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Milagres e Testemunhos de Fé

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Nada es Imposible para 
Dios 
Kathryn Kuhlman 
 
 
 
 
 
 
 
En estas páginas...usted conocerá los maravillosos, auténticos e inmensamente conmovedores 
testimonios de los cultos de milagros con Kathryn Kuhlman. Escritos por los protagonistas, estos 
relatos son testimonios irrefutables de la increíble transformación que Dios puede producir en 
cualquier persona que lo busque. Dios es un especialista cuando se trata de lo imposible, ¡y puede 
hacer cualquier cosa, menos fallar! 
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Kathryn Kuhlman 
 
3 Nada es Imposible para Dios 
Prólogo 
 
Un tributo a Kathryn Kuhlman yo creería que a esta altura todos la conocen. 
 
Durante casi un cuarto de siglo ella ha sido una vasija de Dios que ha hecho que 
la sanidad y la restauración fluyeran en las vidas de miles de seres humanos. 
Es amada y admirada por millones de personas y difamada solo por aquellos que 
no creen en la sanidad divina o por quienes no han hecho ningún esfuerzo por 
comprender a ella o a lo que ella representa. Pero yo la he visto entre bambalinas, 
antes de presentarse ante una multitud para expresar su ilimitada fe en Dios, y la 
he observado cuidadosamente. Una y otra vez decía: 
"Querido Dios, a menos que tú me unjas y me toques, yo no soy nada. Cuando la 
carne se interpone en el camino, yo no tengo ningún valor. Si tú no te llevas toda 
la gloria, yo no puedo salir a ministrar". 
 
Y de repente, sube a la plataforma. Es explosivo, casi increíble. No es tanto lo que 
dice, porque siempre es tan claro y simple como el estilo de predicación que 
usaba el mismo Señor Jesús. No lo comprendo, y ella tampoco; pero cuando el 
Espíritu comienza a moverse sobre ella, (y se siente repentinamente movida a 
desafiar el poder del diablo en el nombre de Jesús), comienzan a suceder los 
milagros. En todo lugar, todos, aun los más rígidos y dignos, caen postrados al 
suelo. Católicos y protestantes alzan las manos y adoran a Dios unidos... todo 
decentemente y con orden. El poder del Espíritu Santo cae sobre la gente como 
las olas del océano. Los representantes de los medios televisivos pronto 
comprendieron que ella no era falsa, ni una fanática. Conocían personas que 
habían sido tocadas por su ministerio. Su sabiduría divina y su capacidad no 
tenían igual. No es rica, ni está aferrada al materialismo. ¡Lo sé! Ella 
personalmente reunió y entregó a Teen Challenge el dinero necesario para 
construir en nuestra granja un lugar para la rehabilitación de adictos. Sus 
oraciones han traído el dinero necesario para construir iglesias en países 
subdesarrollados de todo el mundo. Ha apoyado la educación de niños poco 
capacitados y también otros jóvenes superdotados han recibido su amor y su 
cuidado. Ha entrado conmigo a los guettos de Nueva York y ha impuesto sus 
manos cariñosas sobre sucios adictos. Nunca dudó ni se echó atrás: su 
preocupación era genuina. ¿Cuál es la razón por la que hago este tributo? ¡Porque 
el Espíritu Santo me indicó que lo hiciera! Ella no me debe nada, y yo no le pido 
nada más que el mismo amor y respeto que me ha mostrado durante años. 
 
Pero muchas veces damos tributo únicamente a los muertos. Ahora, pues, a una 
gran mujer de Dios que ha tocado tan profundamente mi vida y las vidas de 
millones de personas más, ¡te amamos en el nombre del Señor! La historia dirá 
sobre Kathryn Kuhlman: Su vida y su muerte dieron gloria a Dios. 
DAVID WILKERSON, autor de La cruz y el puñal. 
 
 
 
 
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Kathryn Kuhlman 
 
4 Nada es Imposible para Dios 
CAPÍTULO 1 
EL QUE LLEGO TARDE 
Tom Lewis 
 
Tom Lewis, coronel retirado del Ejército, es uno de los productores de películas 
más conocidos de Hollywood. Su lista de créditos en Quién es quién en América 
cubre tanto espacio como las medallas sobre su pecho. Fue el productor fundador 
del Screen Guild Theatre; fundador del Servicio de Radio y Televisión de las 
Fuerzas Armadas Estadounidenses, del cual fue comandante durante toda la 
Segunda Guerra Mundial; y creador y productor ejecutivo de "El Show de Loretta 
Young". Como regente de la Universidad Loyola ha recibido numerosos premios 
por excelencia en producciones televisivas, tanto en el país como de las fuerzas 
armadas estadounidenses establecidas en todo el mundo. Devoto católico 
romano, se cuenta ahora entre el creciente grupo de quienes se llaman "católicos 
carismáticos". 
 
El invierno pasado, mi hijo (joven director de películas), y un productor de su 
misma edad pensaban realizar un programa especial de TV sobre la "gente de 
Jesús". Acepté escribir la presentación, pero a regañadientes. Dado que los 
"Niños de Jesús" eran jóvenes también, yo pensaba que mi hijo y su socio 
deberían emplear para toda gente de similares edades. 
Mi investigación preliminar sobre los jóvenes acerca de los cuales deseaba saber 
más, generó en mí gran interés y respeto por ellos. Muchos habían salido del 
infierno de la drogadicción a través de una fe renacida en Jesucristo. En este 
momento yo aún no había estudiado la motivación religiosa del movimiento. Sin 
embargo, desde el punto de vista humano, no pude menos que sentirme tan 
impresionado por su sinceridad como asombrado y pasmado ante su manera tan 
familiar de hablar sobre Jesús, como si Él estuviera allí mismo con ellos. 
Siempre me había considerado un hombre razonablemente religioso, que 
disfrutaba de la vida sacramental de la Iglesia Católica Romana. Yo no iba por ahí 
refiriéndome a Jesucristo como si me encontrara con Él personalmente con 
frecuencia. En realidad, muy rara vez lo mencionaba por su nombre. Pensaba que 
era mejor evitar el trato muy personal y prefería una referencia más reservada, 
como "mi Señor", o "el buen Señor". 
Como parte de mi tarea, se me pidió que estudiara el ministerio de Kathryn 
Kuhlman, una persona muy estimada por "la gente de Jesús". La señorita 
Kuhlman venía una vez por mes al auditorio Shrine de Los Ángeles para realizar 
un culto de milagros. Pedí dos asientos, en la sección del centro, sobre el pasillo, 
cerca del frente. Sin embargo, aparentemente no era así como se obtenían las 
entradas. Había que hacer una fila y arriesgarse a ver si se conseguía la ubicación 
deseada. La capacidad del auditorio era de 7.500 personas, y me dijeron que 
algunas veces trataba de entrar el doble de esa cantidad de gente. Esto me dejó 
pasmado, y me temo que esa sensación continuó durante cuatro o cinco meses, 
ya que fue ese el tiempo que tuve que esperar hasta poder llegar a formar la fila. 
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Kathryn Kuhlman 
 
5 Nada es Imposible para Dios 
El día que llegué a ese lugar era irrazonablemente cálido para el mes de marzo, 
aun en la soleada California. Salí de la autopista en la calle Hoover para evitar el 
tránsito de la zona cercana al auditorio. Normalmente esa zona del centro de la 
ciudad estaría casi desierta un domingo. Pero mientras me aproximaba al estadio, 
todos los lugares destinados para estacionar y las calles estaban ocupadas. Los 
autobuses llegaban uno tras otro a la entrada principal, donde descargaban sus 
pasajeros. Algunos tenían carteles que decían "charter"; otros tenían el nombre de 
sus puntos de origen. Recuerdo uno que decía "Santa Bárbara", y otro, "Las 
Vegas". Para mi asombro, había uno, lleno de polvo, que tenía un cartel que 
decía: "Portland, Oregon"... vaya viajecito que habían hecho solamente para asistir 
a un culto de milagros de Kathryn Kuhlman. Me pregunté qué sería lo que la 
señorita Kuhlman daría allí adentro. No podía ser comida; había demasiadas 
personas. Tampoco podía ser un bingo... ¿cómo manejar 7.500 tarjetas de bingo? 
 
Una larga fila de personas en sillas de ruedas avanzaba por la calle Jeferson hacia 
una entrada lateral, por la cual eran inmediatamente admitidas. Algo similar 
sucedía con un gran grupo de hombres y mujeres con himnarios en las manos; 
aparentemente eran los miembros del coro. También había muchos con cuellosde 
sacerdotes y mujeres vestidas sobriamente. Me pregunté qué estarían haciendo 
allí todos esos sacerdotes y monjas. 
Encontré una estación de servicio donde estacioné mi auto, y luego me sumé a los 
miles de personas que esperaban ante la entrada principal del estadio. Mi reloj 
marcaba las once en punto. Las puertas se abrieron a la una. Normalmente, yo no 
hubiera esperado tanto tiempo por nada, ni siquiera por la segunda venida. Pero 
pronto comprendí que esa era una definición apresurada. 
Comenzó a reunirse una gran cantidad de gente detrás de mí, y me encontré 
cerca del centro de una gran multitud. Esto me dio una ligera sensación de 
claustrofobia, por lo que me concentré en tomar notas mentales con las cuales 
construiría mi presentación: gran multitud, muy ordenada; varios jóvenes que 
respondían a las características de los "Niños de Jesús". 
Estos jóvenes tendían a formar grupos, como islas en un mar de cuerpos. 
Cantaban mientras esperaban, no muy fuerte, no necesariamente para que otros 
los oyeran; ni siquiera actuaban como si tuvieran mucha conciencia de la 
presencia de los demás. Cantaban en forma bastante quieta y meditativa. Esto me 
pareció extraño, inusual. Me recordaba a un grupo de cristianos 
coptos que vi una vez en Roma, orando en forma audible pero no al unísono, 
independientemente de los demás, pero juntos. 
Ahora la cantidad de gente había aumentado mucho, verdaderamente, y alguien 
que estaba adentro se compadeció de nosotros. Las puertas se abrieron unos 
veinte minutos antes de la una. Las personas que estaban detrás de mí se 
lanzaron hacia adelante, y me empujaron más allá de la entrada. Esto me 
sorprendió, porque tenía la mano en la billetera, listo para pagar mi boleto. 
Una señora que estaba justo detrás de mí lo vio, y rió. "Aquí, el dinero no lo llevará 
a ninguna parte", dijo. "Pero si le quema en el bolsillo, habrá una ofrenda 
voluntaria más tarde." 
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6 Nada es Imposible para Dios 
Así se comportaba toda la gente: en orden, no festiva, como la multitud que 
asistiría a un partido en el estadio, bastante quieta, no muy comunicativos unos 
con otros, aunque amistosos, cuando se daba la ocasión para charlar. 
Encontré un asiento bastante atrás y hacia el costado. 
La plataforma, brillante y muy iluminada, estaba llena de actividad. Hombres y 
mujeres con himnarios en las manos buscaban sus lugares en una especie de 
gradas que ocupaban todo el espacio. A ambos lados había dos grandes pianos. 
Parecía que había cientos de personas en el coro, pero así como entre el resto de 
la gente, no había desorden ni confusión. A pesar del constante movimiento 
debido a los que llegaban tarde, el coro seguía cantando como si estuviera en una 
silenciosa catedral. El director, un hombre delgado, blanco y de aspecto 
aristocrático, guiaba el ensayo con precisión e incuestionable autoridad. 
Una anciana de aspecto encantador se sentó a mi derecha. Por la atención que 
me prestó a mí o a los miles de personas que la rodeaban, era como si estuviera 
sola en la Capilla de Nuestra Señora de la Catedral de San Patricio. Tenía una 
Biblia abierta sobre su regazo, y algunas veces la leía en silencio. 
La Biblia parecía el equipamiento común de muchos de los presentes. Dos 
jóvenes sentados detrás de mí tenían Biblias, pero no las leían. 
Simplemente tarareaban o cantaban las letras de los himnos que el coro ensayaba 
en la plataforma. Eso no me gustó. Nunca me han gustado los teatros o conciertos 
o cines en los que participa la gente, sobre todo cuando no se les solicita 
especialmente que lo hagan. Pero iba a escuchar mucho más de estos jóvenes. 
Mientras tanto, las .luces brillantes sobre la plataforma bajaron un poco, y se les 
añadió color. Los colores pastel de los vestidos de las mujeres del coro hacían un 
agradable contraste con el azul del telón curvo que rodeaba todo. 
Una vez terminado el ensayo, el coro comenzó a cantar según el programa. La 
mayoría de los himnos eran conocidos y muy queridos: "Cuán grande es él", 
"Sublime Gracia". Los cantantes eran excelentes; más tarde supe que provenían 
de iglesias de todas las denominaciones de la zona de Los Ángeles. 
Sin interrupción, el coro comenzó a cantar "Él me tocó". Sentí que una tensa 
expectativa se apoderaba de la gente. La luz de un spot se concentró en un área a 
la derecha del público. Todos se pusieron de pie y aquí y allá algunas personas 
empezaron a aplaudir. La señorita Kuhlman, una figura frágil y delgada vestida con 
un encantador vestido blanco, subió a la plataforma, cantando con el coro. Se 
acercó a una pila de parlantes a la derecha del centro del escenario, tomó un 
micrófono colgante que se colocó alrededor del cuello, y sin detenerse, dirigió al 
público en el coro de "Él me tocó", enérgicamente, varias veces, y finalmente en 
forma decreciente. Luego, sin explicar ni una palabra, continuó con "Es el Salvador 
de mi alma". El público y Kathryn Kuhlman parecían concordar en que estos 
himnos eran especiales para ella. Sin explicaciones, una vez, más, comenzó a 
orar en voz alta. La gente se quedó de pie, con las cabezas inclinadas, siguiendo 
su oración en silencio. 
Supe entonces qué era lo que había sido distinto en el canto de esas "islas" de 
jóvenes que esperaban fuera del auditorio; qué era eso tan especial en el canto de 
ese gran coro que estaba sobre la plataforma. Estaban cantando, sí, pero era más 
que cantar. No estaban actuando; estaban adorando. Y la gente del público 
reaccionaba de forma diferente. No eran públicos, eran una congregación. 
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Kathryn Kuhlman 
 
7 Nada es Imposible para Dios 
Cantaban a una voz con el coro, cuando se les indicaba. Oraban al unísono con la 
señorita Kuhlman. Esto no era un show; era una reunión de oración. No sé cómo 
me sentí en ese momento; probablemente impresionado, y complacido por haber 
hecho un descubrimiento interesante. 
Pronto descubrí otra cosa, sin embargo, que me sorprendió mucho. Una y otra 
vez, los jóvenes que estaban sentados detrás de mí gritaban "Amén", y "Alabado 
sea Dios", aparentemente en respuesta a una oración o a una afirmación. Muchos 
otros en el lugar hacían lo mismo. Otros levantaban las manos en un gesto de 
súplica que relacioné con la posición de las figuras bíblicas que se representan en 
los vitrales. "Ya me imagino adónde terminará todo esto", pensé, y 
automáticamente empecé a buscar la salida más cercana. 
Una de las cosas que más me molestaba era un joven que estaba en una de las 
filas superiores del coro. Estuvo casi todo el culto con las manos en alto. Este 
debe de ser "el" milagro del culto de milagros, pensé. Ningún sistema circulatorio 
puede soportar la tensión de una postura como esa durante mucho tiempo. 
Seguramente sus brazos caerían a plomo en poco tiempo. 
Pero después me olvidé de él; me olvidé de todos. Como la señora que estaba 
sentada a mi lado, era como si estuviera en una capilla remota, excepto, tal vez, 
por una Presencia que normalmente no se siente en un auditorio tan grande. 
Sí, era eso. Había una Presencia allí, y era por eso que esta multitud de tantos 
miles de personas se quedaba tan callada por momentos, que yo podía escuchar 
el sonido de mi propia respiración. Era por eso que se perdía la noción del tiempo. 
Había algo diferente allí; había amor, específico y real. Sí, y más que amor, estaba 
esa Presencia. Recordé las palabras de una canción de los Niños de Jesús: 
"Sabrán que somos cristianos por nuestro amor, por nuestro amor. Sabrán que 
somos cristianos por nuestro amor". 
Comenzaron las "sanidades": dos en la fila cerca de donde yo estaba. Los vi antes 
de que la señorita Kuhlman los llamara. Vi la expresión maravillada de quienes 
eran sanados, después su incredulidad, la comprensión del hecho y su felicidad. 
Había muchas, muchas sanidades en la plataforma en ese momento. Algunos se 
levantaban de las sillas de ruedas. Una monja paralítica caminó; hacía años que 
nopodía hacerlo. Vi gratitud en los que fueron sanados, un agradecimiento tan 
palpable que casi podía tocarse. Los drogadictos eran liberados, y en la evidencia 
de sus rostros transformados, luminosos, vi renacimientos interiores y 
regeneraciones morales. 
Perdí la cuenta de lo que vi, porque en algún punto desconocido para mí, dejé de 
ver y comencé a sentir. Sentí en lo más profundo de la conciencia que poseo. 
Comprendí que participaba de una conversación, la más asombrosa, desnuda, 
honesta conversación de mi vida. Estaba hablando con Dios. En algún lugar desde 
mi interior, estaba contándole a Dios cosas que nunca había sabido antes, o que 
no había podido o querido admitir. 
A pesar de toda la evidencia de mi carne, de los hechos visibles y aparentes de mi 
ajetreada vida, el amor y la compañía de mis hijos y sus amigos, mis propios 
amigos, que eran muchos, mis intereses en el mundo, mis hobbies, a pesar de 
toda esa evidencia, le estaba diciendo a Dios que estaba inquieto y solo. 
Profunda, desesperadamente solo. No de gente, ni de cosas. Tenía mucho de 
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8 Nada es Imposible para Dios 
eso. Le dije a Dios que estaba vacío. Entonces me invadió la emoción más fuerte 
que haya experimentado jamás: hambre. Un hambre salvaje, rudo, primitivo. 
Vi que la plataforma y los pasillos estaban llenos de gente. La señorita Kuhlman 
invitaba a aquellos que querían a Cristo en sus vidas a que pasaran adelante, 
reconocieran sus pecados, recibieran a Jesús como su Salvador personal, y se 
entregaran completa e irrevocablemente a Él. 
Los seguí. Me metí entre ellos. Yo, el que no participaba, el que se había hecho 
solo, el sofisticado. Yo estaba tomando ese compromiso, y lo hacía 
sorprendentemente consciente de todo lo que significaba y de la responsabilidad 
que asumía. Le pedí a Dios que me librara de temer a esto. Lo ha hecho. 
Esa noche, mientras volvía en mi coche a mi pequeña ciudad de Ojai, lloré. Lloré 
durante todo el camino. No me sentía ni triste ni feliz; me sentía... limpio. 
Durante la noche me desperté y sentí que comprendía instantánea y plenamente 
lo que había sucedido. Me reconsagré a Cristo, observé que no dudaba ni temía a 
este compromiso, y me dormí profundamente una vez más, sin soñar. 
Bien entrada la mañana siguiente, fui caminado desde mi hogar en el campo hasta 
la pequeña ciudad de Ojai. Me sentía bien, descansado y en paz. Las emociones 
del día anterior ya habían quedado atrás. Pasé junto a la capilla a la que solía 
asistir, una capillita de estilo colonial español ubicada en la calle principal. Era la 
época de Cuaresma. Eran aproximadamente las 11:30, y yo sabía que debía de 
estar celebrándose la misa. 
 
Así era. Llegué a tiempo para la celebración eucarística a la que comúnmente 
llamamos Santa Comunión. Fui hacia el altar automáticamente, y dado que solo 
había seis u ocho personas presentes, recibimos la Santa Eucaristía en ambas 
especies, pan y vino. En vez de volver a la parte de atrás de la capilla, me arrodillé 
en el primer banco. 
Fue bueno que lo hiciera. Lo que yo había tomado en mi cuerpo no era pan y vino, 
no era un símbolo, no era un recuerdo. Era el Cuerpo y la Sangre de Cristo, y 
resultado en mí fue el más profundo conocimiento de la real presencia de Cristo. 
Fue una experiencia de gran e inexpresable gozo, y mi cuerpo se estremeció 
violentamente debido al esfuerzo que realizaba para contenerlo. 
Jesús, el Cristo, estaba allí conmigo, y cada célula de mi cuerpo era testigo de que 
Él era real. Descansé mi cabeza en los hombros y por un momento el tiempo 
quedó en suspenso. 
Dios vive. Dios vive verdaderamente, y se mueve entre nosotros, y exhala su 
Santo Espíritu sobre nosotros. Y por mérito de la sangre derramada por nosotros 
por su divino Hijo, Él nos prepara todo lo que nos espera en este mundo de dolor... 
y más allá. 
¡Alabado sea Dios! 
 
 
 
 
 
 
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9 Nada es Imposible para Dios 
CAPÍTULO 2 
NO HAY ESCAZES EN EL DEPOSITO DE DIOS 
Capitán John LeVrier 
Recuerdo la primera vez que estuve cara a cara frente al capitán LeVrier. Todo un 
policía, y todo un diácono bautista. Estaba en una situación crítica. Desesperado, 
había volado desde Houston hasta Los Ángeles. Pero dejemos que él mismo 
cuente su historia. 
Soy policía desde que tenía veintiún años. En 1936 comencé en el Departamento 
de Policía de Houston, y llegué a ser capitán de la División Accidentes. En todos 
esos años jamás estuve enfermo. Pero en diciembre de 1968 me hice un examen 
físico, y todo cambió. 
Yo conocía al doctor Bill Robbins desde que él era un interno y yo era un novato 
en mi profesión. Cuando comencé mi carrera, él solía acompañarme en el auto de 
la patrulla. Luego de lo que yo pensaba que era un examen físico de rutina en su 
consultorio en el Sanatorio Saint Joseph, el doctor Robbins se quitó los guantes de 
goma y se sentó en el borde del escritorio. Sacudió la cabeza. "No me gusta lo 
que encontré, John", dijo. "Quiero que veas a un especialista." 
Lo miré de reojo mientras terminaba de ajustar mi camisa en el pantalón y 
aseguraba mi cinturón con el arma. "LUn especialista? ¿Para qué? Me duele un 
poco la espalda, pero a qué policía...?" 
Él no me escuchaba. "Voy a enviarte a ver al doctor McDonald, un urólogo del 
sanatorio." 
Yo sabía que era mejor no discutir. Dos horas después, luego de un examen aún 
más cuidadoso, escuchaba a otro médico, el doctor Newton McDonald. Él no trató 
de suavizar las cosas. "¿Cuándo puede internarse, capitán?" 
"¿Internarme?" Detecté un poco de temor en mi voz. 
"No me gusta lo que encuentro", dijo deliberadamente. "Su próstata tendría que 
ser del tamaño de una pequeña nuez, pero está grande como un limón. La única 
forma de averiguar qué es lo que anda mal es hacer una biopsia. No podemos 
esperar. Usted debería internarse, como máximo, mañana por la mañana." 
Fui directo a casa. Luego de la cena, Sara Ann mandó a los niños a la cama. John 
tenía solo cinco años; Andrew, cinco, y Elizabeth, nueve. Entonces le di la noticia. 
Ella escuchó en silencio. Habíamos sido felices juntos. "No lo pospongas, John", 
dijo con voz calma. "Tenemos mucho porqué vivir." 
Apoyándome contra el borde de la mesada de la cocina, la miré. Era tan joven, tan 
bonita. Pensé en nuestros tres hermosos hijos. Ella tenía razón, yo tenía mucho 
porqué vivir. Esa noche llamé a mi hija Loraine, que está casada con un pastor 
bautista en Springfield, Missouri. Me prometió que le pediría a su iglesia que orara 
por mí. 
Tres noches después, luego de extensos exámenes (incluyendo la biopsia), yo 
estaba sentado en mi cama en el hospital, comiendo la cena, cuando la puerta de 
la habitación se abrió. Era el doctor McDonald con uno de los médicos del 
hospital. Cerraron la puerta y acercaron dos sillas a mi cama. Yo sabía que los 
médicos generalmente están muy ocupados y no tienen tiempo para charlas 
sociales, y comencé a sentir que mi pulso se aceleraba. 
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Kathryn Kuhlman 
 
10 Nada es Imposible para Dios 
El doctor McDonald no me dejó especular demasiado. "Capitán, me temo que 
tenemos malas noticias." Hizo una pausa. Era difícil para él pronunciar estas 
palabras. Esperé, tratando de mantener los ojos fijos en sus labios. "Usted tiene 
cáncer." 
Vi cómo sus labios se movían formando la palabra, pero mis oídos se negaron a 
registrar el sonido. Una y otra vez, podía ver cómo se formaba la palabra en sus 
labios. Cáncer, así, simplemente. Un día soy fuerte como un buey, un veterano 
con treinta y tres años de servicio en la Policía. Al otro día, tengo cáncer. 
Pareció que pasaba una eternidad hasta que pude contestar. "Bien, ¿qué 
hacemos? Supongo que tendrá que extirparlo." 
"No es tan simple", dijo el Dr. McDonald, aclarándose la garganta. "Es maligno, y 
está demasiado avanzado para que podamos manejarlo aquí. Lo derivaremos a 
los médicos del Instituto del Cáncer M.D. Anderson. Ellos sonfamosos en todo el 
mundo por sus investigaciones en el tratamiento de esta enfermedad. Si alguien 
puede ayudarlo, son ellos. Pero no se ve muy bien, capitán, y mentiríamos si le 
diéramos alguna esperanza sobre el futuro." 
Ambos doctores fueron muy compasivos. Yo me daba cuenta de que estaban 
conmovidos, pero sabían que yo era un policía veterano, y querría conocer los 
hechos. Me los hicieron saber, francamente, pero con la mayor suavidad posible. 
Luego se fueron. 
Me senté, mirando la comida que se enfriaba en la bandeja. Todo parecía sin vida: 
el café, el bife a medio comer, la compota de manzanas. Aparté todo de mí y me 
senté a un costado de la cama. Cáncer. Sin esperanzas. 
Caminé hacia la ventana y miré afuera, a la ciudad de Houston, que yo conocía 
como la palma de mi mano. Ella también tenía cáncer; estaba llena de delitos y 
enfermedades, como cualquier gran ciudad. Durante un tercio de siglo yo había 
trabajado, tratando de detener el avance de ese cáncer, pero era una tarea 
interminable. El Sol se estaba ocultando, y sus rayos moribundos se reflejaban en 
las torres de las iglesias por sobre los techos. Nunca lo había notado antes. 
Houston parecía estar llena de iglesias. 
Yo era miembro de una de ellas, la Primera Iglesia Bautista de Houston. En 
realidad, era un activo diácono de mi iglesia, aunque mi fe personal no era mucha. 
Algunos amigos míos bromeaban diciendo que yo era de la misma clase de 
bautista que Harry Truman: de los que bebían, jugaban al póker y maldecían. 
Aunque yo había escuchado a mi pastor predicar poderosos sermones sobre la 
salvación, nunca había tenido ninguna victoria en mi vida personal. Era diácono 
por mi posición en la comunidad, más que por mi calidad espiritual. Aquí estaba yo 
ahora, cara a cara con la muerte, desesperado por hallar algo a qué aferrarme. 
Pero al poner los pies en el agua, no había fondo. Sentía como si me estuviera 
hundiendo. 
Miré hacia abajo desde el noveno piso. Sería fácil saltar desde la ventana. Yo 
había visto morir de cáncer a algunas personas, con sus cuerpos carcomidos por 
la enfermedad. Cuánto más fácil sería terminar con todo ahora. Pero algo que 
Sara había dicho había quedado grabado en mi mente: "Tenemos mucho porqué 
vivir..." 
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11 Nada es Imposible para Dios 
Volví a la cama y me senté en el borde, mirando en lo profundo de esa gran nube 
gris y negra que parecía estar cerrándose sobre mí. ¿Cómo decirle a ella, y a los 
niños, que iba a morir? 
Al día siguiente vinieron los médicos del Instituto M. D. Anderson. Hubo más 
exámenes. El doctor Delclose, que estaba a cargo de mi caso, fue realmente 
honesto conmigo. "Lo único que puedo decirle es que será mejor que se prepare 
para ver a muchísimos médicos", me dijo. 
"¿Cuánto tiempo me queda?", pregunté. 
"No puedo darle ninguna esperanza", dijo francamente. "Quizá un año, quizá un 
año y medio. El cáncer está muy extendido en toda la zona baja del abdomen. La 
única forma en que podemos tratarlo es con grandes dosis de radiación, lo cual 
significa que al mismo tiempo mataremos muchos tejidos sanos. Pero si queremos 
prolongar en algo su vida, debemos comenzar ya." 
Firmé la autorización, y comenzaron el tratamiento con cobalto ese mismo día. 
Yo creía en la oración. En la Primera Iglesia Bautista orábamos todos los 
miércoles por los enfermos. Pero siempre iniciábamos nuestra oración por sanidad 
con las palabras: "Si es tu voluntad, sánalo..." Así me habían enseñado. Yo no 
sabía nada sobre orar con autoridad, la clase de autoridad que tenían Jesús y los 
discípulos. Realmente yo creía que Dios podía curar a la gente, pero no creía que 
Él hiciera milagros en la actualidad. 
Por lo tanto, cuando fui a que me hicieran el tratamiento con rayos, con el cuerpo 
rasurado y marcado con un lápiz azul como si fuera una res lista para el cuchillo 
del carnicero, la única oración que hice fue: "Señor, que esta máquina haga lo que 
debe hacer". 
Ahora bien, esta no es una mala oración, ya que la máquina estaba hecha para 
matar células cancerosas. Por supuesto, los médicos trataban de evitar que la 
radiación afectara otros órganos, así que yo estaba marcado al milímetro. El 
cáncer estaba en la zona de la próstata y debía ser tratado desde todos los 
ángulos, así que la gigantesca máquina que irradiaba cobalto rodeaba la mesa, y 
la radiación penetraba en mi cuerpo desde todos los ángulos. 
Los tratamientos diarios duraron seis semanas. Fui dado de alta en el hospital y se 
me permitió volver al trabajo, aunque debía volver todas las mañanas para recibir 
la dosis. 
Habían pasado cuatro meses desde que se había diagnosticado mi enfermedad. 
Se acercaba la Pascua, y Sara comentó que parecía que iba a ser mejor que la 
Navidad. Quizá el cobalto había logrado su objetivo. O, mejor aún, quizá los 
médicos se habían equivocado. Entonces, ciento veinte días después del primer 
diagnóstico, llegó el dolor. 
Era un viernes al mediodía. Yo le había prometido a Sara que nos encontraríamos 
en el pequeño restaurant donde solíamos reunirnos para almorzar. Ella ya había 
llegado. Yo sonreí, apoyé mi gorra de policía en el alféizar de la ventana, y me 
senté junto a ella. Mientras lo hacía, sentí como si hubiera sido apuñalado con una 
daga al rojo vivo. El dolor atravesaba mi cadera derecha en terribles espasmos. 
No podía hablar, solo podía mirar a Sara en una muda agonía. Ella me tomó del 
brazo. 
"John", susurró. ".Qué sucede?" 
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Kathryn Kuhlman 
 
12 Nada es Imposible para Dios 
El dolor se disipó lentamente, dejándome tan débil que apenas podía hablar. Traté 
de contarle; entonces, como la marea que retorna a la orilla, el dolor volvió. Era 
como fuego en los huesos. Mi rostro brillaba de transpiración y tiré del cuello para 
aflojar mi corbata. La camarera que había venido a servirnos notó que algo 
andaba mal. "Capitán LeVrier," dijo, preocupada, ".está usted bien?" 
"Estaré bien", dije finalmente. "Es que tuve un dolor repentino." 
Decidimos no comer. En cambio, fuimos directamente al hospital, y el doctor 
Delclose ordenó inmediatamente nuevas radiografías. Mientras me preparaban, 
puse la mano sobre la cadera derecha y sentí la hendidura. Era del tamaño de una 
moneda grande y parecía un hueco bajo la piel. Los rayos X mostraron lo que era: 
el cáncer había hecho un hueco que atravesaba la cadera. Solo la piel cubría la 
cavidad. 
"Lo siento, capitán", dijo el médico. "El cáncer se está extendiendo como lo 
esperábamos." 
Luego, en un tono mesurado, concluyó: "Comenzaremos nuevamente las 
aplicaciones de cobalto, y haremos todo lo posible para que el tiempo que le 
queda sea lo menos doloroso posible." 
Los viajes diarios al hospital comenzaron otra vez. Sara trataba de mantenerse en 
calma. Ella había trabajado en el Departamento de Policía antes de que nos 
casáramos, y había estado expuesta a la muerte muchas veces. Pero esto era 
diferente. Yo no lo sabía entonces, pero los médicos le habían dicho que 
probablemente yo no tuviera más de seis meses de vida. 
Seguí trabajando, aunque cada vez estaba más débil. Era difícil saber si era 
debido al cáncer o al cobalto. Una tarde Sara me recogió al salir del trabajo y me 
dijo: "John, he estado pensando. Hace bastante que estoy fuera de circulación. 
¿Qué dirías si vuelvo a trabajar?" 
"Ya tienes trabajo", le dije, en tono de broma, "solamente cuidando de los niños. 
Yo ganaré el pan para esta casa. Todavía me quedan muchas millas por recorrer." 
"Sigues siendo el policía duro, ¿no?", dijo ella. "Bien, yo también soy dura. Voy a 
inscribirme en la facultad." 
Comencé a comprender lo que ella estaba haciendo: estaba poniendo las cosas 
en orden. Era hora de que yo hiciera lo mismo. Pero antes de que pudiera, hubo 
una novedad. Cirugía. 
"Es la única forma de mantenerlo vivo", dijo la cirujana. "Este tipo de cáncer se 
alimenta de hormonas. Vamos a tener que redirigir el curso de las hormonas en su 
cuerpo por medio dela cirugía. Si no lo hacemos, realmente le quedará poco 
tiempo." 
Acepté la operación, pero antes de los ciento veinte días el cáncer apareció 
nuevamente en la superficie, esta vez en la columna. 
Me di cuenta por primera vez una tarde de domingo, en junio. Sara se había 
llevado a los niños a un picnic de la Escuela Bíblica de Vacaciones, y yo estaba en 
casa, tratando de trasplantar una plantita a un cantero. Estaba tan débil que me 
resultaba difícil inclinarme, pero pensé que el ejercicio me haría bien. Había 
cavado un pequeño hoyo en la tierra, y cuando me incliné para tomar la plantita, 
un dolor como si me hubieran aplicado un rayo de mil voltios me paralizó la región 
baja de la espalda. Caí hacia adelante en la tierra. 
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13 Nada es Imposible para Dios 
Nunca había imaginado que podía existir un dolor tan terrible. No había nadie a mi 
alrededor para ayudarme, así que arrastrándome, un poco a gatas, un poco sobre 
el estómago, subí los escalones y entré en la casa. Entonces, por primera vez, me 
rendí. Tirado allí en el piso, en la casa vacía, lloré y gemí sin control. Había estado 
reprimiéndolo por Sara y los niños, pero esa tarde, con la casa vacía, me quedé 
allí llorando y gimiendo hasta que el dolor finalmente se disipó. 
 
A esto le siguió una nueva serie de aplicaciones de cobalto y más miradas 
desesperanzadas de los médicos. Había recibido mi sentencia de muerte. 
El cáncer lo destruye a uno desde adentro, y yo no era el único en la familia que lo 
había sufrido. Los esposos de mis dos hermanas, que también vivían en Houston, 
habían muerto de cáncer. Ambos tenían aproximadamente cincuenta años, como 
yo. Parecía que ahora era mi turno. Era hora de terminar de poner mis cosas en 
orden. 
Siempre había querido tener un gran auto antiguo. En un impulso de derroche, 
compré un Cadillac que solo tenía tres años de uso. Cuando terminó el verano, 
metimos a toda la familia en el auto y partimos en lo que yo creí que serían mis 
últimas vacaciones. Quería que fuera especial para los niños. Años antes, había 
viajado por la costa noroeste del Pacífico, y ahora quería que Sara y los niños 
conocieran esa parte del mundo que había significado tanto para mí: el recorrido 
del río Columbia, el monte Hood, la costa de Oregon, lago Louise, Yellowstone y 
las Montañas Rocosas. Los niños no lo sabían, pero Sara y yo creíamos que sería 
nuestros últimos veranos juntos, como familia. 
Volví a Houston para tratar de atar algunos cabos sueltos. Pero cuando la vida 
está deshecha más allá de toda posibilidad de arreglo, es imposible recoger los 
trozos. Lo único que puede hacerse es dejarlos sueltos y esperar el final. 
Un sábado por la mañana, a comienzos del otoño, entré a la casa y encendí la TV. 
Nuestro pastor de la Primera Iglesia Bautista, John Bisango, tenía un programa 
llamado "Tierras Altas". John había venido a Houston de Oklahoma, donde su 
iglesia había sido reconocida como la iglesia más evangelística de la Convención 
Bautista del Sur. Lo que había sucedido en Oklahoma estaba comenzando a 
darse también en Houston, mientras este dinámico y joven pastor daba vuelta la 
iglesia. Yo estaba muy entusiasmado con su ministerio. 
Demasiado débil para levantarme, me quedé echado en la silla mientras terminaba 
ese programa y comenzaba otro. "Yo creo en milagros", dijo la voz de una mujer. 
Miré a la pantalla. No me impresionaba; muy pocos bautistas se sentirían 
impresionados por una mujer que predica. Pero a medida que avanzaba el 
programa y esta mujer, Kathryn Kuhlman, hablaba de maravillosos milagros de 
sanidad, algo dentro de mí se encendió. "¿Será real esto?", pensé. 
El programa terminó, y comenzaron a pasar los créditos en la pantalla. De 
repente, vi un nombre conocido: Dick Ross, productor. 
Yo conocía a Dick; lo conocía desde 1952, cuando él estaba en Houston 
trabajando con Billy Graham en la producción de "Oiltown, USA". En realidad, yo 
había tenido un pequeño papel en esa película, y a partir de allí me convertí en 
amigo de Billy Graham y su equipo, y me hacía cargo de la seguridad cada vez 
que venían a Houston. Y ahora veía el nombre de Dick Ross relacionado con esta 
predicadora que hablaba de milagros de sanidad. 
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14 Nada es Imposible para Dios 
Yo me había mantenido en contacto con Dick a través de los años. Toda vez que 
iba a California por razones de trabajo, lo buscaba. Lo había visitado en su hogar y 
hasta había asistido a su clase de escuela dominical en la iglesia presbiteriana. 
Tomé el teléfono y lo llamé. 
"Dick, acabo de ver el programa de Kathryn Kuhlman. ¿Son verdaderas esas 
sanidades?" 
"Sí, John, son de verdad", respondió Dick. "Pero tendrías que asistir a una de esas 
reuniones en el auditorio Shrine para verlo por ti mismo. ¿Por qué lo preguntas?" 
Dudé por un momento, y luego hablé. "Dick, tengo cáncer. Ya ha aparecido en tres 
áreas de mi cuerpo, y temo que la próxima vez me matará. Sé que parece que 
estoy tratando de aferrarme a algo imposible, pero eso es lo que hace un hombre 
que va a morir." 
"Voy a hacer que la señorita Kuhlman te llame personalmente", dijo Dick. 
"Oh, no", protesté. "Sé que ella está demasiado ocupada como para atender a un 
policía de Houston. Solo dime dónde puedo conseguir sus libros." 
"Yo te enviaré sus libros", dijo Dick. "Pero también le pediré que te llame, como un 
favor personal para mí." 
En menos de una semana, ella llamó a mi casa. "Siento como si ya lo conociera", 
me dijo, y su voz sonaba exactamente igual que en el programa de TV. "Hemos 
puesto su nombre en la lista de oración, pero no deje de venir a alguna de las 
reuniones." 
Aunque Sara y yo leímos sus libros y nos convertimos en ávidos espectadores de 
su programa de TV, en realidad yo posponía el momento de asistir a alguna 
reunión de Kathryn Kuhlman. "¿Dónde hemos estado durante toda la vida?", 
preguntaba Sara. "Esta mujer es famosa en todo el mundo, pero nunca escuché 
hablar de ella antes." 
Como tantos otros bautistas, simplemente no comprendíamos que había otras 
cosas que sucedían en el Reino de Dios, aparte de la Convención Bautista del 
Sur. Ahora nuestros ojos estaban siendo abiertos, no solo a otros ministerios, sino 
a otros dones del Espíritu y al poder de Dios para sanar. Era todo tan nuevo, tan 
diferente. Pero yo comprendía que era bíblico. A pesar de mi ignorancia de los 
dones sobrenaturales de Dios, me habían enseñado a aceptar que la Biblia es la 
Palabra de Dios. Cuando comenzamos a ver todas esas referencias al poder del 
Espíritu Santo, referencias que nunca habíamos visto antes, nuestros corazones 
comenzaron a sentir hambre, no solo de sanidad, sino de recibir la llenura del 
Espíritu Santo. 
En febrero supe que mi tiempo se estaba acabando. Sara y los chicos también lo 
sabían. "Papá", me dijo Elizabeth, "tú ve a California, y nosotros nos quedaremos 
en casa y oraremos. Creemos que Dios te sanará". 
Miré a Sara Ann. Con los ojos húmedos, asintió y dijo: "Creo que Dios te sanará." 
El viernes 19 de febrero volé desde Houston hasta Los Ángeles. Unos viejos 
amigos de Los Ángeles me prestaron su auto, y encontré un hotel donde 
quedarme en Santa Mónica. Como policía y como bautista, quería formarme una 
idea sobre la señorita Kuhlman antes de asistir a la reunión el domingo. 
Supe que ella generalmente venía desde Pittsburgh el día antes del culto en el 
Shrine. También hice algunas preguntas, usando mis técnicas de policía, y 
averigüé dónde se alojaba. Pronto tuve toda la información que necesitaba. 
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15 Nada es Imposible para Dios 
 
A la mañana siguiente, temprano, fui a su hotel. Como policía que era, me resultó 
fácil conectarme con los oficiales de seguridad y sacarles información. 
Poco después me dijeron a la hora que generalmente llegaba la señorita Kuhlman. 
Me senté en el lobby del hotel y esperé. Una hora después se abrió la puertay ella 
apareció. Era exactamente como me la había imaginado. Sabía que era un 
descarado, pero la intercepté cuando iba hacia el elevador. "Señorita Kuhlman", le 
dije, "soy ese capitán de la policía de Texas." 
Ella me mostró una amplia sonrisa y exclamó: "¡Ah, sí! Usted vino para ser 
sanado". 
Hablamos durante unos instantes. Luego le dije: "Señorita Kuhlman, soy un 
creyente en Jesucristo nacido de nuevo. Sé que no tengo que ser sanado para ser 
creyente, porque ya lo soy. Pero usted habla de algo en sus libros que yo quiero 
tanto como la sanidad física". 
"Qué es?", preguntó ella, escrutando mi rostro. 
"Quiero ser lleno del Espíritu Santo." 
"Oh," sonrió dulcemente, "le prometo que puede tenerlo." 
"Bueno, estoy gravemente enfermo, pero todavía estoy fuerte como para ir al 
auditorio y esperar en la fila. He leído sus libros y conozco la forma en que se 
conducen sus reuniones. Estaré levantado bien temprano para conseguir un buen 
asiento." Me despedí y comencé a retirarme. 
"¡Espere!", dijo ella. "Estoy sintiendo algo, y tengo que ser obediente al Espíritu 
Santo. Venga aquí por la mañana, e iremos juntos hasta el auditorio. Puede 
seguirnos en su auto." 
Dudé por un instante. "Señorita Kuhlman, hace tanto tiempo que soy policía, y he 
aprovechado muchas veces las situaciones para lograr lo que quería más 
rápidamente... Esta vez no quiero hacer nada que pueda ser obstáculo para mi 
sanidad. Simplemente iré y me pondré en la fila con los demás." 
Su voz sonó encolerizada, y sus ojos brillaron. "Ahora, déjeme decirle algo", dijo 
marcando cada palabra. "Dios no va a sanarlo porque usted se comporte bien. Él 
no va a sanarlo porque usted sea un capitán de la policía. Y seguramente no va a 
sanarlo por la forma en que llegue a la reunión." 
No fue necesario que dijera nada más. A la mañana siguiente la seguí desde el 
hotel hasta el auditorio Shrine. Llegamos a las 9.30. Aunque la reunión no 
comenzaría hasta la una de la tarde, la acera donde estaba la entrada al enorme 
auditorio estaba llena de personas, miles de personas. 
Entramos por la parte de la plataforma, y la señorita Kuhlman me dijo: "Ahora, 
siéntase en libertad de andar por este lugar hasta que vea que me reúno con los 
ujieres. Cuando eso suceda, quiero que usted esté conmigo." 
Acepté, y anduve recorriendo el vasto auditorio. Cientos de ujieres, que habían 
viajado muchos kilómetros para colaborar voluntariamente, estaban ocupados 
colocando las sillas para el coro de quinientas personas, preparando la sección 
donde estarían quienes venían en sillas de ruedas, acomodando a quienes habían 
venido en autobuses alquilados especialmente, y acondicionando el lugar para lo 
que iba a ocurrir. 
 
 
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16 Nada es Imposible para Dios 
Yo casi podía sentir la expectativa mientras recorría el salón. Era como 
electricidad. Todos susurraban en voz baja, como si el Espíritu Santo ya estuviera 
presente. ¡Qué distinto de las experiencias que había tenido en los cultos de la 
iglesia! Yo también lo sentía, y repentinamente, ya no fui más un policía, ni un 
diácono de una iglesia bautista. Era solamente un hombre que sufría de cáncer, 
que necesitaba un milagro para vivir. Si ese milagro sucedía alguna vez, sería en 
este lugar. 
Uno de los hombres se presentó como Walter Bennett. Reconocí su nombre 
inmediatamente. Había leído su testimonio en Dios puede hacerlo otra vez. Su 
esposa Naurine había sido sanada de una horrible enfermedad. Él me llevó hacia 
la puerta que daba a la plataforma, donde ella montaba guardia. El solo hecho de 
verla tan radiante, sabiendo que había estado a punto de morir, me dio nueva 
esperanza y fe. Sentí ganas de llorar. 
"John", me dijo Walter, "tenemos algo en común. Tú eres un diácono bautista, y yo 
era un diácono bautista, también. Vamos a tomar una taza de café." 
Salimos por una puerta lateral y encontramos un café por allí cerca. 
"Después de que seas sanado," dijo Walter, "es posible que tus compañeros 
bautistas no quieran tener nada más que ver contigo." Sonrió como si supiera. 
Hablaba con tal fe, como si estuviera seguro de que yo iba a ser sanado. 
"No me importa lo que piensen los demás sobre mí si soy sanado," dije, "mientras 
Dios toque mi cuerpo." 
Walter sonrió. Sentí mucho amor por este nuevo amigo. 
"Bueno, hay algo de lo que podemos estar seguros", dijo suavemente. "Dios no te 
ha traído de tan lejos hasta aquí para nada. Vas a volver a Houston siendo un 
hombre nuevo." El hecho de que este diácono bautista hablara con tal fe me 
llenaba de entusiasmo. Estaba ansioso porque empezara la reunión. 
Allí en el auditorio, la señorita Kuhlman se estaba reuniendo con los ujieres para 
darles las últimas instrucciones antes de que se abrieran las puertas. Me uní a 
ellos sobre la plataforma. 
"Hoy tenemos aquí con nosotros a un hombre que es capitán de la policía de 
Houston", dijo Kathryn. "Él tiene cáncer en todo el cuerpo, y voy a orar por él 
ahora. Quiero que cada uno de ustedes, hombres, se inclinen en oración mientras 
ruego al Señor por él." 
Me di cuenta de que esto era algo especial. Sabía que el ministerio de la señorita 
Kuhlman era simplemente decir lo que Dios hacía a medida que se desarrollaban 
los grandes cultos de milagros; que ella no tenía ningún don de sanidad propio en 
particular. Me hizo una seña para que me acercara y estiró sus manos sobre mí. 
Aunque este era el momento que yo había esperado, dudé. Recordé lo que había 
leído en sus libros, que muchas veces, cuando ella oraba por alguien, la persona 
caía al suelo. Yo pensaba que eso de caerse estaba muy bien para algunos 
pentecostales, pero no era para un bautista, y mucho menos para un capitán de la 
policía. Pero no tenía opción. Di un paso al frente y dejé que orara por mí. 
Apoyando firmemente los pies en mi mejor postura de yudo, esperé mientras ella 
me tocaba y oraba por mi sanidad. No sucedió nada, y cuando comenzaba a 
relajarme, la escuché decir: "Y llénalo, bendito Jesús, con el Espíritu Santo". 
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17 Nada es Imposible para Dios 
Sentí que me tambaleaba, y pensé: "¡No puede ser!" Me reafirmé sobre mis pies, 
colocándolos uno detrás del otro, y la escuché decir por segunda vez: "Y llénalo 
con tu Santo Espíritu". 
Sentí como si alguien hubiera puesto sus manos sobre mis hombros y me 
estuviera empujando hacia el piso. No pude resistirme, y me desplomé sobre la 
plataforma. Luché por recobrar la posición vertical, justo cuando la escuchaba 
decir por tercera vez: "Llénalo con tu Espíritu Santo". Y caí de nuevo. 
Esta vez quedé en el suelo durante varios minutos. Sentía como si estuviera 
hundiéndome en una piscina llena de amor. Alguien me ayudó a levantarme, y 
escuché que ella me decía: "Ahora, búsquese un asiento. Vamos a abrir este 
lugar, y en unos pocos minutos todos los asientos estarán ocupados". 
Debería haberla escuchado, porque momentos después se abrieron las puertas y 
la gente entró corriendo por los pasillos como la lava de un volcán. Pude subir por 
uno de los pasillos, y me detuve a mirar una sección entera del auditorio llena de 
gente en sillas de ruedas. No podía quitar mi mirada de sus rostros. Algunos eran 
tan jóvenes y ya estaban tan deformados... sentí deseos de llorar nuevamente. 
"Oh, Señor, Les que soy tan egoísta como para desear sanarme cuando hay 
tantas personas aquí, algunas de ellas tan jóvenes?" 
Mientras estaba así parado, mirándolos, por primera vez en mi vida, escuché la 
voz de Dios en mi interior, que decía: "No hay escasez en el depósito de 
Dios". 
Con nuevas fuerzas volví a la parte de atrás, y lenta, dolorosamente, subí las 
escaleras hasta encontrar un asiento en la primera fila de la planta alta. 
Faltaba aún un poco antes de que comenzara la reunión. El enorme coro había 
tomado su lugar en la plataforma y hacía los últimos ensayos. Me entretuve 
observando las distintas personas que estaban sentadas a mi alrededor, y me 
presenté al hombre queestaba sentado junto a mí. "Soy el doctor Townsend", me 
saludó. 
"LEs usted médico?", le pregunté, asombrado de que un médico estuviera 
asistiendo a un culto de sanidad. 
"Sí", contestó, sacando su tarjeta. "Vengo porque soy muy bendecido. Me gusta 
ver el enorme poder de Dios en acción." Luego me presentó a su familia. "Traje a 
mi padre, que viene de otro Estado. Esta es la primera reunión a la que asiste." 
Sentado al otro lado del pasillo estaba uno de mis actores favoritos de TV. "Bueno, 
qué les parece", pensé. "¡Médicos y estrellas de TV que vienen y se sientan aquí 
arriba! No vinieron para ser reconocidos, sino para participar de la reunión." 
Estaba impresionado. 
El culto comenzó. Una hermosa joven, una modelo cuyo rostro yo había visto en la 
tapa de las revistas femeninas que leía Sara, dio un breve testimonio sobre lo que 
Jesucristo significaba en su vida. 
Yo había estado en muchas reuniones evangelísticas, pero esta era inusual. Quizá 
era la expectativa que había en el ambiente, quizá la sensación de maravilla. 
Fuera lo que fuere, era diferente de cualquier otra reunión a la que hubiera 
asistido. 
La señorita Kuhlman hablaba desde la plataforma. "Saben, me han pedido que 
aparte este domingo para los jóvenes, pero hay personas que han venido desde 
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18 Nada es Imposible para Dios 
tan lejos, que no me atrevo a decir: `Solo para los jóvenes'. Sin embargo, dado 
que hay tantos jóvenes aquí hoy, debo hablarles. 
Su mensaje fue breve y dirigido a los jóvenes. Habló del amor de Dios y luego 
presentó uno de los llamados más desafiantes que he escuchado jamás. Ahora 
bien, si hay algo que impresiona a un bautista, son las cantidades y el movimiento. 
Y cuando vi a casi mil jóvenes dejar sus asientos e ir hacia adelante para tomar 
una decisión por Cristo, eso me impresionó. Al contrario de la mayoría de los 
cultos evangelísticos a los que había asistido, esta reunión no tenía fanfarrias, ni 
testimonios lacrimógenos. Solo una simple invitación de esta mujer alta que había 
dicho: "Quieres nacer de nuevo?" Los jóvenes respondieron, muchos de ellos 
literalmente corriendo por los pasillos para aceptar ese desafío. 
Ella parecía haber olvidado el paso del tiempo mientras los atendía sobre la 
plataforma, orando por muchos de ellos individualmente. Finalmente, volvieron a 
sus asientos, pero la congregación estaba percibiendo que iba a suceder algo 
más. 
"Padre", susurró la señorita Kuhlman, en voz tan baja que yo apenas podía oírla, 
"creo en milagros. Creo que tú sanas en el día de hoy, como lo hacías cuando 
Jesucristo estaba aquí. Tú conoces las necesidades de las personas que están 
aquí, en este inmenso auditorio. Te lo pido en el nombre de Jesús. Amén.' 
Luego hubo un silencio. Yo sentía a mi corazón golpeando dentro de mi pecho. 
Tenía conciencia de cada célula de mi cuerpo y casi podía sentir la batalla 
espiritual que estaba ocurriendo mientras las fuerzas del Espíritu Santo luchaban 
contra las fuerzas del mal en mi cuerpo. "Oh, Dios", oré, en adoración. "Oh, 
Dios." 
De repente, la señorita Kuhlman estaba hablando otra vez, y su voz hablaba 
rápidamente a medida que recibía conocimiento de lo que sucedía en el auditorio. 
"Hay un hombre en la parte alta del auditorio, en el extremo derecho desde donde 
estoy, que acaba de ser sanado de cáncer. Levántese, señor, en el nombre de 
Jesucristo, y reclame la sanidad." 
Miré. Ella señalaba al lado opuesto de donde yo estaba. Era extraordinario. Yo 
solamente podía observar, maravillado, mientras sentía un entusiasmo creciente. 
Esto era real. Lo sabía. 
"No venga a la plataforma a menos que sepa que Dios le ha sanado", enfatizaba 
ella. 
Miré a mí alrededor y vi a los consejeros caminando por los pasillos. Estaban 
hablando con personas que creían haber sido sanadas, asegurándose de que solo 
aquellos que verdaderamente habían recibido sanidad pasaran a dar testimonio. 
La mayoría de las personas sanadas que daban testimonio habían estado 
sentadas en la parte alta del auditorio. Iban de la derecha a la izquierda: 
"Dos personas están siendo sanadas de problemas en la vista." 
 
"Una mujer está siendo sanada ahora mismo de artritis. Levántese y reclame su 
sanidad." 
"Usted está sentado en la parte del medio de la plata alta." 
La señorita Kuhlman decía: "Usted vino hoy a recibir sanidad. Dios lo ha 
restaurado. 
 
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19 Nada es Imposible para Dios 
 Quítese el audífono. Puede oír perfectamente." 
Miré. Una mujer de aproximadamente cuarenta años estaba poniéndose de pie, 
quitándose los audífonos de los dos oídos. Un consejero detrás de ella le 
susurraba algo. Pensé que la mujer iba a gritar mientras levantaba las manos 
sobre su cabeza, alabando a Dios. Podía oír. El doctor que estaba sentado a mi 
lado lloraba, diciendo: "Gracias, Jesús". 
Las sanidades se producían en dirección a donde yo estaba sentado en la planta 
alta. "Señor, que no se acaben", oré. Entonces recordé lo que Él me había 
susurrado cuando estaba en el pasillo, abajo: "No hay escasez en el depósito de 
Dios". 
Repentinamente vi que la señorita Kuhlman estaba señalando hacia arriba y a la 
izquierda, donde yo estaba sentado. "Usted ha venido desde muy lejos para ser 
sanado de cáncer", dijo. "Dios lo ha sanado. Póngase de pie en el nombre de 
Jesús y reclámelo." 
¡Estaba tan lejos de la plataforma! Quizá ella ni se imaginaba que yo estaba allí. 
Pero su dedo, largo y delgado, apuntaba en dirección a mí. 
"Oh, Señor," murmuré, "por supuesto que quiero ser sanado. Pero, ¿cómo sé que 
esto es para mí?" 
En ese mismo instante, la misma voz interior que había escuchado abajo, cuando 
miraba a los que estaban en sillas de ruedas, me dijo: "¡Ponte de pie!" 
Me puse de pie. Sin sentir nada, simplemente lo hice en obediencia y fe. 
Entonces lo sentí. Era como ser bautizado en energía líquida. Nunca había sentido 
una fuerza así recorriendo todo mi cuerpo. Sentí que podría tomar en mis manos 
la guía telefónica de Houston y partirla en pedazos. 
Una mujer se me acercó. "¿Ha sido usted sanado de algo?" 
"Sí", declaré, con ganas de saltar y correr al mismo tiempo. 
"¿Cómo lo sabe?" 
"Nunca me he sentido tan gloriosamente bien. Apenas tuve fuerzas para llegar 
hasta este asiento, y ahora, ¡me siento tan bien!" Mientras tanto, yo me estiraba y 
me doblaba, haciendo cosas que no había podido hacer durante más de un año. 
"Siento que podría correr más de un kilómetro." 
"Entonces corra hasta la plataforma y testifique", dijo ella. 
Me lancé a correr. Pero mientras lo hacía, comencé a preguntarme: "¿Qué pasaría 
si hubiera aquí alguien de Houston? Voy a llegar corriendo a la plataforma, y la 
señorita Kuhlman va a poner sus manos sobre mí y me voy a caer al suelo. ¿Qué 
pensarán?" 
Entonces me di cuenta de que no me importaba. Momentos después estaba junto 
a la señorita Kuhlman en la plataforma. Ella caminó hacia mí y dijo sencillamente: 
"Te agradecemos, bendito Padre, por sanar este cuerpo. Llénalo con tu Espíritu 
Santo". 
¡Bam! Al piso otra vez. Pero esta vez, debido a la nueva energía sanadora que 
llenaba todo mi cuerpo, me levanté inmediatamente. La segunda vez ni siquiera 
me tocó. Solo oró en mi dirección, y la escuché decir: "Oh, el poder..." Y caí de 
nuevo al suelo. 
Esta vez me quedé allí, regocijándome nuevamente en esa marea de amor 
líquido. Pero aún allí, Satanás me atacó. Vino como león rugiente. "¿Qué te hace 
creer que has sido sanado?" 
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20 Nada es Imposible para Dios 
La señorita Kuhlman ya había puesto su atención en otra persona. Rodé y me 
puse de rodillas, con la cabeza en las manos, orando: "Oh, Padre, dame la fe para 
aceptar lo que sinceramente creo que me has dado". 
Durante muchos años yo había tomado muchos estudios bíblicos bautistas. Mi 
mente había sido verdaderamente expuesta a la Palabra de Dios, y en ese 
momento un versículo vino a mi mente: "Probadme ahora,dice el Señor..." 
Pensé en todos esos cuerpos deformados que había visto. "Padre, muéstrame 
una señal visible para que mi fe se fortalezca." 
Abrí los ojos, y vi a una niñita de nueve años que se acercaba a la plataforma. 
Nunca he visto a nadie más feliz. Estaba corriendo y saltando, descalza. Bailaba 
de lado a lado frente a la plataforma, junto a la señorita Kuhlman, que se estiraba 
para tomarla de la mano, pero no pudo alcanzarla. Se dio vuelta y comenzó otra 
vez. Nuevamente la señorita Kuhlman quiso tomarla, pero otra vez se le escapó 
danzando. Para este momento ya la madre de la niña estaba sobre la plataforma. 
En las manos tenía un par de zapatos con rígidas guías de metal. 
Sin poder alcanzar a la niñita, que seguía saltando y danzando, la señorita 
Kuhlman se volvió hacia la madre: "¿Qué tenemos aquí?" 
"Esa es mi hijita", sollozaba la madre. "Tuvo parálisis infantil cuando era bebé y 
nunca pudo volver a caminar sin estos zapatos especiales. ¡Pero mírela ahora!" 
Toda la congregación prorrumpió en estruendosos aplausos. 
"¿Cómo sabe usted que Dios la ha sanado?", preguntó Kathryn Kuhlman. 
"Oh, sentí el poder sanador de Dios recorriendo su cuerpo", casi gritó la madre. 
"Le quité los zapatos ortopédicos, y ella comenzó a correr." 
Detrás de ella había otra madre, que tenía en brazos una niña de dos años. "¿Qué 
pasó aquí?", preguntó la señorita Kuhlman. 
"Dios acaba de sanar el piecito de mi hijita." La voz de la madre temblaba tanto 
que era difícil entender lo que decía. 
La señorita Kuhlman tomó el piecito de la niña. "¿Era e ste el pie dañado?" 
"Sí, sí, era ese", dijo la madre, sosteniendo en la mano un zapato especial. "La 
niña nació con pie plano. Ha sufrido muchas operaciones. Si usted le hubiera 
masajeado el pie antes como lo está haciendo ahora, hubiera gritando de dolor." 
"Aquí en la plataforma hay varios médicos", dijo la señorita Kuhlman. "Ellos me 
conocen. ¿Hay algún médico entre el público que no me conozca y que no 
conozca a estas niñas? ¿Podría venir y examinarlas, por favor?" 
Un hombre se puso de pie. 
"¿Es usted médico?", preguntó la señorita Kuhlman. "Sí", respondió él. 
"¿Dónde ejerce?" 
 "En el Hospital St. Luke's, aquí, en Los Ángeles." "LPodría hacernos el favor de 
venir y examinar estas niñas?" 
El médico fue y subió a la plataforma. "Lo primero que puedo decir es que esa 
niñita que salta y corre allá, con esas piernecitas tan delgadas, es un milagro. Si 
no fuera por un milagro, no podría estar parada, y mucho menos saltar de gozo." 
Luego tomó los piececitos de la niña más pequeña. "Señorita Kuhlman". dijo con 
voz seria, "no veo ninguna diferencia entre los dos pies de esta criatura. Creo que 
su madre puede tirar el zapato ortopédico." 
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21 Nada es Imposible para Dios 
No necesité más pruebas. Tambaleándome, salí por la parte posterior de la 
plataforma, busqué un teléfono público y llamé a Sara en Houston. Estaba 
ocupado. Pedí a la operadora que interviniera la llamada. 
"No puedo hacerlo a menos que sea un asunto de vida o muerte", me dijo ella. 
"Es exactamente eso, operadora. Y puede quedarse en línea a escucharlo, si 
desea." 
Repentinamente, Sara estaba al teléfono. Traté de hablar, pero solo podía 
sollozar. Nunca he llorado más en mi vida que en ese momento, con el teléfono en 
la mano, detrás de la plataforma, en el auditorio Shrine. Sara me repetía: "John, 
John, ¿has sido sanado?" 
Finalmente pude darle el mensaje. Estaba sano. Entonces ella comenzó a llorar. 
Deseé que la operadora estuviera escuchando. Era un asunto de vida, no de 
muerte. 
Volví junto a la plataforma y observé. Cinco sacerdotes católicos, uno de ellos un 
"monseñor", estaban sentados en la primera fila sobre la plataforma. El monseñor 
estaba sentado en la punta de su silla, absorbiéndolo todo. Al pasar, la señorita 
Kuhlman lo vio y vio la expresión de ansiedad en su rostro. "Le gustaría 
experimentar esto?", le preguntó. 
Él sabía perfectamente de qué le estaba hablando, ya que se puso en pie, con los 
pliegues de su sotana sacudiéndose en el aire, y dijo: "Sí". 
Ella le impuso las manos y dijo: "Llénalo con tu Espíritu Santo". Él cayó al piso. 
Ella se volvió hacia los otros sacerdotes y les dijo: "Vengan". Cada uno de ellos 
cayó al suelo como el monseñor. 
Los hippies eran salvos. Las extremidades torcidas eran enderezadas. Mi propio 
cáncer había sido sanado. Los sacerdotes católicos eran llenos del Espíritu Santo. 
Salí como en una nube y volví al hotel. Era más de lo que podía comprender. 
En el hotel hice todo tipo de ejercicios: sentarme y levantarme, empujar, cosas que 
no había podido hacer durante más de un año. Y las hice sin problemas. Aún 
cuando no me habían hecho un examen médico, yo sabía que estaba sano. 
Durante esa noche me desperté varias veces, no para tomar calmantes (había 
dejado de tomar mi medicación esa mañana, antes de ir al culto), sino para poder 
decir en voz alta en medio de la oscuridad: "¡Gracias, Jesús. Bendito sea el 
Señor!" 
Entonces llegó el momento de reunirme con Sara y los niños. Cuando llegué al 
aeropuerto de Houston, me estaban esperando. Corrí hacia ellos, y abracé tan 
fuerte a Sara que literalmente la levanté del suelo. Mi fuerza la dejó sin aliento. 
Luego tomé a los niños, primero a Andrew, luego a John, levantándolos por sobre 
mi cabeza. Abracé a Elizabeth. Todos hablábamos al mismo tiempo. 
"Tu rostro, John", decía Sara. "Está lleno de color y vida." 
"Yo sabía que ibas a ser sanado", decía Elizabeth. "Oraba por ti todos los días a 
las nueve, a las doce, y a las seis." 
"Nosotros también, papá", se asomó el pequeño John. "Nosotros tus hijitos 
también orábamos. Sabíamos que Dios te sanaría." 
Era demasiado, y este veterano capitán de la policía, parado en medio del 
aeropuerto de Houston, se echó a llorar. 
Poco después volví al Instituto M. D. Anderson para hacerme un examen físico. 
Tenía una cita con dos médicos en el mismo día. 
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22 Nada es Imposible para Dios 
La primera que me revisó fue la que había recomendado la operación. Le di un 
ejemplar del libro de Kathryn Kuhlman, Creo en milagros. Ella lo ojeó, escuchó el 
relato de mi historia, y luego me miró como si yo estuviera loco. 
"Déjeme decirle algo", dijo. "El único milagro que le ha sucedido es un milagro 
médico. Eso es todo. Lo único que lo está manteniendo vivo es su medicación. 
Siga tomándola, y veremos cuánto tiempo vive." Yo sonreí. "Bueno, no he tomado 
ninguna medicación desde el veinte de febrero, ya hace más de un mes." 
Ella se mostró sorprendida y enojada. "Usted ha hecho una verdadera tontería, 
señor LeVrier", dijo. "No pasará mucho tiempo antes de que el cáncer aparezca en 
otra área de su cuerpo, y usted se irá." 
¡Qué actitud tan extraña, pensé, para una científica! 
Salí de allí y fui al consultorio del doctor Lowell Miller, jefe del Departamento de 
Terapia de Radiación del Hospital Herman. Esperaba que su reacción fuera más 
positiva, pero después de la reciente experiencia, decidí no contarle nada sobre el 
milagro. Que lo descubriera por sí solo. 
Su enfermera me pidió que pasara al cuarto contiguo y me preparara para el 
examen físico. Entonces noté algo extraño. Como muchos policías veteranos, yo 
había sufrido de várices en las piernas. En realidad, no usaba bermudas en 
público, porque no me gustaba que vieran los nudos en mis piernas. Por supuesto, 
cuando se está muriendo de cáncer, uno no se preocupa demasiado por las 
várices, pero a la brillante luz del cuarto, miré mis piernas por primera vez desde 
que volví de Los Ángeles. El Señor no solo me había sanado de cáncer, sino que 
también había hecho desaparecer mis várices. Mis piernas estaban lisas y suaves 
como las de un adolescente. Cuando el Dr. Miller entró al cuarto, yo estaba 
regocijádome y alabando al Señor. 
Extrañado de ver un paciente de cáncer tan gozoso, el Dr. Miller retrocedió. 
"¡Bueno! ¿Qué es lo que le ha sucedido?" 
Eso fuetodo lo que necesité para contarle toda la historia de cómo Jesucristo 
había curado mi cáncer. 
"Veamos", dijo el Dr. Miller. "Yo también soy cristiano, pero Dios nos ha dado 
suficiente sentido común como para que nos cuidemos a nosotros mismos." 
"No voy a discutir eso", dije alegremente. "Esa es la razón por la que estoy aquí 
para someterme a este examen. Hágame todos los exámenes que desee. Pero le 
digo que no encontrará nada mal." 
"Okey", dijo el médico. "Vamos a hacerlo." Y a continuación me sometió al examen 
físico más completo que me hubieran hecho jamás. 
Al terminar, dijo: "Sabe, desearía que mi próstata estuviera tan bien como la suya." 
Luego examinó la columna, golpeando vértebra por vértebra. "Notable", repetía. 
"Notable." 
Me envió a rayos X, y dijo después: "Lo llamaré dentro de uno o dos días, luego de 
que haya tenido tiempo de comparar estas radiografías con las anteriores. Pero 
por todas las indicaciones que tengo, usted ha sido sanado." 
Tres días después sonó el teléfono de mi escritorio en el segundo piso del 
Departamento de Policía de Houston. Era el doctor Miller. "Capitán", dijo, "tengo 
buenas noticias. No encuentro absolutamente ningún rastro de cáncer. Ahora, 
quisiera hacerle una pregunta. ¿Suele usted dar charlas?" 
"¿Charlas sobre mi trabajo como policía?", pregunté. 
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23 Nada es Imposible para Dios 
"No", dijo él, "no sobre eso. Quiero que venga a mi iglesia y le cuente a la 
congregación lo que Dios ha hecho por usted." 
Eso fue el comienzo. A partir de entonces viajo por todo el país, contándoles a las 
personas que no tienen esperanza sobre el Dios que no tiene escasez en su 
depósito de milagros. 
 
 
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24 Nada es Imposible para Dios 
CAPÍTULO 3 
CAMINANDO EN LAS SOMBRAS 
Isabel Larios 
 
La Navidad es una época de mucho gozo para mí. Recibo miles de tarjetas de 
amigos queridos de todo el mundo. Leo cada una de ellas. Pero las más preciosas 
para mí son las que escriben los niños. Ellos son tan abiertos, tan sinceros. 
Cuando un niño me dice: "Te amo", nunca dudo que realmente lo siente. Por eso, 
cuando recibí una pequeña y sencilla tarjeta de una dulce niñita mexicana 
americana que vive en California, supe que realmente sentía lo que escribía. 
Escribió para agradecerme por hacerle posible vivir otra Navidad. Lisa me 
agradecía porque podía verme. Pero yo sabía lo que ella quería decir. Y, Dios lo 
sabe, no fue Kathryn Kuhlman; fue Jesús. Lisa Larios estaba muriendo de cáncer 
óseo hasta que Jesús la sanó en el auditorio Shrine. La madre y el padre adoptivo 
de Lisa, Isabel y Javier Larios, vivían en un modesto complejo de apartamentos en 
Panorma City, California. Isabel nació en Los Ángeles, pero se crio en 
Guadalajara, México. Javier, que pasa gran parte de su tiempo trabajando con su 
caballete de pintor en su apartamento, es un respetado camarero en Casa Vega, 
uno de los restaurantes más elegantes de Sherman Oaks. Además de Lisa, tienen 
dos hijos más: Albert y Gina. 
"Son solo los dolores del crecimiento, Lisa", dije mientras mi hija de 12 años se 
quejaba de dolor en la cadera derecha. Yo estaba sentada al borde de la cama, en 
la semioscuridad, frotándole la cadera y la espalda con linimento. Lisa crecía 
rápidamente. Ya tenía el cuerpo de una jovencita de quince años y parecía la 
imagen viva de la salud. 
Pero aquí, en la penumbra de la noche, mientras frotaba su suave piel, sentí que 
este dolor en particular era algo más que esos dolores musculares normales que 
las niñas experimentan cuando están creciendo. Lisa también lo sentía. El miedo 
entró en el cuarto junto con el dolor. 
"Mamá, prende la luz del cuarto cuando te vayas", susurró Lisa. "No quiero estar 
aquí sola en la oscuridad." 
Javier se había ido a trabajar al restaurante. Los otros dos niños ya estaban 
durmiendo. Le di unas palmadas en la espalda y le arreglé el pijama. "No hay nada 
que temer", dije. 
"No me gustan las sombras", respondió ella, con su cabecita metida en la 
almohada. "Me dan miedo." 
Prendí la luz del corredor y dejé la puerta de su habitación abierta. Por un 
momento me detuve en la puerta, mirándola. ¿De dónde había venido ese 
repentino temor? Lisa nunca había tenido miedo antes. Ahora yo podía sentirlo en 
todo el cuarto, como una red que descendía desde el techo y cubría toda la cama. 
¿Era que Lisa sospechaba algo que yo no podía sentir? 
El día siguiente fue uno de esos extraños y hermosos que a veces se dan en la 
cuenca de Los Ángeles. Era el último día de marzo, y una fuerte lluvia justo antes 
del amanecer había lavado el aire, dejándolo claro y limpio. El sol brillaba con toda 
su fuerza, el cielo era azul radiante, y se podía ver claramente las montañas 
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25 Nada es Imposible para Dios 
cubiertas de nieve sobre el horizonte, al este. Javier se había levantado para 
tomar el desayuno con los niños antes de que se fueran a la escuela. Después, él 
y yo fuimos a Van Nuys a hacer compras. Yo buscaba un suéter para Lisa, y 
Javier quería unas carbonillas para terminar un dibujo que estaba haciendo en su 
caballete. Cuando volvimos, poco antes del mediodía, la puerta del apartamento 
estaba entreabierta. Lisa estaba adentro, echada sobre el sofá, llorando. 
Alarmado, Javier se arrodilló junto a ella y suavemente le quitó el cabello de sobre 
los ojos. "¿Qué pasa, Lisa?", preguntó con dulzura, y el sonido musical de su rico 
acento mexicano sonó en los oídos de la niña. 
"Es la cadera, papá", sollozó ella. "Empezó a dolerme mucho, así que un vecino 
me fue a buscar y me trajo de la escuela." 
 
Lisa me alcanzó una nota arrugada de una de las hermanas de la escuela Santa 
Isabel. "Por favor, ocúpese de esto: Lisa tiene mucha dificultad para caminar. 
Creemos que debería consultar un médico." 
Javier asintió. "Llama al doctor Kovener", dijo. "No debemos esperar más." 
El doctor Kovner era un amigo de la familia. Nos había atendido antes, y siempre 
decía que Lisa era su paciente favorita. Su secretaria nos citó para el día siguiente 
por la tarde. 
El doctor sacó algunas radiografías y realizó un examen preliminar. Luego me 
llamó a su oficina. "Señora Larios, esto puede ser una de varias cosas. Tenemos 
que comenzar con las más obvias y empezar a trabajar con eso. Voy a hacer 
ingresar a Lisa en el hospital, donde podremos hacerle otros estudios." 
En el Hospital Comunal Van Nuys se le hicieron nuevos exámenes. Lisa trataba de 
ser valiente, pero estar constantemente dolorida, pasando la noche fuera de su 
casa, en un lugar extraño, rodeada por gente que no conocía, no era fácil para 
ella. Todas las mañanas yo llevaba los niños a la escuela, y luego iba hacia el 
hospital, llorando durante todo el camino, preguntándome si la gente que pasaba a 
mi lado sabría del gran dolor que yo sentía. En el hospital, yo era toda sonrisas, 
pero sólo era una máscara. Por dentro, estaba destrozada. 
"Es posible que el dolor sea causado por un apéndice agrandado que esté 
presionando un nervio", dijo el médico. "Vamos a extraer el apéndice y veremos si 
eso resuelve el problema." 
Pero el dolor continuó después de que Lisa volvió de la operación. Aparentemente 
nadie sabía qué hacer ahora. El 12 de mayo volvió a casa. Se suponía que debía 
caminar con muletas. Hubo más visitas al médico. "Esto me deja perplejo", dijo el 
doctor Kovner al examinar las radiografías nuevamente. "Creo que debemos 
consultar a un especialista." 
El doctor Gettleman, cirujano, era muy metódico. Ordenó tomar más radiografías y 
realizó un nuevo estudio él mismo. "Que continúe usando las muletas durante una 
semana más", dijo. "Tráigala otra vez el próximo jueves." 
A pesar de las muletas, el dolor era cada vez más fuerte. Dado que no podía ir a la 
escuela, Lisa vagaba por la casa con las muletas, llorando y tratando de parecer 
valiente. La mayor parte del tiempo la pasaba en cama. Al final de esa semanavolvió al hospital, esta vez al Saint Joseph, de Burbank. 
"Tendremos que operar de nuevo", dijo el Dr. Gettleman. "Hemos visto algo en las 
radiografías. Podría ser una bolsa de pus que causa presión. Pero también podría 
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26 Nada es Imposible para Dios 
ser un tumor. Hay dos tipos de tumores, benignos y malignos. Si es un tumor 
benigno, no tendremos problemas. Si es maligno, podría llegar a ser muy serio." 
Aunque pertenecíamos a una iglesia católica romana, y nuestros hijos asistían a 
una escuela católica, ni Javier ni yo éramos muy religiosos. Rara vez íbamos a 
misa, y casi nunca nos confesábamos. Pero yo siempre me había sentido muy 
cerca de Jesús, y las tarjetitas qué las compañeritas de escuela de Lisa le 
enviaban, diciendo que estaban rezando por ella, me ayudaron a mi también a 
volverme a Dios en oración. 
 
La noche anterior a la operación yo estaba en casa, sola, con Albert y Gina. Ellos 
se fueron a la cama temprano, y yo fui a mi dormitorio y me eché sobre la cama en 
la oscuridad. Parecía que todo mi mundo se hacía pedazos. Había llevado a Lisa 
en mi cuerpo durante nueve meses. Hubiera deseado morir en el parto para que 
ella pudiera vivir. La había cuidado, había estado con ella en las noches oscuras, 
había reído con ella, había corrido por el campo con ella, había llorado y orado por 
ella. Y ahora los médicos me decían que quizá muriera. Ya había llorado hasta no 
tener más lágrimas. Todo parecía tan inútil, tan fútil. 
Mientras estaba así en la cama, mirando las sombras en el techo, comencé a orar. 
"Querido Señor, Lisa realmente no es mía, ¿no? Es tuya. Solo nos has dejado 
tenerla para criarla, alimentarla, educarla y amarla. Un día nos dejará, se casará y 
criará a sus propios hijos. Si quieres llevártela antes de que eso pase, yo te la 
devuelvo y te agradezco porque nos la has dejado este tiempo para bendecimos." 
Fue una oración simple, sin grandes emociones. Pero era sincera. Mientras seguía 
mirando las sombras, me adormecí. 
Soñé que estaba sentada en un pequeño cuarto oscuro. Javier estaba junto a mí, 
tomándome de la mano. Una puerta se abrió frente a nosotros, y por el pasillo se 
aproximaron dos hombres vestidos con batas de las que usan los cirujanos. Uno 
de los médicos estaba llorando y no podía hablar. El otro se paró frente a nosotros 
y dijo: "Su hija está muy enferma. Tiene cáncer". 
Me desperté, sobresaltada. Era pasada la medianoche, y yo todavía estaba 
echada en la cama sin acostarme. La casa estaba en silencio. Solo la luz del 
corredor se filtraba en el dormitorio. Me levanté y fui a ver a los otros niños. 
Dormían tranquilamente. Fui hacia el living y me senté en el borde del sofá, en 
medio de la oscuridad. Ese sueño, ¿era del diablo? ¿Estaba tratando de 
asustarme? ¿O era de Dios, para advertirme y prepararme? ¿Cómo saberlo? 
Cuando escuché los pasos de Javier en la escalera, me deslicé hacia nuestra 
habitación y me metí en la cama antes de que él entrara al cuarto. No quería que 
supiera cuán preocupada estaba. Lisa necesitaría encontrarnos fuertes a ambos al 
enfrentar la operación, a la mañana siguiente. 
Javier y yo nos sentamos, tomados de la mano, en la pequeña sala de espera 
junto a la sala de operaciones en el hospital. Era natural que ambos oráramos, y lo 
hicimos en silencio. Los médicos entraban para informar a otras personas que 
también estaban esperando. "Su padre está muy bien. Ni siquiera tuvimos que 
operarlo..." "No tiene de qué preocuparse, su esposa está perfectamente." "Puede 
llevarse a su hijo a casa esta tarde." 
A las dos de la tarde miré y vi que venían dos médicos por el largo pasillo. Uno de 
ellos era el doctor Kovner. Su rostro estaba gris. El otro era el doctor Gettleman. 
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27 Nada es Imposible para Dios 
Javier se levantó de un salto y fue hacia ellos, pero yo me quedé sentada. Sabía lo 
que pasaría, y mis piernas parecían de goma. Era la misma escena que había 
vivido en mi sueño. 
"Encontramos un tumor", dijo el doctor Gettleman. "Es inoperable. Si hubiéramos 
cortado, tendríamos que haber amputado toda la pierna." 
 
".Es cáncer?", preguntó Javier. 
"Temo que sí", respondió el médico. "Está muy, muy mal. El hueso de su cadera 
es como manteca. Si tuviera una cuchara, podría haberlo sacado todo. La carne 
que rodea al hueso es como queso gruyére, llena de agujeros. El laboratorio ya ha 
hecho un análisis, y es el peor tipo de cáncer. Lo único que pudimos hacer fue 
coserla otra vez." 
".No hubo nada que pudieran hacer?", clamó Javier, con el rostro demacrado y 
ojeroso. 
"Nada por ahora. Después de que se recupere de la operación, comenzaremos el 
tratamiento con cobalto. Hablaremos luego sobre eso." 
".Pero se pondrá bien, no es cierto?", preguntó Javier. 
El doctor Gettleman sacudió la cabeza. "Lo único que puedo decir es que 
trataremos de prolongarle la vida. No puedo prometer nada más." 
Miré al doctor Kovner. Aunque no decía nada, su rostro expresaba todo. Sus ojos 
estaban llenos de lágrimas. Lisa estaba muriendo, y ninguno de nosotros podía 
hacer nada al respecto. Yo se la había devuelto a Dios, y él había aceptado mi 
ofrecimiento. 
Los médicos acordaron que no deberíamos decirle nada a Lisa sobre su estado. 
Dos semanas después la trajimos nuevamente a casa en una silla de ruedas, 
decididos a darle el verano más feliz de su vida. 
El doctor Kovner no estuvo de acuerdo con nuestros planes de llevar a Lisa a unas 
largas vacaciones. "Debemos comenzar el tratamiento de cobalto enseguida", dijo. 
"Si firmamos la autorización y le permitimos hacer el tratamiento con radiación," 
pregunté, ".qué puede prometernos?" 
"No podemos prometerle nada", respondió él. "Pero nunca sabrá si ayudará, a 
menos que lo haga." 
".Qué pasará si no permitimos que le haga el tratamiento?" 
"No me agrada contestar preguntas como esa", dijo el doctor Kovner. "Pero aun 
con el tratamiento, lo más que podemos ofrecerles es seis meses. Y estará muy, 
muy, muy mal cuando muera." 
Prometí conversar del tema con Javier. Ambos sentíamos que sería cruel que Lisa 
debiera pasar sus últimos meses de vida sujeta a ese tratamiento de radiación. 
El 9 de junio Lisa ingresó al Hospital Pediátrico de Los Ángeles. Era el tercer 
hospital al que entraba en tres meses. La doctora Higgins, que estaba a cargo de 
su caso, dijo que había tres áreas en que podía extenderse el cáncer: al hígado, al 
pecho o al cerebro. Cualquiera podría ser fatal. Aparentemente, el cáncer se 
extiende rápidamente en los niños en edad de crecimiento, y la única forma de 
salvar su vida era por medio del tratamiento con cobalto y quimioterapia. 
Finalmente dimos nuestra autorización para que se le realizara el tratamiento 
preliminar, y comenzaron a colocarle una serie de inyecciones. Lisa reaccionó 
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28 Nada es Imposible para Dios 
violentamente. Yo me sentaba con ella durante toda la noche, mientras ella 
vomitaba y preguntaba: "Mamá, ¿qué me pasa? .Por qué estoy tan enferma?" 
Era más de lo que yo podía soportar. Javier y yo conversamos nuevamente y 
decidimos que sus últimos días transcurrirían en nuestro hogar, con nosotros, en 
vez de en el hospital. La llevaríamos a casa. 
El capellán de la escuela a la que Lisa asistía se había enterado de su 
enfermedad y la visitaba todas las noches, llevándole la comunión. Le 
comentamos nuestra decisión de interrumpir el tratamiento de cobalto. Él estuvo 
de acuerdo. "Si ella está muriendo, debería pasar los últimos días de su vida lo 
más feliz que sea posible." 
"Lisa no tiene absolutamente ninguna posibilidad de recuperación sin la terapia de 
radiación", objetó la doctora Higgins cuando le comunicamos nuestra decisión. 
Los otros médicos opinaban igual. "Si se queda en el hospital, quizá podamos 
aprender algo que pueda ayudar a otra niñita dentro de cinco o diez años." 
"No me interesa que mi hija se convierta en un experimento médico",