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Anatomia de un asesinato

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Un	hombre	que	ha	matado	a	tiros	al	agresor	de	su	esposa,	la	hermosa	y	provocativa
Laura	Manion,	es	detenido	y	acusado	de	asesinato	en	primer	grado.
La	 acción	 se	 desarrolla	 en	 un	 juzgado	 en	 una	 pequeña	 ciudad	 del	 Medio	 Oeste
norteamericano,	 y	 los	 actores	 son	 los	 fiscales,	 los	 abogados	 defensores,	 el	 juez,	 el
acusado,	y	el	 jurado,	el	cual	decidirá	el	destino	de	un	hombre.	Pero	 los	detalles	del
crimen	y	las	historias	personales	de	los	implicados	son	secundarios,	ya	que	el	drama
del	 juicio	 criminal	 revela	 las	 complejas	 cuestiones	 morales	 conlleva	 y	 que	 son
expuestos	 hasta	 su	misma	 esencia	 y	 la	 pregunta	más	 difícil	 de	 contestar	 es:	 ¿hasta
dónde	 es	 capaz	 de	 llegar	 un	 hombre	 para	 convencer	 a	 sus	 semejantes	 de	 que	 es
inocente	de	asesinato?	¿Y	cuánto	será	usted	capaz	de	arriesgar	para	ayudarle?
Anatomía	de	un	asesinato	 es	 la	 novela	 número	uno	 en	ventas	 de	Robert	Traver,	 el
thriller	de	juicios	original	americano,	que	allanó	el	camino	para	un	género	completo
de	ficción	y	en	la	que	se	basó	la	película	clásica	nominada	al	Oscar	del	director	Otto
Preminger	y	que	protagonizó	James	Stewart.
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Robert	Traver
Anatomía	de	un	asesinato
ePub	r1.2
Titivillus	13.01.2019
ebookelo.com	-	Página	3
Título	original:	Anatomy	of	a	murder
Robert	Traver,	1958
Traducción:	Jacinto	León
	
Editor	digital:	Titivillus
ePub	base	r2.0
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Prólogo
ÉSTA	 es	 la	 historia	 de	 un	 asesinato,	 del	 proceso	 consiguiente	 y	 de	 algunas	 de	 las
personas	que	se	vieron	envueltas	en	los	trámites	legales.	El	asesinato,	entre	todos	los
delitos,	 parece	 poseer	 una	 irresistible	 fuerza	 magnética	 que	 atrae	 a	 la	 gente	 y	 la
enreda	para	su	sorpresa,	y	de	vez	en	cuando	para	su	horror.
Un	asesinato,	naturalmente,	ocurre	siempre	en	algún	sitio,	y	éste,	como	el	proceso
que	 le	 siguió,	 tuvo	 por	 escenario	 la	 Península	 de	 Michigan,	 la	 «U.	 P.»	 (Alta
Península:	 Upper	 Peninsula)	 para	 los	 naturales	 de	 la	 región.	 La	 «U.	 P.»	 es	 un
territorio	salvaje,	duro	y	árido,	asentado	sobre	los	restos	de	desaparecidos	glaciares,
el	último	de	los	cuales,	en	su	lenta	retirada,	convirtió	la	península	en	un	laberinto	de
pantanos,	 colinas,	 peñascos	 y	 riachuelos	 infinitos.	 Situada	 al	 pie	 de	 la	 vertiente
meridional	del	gran	macizo	canadiense	precambriano,	la	región	quizás	esté	ligada	al
Canadá	 por	 afinidad	 de	 clima	 y	 de	 geología;	 con	 el	 Estado	 de	 Wisconsin	 por	 la
geografía;	aunque	por	lógica	más	allá	de	toda	deducción	explicable	la	región	acabara
siendo	parte	del	Estado	de	Michigan,	 si	bien	esto	no	ocurriera	sino	después	de	una
serie	de	compromisos	y	manejos	políticos	cuyo	relato	exigiría	una	larga	historia.
Nadie	quería	la	remota	y	áspera	«U.	P.»,	hasta	que	pudo	ser	convencido	el	Estado
de	Michigan	para	que	 la	 aceptara,	 cosa	que	hizo	de	mala	gana	aunque	 le	 regalaran
con	ella	una	modesta	franja	de	terreno	a	lo	largo	de	la	frontera	de	Ohio,	conocida	por
«el	 Camino	 de	 Toledo».	 Esta	 fábula	 política	 alcanzó	 encantadora	 ironía	 cuando	 se
descubrieron	en	la	«U.	P.»	importantes	yacimientos	de	hierro	y	de	cobre,	capaces	de
rivalizar	 con	 todos	 los	 que	 ya	 se	 conocían	 en	 aquel	 hemisferio.	 El	 patito	 feo	 del
cuento	 se	 convirtió	 en	 una	 hermosa	 princesa	 de	 cabellos	 de	 oro.	 Los	 políticos	 de
Michigan	estuvieron	a	la	altura	de	las	circunstancias	y	se	congratularon	por	su	talento
y	visión,	 asegurando	que	 siempre	habían	deseado	poseer	 la	 «U.	P.».	 ¡Naturalmente
que	siempre	la	habían	querido!
Precisamente	allí	sucedió	lo	que	en	este	libro	va	a	ser	narrado.
	
Robert	Traver
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Primera	parte.	Antes	del	proceso.
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Capítulo	primero
LOS	silbatos	de	las	minas	anunciaban	la	medianoche	cuando	yo	descendía	por	Main
Street.	Era	una	noche	de	domingo,	a	mediados	de	agosto,	y	había	luna.	Yo	volvía	a
casa	 después	 de	 un	 fin	 de	 semana	 en	 el	 lago	 Oxbow,	 junto	 a	 mi	 viejo	 amigo	 el
ermitaño	Danny	McGinnis,	que	vive	allí	siempre.	Al	llegar	a	Hematite	Street	quise	ir
a	echar	un	vistazo	a	casa	de	mi	madre,	aquella	casa	blanca	y	vieja	en	que	yo	había
nacido,	 alzada	 en	 la	 esquina	 donde	 había	 transcurrido	 mi	 infancia.	 Al	 doblar	 esta
esquina	con	mi	coche,	los	faros	acariciaron	a	los	olmos	que	plantara	mi	padre	siendo
aún	joven,	y	arrancaron	destellos	azules	de	las	amadas	ventanas.	Mi	madre	seguía	en
casa	de	mi	hermana	casada,	y	me	tenía	encargado	que	vigilara	aquel	edificio.	Así	lo
había	hecho,	y	comprobé	esta	noche	que,	como	una	bandera,	la	casa	seguía	allí.
Continué	mi	camino	y	no	me	hubiese	detenido	de	no	haberme	visto	obligado	a
ello	para	no	atropellar	a	un	borracho	que	salió	sin	ninguna	precaución	del	Bar	Trípoli,
con	 una	 especie	 de	 trote	 sonámbulo,	 todavía	 con	 el	 compás	 de	 la	 música	 de	 la
gramola	que	sonaba	dentro	del	local	vacío	y	casi	a	oscuras.
—¡Insolación!	—murmuré	 distraído—.	 Sencillamente,	 una	 víctima	 enloquecida
por	el	sol	de	medianoche.
Mientras	dejaba	el	 coche,	bastante	 sucio	de	barro,	 ante	el	Minner’s	State	Bank,
frente	a	mi	oficina	y	junto	al	almacén	general,	me	decía	que	pocos	ruidos	serían	más
tristes	que	el	 lamento	nocturno	de	una	gramola	en	una	desierta	ciudad	provinciana.
En	comparación,	el	canto	de	una	lechuza	me	resultaría	más	alegre.
Abrí	 el	 portamaletas	 y	 saqué	 la	 mochila,	 dos	 cañas	 de	 pescar	 con	 funda	 de
aluminio	y	una	bolsa	de	mano,	y	las	dejé	sobre	el	estribo.	Luego	me	eché	la	mochila	a
la	espalda	y	tomé	los	demás	bultos	como	pude,	cruzando	la	calle	solitaria	y	dejando
tras	de	mí	el	ruido	de	mis	pasos	en	la	noche	silenciosa.
—¿Qué	tal	fue	la	pesca,	Paul?	—dijo	alguien	surgiendo	de	un	oscuro	callejón	de
junto	al	almacén.
Era	el	viejo	Jack	Tragembo,	alto	y	flaco,	curtido	como	un	«Tío	Sam»	sin	barba.
Pertenecía	 a	 la	 fuerza	 de	 policía	 de	 Chippewa,	 y	 desde	 que	 yo	 podía	 recordarlo
siempre	había	tenido	el	turno	de	noche.
—Muy	 bien,	 Jack	 —dije	 rascándome	 el	 cogote—.	 He	 comido	 tantas	 truchas
durante	estos	días,	que	temo	acabar	teniendo	agallas	como	ellas.
—¿Supongo	 que	 estarás	 enterado	 del	 asesinato?	 —dijo	 con	 un	 tono	 que
demostraba	su	deseo	de	que	no	fuera	así—.	Hasta	hemos	salido	en	los	periódicos	de
la	capital.
—No	lo	sabía,	Jack.	Acabo	de	 llegar,	como	puede	ver.	A	Dios	gracias	no	había
periódicos,	 radios	 ni	 teléfonos	 en	 los	 bosques	 de	 Oxbow.	 El	 viejo	 Danny	 es	 tan
hablador	que	no	acepta	que	le	hagan	la	competencia	esos	cacharros.	Estoy	seguro	de
que	tendrá	al	culpable	atado,	convicto	y	confeso	para	el	viejo	Mitch.
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Jack	se	encogió	de	hombros.
—Eso	no	nos	preocupa,	Paul.	Ocurrió	allá	arriba,	en	Thunder	Bay,	el	viernes	por
la	noche.	Uno	de	los	soldados	se	volvió	loco	y	le	largó	cinco	disparos	a	Barney	Quill
con	un	treinta	y	ocho.	Este	Barney	era	el	que	tenía	allí	el	hotel	y	el	bar.	El	soldado
dice	que	Barney	perseguía	a	su	mujer.	Afortunadamente,	 la	policía	del	Estado	le	ha
detenido	ya.
—¡Vaya…!	—dije	yo,	sintiendo	que	se	avivaba	mi	interés	profesional.
En	 aquel	momento	 un	 coche	 tomó	 la	 curva	 sobre	 dos	 ruedas.	 Se	 oyeron	 gritos
juveniles	y	frenos	y	neumáticos	gimieron	como	caballos	asustados.	Estuvo	a	punto	de
lanzarse	sobre	mi	coche,	y	luego	se	alejó	como	un	relámpago.	Segundos	después	dos
coches	de	la	policía	llegaron	a	toda	máquina,	deteniéndose	uno	el	tiempo	justo	para
recoger	a	Jack,	que	saltó	al	interior	como	un	muchacho.	La	escena	pareció	haber	sido
sacada	de	las	viejas	películas	de	Keystone,	y	no	pude	menos	que	pensar	tristemente
en	la	calma	que	reinaría	en	mi	refugio	favorito,	entre	la	maleza	de	Oxbow.	La	niebla
se	 alzaría	 inesperadamente,	 sobre	 el	 risco	 aullaría	 un	 coyote,	 se	 oiría	 el	 canto	 del
pájaro	 pescador,	 una	 trucha	 saltaría	 en	 el	 agua…	 Permanecí	 un	 rato	 mirando	 por
encima	del	Banco	hacia	la	enorme	luna	amarilla	que	surgía	tras	un	macizo	de	nubes.
«Mi	 corazón	 sangrará	 siempre	 pooor	 ti	 —cantaba	 la	 gramola—	 y	 gritará
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