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¿Cómo enfermero ¿Qué es lo más perturbador que has visto en la unidad de obstetricia?

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Aprendizaje Práctico


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Estudiando Tudo

Hace más de un mes

Fui una estudiante de enfermería en obstetricia durante 1979. Atendí varios partos y fui precedida por partos de diferente longitud e intensidad. No era una experta, pero estaba aprendiendo.

La mañana particular que recuerdo, fui asignada a atender a una mujer quien ya había estado en trabajo de parto por unas horas. Me presenté entre los dolores de parto, y me acerqué a darle algo de apoyo, sostener su mano, y enfermería básica de maternidad. Algo parecía estar “mal” al principio.

Ella parecía estar progresando y su cérvix estaba dilatando, pero nada pasaba. Se estaba desesperando, pero a nadie le importaba. Hablé con la enfermera a cargo y con mi instructor, ambos vieron a mi paciente brevemente, y dijeron que estaba siendo “dramática”. ¿Qué se supone que significa eso y cómo es de ayuda? Me sonó a que la estaban culpando por no ser capaz de “soportarlo”.

Eventualmente me dijo que necesitaba orinar, pero no podía. Al palpar su abdomen, se sintió como si hubiera un embarazo sobre su embarazo ¡Su vejiga estaba tan llena que se sentía enorme!

La enfermera a cargo entró y le ordenó que orinara. Mi paciente no podía orinar. Yo estaba sorprendida, y expliqué que el bebé probablemente estaba presionando su uretra, y que ella estaba impedida físicamente a hacerlo. La enfermera a cargo rodó sus ojos y dijo, “Bueno, entonces tendrás este dolor por más tiempo” y habiendo dicho esto, se fue.

El médico residente entró para verificar que todo estuviera bien, y le pregunté si podía introducir una sonda de Foley en la paciente. Se rió y me dijo “Sí, claro, ¡buena suerte con eso!

Conseguí el catéter, esperé a que pasaran las contracciones, y empujé al bebé con una mano mientras introducía la sonda con la otra. Entró con facilidad, y un litro completo (1000 cc) salió.

Aparentemente la vejiga llena estaba evitando el progreso del bebé. Las cosas mejoraron por media hora, entonces mi paciente empezó a perder el control. Pateaba y gritaba histéricamente, casi sin parar. Yo estaba aterrada, pero no había nadie para ayudarme (o ayudarla). Verifiqué que su cérvix estuviera dilatado ¡Y nada ocurría!

Sus gritos irritaban al personal, y una enfermera entró y me dijo que la llevara a tomarse una radiografía. El departamento de radiología estaba a cuatro pisos, al final de un salón interminable. No entendía cómo iba a llevar a esta pobre mujer por un viaje así, particularmente con sus niveles de sufrimiento. Pedí una radiografía portátil, pero me la rechazaron. “¡Sólo consíguele una radiografía y ve si de verdad hay una razón para que grite de esa forma!”

Y así nos fuimos, en un ascensor con visitantes, a través del pasillo, todo fue un castigo doloroso y vergonzoso para mi paciente. Estaba sorprendida por la cantidad de personas que la vieron juzgándola. Cubrí su rostro con la tablilla siempre que pude, pero no había confidencialidad para ella.

La radiografía abdominal demostró que la cabeza de su bebé era demasiado grande para pasar por el canal de parto - este tenía obviamente una mala forma debido a sus huesos pélvicos.

Al regresar a la sala de parto, fue preparada para una cesárea sin muchas ganas. Estaba sorprendida por lo lento que se movía todo, me preocupaba que la cabeza del bebé se atascara en el canal de parto.

Ahora, esta paciente recibió analgésicos ocasionalmente, pero la dosis no fue efectiva, ni siquiera por momentos. Claro, no es seguro sobremedicar a la madre debido a la reacción del bebé a los efectos del sedante. Me cuesta expresar mi alivio cuando le administraron anestesia, y sus gritos finalmente cesaron. Estoy seguro de que ella se sintió igual.

La cesárea empezó rápidamente, pero mi mayor temor se materializó. Dos residentes musculosos y fuertes tiraban del bebé con toda su fuerza para sacar la cabeza de la pelvis. Estaba atascada, y pasaron varios minutos antes de que pudieran sacarlo a la fuerza.

Milagrosamente no hubo daño por haber jalado, y al final, la madre y el hijo estuvieron juntos después del parto, sonriendo y llenos de paz. Pensé que el final había terminado bien y fui a la reunión de clases para discutir mis experiencias de ese día. Tuve mucho que decir porque de verdad no podía soportar ocho horas de gritos otra vez, y había decidido que la obstetricia no era lo mío.

Todos discutimos nuestras experiencias del día, incluyéndome. La enfermera a cargo se unió a nuestra discusión y después de que terminara de hablar, tanto la enfermera a cargo como mi instructor intervinieron para compartir la sabiduría del día: “Las mujeres negras siempre gritan de esa manera, no les importa abrirse para embarazarse, pero sí que odian cuando tienen que pagarle al plomero. Eventualmente aprendes a ignorarlo”.

Me levanté, me fui, y no volví nunca. Tenía créditos suficientes para salir de ginecobstetricia, y no quería volver a ver a esas mujeres en toda mi vida. Pensé durante las actividades de todo el día y me di cuenta de que no me ignoraban a mi, la ignoraban a ella, por su color de piel.

Tuvo la peor complicación de parto que haya visto ¡Por supuesto que le dolió más! Por eso gritó más, cualquiera lo habría hecho. Cada intervención había sido retrasada sin razón aparente. Tiemblo al pensar lo mucho que habría esperado si no fuera porque yo le insistí a todos para que intervinieran. Todo el día me parece extremadamente perturbador en retrospectiva. Gracias a Dios que ella y su hijo sobrevivieron.

Fui una estudiante de enfermería en obstetricia durante 1979. Atendí varios partos y fui precedida por partos de diferente longitud e intensidad. No era una experta, pero estaba aprendiendo.

La mañana particular que recuerdo, fui asignada a atender a una mujer quien ya había estado en trabajo de parto por unas horas. Me presenté entre los dolores de parto, y me acerqué a darle algo de apoyo, sostener su mano, y enfermería básica de maternidad. Algo parecía estar “mal” al principio.

Ella parecía estar progresando y su cérvix estaba dilatando, pero nada pasaba. Se estaba desesperando, pero a nadie le importaba. Hablé con la enfermera a cargo y con mi instructor, ambos vieron a mi paciente brevemente, y dijeron que estaba siendo “dramática”. ¿Qué se supone que significa eso y cómo es de ayuda? Me sonó a que la estaban culpando por no ser capaz de “soportarlo”.

Eventualmente me dijo que necesitaba orinar, pero no podía. Al palpar su abdomen, se sintió como si hubiera un embarazo sobre su embarazo ¡Su vejiga estaba tan llena que se sentía enorme!

La enfermera a cargo entró y le ordenó que orinara. Mi paciente no podía orinar. Yo estaba sorprendida, y expliqué que el bebé probablemente estaba presionando su uretra, y que ella estaba impedida físicamente a hacerlo. La enfermera a cargo rodó sus ojos y dijo, “Bueno, entonces tendrás este dolor por más tiempo” y habiendo dicho esto, se fue.

El médico residente entró para verificar que todo estuviera bien, y le pregunté si podía introducir una sonda de Foley en la paciente. Se rió y me dijo “Sí, claro, ¡buena suerte con eso!

Conseguí el catéter, esperé a que pasaran las contracciones, y empujé al bebé con una mano mientras introducía la sonda con la otra. Entró con facilidad, y un litro completo (1000 cc) salió.

Aparentemente la vejiga llena estaba evitando el progreso del bebé. Las cosas mejoraron por media hora, entonces mi paciente empezó a perder el control. Pateaba y gritaba histéricamente, casi sin parar. Yo estaba aterrada, pero no había nadie para ayudarme (o ayudarla). Verifiqué que su cérvix estuviera dilatado ¡Y nada ocurría!

Sus gritos irritaban al personal, y una enfermera entró y me dijo que la llevara a tomarse una radiografía. El departamento de radiología estaba a cuatro pisos, al final de un salón interminable. No entendía cómo iba a llevar a esta pobre mujer por un viaje así, particularmente con sus niveles de sufrimiento. Pedí una radiografía portátil, pero me la rechazaron. “¡Sólo consíguele una radiografía y ve si de verdad hay una razón para que grite de esa forma!”

Y así nos fuimos, en un ascensor con visitantes, a través del pasillo, todo fue un castigo doloroso y vergonzoso para mi paciente. Estaba sorprendida por la cantidad de personas que la vieron juzgándola. Cubrí su rostro con la tablilla siempre que pude, pero no había confidencialidad para ella.

La radiografía abdominal demostró que la cabeza de su bebé era demasiado grande para pasar por el canal de parto - este tenía obviamente una mala forma debido a sus huesos pélvicos.

Al regresar a la sala de parto, fue preparada para una cesárea sin muchas ganas. Estaba sorprendida por lo lento que se movía todo, me preocupaba que la cabeza del bebé se atascara en el canal de parto.

Ahora, esta paciente recibió analgésicos ocasionalmente, pero la dosis no fue efectiva, ni siquiera por momentos. Claro, no es seguro sobremedicar a la madre debido a la reacción del bebé a los efectos del sedante. Me cuesta expresar mi alivio cuando le administraron anestesia, y sus gritos finalmente cesaron. Estoy seguro de que ella se sintió igual.

La cesárea empezó rápidamente, pero mi mayor temor se materializó. Dos residentes musculosos y fuertes tiraban del bebé con toda su fuerza para sacar la cabeza de la pelvis. Estaba atascada, y pasaron varios minutos antes de que pudieran sacarlo a la fuerza.

Milagrosamente no hubo daño por haber jalado, y al final, la madre y el hijo estuvieron juntos después del parto, sonriendo y llenos de paz. Pensé que el final había terminado bien y fui a la reunión de clases para discutir mis experiencias de ese día. Tuve mucho que decir porque de verdad no podía soportar ocho horas de gritos otra vez, y había decidido que la obstetricia no era lo mío.

Todos discutimos nuestras experiencias del día, incluyéndome. La enfermera a cargo se unió a nuestra discusión y después de que terminara de hablar, tanto la enfermera a cargo como mi instructor intervinieron para compartir la sabiduría del día: “Las mujeres negras siempre gritan de esa manera, no les importa abrirse para embarazarse, pero sí que odian cuando tienen que pagarle al plomero. Eventualmente aprendes a ignorarlo”.

Me levanté, me fui, y no volví nunca. Tenía créditos suficientes para salir de ginecobstetricia, y no quería volver a ver a esas mujeres en toda mi vida. Pensé durante las actividades de todo el día y me di cuenta de que no me ignoraban a mi, la ignoraban a ella, por su color de piel.

Tuvo la peor complicación de parto que haya visto ¡Por supuesto que le dolió más! Por eso gritó más, cualquiera lo habría hecho. Cada intervención había sido retrasada sin razón aparente. Tiemblo al pensar lo mucho que habría esperado si no fuera porque yo le insistí a todos para que intervinieran. Todo el día me parece extremadamente perturbador en retrospectiva. Gracias a Dios que ella y su hijo sobrevivieron.

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