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El movimiento y la función reguladora del tono general de activación La formación reticular activadora nada tiene en común con la modalidad de los...

El movimiento y la función reguladora del tono general de activación

La formación reticular activadora nada tiene en común con la modalidad de los órganos sensoriales (analizadores), aunque contribuye bastante a su consolidación. Con la constante actividad terapéutica basada en el desarrollo del movimiento se puede notar que la función reticular es una fuente dinámica de regulación del tono de la corteza, la cual, en su forma más primaria, se relaciona con los procesos metabólicos del cerebro. La formación reticular del bulbo raquídeo y del mesencéfalo, ligados al hipotálamo, ayuda a conservar el equilibrio interno del organismo (homeostasis), regulando los niveles de activación de los sistemas respiratorio y digestivo. Las formas complejas de esta activación también dependen de sistemas de conducta no condicionada; por ejemplo, la formación reticular intenta defender al sistema nervioso de los eventos que inducen respuestas de estrés. La regulación del sistema noradrenérgico de la formación reticular participa en el proceso de alostasis. La producción de glucocorticoides derivados de la respuesta al estrés, el cual puede ser inducido por condiciones estrictamente fisiológicas, genera una coactivación de los sistemas simpático y parasimpático, que a su vez puede inducir respuestas inmunológicas (Mac Ewen, 2006).

Las respuestas relacionadas con el estrés pueden mantenerse constantes o volverse comunes, lo que provocará que la formación reticular incremente su activación, la cual, a su vez, producirá efectos en el sistema nervioso autónomo. Así, ante bebés con niveles altos de irritabilidad, la terapéutica consistirá en hacer posible que la respuesta a los cambios del medio ambiente (respuestas de estrés) aminore y con ello se establezca una modulación de la activación de la formación reticular. Los ejercicios terapéuticos intentarán eliminar la hiperreactividad al contacto a través de posiciones y posturas que induzcan comodidad en el bebé, mientras se satisfacen sus necesidades de alimentación y cuidado (Aldrete et al., 2014).

Cuando se reduce la hiperreactividad, es posible decir que la llegada al organismo de estímulos modulados genera formas de activación por completo distintas, las cuales se manifiestan como reflejos de orientación (Smirnov et al., 1983). Este tipo de estímulos suelen estár “modulados” por el cuidador primario, quien funge como una especie de filtro para que estos no produzcan irritabilidad, sino formas de orientación.

Este reflejo puede constituir la base primordial de la actividad cognoscitiva, puesto que uno de los descubrimientos más importantes fue establecer relaciones entre el reflejo de orientación y el trabajo de la formación reticular (Bejtereva y Smirnov, 1980).

El estudio del reflejo de orientación y la reacción de activación demostró que se trata de un mismo fenómeno que tiene dos fases: su forma tónica-generalizada y su forma fásica-local. La forma tónica se ha relacionado con sectores inferiores del tronco cerebral; la fásica, con los centros superiores, sobre todo con el sistema talámico (Smirnos et al., 1983).

Se ha documentado, asimismo, que el sistema del reflejo de orientación está ligado de modo funcional a los núcleos talámicos, el núcleo caudado y el hipocampo (Danilova, 2007.
El reflejo de orientación implica una respuesta, que puede ser abrupta a determinado estímulo novedoso, pero a medida que el estímulo y sus rasgos son conocidos, la respuesta estará mejor organizada. Este mecanismo induce respuestas de habituación, es decir, cuando un estímulo se repite, irá perdiendo su novedad y no se precisa una movilización del organismo. El reflejo de orientación tendrá entonces una relación especial con la memoria. La vinculación de estos procesos es lo que garantizará la comparación de señales.

La realización de ciertos movimientos para garantizar determinadas posturas adquiere un significado profundo cuando se piensa que algunos actos motores, si son novedosos, harán que el bebé reaccione activando los reflejos especie-específicos (Katona, 1998). Pero ésta no es la respuesta final; los ejercicios terapéuticos que requieren de repetición, pero también de la mediación del adulto para poder adquirirlos y sostenerlos, harán que el bebé adquiera los hitos del desarrollo psicológico.

Mientras que las formas de reacción básicas (vitales) de la formación reticular están moduladas en lo general por el sistema noradrenérgico, el reflejo de orientación implica la movilización de sistemas que controlan los estados tónicos de la corteza cerebral, y, por ejemplo, asegurará la producción de acetilcolina, que no sólo se vincula con el control motor tanto a nivel periférico como central, sino que también participa en las respuestas de atención y en la especificación de los actos de conducta, en ambos casos como inhibidora. De igual manera, la dopamina interviene en este reflejo, pues mediante el sistema extrapiramidal se induce el control de los actos motores, que a su vez activarán la vía mesolímbica, también modulada por este mismo neurotrasmisor, el cual garantizará que la conducta se realice bajo un tono emocional específico (Vizi y Lendvai, 1999).

Se puede asegurar que durante la ontogenia la formación reticular mantiene una constante coactivación con los ganglios basales, el sistema extrapiramidal y la corteza somatosensorial, produciendo complejos mecanismos de retroalimentación y modulación (Paxinos, 2004). Lo anterior influye en la adquisición de estereotipos motores. Además, durante la formación y desarrollo de dicho sistema se integrará el funcionamiento de las cortezas prefrontal y motora suplementaria. A partir de ese conjunto emergerá la capacidad para la organización serial de acciones motoras y la elaboración de planes/proyectos, lo cual supone que la formación reticular no sólo mantiene una relación de abajo hacia arriba, sino también, y sobre todo, que cuando las cortezas prefrontal y premotora han logrado niveles de maduración más elevados es capaz de recibir sus influencias para modificar su activación (vías córtico-reticulares).

Se puede decir que la formación reticular integra al primer bloque funcional, el cual asegurará un nivel de activación apropiado para alcanzar el mantenimiento de la postura. No se debe obviar que los ejercicios que suscitan las posturas requeridas son mantenidos y regulados sistemáticamente por los padres, quienes harán que el ejercicio cuente con un efecto emocional que implique una comunicación específica con el bebé.

Pelayo et al. (2013) han diseñado un protocolo para indicar cómo se deberán realizar los ejercicios, a fin de que éstos fomenten la comunicación efectiva; ello sugiere que aun los mecanismos fisiológicos más fundamentales de la primera unidad funcional pueden ser subordinados a la calidad de la interacción.

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