer día de un banquete de bodas en Caná. Y 
era solo el principio. En los evangelios hay registros de treinta y cuatro 
milagros diferentes y hubo muchísimos más que no se contaron. El Evangelio 
de Juan destaca siete milagros que revelan siete dimensiones del milagroso 
poder de Jesús. Como si se tratara del sol que asoma por el oriente, cada 
milagro revela un rayo más de la gloria de Dios, hasta que Lázaro sale 
caminando de las sombras de su sepulcro, hacia la luz del Ladrón de tumbas.
Los siete milagros son siete señales y cada señal apunta directo a Jesús. 
Quizá estés leyendo este libro porque necesitas un milagro. ¿No es lo que nos 
pasa a todos en algún momento de la vida? Dios quiere hacer ahora lo que 
hizo entonces. Aunque esto es más que un curso sobre milagros. Es un libro 
sobre el Único que puede obrarlos. Quiero, por eso, advertirte algo desde el 
comienzo:
No busques milagros.
Sigue a Jesús.
Y si sigues a Jesús el tiempo suficiente, la distancia suficiente, al fin te 
hallarás en medio de algunos milagros.
Todos queremos un milagro. Pero hay una trampita en esto: ¡nadie quiere 
estar en situación de necesitar un milagro! Claro está que no se puede tener 
una cosa, sin la otra.
El prerrequisito para un milagro es un problema, y cuando más grande es 
el problema, más grande es el potencial milagro. Si en la boda de Caná no se 
hubiesen quedado sin vino no habrían tenido necesidad de que el Hacedor de 
vinos hiciera lo que hizo. Lo que para el novio y la novia era un problema fue 
en realidad una oportunidad perfecta para que Dios revelara Su gloria. Desde 
el momento en que Jesús convirtió el agua en vino, sanó a un hombre que 
había nacido ciego o llamó a Lázaro para que saliera de su tumba cuatro días 
después de su funeral, nada ha cambiado.
¡Él es el Dios que puede hacer posible tu imposible!
2
MILAGROSO
Una mañana de enero de 2007, un eximio y reconocido violinista interpretó 
seis de los más bellos conciertos para solo de violín de Johann Sebastian 
Bach. Usó uno Stradivarius de trescientos años, cuyo valor ascendía a tres 
millones y medio de dólares. Dos noches antes, Joshua Bell había dado un 
concierto, y se habían agotado las entradas, a pesar de que las de la platea 
más alta costaban doscientos dólares, que la gente pagaba con gusto. Pero 
esta vez, el concierto era gratis.
Bell dejó su traje de etiqueta, se puso una gorra de béisbol de Washington 
Nationals, y tocó de incógnito a la salida de la estación de metro de L’Enfant 
Plaza. Los músicos callejeros no son algo raro en Washington. De hecho, mi 
hijo Parker ha tocado su guitarra a la salida de estaciones del metro un par de 
veces para ganarse un poco de dinero extra. Lo asombroso es que su tarro de 
propinas reunió casi la misma cantidad de dinero que el del virtuoso Joshua 
Bell.
Fue un experimento que originalmente surgió de la idea del columnista 
Gene Weingarten del Washington Post, y que se filmó con una cámara 
oculta. De las 1.097 personas que pasaron por allí solo siete se detuvieron a 
escuchar. La función de cuarenta y cinco minutos terminó sin aplausos ni 
reconocimientos. Joshua Bell reunió US$32.17, cantidad que incluía un 
billete de veinte dólares de la única persona que había reconocido a este 
músico ganador del Premio Grammy[1].
En un día común y corriente, casi un millón de pasajeros viaja en el 
sistema del metro de Washington y L’Enfant Plaza es una de las estaciones 
más concurridas. Suele haber estampidas de turistas y empleados del 
gobierno que van y vienen, pasando por los molinetes para llegar donde sea 
que vayan lo antes posible. Sin embargo, esas circunstancias no le restan 
crédito ni descalifican a la pregunta que este experimento social hizo surgir: 
si no tenemos un momentopara detenernos y escuchar a uno de los músicos 
más grandes del mundo, que interpreta música de la mejor que se haya 
compuesto jamás, en uno de los instrumentos más bellos que se hayan 
fabricado, ¿cuántos momentos sublimes como este nos perdemos en un día 
común?
¿Recuerdas el viejo adagio? La belleza está en los ojos de quien la mira. 
Así sucede con todas las cosas, ¿verdad? Pero en especial, sucede con los 
milagros. Todo el tiempo están sucediendo milagros alrededor de nosotros, 
pero no los verás si no sabes cómo detectarlos.
El gorila invisible
Christopher Chabris y Daniel Simons llevaron a cabo un experimento en la 
Universidad de Harvard hace ya más de una década. Su idea se ganó las 
críticas de los sicólogos. Su libro The Invisible Gorilla [El gorila invisible] 
los hizo llegar al público en general. Tal vez te cuentes entre el millón de 
personas que hicieron el Test de Atención Selectiva, en uno de los videos 
más vistos de YouTube[2].
Los dos investigadores filmaron a unos estudiantes que se pasaban balones 
de basquetbol mientras se movían en círculo. En medio de la película entra 
una mujer vestida con un traje de gorila, se golpea el pecho y sale del cuadro. 
La secuencia dura nueve segundos, en un video de un minuto de duración. 
Quienes toman este test tienen que seguir instrucciones específicas: «Contar 
cuántos pases hacen los jugadores que visten camisetas blancas». Por 
supuesto, a los investigadores no les interesaba la habilidad para contar pases 
de pelota. Querían ver si notaban algo que no estaban buscando, algo tan 
obvio como un gorila. Lo asombroso es que la mitad de las personas que hizo 
el test no lo notó.
¿Cómo puede ser?
¿Cómo se te pasa que haya un gorila en la sala?
La respuesta breve es ceguera por inatención.
La ceguera por inatención es la que no te permite notar algo que está en tu 
campo visual porque te enfocas en otra cosa, que en este caso era la gente con 
camisetas blancas que se pasaban los balones. En el siglo I los fariseos 
habrían sido los mejores sujetos de estudio para eso. Estaban tan 
concentrados en la ley de la observancia del sábado que no podían ver los 
milagros que sucedían frente a sus ojos. Jesús sanó a un inválido que no había 
caminado en treinta y ocho años, le dio la vista a un hombre que había nacido 
ciego y sanó el brazo paralizado de un hombre. Pero los fariseos se perdieron 
el milagro y perdieron la oportunidad de ver al Mesías porque los cegaba su 
legalismo. No podían ver más allá de sus suposiciones religiosas.
La ceguera por inatención puede ser tan intencional como cuando te haces 
de la vista gorda ante algo que no quieres ver, como lo hicieron los fariseos. 
O puede ser sin intención, como cuando lentamente dejas de notar las 
constantes de tu vida, las cosas que con el tiempo das por sentadas. De una u 
otra forma, es uno de los riesgos más grandes para la vitalidad espiritual. Una 
de las pruebas más reales de la madurez espiritual es ver lo milagroso en lo 
monótono.
Milagros monótonos
Thomas Carlyle fue un ensayista escocés del siglo XIX que comparó eso con 
alguien que vive toda su vida en una caverna y, de repente, sale de allí y ve el 
amanecer por primera vez. La hipótesis de Carlyle decía que el habitante de 
la caverna vería con asombro, fascinado, algo de lo que nosotros somos 
testigos indiferentes todos los días. G. K. Chesterton lo expresó así:
Los adultos no somos lo suficientemente fuertes como para deleitarnos 
en la monotonía. ¿Es posible que cada mañana Dios le diga al sol: 
«Hazlo de nuevo», y por las noches se lo diga a la luna? La repetición en 
la naturaleza tal vez no sea mera recurrencia sino un bis, como la 
interpretación repetida en el teatro[3].
Hace unos años, un estudiante de intercambio procedente de India asistió a 
la congregación National Community Church (NCC). Cuando los 
meteorólogos emitieron una alerta de tormenta de nieve para el área del 
Distrito de Columbia, el muchacho programó la alarma de su reloj 
despertador para las tres de la mañana, porque no quería perderse su primera 
nevada. Luego salió solo y se echó en la nieve blanda para jugar a hacer 
ángeles, moviendo los brazos. Casi se congela porque no llevaba chaqueta, 
gorro ni guantes. Me dijo que era porque jamás habría pensado que la nieve 
era tan fría y mojada. Al principio, la idea me hizo reír. Pero cuanto más lo 
pensaba, tanto más me convencía. Yo hacía caso omiso de algo que para él 
era causa de celebración.
¿Cuándo fue la última vez que hiciste angelitos sobre la nieve recién caída? 
¿O que viste el amanecer como un acto de adoración? ¿O que te maravillaste 
al ver un pequeñín dormido? ¿O que te quedaste observando el cielo 
estrellado? ¿O que te hizo feliz oír la risa de un ser amado?
No hay nada como la experiencia de algo por primera vez, ya sea una 
nevada o tu primer beso. La primera vez es inolvidable. Las nuevas 
experiencias tienen una cualidad milagrosa que hace que el tiempo se 
detenga, que puedas echar un vistazo para espiar cómo será la eternidad.
Dios nos ha cableado para que seamos hipersensibles a los nuevos 
estímulos, pero con el tiempo las cataratas de lo habitual nublan nuestra vista. 
Perdemos nuestra conciencia de lo milagroso y con ello nuestro asombro y 
reverencia ante Dios.
Un 360 celestial
Puede ser que sientas que en este momento ni te mueves, pero no es más que 
una ilusión de proporciones milagrosas. El planeta Tierra está girando sobre 
su eje a una velocidad de 1.600 kilómetros por hora. Cada veinticuatro horas, 
el planeta Tierra hace un giro celestial de 360 grados. También estamos 
viajando por el espacio, muy rápido, a una velocidad promedio de casi 
108.000 kilómetros por hora. Parecida a la velocidad de una bala; 878 veces 
más rápido que la velocidad del sonido. Así que cualquier día en que sientas 
que no has logrado hacer mucho, no olvides que viajaste ¡2,574.617 
kilómetros por el espacio! Y para colmo la Vía Láctea gira, como un trompo 
galáctico, a una velocidad alarmante de 777.313 kilómetros por hora[4].
Si eso no es milagroso, no sé qué lo será.
Sin embargo, ¿cuándo fue la última vez que le diste gracias a Dios por 
mantenernos en órbita? ¡Adivino que jamás lo hiciste! «Señor, no sabía si 
hoy completaríamos la rotación del día, ¡pero lo lograste!». No es algo que 
digamos en nuestras oraciones. Es irónico, demasiado irónico además, porque 
creemos en Dios por sus grandes milagros y los vemos como si no fueran 
gran cosa. Lo que queremos es confiar en Él en cuanto a las cosas pequeñas, 
como sanar una enfermedad incurable, encontrar al amor de nuestras vidas, 
abrir una puerta de oportunidades o sacarnos de alguna deuda que nos parece 
imposible de pagar.
En comparación con mantener los planetas en órbita, ¿qué tan grande es tu 
mayor sueño? ¿Qué tan malo es tu peor problema? ¿Cuán difícil es tu desafío 
más importante?
Milagros microscópicos
No hace falta usar un telescopio para ver lo milagroso. Puedes emplear 
también un microscopio. Hay billones de miles de millones de reacciones 
químicas que se dan en tu cuerpo a cada segundo de cada día: inhalas 
oxígeno, metabolizas energía, mantienes el equilibro, fabricas hormonas, 
luchas contra antígenos, filtras estímulos, reparas tejidos, purificas toxinas, 
digieres comida y haces circular la sangre. Todo el tiempo, tu cerebro realiza 
hasta diez cuatrillones de cálculos por segundo, usando solo diez vatios de 
energía[5]. A una computadora, para lograrlo le haría falta un gigavatio de 
energía, producido por una planta de energía nuclear.
Y así y todo conozco personas, y tú también, que dicen que jamás han 
vivido o visto un milagro. Nada más lejos de la verdad. ¡No es así! Porque no 
es que estemos rodeados de milagros. Nosotros somos un milagro.
Sigamos usando el microscopio. La cosa se pone más interesante todavía.
Si la secuencia de tu genoma personal se escribiera a mano, ocuparía un 
libro de dos mil millones de palabras. La Biblia tiene aproximadamente 
773.746 palabras,así que tu código genético equivale a casi cuatro mil 
Biblias. Y si la secuencia de tu genoma personal fuera un audiolibro y te 
leyeran a una doble hélice por segundo, ¡la lectura duraría casi un siglo!
El Salmo 139.13–14 dice:
Tú creaste mis entrañas; me formaste en el vientre de mi madre. ¡Te 
alabo porque soy una creación admirable! ¡Tus obras son maravillosas, y 
esto lo sé muy bien!
Este es uno de los pasajes más poéticos y proféticos de la Biblia. Y, tal 
vez, uno de los más antiguos. Aunque la mayoría de los estudiosos le atribuye 
el Salmo 139 a David, una tradición rabínica dice que lo compuso Adán[6]. 
Si es cierto, son las palabras más antiguas y verdaderas de la historia de la 
humanidad.
A cada momento del día experimentamos lo milagroso, a escala 
microscópica y macroscópica. Todo el tiempo están sucediendo milagros 
alrededor de nosotros. Pero el más grande es el que ves en el espejo. Porque 
jamás hubo ni jamás habrá alguien como tú. Por supuesto, eso no es un 
testimonio de ti. Es un testimonio del Dios que te creó.
3
MILAGROS PERDIDOS
La biblioteca más grande del mundo está a tres cuadras de mi oficina.
La Biblioteca del Congreso, fundada en 1800, estaba originalmente en el 
edificio del Capitolio hasta que los británicos la incendiaron durante la guerra 
de 1812[1]. El fuego se alimentó con furia de sus tres mil volúmenes. El 30 
de enero de 1815 el Congreso decidió reconstruir la biblioteca nacional, 
mediante la aprobación de la compra de la colección de libros más grande de 
los Estados Unidos, perteneciente a nuestro tercer presidente, Thomas 
Jefferson. Jefferson había dicho: «No puedo vivir sin libros»[2]. Pero se ve 
que estuvo dispuesto a despedirse de sus 6.487 libros por la módica suma de 
US$23,950.00.
Junto a su colección actual de 35 millones de libros, la Biblioteca del 
Congreso tiene la custodia de 13,6 millones de fotografías, 6,5 millones de 
partituras, y 5,4 millones de mapas. El largo total de todas sus estanterías, 
sumadas, es de casi 1.350 kilómetros y si se pusieran una a continuación de la 
otra, llegarían de Washington, D.C., a Granite City, Illinois. Durante los días 
en que está abierta, la biblioteca suma 11.000 nuevos ítems por día a su 
colección. En sus bóvedas hay una de las únicas tres copias perfectas de la 
Biblia de Gutenberg; y el primer libro existente que se imprimió en los 
Estados Unidos, The Bay Psalm Book, de 1640; el «Certificado de nacimiento 
de los EE.UU.»; el mapa mundial de 1507 de Martin Waldseemüller, en el 
que por primera vez aparece el nombre América; y la más grande colección 
del mundo de guías telefónicas históricas, en la que hasta puedes encontrar la 
dirección y número de teléfono de cinco dígitos de tus tatarabuelos.
Uno de los libros menos conocidos de la colección Jefferson, aunque quizá 
el más importante y significativo de todos, se imprimió en Ginebra, Suiza, en 
1555. Cambió drásticamente nuestra forma de leer la Biblia. El impresor y 
estudioso francés Robert Estienne tuvo la innovadora idea de añadir números 
al texto para crear capítulos y versículos. Así que la próxima vez que cites el 
Salmo 23, o Romanos 8.28, o Efesios 3.20, dale las gracias a la Biblia de 
Robert Estienne. ¡Fue también él quien hizo posibles los carteles de «Juan 
3.16» en los eventos deportivos!
Aunque no es más que una conjetura histórica, no puedo sino preguntarme 
si fue la particular traducción de la Biblia de Estienne lo que inspiró a 
Thomas Jefferson para que inventara su propia versión, The Jefferson Bible. 
Aunque, en lugar de añadirle números, Jefferson omitió versículos. Creó una 
Biblia abreviada, porque eliminó los milagros.
La tabla de picar
Thomas Jefferson tenía profundo aprecio por las enseñanzas de Jesús, pero 
además, Jefferson era hijo del Iluminismo. Cuando tenía dieciséis años y 
estudiaba en la Escuela Universitaria William and Mary, el profesor William 
Small le hizo leer los escritos de los empíricos británicos. John Locke, Sir 
Francis Bacon y sus iluminados hermanos, entronizaban a la razón y hacían 
de la lógica una reina y señora. Lo mismo hizo Jefferson.
En febrero de 1804, Jefferson tomó una hoja de afeitar y puso manos a la 
obra. Recortó sus pasajes favoritos de su Biblia y los pegó en dobles 
columnas en cuarenta y seis páginas de octavas. Jefferson incluyó las 
enseñanzas de Jesús, pero excluyó los milagros. Borró el nacimiento virginal, 
la resurrección y todo hecho sobrenatural que hubiera en medio de ambos 
sucesos. Como dijo el historiador Edwin Gaustad: «Si alguna lección moral 
estaba encerrada dentro de un milagro, la lección sobreviviría en la Biblia de 
Jefferson; pero con el milagro no pasaba lo mismo, incluso si para quitarlo 
tenía que usar las tijeras y cortar con muchísima atención»[3]. La historia del 
hombre con la mano seca es un clásico ejemplo. En la Biblia de Jefferson, 
Jesús sí ofrece el comentario sobre la observancia del sábado, pero el hombre 
queda con la mano sin sanar, como estaba antes. Cuando Jefferson llegó al 
Evangelio de Juan, dice Gaustad, «mantuvo el filo de la hoja siempre 
ocupado»[4]. La versión de los evangelios de Jefferson termina cuando la 
piedra redonda sella el sepulcro. Jesús murió en la cruz, pero jamás resucitó 
de entre los muertos.
Es difícil imaginarlo, ¿verdad? ¿Tijeras, para editar el sagrado texto de las 
Escrituras? Aunque, ¿no hacemos lo mismo nosotros? No nos atreveríamos a 
usar una hoja de afeitar, pero, de todos modos, «copiamos y pegamos». 
Elegimos nuestros versículos preferidos e ignoramos los textos que no 
llegamos a entender, o que no nos gustan demasiado. Racionalizamos los 
versículos que son demasiado drásticos. Y los que son demasiado 
sobrenaturales, nos gustan un poco menos lustrosos. Ponemos las Escrituras 
en la tabla de picar de la lógica humana y terminamos con un evangelio 
castrado. Cometemos idolatría intelectual al crear a Dios a nuestra imagen. 
Así que en lugar de llevar una vida que sea reflejo del parámetro sobrenatural 
que presentan las Escrituras, seguimos una versión abreviada de la Biblia que 
se parece muchísimo a nosotros.
La declaración más valiente de la Biblia
Cuando restas los milagros como lo hizo Thomas Jefferson, lo que queda es 
un Jesús muy sabio, pero débil. Me temo que es este el Jesús al que muchos 
siguen. Es bueno, compasivo, pero el poder en toda su plenitud ha 
desaparecido. Así, seguimos sus enseñanzas pero jamás experimentamos sus 
milagros. Y no es que solo fallemos en alcanzar el parámetro que Él 
estableció sino que, en realidad, no entendemos el mensaje en absoluto.
En Juan 14.12, tenemos una de las declaraciones más valientes de la 
Biblia:
El que cree en mí las obras que yo hago también él las hará, y aun las 
hará mayores.
¿Obras mayores? Parecería herejía si no viniera de la boca de Jesús. Es uno 
de esos versículos que solemos racionalizar, así que quiero decirte 
exactamente qué significa. Que si sigues a Jesús, harás lo que Él hizo. 
Buscarás agradar primero al Padre celestial, por sobre todas las cosas. Te 
ocuparás del pobre, lavarás pies y ofenderás a algunos fariseos también. 
Además, andarás en medio de lo milagroso. Y no será solo como testigo 
ocular sino como catalizador. Te pido que me creas cuando te digo que ¡eres 
el milagro de alguien!
No te equivoques: solamente Dios puede obrar milagros. De modo que la 
gloria es toda para Dios. Pero como verás en las páginas que siguen, casi 
todos los milagros tienen un elemento humano. A veces hay que meterse en 
el río Jordán como los sacerdotes de Israel, antes de que Dios divida las 
aguas[5]. Y a veces tendrás que entrar en el Jordán con las aguas hasta las 
rodillas, siete veces, como Naamán[6]. Solo Dios podía sanar 
milagrosamente la lepra de Naamán, pero si este no hubiera obedecido 
repetidas veces, habría renunciado al milagro. Así, mientras para algunos 
milagros hace falta solo un único paso de fe, ¡para otros se requieren 
muchísimos intentos! Aunque no importa si tienes que metertehasta los 
tobillos o hasta la cintura, tendrás que meterte en el río Jordán. A veces hay 
que hacer lo natural antes de que Dios haga lo sobrenatural.
Este patio de juegos en que vivimos, el planeta Tierra, fue diseñado con 
barreras naturales que marcan los límites externos de la posibilidad humana. 
La velocidad de la luz es la línea del cerco y las leyes de la naturaleza son los 
postes de ese cerco. A algunos los conocemos bien, como la ley de la 
gravedad o las tres leyes del movimiento de Newton. Pero hay otros que no 
se nos presentan con tanta claridad, como el teorema de Bell. Y aunque la 
investigación científica está constantemente reposicionando esos postes del 
cerco, siguen siendo una línea fronteriza entre lo que es posible y lo que es 
imposible. Es el invisible cerco que no podemos trasponer, entre lo natural y 
lo sobrenatural, y no hay humano que pueda cavar para pasar por debajo, 
treparlo para pasar por arriba, o caminar para llegar a rodearlo. Dios ha 
puesto, sin embargo, una puerta en este cerco. Su nombre es Jesús.
Si sigues a Jesús el tiempo y la distancia suficientes, al fin llegarás a pasar 
a lo imposible. Convertirás agua en vino, alimentarás a cinco mil con dos 
peces y caminarás sobre el agua. No digo que vayas ahora al muelle más 
cercano para ver cuántos pasos llegas a dar. Es muy probable que Dios 
manifieste su poder de manera muy distinta a la que usó ante los primeros 
discípulos. Pero si crees en lo que dijo Jesús, entonces harás lo que Él hizo. 
Los milagros que experimentarás debieran ser más grandes que los que hizo 
Jesús, tanto en términos de cantidad como de calidad. Y los milagros que 
encontrarás en las páginas que siguen respaldan esta afirmación.
Alambres de tropiezo
Antes de descubrir las siete señales, permíteme que identifique dos alambres 
de tropiezo [estos son los alambres que activan los detonantes de las minas 
antipersonales] que nos impiden pasar a lo milagroso. El primero es el 
escepticismo subliminal.
Los milagros, por definición, son la violación de las leyes naturales. Y 
como abogados bien capacitados, por instinto, objetamos toda violación de 
esa clase. ¿Por qué? Porque los milagros no son lógicos. Y nuestra tendencia 
natural es a explicar todo aquello que es explicable.
Si alguna vez paseaste con el control remoto por los canales religiosos que 
hay en televisión, es probable que hayas visto a algún charlatán. O a dos, o 
más. Algunos falsos maestros hacen promesas que la Biblia no respalda. O 
quizá hasta fuiste testigo del intento de fabricar un milagro. Si lograron 
cegarte y engañarte, entonces el escepticismo andará por allí, a punto de 
asomar, como si fueran apenas unos grados de fiebre que amenazan con 
aumentar. Sin embargo, los milagros falsos no niegan los verdaderos. De 
hecho, los falsos te dan indicios que ratifican a los verdaderos. Recuerda que 
Satanás se disfraza como ángel de luz. Así que te pregunto: ¿Acaso la 
existencia de ángeles falsos, conocidos como ángeles caídos, niega la 
existencia de los ángeles reales? Yo diría que no. Y diría lo mismo de los 
milagros falsos.
Hay una línea muy delgada entre el discernimiento y el escepticismo. 
Discernir es filtrar lo falso para obtener lo verdadero con ayuda de las Santas 
Escrituras y el Espíritu Santo. Pero el escepticismo es la predisposición a la 
incredulidad, prejuiciado por la experiencia pasada. Los escépticos lo 
descartan todo, simplemente porque no pueden filtrar lo falso. La Biblia es 
nuestro filtro. Si algo no pasa la prueba del filtro, escúpelo. Pero no permitas 
que la existencia de lo falso, te impida creer lo que es verdad. Y la verdad es 
esta: Dios puede hacer hoy lo mismo que hizo entonces. Si cortas y eliminas 
los milagros, le cortas las piernas al cristianismo.
El segundo alambre de tropiezo es la desilusión latente.
Es probable que hayas orado pidiendo un milagro y que sientas que Dios 
no oyó ni una sola palabra. No puedo explicar por qué hay oraciones que no 
reciben respuesta cuando pedimos o por qué algunos milagros no suceden tal 
como los queremos. Pero sí sé que es un error que permitamos que una sola 
desilusión nos haga tirar la toalla y ya no esperemos un milagro. La 
desilusión es como el reflejo que tienes cuando te pegan en la rodilla: 
limitamos la fe, porque no queremos volver a sentir el aguijón de la 
desilusión.
Es algo muy sutil, pero al mismo tiempo muy importante. Quiero 
mostrártelo en una imagen.
En 1911, un sicólogo suizo llamado Édouard Claparède estaba tratando a 
una paciente de cuarenta y siete años que no tenía memoria a corto plazo. Al 
inicio de cada encuentro, se saludaban con un apretón de manos. Entonces, 
un día Claparède decidió que haría una prueba. Ocultó un alfiler en su mano, 
de modo que cuando la paciente extendió la de ella para saludarlo, la pinchó. 
La mujer enseguida retiró la mano, adolorida. Minutos después, no recordaba 
el pinchazo. Pero a partir de entonces, dejó de saludar a Claparède dándole la 
mano. No sabía bien por qué, pero sentía que no podía confiar de todo en ese 
hombre. El residuo del dolor le impedía extender la mano para saludarlo[7].
Piensa en la desilusión como un pinchazo. Duele. Y cuando la desilusión 
que experimentamos tiene que ver con la fe, somos muchos los que dejamos 
de extender la mano hacia Dios. La retiramos. No podemos identificar por 
qué no confiamos del todo en Dios pero esa desilusión latente nos impide 
avanzar en fe hacia Él.
No creo que necesites el diván del consejero para identificar el origen de 
cada una de tus dudas y decepciones. Pero para poder experimentar lo 
milagroso, tendrás que confrontar esas desilusiones latentes de tu pasado.
¿Te acuerdas de ese hombre que le dijo a Jesús: «¡Sí creo!... ¡Ayúdame en 
mi poca fe!?»[8].
Así somos todos, ¿no es cierto?
Experimentamos una guerra interna de tira y afloja, entre creer y no creer. 
Espero que este libro sirva para enfocarte forzosamente hacia lo milagroso. 
Precisamente por eso, Juan escribe su evangelio de milagros.
Pero éstas se han escrito para que ustedes crean que Jesús es el Cristo, el 
Hijo de Dios, y para que al creer en su nombre tengan vida[9].
Las siete señales
El milagro más grande es el perdón del pecado, posible a través de la 
crucifixión y resurrección del Hijo de Dios, que no tenía pecado. Es el 
número uno de los milagros, sin segundos que le pisen los talones. Es un 
milagro disponible para todos, en todo tiempo y lugar. Y es el único que 
tenemos que experimentar si queremos pasar la eternidad con el Padre 
celestial. Sin embargo, el milagro de la salvación no es la línea de llegada. 
Más bien, es la de partida.
En Juan 2, las moléculas de agua reconocen la voz de aquel que les dio 
existencia con solo decirlo. Como sucede con cada uno de los átomos del 
universo, se someten a su suprema autoridad. En Juan 4, Jesús sana al hijo de 
un noble a larga distancia, revelando su señorío por encima de la latitud y la 
longitud. Luego, en Juan 5, revela su dominio sobre el tiempo, revirtiendo 
treinta y ocho años de dolor y sufrimiento con una sola orden. En Juan 6, 
Jesús presenta una nueva y milagrosa ecuación: 5 + 2 = 5.000 R12. El bis 
ocurre en su caminata sobre las olas del mar de Galilea. En Juan 9, hay un 
milagro que no puede dejar de verse. Porque no solo sana los ojos de un 
ciego, sino que le implanta en el cerebro el circuito de la sinapsis entre el 
nervio óptico y la corteza visual. Y cuando crees que ya lo has visto todo, el 
Ladrón de tumbas convierte un sepulcro en una sala de espera. En Juan 11, 
Jesús le roba a la Guadaña, al llamar a Lázaro para que salga de su tumba, 
donde llevaba ya muerto cuatro días.
Oliver Wendell Holmes dijo que cuando la mente de uno se expande ante 
una nueva idea, nunca vuelve a sus dimensiones originales[10]. Cuando 
exploremos los siete milagros del Evangelio de Juan, tu mente se expandirá, 
pero oro porque también se extienda tu fe. Era esa la intención original de 
Juan. Los milagros de Jesús son másque hechos históricos. Cada milagro es 
un microcosmos. Porque no revela solo lo que hizo Jesús, con el verbo 
conjugado en tiempo pasado. Los milagros revelan lo que Él quiere hacer en 
tu vida, en el presente. Lo que hizo antes, quiere hacerlo de nuevo. Y si 
hacemos lo que hicieron los discípulos en la Biblia, Dios hará lo que hizo 
entonces.
Eso de convertir el agua en vino fue épico, pero solo fue el comienzo. 
Cada uno de los siete milagros del Evangelio de Juan es más asombroso y 
maravilloso que los anteriores. Cada uno revela un poquito más de poder, un 
poquito más de gloria. Entonces, el Ladrón de tumbas entra en escena y hace 
un despliegue de su poder para derrotar a la muerte. Eso es solo el comienzo. 
El séptimo milagro no es el epílogo, sino el prólogo a los milagros que Jesús 
quiere obrar en tu vida. Cuando vives un milagro, la forma en que puedes 
vivirlo implica creer en Dios, para que obre portentos aun más grandes y 
mejores.
Con ustedes, los milagros…
LA PRIMERA SEÑAL
Al tercer día se celebró una boda en Caná de Galilea y la madre de Jesús se encontraba allí. 
También habían sido invitados a la boda Jesús y sus discípulos. Cuando el vino se acabó, la madre 
de Jesús le dijo:
—Ya no tienen vino.
—Mujer, ¿eso qué tiene que ver conmigo? —respondió Jesús—. Todavía no ha llegado mi hora.
Su madre dijo a los sirvientes:
—Hagan lo que él les ordene.
Había allí seis tinajas de piedra, de las que usan los judíos en sus ceremonias de purificación. En 
cada una cabían unos cien litros. Jesús dijo a los sirvientes:
—Llenen de agua las tinajas.
Y los sirvientes las llenaron hasta el borde.
—Ahora saquen un poco y llévenlo al encargado del banquete —les dijo Jesús.
Así lo hicieron. El encargado del banquete probó el agua convertida en vino sin saber de dónde 
había salido, aunque sí lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua. Entonces llamó aparte al 
novio y le dijo:
—Todos sirven primero el mejor vino, y cuando los invitados ya han bebido mucho, entonces 
sirven el más barato; pero tú has guardado el mejor vino hasta ahora.
Juan 2.1–10
4
EL HACEDOR DE VINO
Al tercer día se celebró una boda en Caná de Galilea.
Juan 2.1
Hay días y días. Hay días que definen el resto de tu vida.
Algunos días siguen el camino de lo predecible, como el pasillo central en 
la iglesia, el día de tu boda. Otros días son tan impredecibles como una cita a 
ciegas. De uno u otro modo, no vuelves a ser lo que eras un minuto antes. En 
apenas una fracción de segundo la vida se divide en A.C. y D.C. Queda 
destruido para siempre el puente hacia el pasado, y el futuro irrumpe como 
una potente inundación.
Es un nuevo día.
Una nueva normalidad.
Es el primer día del resto de tu vida.
Así fue ese día para Jesús. Durante casi treinta años había trabajado en el 
taller de carpintería de su padre. Desde que podía recordar, siempre lo habían 
llamado «el carpintero». Pero en este tercer día de una semana de festejos de 
boda, este carpintero se convirtió en Hacedor de vino.
Flash-back
En los evangelios han quedado registrados treinta y cuatro milagros. Este 
currículo excluye a los tres más grandes: la concepción, la resurrección y la 
ascensión de Cristo.
El mismo Juan observa en el último versículo de su evangelio que una 
cantidad incontable de milagros no llegó a la lista de los Diez Mejores del 
SportsCenter. Pero Juan elige siete milagrosos hitos, de los cuales cuatro 
están solo en el evangelio que lleva su nombre. Cada una de esas siete señales 
revela una nueva dimensión del poder de Dios, de la personalidad divina. Y 
cada uno es más asombroso y maravilloso que el anterior. Pero no nos 
apresuremos. Mejor vayamos al pasado, dieciocho años atrás, al momento de 
definición cuando Jesús tenía tan solo doce años.
El Evangelio de Lucas solo nos permite un vistazo de este niño maravilla: 
una única foto en el álbum de la familia, una sola imagen entre su nacimiento 
y su adultez. Sin embargo, este vistazo de su personalidad es como el tráiler 
de una película, que preanuncia lo que será su futuro.
Nuestros recuerdos más potentes muchas veces son de momentos 
inusuales, que se dan en situaciones bastante conocidas. En la intersección de 
lo inusual y lo conocido, se produce lo inolvidable. Para Jesús, el momento 
inusual sucedió durante el peregrinaje de los cien kilómetros que recorrió con 
su familia desde Nazaret hasta Jerusalén para la Fiesta de la Pascua.
Esos viajes anuales dejaban como resultado muchísimos recuerdos de la 
infancia. Pero en las memorias de esta familia hubo un momento que llegó a 
ser leyenda. Incluso siendo adultos, los hermanos de Jesús reirían sin 
vergüenza sobre lo que sucedió ese día, cuando perdió el bus de regreso a 
Nazaret. Se reirían de eso el resto de sus vidas. Pero cuando sucedió, no tenía 
nada de gracioso. José y María tuvieron mucho miedo cuando durante tres 
días no supieron dónde estaba su hijo de tan solo doce años. Cuando por fin 
lo encontraron, Jesús estaba sentado en los atrios del templo, enseñándoles a 
las mentes más brillantes del antiguo Israel.
Todos los que le oían se asombraban de su inteligencia y de sus 
respuestas[1].
Les impresionó de manera tan profunda que algunos de esos mismos 
líderes religiosos sin duda reconocerían a Jesús dos décadas después, a pesar 
de que hubiera cambiado la voz y ahora tuviese barba. Otros conspirarían 
para matarlo, por el peligro que para ellos representaba la proeza espiritual de 
ese niño prodigio que ahora hacía milagros.
Para quienes le conocen como el Hijo de Dios, puede resultar difícil pensar 
en Jesús en términos humanos. Pero para apreciar en plenitud su divinidad, 
uno no puede desvalorizar su humanidad. A Jesús, como a todos los bebés, 
hubo que enseñarle a dejar los pañales. Tuvo que aprender a leer, a escribir, a 
hacer cuentas como todos nosotros. Jesús tuvo que aprenderse el nombre de 
las constelaciones que Él había creado y las leyes de la naturaleza ingeniadas 
por Él mismo. Al igual que nosotros, Jesús tuvo que descubrir su destino por 
medio de la relación con su Padre celestial.
La Biblia no nos dice cómo, dónde ni cuándo reconoció Jesús que tenía 
poder para obrar milagros, pero estoy seguro de que no fue en la boda de 
Caná. No quiero leer en las Escrituras nada que no esté allí, pero no me 
sorprendería que Jesús hubiera practicado algunos de sus milagros antes de 
que se convirtieran en su profesión. Quizá haya sanado a algún amiguito de la 
infancia cuando nadie lo veía, o tal vez tallara madera sin tocarla con las 
manos, usando solo su mente, o imagino que habrá convertido agua en 
distintas sustancias antes de convertirla en vino.
Desde su más temprana edad, Jesús sabía de qué era capaz. También María 
lo sabía. Por eso sus poderes para obrar milagros son uno de los secretos 
mejor guardados de la historia de la humanidad. No era fácil, como cuando 
Clark Kent se pone un par de gafas o como cuando Bruce Wayne se pone la 
máscara. Sin embargo, para quienes le conocían, Jesús no era más que un 
simple carpintero hasta ese día de las bodas de Caná. ¡La estatuilla del Oscar 
para Jesús!
¿Habrá sido difícil acallar su poder durante treinta años? ¿Aguantarse 
cuando los escépticos se burlaban o cuando lo provocaban los grandulones? 
¿Quedarse en la cruz, cuando tenía legiones de ángeles que le servían al 
instante?
Sin embargo, Jesús no lo mostró hasta entonces. Ese tal vez sea el más 
grande milagro. Todo su poder para obrar milagros inspira maravilla, temor, 
respeto, pero la fuerza de voluntad para no hacer aquello de lo que era capaz, 
es más impresionante todavía.
Lo mismo vale para nosotros. A veces, el milagro más grande está en 
contenernos: en no contestar, en resistir a la tentación, en dominar el mal 
carácter. Jesús estableció el parámetro ante una corte de falsos acusadores. En 
lugar de maldecir a sus verdugos, dijo: «Padre… perdónalos, porque no saben 
lo que hacen»[2].
Fue el amor lo que llevó a Jesús a la cruz. Fue la fuerza de voluntad lo quele mantuvo clavado allí.
Una historia
Mi amigo Donald Miller es un prolífico escritor. Su éxito de ventas Blue Like 
Jazz [Azul como el Jazz] en la lista del New York Times vendió más de un 
millón y medio de copias, algo poco frecuente en nuestros días. Quiero dejar 
asentado que personalmente mi preferido es A Million Miles in a Thousand 
Years [Un millón de millas en mil años]. Ese libro devino luego en una 
empresa que fundó Don: Storyline. El propósito de ese negocio coincide con 
la pasión de Don: ayudar a las personas a contar mejores historias con sus 
vidas.
Hace poco Don visitó la congregación National Community Church y nos 
contó acerca de un momento definitorio en su propia vida. Cuando era 
adolescente, era de esos chicos que no encajan en nada. En realidad, su 
propio diagnóstico es bastante más duro: «No era bueno en nada». Entonces 
le pidieron a Don que escribiera un artículo breve para el comunicado de su 
grupo de jóvenes de la escuela secundaria. Ahí fue cuando un elogio dicho al 
pasar reescribió toda su historia. Fue alguien que dijo simplemente: «Don, en 
verdad, eres muy buen escritor». Era la primera vez que alguien le decía a 
Don que era bueno para algo.
El dramaturgo inglés Graham Green observó: «Siempre hay algún 
momento en la infancia en que se abre una puerta que deja entrar al 
futuro»[3].
En mi caso, la puerta se abrió durante una clase de oratoria en mi segundo 
año de la escuela secundaria. Como proyecto final, di un discurso que más 
bien era un sermón de salvación. No creo que ninguno de mis compañeros de 
clase se haya convertido, pero ese discurso fue un incidente que funcionó 
como incitación y que cambió mi historia. Sin que yo lo supiera, mi madre le 
dio una copia de ese discurso a mi abuela, que a su vez le dio otra a su 
maestro de estudios bíblicos. El maestro ¡lo consideró mucho mejor que mi 
maestro de oratoria! Y le preguntó a mi abuela: «¿Mark no ha pensado en ser 
ministro?». A esa altura de la obra de mi vida la respuesta era no. No estaba 
en mi guión original. No había pensado en el ministerio hasta que me llegó 
ese elogio, transmitido de mi abuela a mi madre, que luego me lo contó.
Jamás subestimes el poder de un elogio en el momento justo. Porque tiene 
el poder de cambiar toda la perspectiva de una persona respecto de la vida. 
Tiene el potencial de cambiar el guión de alguien para toda la eternidad. La 
palabra justa en el momento preciso puede ser el catalizador para el milagro 
en la vida de alguien.
Jesús, con doce años de edad, oyó lo que decían de él. Y al igual que su 
madre, atesoró esas palabras en su corazón[4]. En esas largas tardes que 
pasaba en el taller de carpintería, Jesús tiene que haber tenido recuerdos 
instantáneos de ese día en que se abrió la puerta que dejó entrar al futuro. 
Sospecho que también soñaba despierto con más de uno o dos milagros.
Las claves
Si reflexionas en el pasado y repasas tu historia, descubrirás que el destino va 
dejando claves, pistas.
Los arquitectos son los que construían ciudades con Legos. Las vendedoras 
son las niñas exploradoras que vendían galletas en cantidades asombrosas, 
como para alimentar a toda la población de Liechtenstein. Los empresarios 
ubicaban su puesto de venta de limonada en el callejón elegante del barrio 
residencial. Los artistas eran los dueños del Eurythimics en Guitar Hero. Y 
los maestros solían enseñar a los animales de peluche, con una pizarra hecha 
de cartón o lo que fuera.
Joel Buckner es un talentoso compositor de canciones, uno de los líderes 
de adoración más ungidos en nuestra congregación, National Community 
Church. Nos contó su historia mientras cenaba con nuestra familia hace un 
tiempo. La puerta de Joel se abrió cuando tenía doce años, como Jesús. 
Cantaba «Solo en Cristo», de Michael English, en su iglesia y conmovió a su 
madre hasta sollozar. ¡Creo que también su Padre celestial habrá derramado 
una lagrimita de alegría! No hay nada que haga tan feliz a Dios como cuando 
usamos los dones que nos dio para darle gloria.
Imagino la sonrisa del Padre celestial cuando Jesús convirtió el agua en 
vino. Es como cuando por primera vez tu hijo logra llegar a primera base o tu 
hija es ovacionada durante un recital. El primer milagro habrá producido gran 
orgullo paterno e imagino que el Padre se habrá vuelto hacia el ángel que 
estaba más cerca, diciendo: «¡Ese es mi Hijo!».
Cuando tu fijación está en tu pecado y no en su perdón, olvidas con 
facilidad que eres la niña de sus ojos. Nos equivocamos al pensar que somos 
menos importantes que los lirios del valle o los pájaros que vuelan, pero, ¡en 
la taxonomía de Dios, estamos apenas por debajo de los ángeles![5] Y no 
hace falta un milagro para que nuestro Padre se agrade con nosotros. A veces 
solo basta con algo tan simple como honrar a tu madre terrenal.
Recuerda eso.
Mantener la reputación
La puerta al futuro se abrió un poco cuando Jesús tenía doce años, pero luego 
pasaron dieciocho años más en que no se nos dice nada. Volvió a abrirse 
cuando se cerró el bar. No sé si quien planificó la boda había comprado poco 
vino o si los invitados bebían demasiado, pero estoy seguro de que se produjo 
una minicrisis cuando los novios descubrieron que se acababa. Podríamos 
pensar que era un problema menor si lo vemos todo en conjunto, pero en la 
Palestina del primer siglo era una vergüenza ante todos. Además, el día de tu 
boda es un día en que quieres que todo salga perfecto. Es probable que 
sirviera de chispa para la primera pelea matrimonial. ¿Oyes cómo murmuran 
en la mesa principal? ¡Lo único que te pedí es que te ocuparas de las 
bebidas! Nada más. Sabías cuántos invitados había en la lista. Y hasta te di 
la lista de vinos. ¿Cómo pudiste pensar en que ahorraríamos dinero al 
comprar poco vino el día de nuestra boda?
Entra Jesús.
Me encanta el hecho de que este primer milagro de Jesús no tenga que ver 
con una vida que Él salva. ¡Más bien, lo que salva es la reputación de 
alguien! Eso nos revela lo mucho que le importan a Dios los detalles más 
pequeñitos de nuestras vidas. Dios es grande, no porque no haya nada 
demasiado grande para Él. Dios es grande porque no hay nada demasiado 
pequeño para Él. Si a ti te importa mucho, también a Dios le importará.
Hace unos años tuve el privilegio de hablar ante la congregación Church of 
the Highlands, en Birmingham, Alabama. Allí visité su centro de sueños en el 
centro de Birmingham, donde encontraría ideas para nuestro centro de sueños 
en Washington, D.C. Tienen un maravilloso ministerio de servicio a las 
prostitutas, como lo tenía Jesús. Esas prostitutas saben adónde acudir cuando 
tienen un problema. Y me contaron precisamente la historia de una de ellas.
Una mañana cuando la directora del centro salía de su casa para ir a 
trabajar sintió en su corazón que tenía que volver a entrar a la casa para 
buscar un par de medias de lana. Era raro, por lo que supuso que tenía que ser 
de Dios. Así que metió en su bolso un par de medias de lana y luego condujo 
hasta el centro de sueños. Al llegar vio que en la entrada había una prostituta 
desmayada. La llevó al interior del edificio y llamó una ambulancia. Mientras 
la tenía en sus brazos, la mujer lentamente recuperó la conciencia. Y 
entonces, le preguntó:
—Dime, si pudiera darte algo, ¿qué necesitas?
Sin dudarlo, la mujer le dijo, temblando:
—Unas medias de lana.
Fue entonces que la directora tomó de su bolso las medias de lana y la 
mujer, sonriendo, dijo:
—Si hasta combinan con mi ropa.
¿Por qué no son más frecuentes los milagros de esta clase? Por una sencilla 
razón: porque no estamos en conexión con esa vocecita quieta del Espíritu 
Santo. El Espíritu Santo es el conector, pero tenemos que escuchar esos 
llamaditos y obedecer. Si lo hacemos, ¡estaremos todo el tiempo en medio de 
los milagros!
Mi amigo y mentor Dick Foth ha estado predicando durante casi cincuenta 
años pero fue solo hace poco que le sucedió algo que jamás le había pasado. 
Justo en medio de uno desus mensajes, Dick percibió en su espíritu que 
alguien de la congregación estaba a punto de ser infiel a su cónyuge. Esa 
impresión le vino de la nada y lo que hizo Dick fue inesperado. Interrumpió 
su predicación y dijo: «Hay alguien aquí que está pensando en ser infiel. 
Todo está dispuesto para que hoy mismo tome la decisión. No lo haga». Y 
luego retomó su sermón en el punto donde lo había interrumpido. Después 
del servicio un hombre de mediana edad le dio un abrazo de oso a Dick y, 
mientras lo abrazaba, susurró en su oído: «¡Era yo! Gracias».
Si Dick hubiera seguido predicando, ignorando ese llamado, se habría 
perdido el milagro. Pero cuando obedeces a esos llamaditos, por inoportunos 
o raros que te parezcan, estás a minutos de un milagro. Ese pequeño acto de 
obediencia de Dick se convirtió en un momento milagroso que muy 
posiblemente cambió un árbol genealógico para siempre.
Profetas encubiertos
No puedo imaginar a Dick presentándose de este modo: «Hola, soy Dick. Soy 
profeta».
La mayoría de nosotros sentimos desconfianza o huimos de gente que se 
identifica de ese modo. Pero cuando Dick pronunció esa palabra de 
conocimiento en medio de su mensaje, bien podría haber estado cubierto con 
el manto de Elías. Por error, descartamos a los profetas al verlos como 
oráculos que predicen el futuro, aunque no es esa la imagen ni la definición 
de la Biblia. En términos del Nuevo Testamento, el profeta no es más que 
alguien que pronuncia palabras de aliento, fuerza y consuelo, inspirado por el 
Espíritu Santo[6].
Cuando empecé como pastor de la congregación National Community 
Church, solo era un novato de veintiséis años. En ese entonces, Dick y Ruth 
Foth formaban parte del grupito original de diecinueve personas. Dick era un 
pastor experimentado y me tomó bajo su ala. Para mí, es más que un amigo y 
mentor. Sus palabras de sabiduría en los momentos justos me han sido 
palabras proféticas en momentos de inflexión a lo largo de mi vida. De 
hecho, han tenido un impacto tan grande en mi vida que convencí a Dick para 
que escribiera como coautor un libro de memorias titulado A Trip around the 
Sun [Un viaje alrededor del sol].
Los filósofos judíos no creían que el don profético estuviera reservado para 
unos pocos escogidos. Ser profético se veía como la gran coronación del 
desarrollo mental y espiritual. Cuanto más se creciera espiritualmente, tanto 
más profético se podía ser. Es tan simple como el hecho de ver y tomar las 
oportunidades que Dios nos presenta para marcar la diferencia en la vida de 
otras personas. Esas palabras que se dicen en el momento justo pueden 
reverberar con un eco eterno.
El líder de jóvenes que vio el potencial de Donald Miller como escritor y 
pronunció su elogio, fue un profeta que le habló a su vida. Lo mismo, ese 
maestro de estudios bíblicos que vio mi potencial para predicar. También, tú.
Eres más que tu identidad profesional, más que un doctor, más que un 
entrenador, más que una asistente administrativa. Somos profetas encubiertos 
posicionados estratégicamente por Dios para hablar gracia y verdad. Y 
cuando lo hacemos, preparamos el escenario para que sucedan milagros. A 
veces, lo único que se requiere es una palabra de aliento.
Quiero mostrártelo más de cerca.
Si tienes hijos, eres más que su padre o su madre. Eres profeta para tus 
hijos. No hay nadie que los conozca, que los ame, que crea en ellos, tanto 
como tú. Tu tarea consiste en hacer que surja la persona que Dios tenía en 
mente cuando los creó. Es, precisamente, lo que hizo María ese tercer día en 
el banquete de bodas. Con solo cuatro palabras, desafió a Jesús para que 
entrara en su destino, para que diera el paso hacia su identidad:
Ya no tienen vino[7].
No fue por accidente que se acabó el vino allá en Caná. Era por designio 
divino. Como sucede con la mayoría de las oportunidades para los milagros, 
sucedió bajo el disfraz de un problema. Pero María lo vio como lo que era en 
realidad: la cita de Jesús con el destino.
5
SEIS VASIJAS DE PIEDRA
Ya no tienen vino.
Juan 2.3
El agua. Dos partes de hidrógeno. Una parte de oxígeno.
Es el compuesto químico más básico de la tierra. Y también el más vital. 
Cubre el setenta y uno por ciento del planeta. Y el sesenta y cinco por ciento 
de tu cuerpo es agua[1].
Si uno está bien hidratado y conoce de supervivencia, podrá vivir hasta 
doce días sin beber agua, aunque no todos somos Bear Grylls, el de la 
televisión. Casi nadie podría aguantar más de dos o tres días. Sin embargo, 
como nos llega por las tuberías y sale por media docena de grifos en nuestras 
casas del primer mundo, damos por sentado que tenemos agua y hasta 
podemos determinar a qué temperatura la queremos o qué ducha de lujo 
comprar para que salga a la máxima presión. Claro que la realidad es trágica 
porque cada veintiún segundos muere un niño a causa de alguna enfermedad 
cuyo origen es el agua contaminada[2].
¿Cuándo fue la última vez que diste gracias a Dios por el agua que sale del 
grifo en tu casa?
Mi última vez fue en el Sendero de Kaibab del norte, a unos tres 
kilómetros de Phantom Ranch, en el suelo del Gran Cañón. ¡Se nos había 
acabado el agua y la temperatura era de cuarenta y tres grados centígrados a 
la sombra! Descubrí al instante que la deshidratación debilita tu cuerpo y tu 
mente. Cuando por fin llegamos adonde había agua, saboreé cada sorbo. ¡No 
había pensado jamás en que algo sin sabor pudiera ser tan sabroso! Por 
primera vez en mi vida, vi el agua como lo que es en realidad: un milagro. 
Así son las cosas, ¿verdad?
No apreciamos los milagros que Dios obra día tras día. Pido perdón por 
decirlo así, pero el problema con Dios es que es tan bueno en lo que hace 
¡que lo damos por sentado! Lo que mejor hace Dios, como mantener en 
órbita nuestro planeta, es lo que menos apreciamos. Pero si aprendiéramos a 
reconocer los milagros consecutivos que nos rodean todo el tiempo, 
viviríamos maravillados cada segundo de cada minuto de cada día. También 
habríamos logrado descifrar el código del gozo. Porque el gozo no es obtener 
lo que quieres. Sino apreciar plenamente lo que tienes. Todo empieza por las 
cosas más básicas, como el agua.
El agua no tiene valor calórico y, sin embargo, es vital para nuestro 
metabolismo. No tiene sabor, pero no hay nada más rico en uno de esos 
terribles días de verano. El agua es el solvente universal. Es esencial a la 
fotosíntesis. Apaga incendios. ¿Dónde más podríamos nadar si no es en el 
agua?
Como lo sugiere su color transparente, el agua quizá sea el milagro más 
transparente de todos. Casi todo el tiempo la pasamos por alto, sin apreciarla. 
Pero el primer milagro no es el de convertir el agua en vino. Es el agua 
misma. Comencemos por ahí.
Grados de dificultad
Los siete milagros del Evangelio de Juan revelan el rango del poder de Dios. 
Desde nuestro punto de vista como seres humanos, parecen ir de lo más fácil 
a lo más difícil. O tal vez debiera decir, de lo imposible a lo más imposible. Y 
no, no se trata de un juego de palabras. Convertir el agua en vino es más que 
un simple truco de magia para principiantes, pero no es tan difícil como 
resucitar un cadáver que se ha estado descomponiendo ¡durante cuatro días! 
Así que los milagros parecen ser cada vez más complejos, pero recuerda que 
para el Infinito todos los finitos son iguales. No hay fácil o difícil, grande o 
chico, posible o imposible. Para un Dios omnipotente no hay grados de 
dificultad.
Todo es posible. Nada es imposible.
Cuando necesitamos un milagro, tendemos a orar más fuerte y durante más 
tiempo. A veces, oro con el lenguaje de las Biblias antiguas, como en una de 
las obras dramáticas clásicas. O uso alguna palabra en griego de las que 
aprendí cuando estudiaba en el seminario. Sin embargo, a Dios no le 
impresionan nuestras palabras teológicas ni nuestra cadencia oratoria. Él oye 
nuestro corazón más que nuestras palabras. Responde a la fe, no al 
vocabulario.
Lo que María no hizo en las bodas de Caná tal vez seatan importante como 
lo que sí hizo. Ella no le dijo a Jesús lo que tenía que hacer, ni cómo hacerlo. 
Simplemente identificó el problema involucrando a Jesús: «Ya no tienen 
vino»[3].
María dijo muchísimo hablando muy poco.
La confianza no se mide por la cantidad de palabras. De hecho, cuanta más 
confianza tengas, menos palabras necesitarás. Los milagros no dependen de 
que logres redactar bien la solución para que Dios la oiga. No hay 
abracadabras. No hace falta que sepas qué decir. Solo necesitas saber adónde 
acudir, como lo hizo María. Y si acudes a Jesús, Él puede voltear tu situación 
al derecho y al revés. Claro que no necesitas esperar hasta que haga falta un 
milagro. Si le buscas primero, Él nunca será tu último recurso.
Idea de Dios
No sé cuál habrá sido el orden de las mesas en las bodas de Caná. Pero María 
trazó un sendero para Jesús allí. Es lo que hizo Steve Stewart cuando se topó 
con un problema que su mente de ingeniero no podía resolver. A pesar de que 
no tenía experiencia en el campo de la hidrodinámica, la Fundación Water4 le 
pidió a Steve que diseñara una bomba de agua que pudiera funcionar en 
cualquier lugar del mundo. El costo debía ser inferior a los cincuenta dólares. 
Steve lo describió así: «Nunca pensé que fuera posible». ¡Ahí es cuando estás 
a medio camino del milagro!
Diez semanas después, habiendo trabajado durante dieciocho horas los 
siete días de la semana, a Steve ya no le quedaban más ideas. Y entonces, en 
un libro que había comprado hacía diez años en un viaje de vacaciones a 
Roma, vio un bosquejo de Leonardo Da Vinci. Ese dibujo de quinientos años 
atrás le inspiró una idea que lo llevó a un gran avance en materia de diseño. 
Lo que hace que sea un descubrimiento milagroso es que no se trata de uno 
de los más famosos dibujos de Da Vinci. No era ni la Mona Lisa ni El 
hombre de Vitruvio. Y, de hecho, a pesar de que había investigado tanto, 
Steve jamás lo halló en otros libros o publicaciones profesionales. ¡Pero 
había estado en el estante de su casa durante diez años! Fue Dios quien puso 
la mesa para ese milagro, diez años antes de que Steve supiera siquiera que 
iba a necesitarlo[4].
En el dibujo original de Da Vinci, había fuelles y pieles de animales. Steve 
los reemplazó por tuberías de policloruro de vinilo, algo común incluso en 
países en desarrollo. El diseño de Da Vinci no tomaba en cuenta la presión 
atmosférica, por lo que resultaba imposible bombear agua a más de diez 
metros. El diseño de Steve llega a los trescientos metros. ¿Y cuánto cuesta la 
bomba? Solo diecisiete dólares con ochenta y cuatro centavos. La Access 1.2 
—llamada así porque entonces había mil doscientos millones de personas sin 
acceso a agua potable—, ha pasado pruebas de hasta 3,2 millones de 
bombeadas, sin fallas[5].
La bomba de agua de Steve es más que una buena idea. Es una idea de 
Dios. Por supuesto, hay ideas de Dios que implican que habrá que investigar 
durante 1.260 horas y usar un libro que uno compró al azar. Así como sucede 
con el vino fino, tienen que fermentar en el espíritu durante meses, años o 
incluso décadas, antes de que puedas descorcharlas. Pero una idea de Dios 
vale más que mil buenas ideas. Las buenas ideas son buenas, pero las ideas 
de Dios cambian la historia. Y eso es lo que hizo Steve. Steve convirtió el 
agua en agua: en agua pura y limpia. Esa única idea de Dios se tradujo en un 
milagro para millones de personas.
Estás a solo una idea de Dios y podrás cambiar la historia.
La clave a este tipo de milagros es la unción. Un intangible misterio difícil 
de definir pero que de manera sobrenatural nos da la capacidad de operar más 
allá de nuestras capacidades. Son las ideas ingeniosas, las que no se originan 
en nuestra corteza cerebral. Es ese momento providencial que da resultado a 
una sincronización sobrenatural. Es el favor divino que desafía toda 
explicación humana. El resultado neto es que logramos ser más que mejores.
Hacia el final de su vida, el apóstol Juan hizo referencia a esa unción 
integral en su primera epístola.
Esa unción… les enseña todas las cosas[6].
No importa qué sea lo que hagas, Dios quiere ungirte para que lo hagas. La 
unción no es solo para los que predican. Es para los políticos y los cirujanos, 
para los conductores de espectáculos y los empresarios, los maestros, los 
abogados, los artistas. Es para inventores sin experiencia en hidrodinámica. 
Para carpinteros que se convierten en hacedores de vino. Sin esa unción 
jamás convertirás el agua en vino. Con ella, podrás ahorrar un millón de 
vidas, o donar un millón de dólares. Es el factor indispensable en cualquier 
cosa que emprendamos.
Durante un viaje a Etiopía, hace un tiempo, conocí a varios líderes 
visionarios que forman parte de la iglesia que ayudamos a plantar en Addis 
Ababa en 2005, la Iglesia Internacional Beza. En esa congregación hay un 
grupo de líderes que está cambiándole la cara al país, al postrarse de rostro al 
suelo ante Dios. Conocí a una mujer que tiene un papel vital en la Unión 
Africana, una médica que está construyendo un hospital en una región rural 
de Etiopía donde prácticamente no hay servicios de salud, y conocí también a 
una desarrolladora inmobiliaria que está diseñando el primer campo de golf 
de categoría mundial en el este de África. Lo que descubrí durante mi visita 
es que esos líderes visionarios tienen algo en común: todos pasan un día a la 
semana en oración y ayuno. En vez de ir a la oficina, pasan el día orando.
¿Cómo se obtiene la unción de Dios?
Solo hay que pedirla.
Dios quiere darnos sus dones, más que lo que nosotros queremos 
recibirlos. Pero tenemos que orar a medida que avanzamos en nuestro plan de 
negocios, nuestro plan de juego o de ventas. Hasta puede ser que tengamos 
que ayunar antes de alguna función, antes de las elecciones, y antes de las 
reuniones. Uno no puede buscar la unción nada más. Tenemos que buscar a 
Dios. Entrar en la Palabra de Dios y la presencia de Dios. Cuanto más cerca 
de Dios estés, más cerca estarás de su unción.
Seis vasijas de piedra
En 1934, Ole Kirk Christiansen era un carpintero danés que se convirtió en 
fabricante de juguetes. Creó una compañía llamada LEGO, un nombre que 
combina dos palabras en danés que significan «jugar bien». ¿Cuál es su 
lema? Solo lo mejor es lo mejor. No es mala definición para el milagro de 
Caná. El maestro de ceremonias se lo dijo al novio:
Todos sirven primero el mejor vino, y cuando los invitados ya han 
bebido mucho, entonces sirven el más barato; pero tú has guardado el 
mejor vino hasta ahora[7].
Me encantaría haber estado ahí para verle la cara al novio. Jesús no solo lo 
ayudó a salvar su reputación, sino que lo hizo verse como el mejor. No solo 
salvó su día. Jesús hizo que fuera su mejor día. Es en lo que se destaca Jesús. 
¡Es que puede convertir el peor día en el mejor de todos! Siempre se guarda 
lo mejor para el final.
La materia prima del primer milagro es el bloque más básico de la 
naturaleza. Es el recordatorio más profundo de que Dios no necesita 
demasiado material para actuar. Y de hecho, no necesita nada. Su mejor obra 
viene de la nada. Supongo que Jesús podría haber empezado con unas uvas, 
milagrosamente acelerando el proceso de fermentación de tres años, y 
seguramente lo habrían considerado un milagro. Pero al empezar con el agua, 
Jesús demostró su capacidad de tomar la cosa más simple de la tierra para 
convertirla en algo todavía más bello, todavía más sabroso. Y si Dios puede 
hacer algo así solo con el agua, ¿qué cosa podría serle imposible? El Dios que 
habló a la existencia a cada átomo es aquel que puede mutar cualquier 
molécula. Y eso incluye las células de la sangre, del cerebro y las del cáncer. 
Nuestras células son su LEGO.
Ole Kirk Christiansen era un soñador audaz y dudo que incluso el mismo 
Ole pudiera haberse imaginado una tienda principal en Times Square, o 
parques de diversiones Legoland en todo el país, y ni hablar del éxito de 
Hollywood, de los videojuegos,de los LEGOs temáticos que parecen brotar 
por todas partes en cada cumpleaños de chicos de la primaria a los que asistí. 
La producción anual de ladrillitos LEGO, de veinte mil millones de unidades, 
es algo que la mente no llega a entender. Y todo empezó con un simple 
ladrillito.
Hace poco conocí a uno de los cerebros de LEGO. Fue durante una 
reunión de empresarios que se hizo en Las Vegas. A cada participante, le 
entregó seis ladrillos LEGO que se convirtieron en una inolvidable lección de 
ingenio. Nos pidió que calculáramos la cantidad total de combinaciones 
exclusivas que pudiéramos crear con esos seis ladrillitos. Adiviné que serían 
unos pocos cientos, pero la respuesta real era cientos de millones. No creo 
que nadie haya llegado siquiera a pensar en una cantidad cercana a la 
respuesta de las combinaciones posibles: 915.103.765[8].
Cuesta creerlo, ¿verdad? Sucede algo parecido con la forma en que 
subestimamos tanto al Dios capaz de hacer inconmensurablemente más de 
todo lo que pudiéramos pedir o imaginar. Y tal vez sea por eso que Jesús da 
inicio a su milagroso ministerio con H2O, para mostrar lo que Él puede hacer 
con prácticamente nada. La lección es inolvidable, mucho más que la de los 
seis ladrillos LEGO. Comienza con seis vasijas de piedra. Añade agua. 
Llévaselas a Jesús. ¡Y mira lo que Él puede hacer!
La quinta fuerza
En el vino tinto hay cientos de compuestos químicos que flotan, cada uno con 
su propia y compleja fórmula química. Así que decir que Jesús convirtió H2O 
en C2H5OH por medio de la fórmula de la fermentación sería simplificar 
demasiado las cosas.
El milagro de Caná requirió un centenar de reacciones químicas, de las 
cuales la más básica es la glicólisis. En términos moleculares[9]:
C6H12O6 + 2 ADP + 2 Pi + 2 NAD+ → 2 CH3COCOO− + 2 ATP + 2 
NADH + 2 H2O + 2 H+
El mecanismo preciso con el que Jesús convirtió el agua en vino es un 
misterio, es eso lo que hace que sea un milagro. Pero revela su señorío y 
majestad a nivel molecular. Es Él el catalizador de toda transformación, ya 
sea la del agua que se convierte en vino o la de los pecadores en santos.
Según los últimos cálculos, había 1082 átomos en el universo observable. Y 
cada uno de ellos tiene origen en las cuatro palabras que les dieron existencia: 
«¡Que exista la luz!»[10]. Dios los creó y es Dios quien los controla. Puede 
sanarlos, multiplicarlos o maldecirlos. Puede sanar una mano paralizada o 
marchitar una higuera que no da fruto. Lo decide Él porque suya es la 
creación.
Abraham Kuyper, teólogo holandés y ex primer ministro de los Países 
Bajos tal vez lo haya definido mejor que nadie: «No hay una pulgada 
cuadrada en todo el dominio de nuestra existencia humana sobre la que no 
clame Cristo, que es Soberano: “¡Mía es!”»[11]. Yo reemplazaría lo de 
«pulgada cuadrada» por «partícula subatómica».
Porque por medio de él fueron creadas todas las cosas en el cielo y en la 
tierra… todas las cosas, que por medio de él forman un todo 
coherente[12].
La física ha cuantificado cuatro fuerzas fundamentales: la gravitacional, la 
electromagnética, la nuclear fuerte y la nuclear débil. Pero la física cuántica 
postula la existencia de una misteriosa quinta fuerza que gobierna al conjunto 
de las otras cuatro. Es posible que hayan encontrado algo importante allí: 
Dios es el pegamento que mantiene unidas a las partículas subatómicas. Es su 
energía cinética la que anima a la molécula del agua, la molécula del vino y a 
toda otra molécula de la Vía Láctea. Ahora, lo que no podemos olvidar es que 
cada átomo se vio afectado por la caída del ser humano.
Cuando Adán comió el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal, 
entró la ley de la entropía en la ecuación de la creación. El metal se oxida. El 
alimento se descompone. Los músculos se atrofian. Las células mutan. Las 
estrellas colapsan. Y las personas mueren. Sin embargo, no hay ni un solo 
átomo de tu cuerpo o del universo que no esté sujeto a la autoridad suprema 
de Dios. Tampoco el agua de Caná que llenaba las seis vasijas de piedra en la 
fiesta de la boda. Ni las neuronas del hemisferio derecho de tu cerebro que 
dan chispa a tu imaginación. Ni los leucocitos de tu torrente sanguíneo que 
luchan contra los antígenos. Ni los hepatocitos de tu hígado que digieren y 
desintoxican. Ni la oxitocina en la leche materna que promueve el vínculo 
maternal. Ni el espermatozoide que milagrosamente se une al óvulo para 
concebir a un ser humano distinto a cualquiera que haya existido antes. Ni 
siquiera las células que han muerto y se han estado descomponiendo durante 
cuatro días.
Toda hélice doble está sujeta a su Diseñador Inteligente. A aquel que creó 
el código genético en primer lugar y que, por cierto, es quien puede 
descodificarlo. Pero no nos olvidemos de que las leyes de la naturaleza —
físicas, biológicas y astronómicas—, son milagros en sí mismas. Así que 
cuando Dios actúa por encima de alguna de las leyes de la naturaleza que Él 
instituyó en un principio, en realidad tenemos un milagro dentro de otro 
milagro. No solo debiéramos darle gracias por la sanidad instantánea que 
desafía todo protocolo médico, sino por las propiedades curativas que trae ya 
nuestro sistema inmune. Y ya que estamos hablando de eso, también 
debiéramos darle gracias por la ciencia médica. Porque encierra todo lo que 
recién dijimos.
Sufro asma desde siempre y el albuterol literalmente me ha salvado la vida 
innumerable cantidad de veces. Aunque sigo orando para que la sanidad 
milagrosa elimine todos los síntomas, ¡daré gracias a Dios por todos los 
demás milagros que haya en medio! Incluso si Dios decide que no va a 
sanarme mientras yo esté en esta tierra, en el cielo jamás me ahogaré ni 
quedaré sin aire. El que revirtió la maldición del pecado, revertirá la del 
asma, la del cáncer y la de la enfermedad de Alzheimer. Tarde o temprano ya 
no habrá más dolor, no más enfermedad, no más muerte. Yo preferiría que 
fuera más temprano, pero aceptaré que sea más tarde. Porque las dos cosas 
son igualmente milagrosas.
Vino en sangre
El primer milagro es una sombra que anuncia al último.
En las bodas de Caná, Jesús convirtió el agua en vino. Y en la Última 
Cena, Jesús levantó una copa de vino y dijo: «Esto es mi sangre del pacto, 
que es derramada por muchos para el perdón de pecados»[13]. La noche 
antes de su crucifixión, Jesús convirtió una copa de vino común y corriente 
en un vaso de gracia sin fondo. Transformó el fruto de la vid en agente del 
perdón, por todo pecado cometido o por cometerse, desde Adán hasta el 
Apocalipsis.
En el antiguo sistema sacrificial de los judíos no había remisión de pecados 
si no había derramamiento de sangre[14]. Para revertir la maldición de una 
vez por todas hacía falta un sacrificio sin mancha, libre de pecado. Entonces, 
«Al que no cometió pecado alguno, por nosotros Dios lo trató como pecador, 
para que en él recibiéramos la justicia de Dios»[15]. Esa es la transformación 
suprema. La gracia es el solvente que blanquea la mancha roja del pecado y 
la deja tan limpia como la nieve. Sin lugar a dudas, ese es el milagro más 
grande de todos.
Cuando conmemoramos la Última Cena mediante la comunión, estamos 
peregrinando de regreso al pie de la cruz. Así es como, al igual que María, 
acudimos a Jesús. Podemos beber de la copa de bendición porque Él bebió la 
de la ira. Y la bebió hasta el final[16]. No debiéramos hacer menos que eso.
En una ocasión, visité una bodega mientras conducía por el Valle de Napa, 
porque me parecía que no podía perder la oportunidad de hacerlo mientras 
estaba allí. Lo que más recuerdo es haber visto a los seudosumillers aireando 
el vino en sus copas, para beber apenas un sorbito. Es exactamente la forma 
en que probamos apenas una muestra de la gracia de Dios. Bebemos como si 
la provisión de su gracia fuera menos que lo que contienen las copas que 
usamos para celebrar la Santa Cena. Jamás podremos embriagarnos con su 
amor de esa manera. Tenemos que beberlo todo. ¡Cadagota!
6
UN EMPUJONCITO SUAVE
Mujer, ¿eso qué tiene que ver conmigo? —respondió Jesús—. Todavía no ha llegado mi hora.
Juan 2.4
Cuando Jesús convirtió el agua en vino, transformó una recepción de bodas 
en su propia fiesta de presentación: las bodas de Caná también fueron su 
debut con los milagros. Los novios se convirtieron en extras, mientras Jesús 
asumía el rol protagónico. Sin embargo, fue una actriz de reparto la que tuvo 
un papel clave en esa escena tan trascendente. Si lees entre líneas en Juan 2, 
pareciera que María le da un empujoncito a su hijo y que Jesús se resiste a su 
madre. Ella quiere que Él suba al escenario, pero Jesús está esperando que su 
Padre le dé la orden. Las inflexiones emocionales son tan sutiles como lo son 
los cambios en la presión barométrica. Sin embargo, Jesús parece no haberse 
decidido y la pregunta es: ¿por qué?
Los estudiosos han debatido sobre esta pregunta, dándole vueltas en todas 
las direcciones posibles. Lo que pienso es lo siguiente: María no sabía que la 
ruta de los milagros era una calle de una sola vía que llegaba hasta la 
encrucijada del Calvario. Jesús sí lo sabía muy bien. Sabía que su primer 
milagro sería el disparador de la cuenta regresiva a la crucifixión. Y eso 
forma parte de lo que hace que su primer milagro sea tan notable. Es un 
subproducto de la confianza de Jesús en los instintos de alguien más. María 
tenía un sexto sentido que le indicaba que ese era su momento. Esa es una de 
las claves para decodificar el milagro.
Nueve de cada diez veces nos perdemos el milagro que tenemos frente, en 
la punta de los dedos, sencillamente porque estamos demasiado cerca de la 
situación. Necesitamos que alguien enfoque las luminarias sobre lo que está 
en nuestro punto ciego. ¡O que nos dé un codazo! La mayoría de los milagros 
requieren de un empujoncito. Necesitamos que nos den un codazo para que 
dejemos nuestras suposiciones, nuestra complacencia, nuestros miedos o 
fracasos a un lado. Eso nos ayuda a tener una relación de confianza con quien 
nos empuja o codea. Me cuesta confiar en personalidades de esas que van y 
vienen, por carismáticas que sean. No puedo confiar sencillamente porque no 
conozco a la persona, ni esta me conoce. Pero con un colateral en la relación, 
se reduce el riesgo del daño subsiguiente. Y María era quien tenía más 
relación colateral con Jesús.
A veces nos cuesta más creer en Dios en cuanto a un milagro para nosotros 
que en uno para alguien más. Por eso necesitamos tomar prestada la fe del 
banco de otra persona. Por cierto, no estoy sugiriendo que Jesús no creyera en 
sí mismo, sino que el empujoncito suave, ese codazo de su madre, fue el 
catalizador de aquel milagro.
¿A quién tendrías que darle un empujoncito suave?
Duck Commander
Tengo que confesar algo.
No veo muchos programas de telerrealidad en la televisión, pero Duck 
Dynasty me encanta. ¡En especial la oración en familia cuando van a cenar, al 
final de cada episodio! Hay algo en la ruda familia Robertson que hace que 
uno los quiera. Y el éxito de su compañía, Duck Commander, y el programa 
televisivo Duck Dynasty son tan absurdos que hasta se podrían calificar de 
milagrosos. Aunque todo tuvo su origen en un empujoncito.
El patriarca de la familia, Phil Robertson, se hallaba dirigiendo una 
operación de pesca comercial en el noroeste de Luisiana, a principios de la 
década de 1970. Vivía lo que había soñado, a pesar de que sabía que no era 
su vocación. Fue entonces que salió a cazar con su amigo Al Bolen. Y 
cuando pasó volando una bandada de patos, Phil los cazó con un silbido. Al 
dijo, inocentemente: «No los llamaste. Les diste la orden». Y ahí se abrió la 
puerta al futuro.
La idea de Duck Commander nació en el espíritu de Phil, en ese escondite 
para cazar patos en las afueras de Junction City, Arkansas. Pero para que se 
convirtiera en negocio, hizo falta otro empujoncito, de otro amigo. Fue 
Baxter Brasher quien observó que la mitad de la congregación de la iglesia 
White’s Ferry Road Church of Christ se acercaba a Phil después de cada 
servicio para preguntarle mil cosas sobre los silbatos para patos. Baxter no 
solo animó a Phil para que diseñara uno propio sino que utilizó su respaldo 
comercial personal como garantía para que Phil obtuviera un préstamo de 
veinticinco mil dólares. Cuando Phil le preguntó qué quería a cambio, Baxter 
contestó: «No quiero un centavo. Quiero saber que ayudé a alguien a empezar 
algo nuevo»[1].
¿A quién deberías darle un empujoncito?
Si buscas milagros es probable que no los encuentres. Si buscas a Dios, los 
milagros vendrán a tu encuentro. ¡Pero mientras tanto no olvides dar un 
empujoncito a alguien, cada vez que puedas!
Casi todos los milagros que aparecen registrados en las Escrituras nos 
muestran un elenco de actores de reparto. Los dos hombres ciegos se 
acompañaban mutuamente[2]. Al paralítico lo bajaron por un agujero que 
hicieron en el techo sus cuatro amigos[3]. Sin esos extras, el milagro no se 
da. ¿Y qué hay del chico con los cinco panes y los dos peces? Ni siquiera 
aparece su nombre en la lista de créditos, pero ¡tuvo sus quince minutos de 
fama! Fue el actor de reparto en uno de los más asombrosos milagros de 
Jesús[4].
Si quieres el papel protagónico, te perderás el milagro. Pero si aceptas ser 
un extra común y corriente, Dios hará algo extraordinario.
Arquitecto de diseño
En su brillante libro Nudge [Codazo] los escritores Richard H. Thaler y Cass 
R. Sunstein citan algunos fascinantes ejemplos de la forma en que los detalles 
menores, que parecen insignificantes, pueden tener un gran impacto en la 
conducta. El baño de hombres del Aeropuerto Schiphol de Ámsterdam es un 
buen ejemplo. Cuando el diseñador hizo el bosquejo de los urinales con 
fondo en forma de mosca común, las salpicaduras se redujeron en un ochenta 
por ciento. Según Aad Kieboom, que tuvo la idea, «Si un hombre ve una 
mosca, hará puntería con ella»[5].
Kieboom es lo que los autores del libro llaman un arquitecto de diseño. 
Aunque tal vez no nos veamos de esa manera, también nosotros lo somos. 
Porque ya sea en lo más grande o lo más pequeño, influimos los unos en los 
otros, de forma sutil o no tanto. A veces, algo tan simple como una sonrisa 
cambiará la atmósfera emocional, con un aire más positivo. Una palabra de 
aliento también puede cambiar por completo la dinámica relacional.
En el plano de las ventas, los arquitectos saben qué paleta de colores, qué 
diseño, qué disposición de los productos puede afectar de manera subliminal 
lo que sentimos, lo que decidimos comprar, y en qué gastamos nuestro 
dinero. El volumen y el ritmo de la música también afectan la duración de tu 
permanencia en una tienda. El color de un salón puede determinar el estado 
de ánimo, así como los distintos aromas pueden influir en cuánto pagará la 
gente por determinado producto.
Mi estudio preferido es el de los cines y el olor a palomitas de maíz, que es 
uno de los olores que más estimula la memoria porque consiste de una 
mezcla compleja de veintitrés compuestos. Mientras un grupo de control veía 
una película en un entorno que no había sido manipulado, otro grupo 
experimental veía la misma película en otra sala donde había olor a palomitas 
de maíz. El grupo experimental recordó hasta un diez, un veinte y en algunos 
casos un cien por ciento más cosas que el grupo de control. Los 
investigadores concluyeron que el olor a palomitas de maíz estimula la 
memoria, es un esteroide de la memoria. Durante años, he bromeado en 
cuanto a que el olor a palomitas de maíz es nuestro incienso en la 
congregación National Community Church, porque nos reunimos en salas de 
cine. Pero si el estudio está en lo cierto, ¡los de nuestra congregación quizá 
sean los que más recuerden los sermones en comparación con cualquier otra 
iglesia del país!
¿Es por casualidad que el mismo Dios que diseñó el bulbo olfativo con su 
capacidad natural para distinguir diez mil aromas distintos también le haya 
dado a Moisés una fórmula

Continuar navegando