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Quincey - La farsa de los cielos Ensayos

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THOMAS DE QUINCEY
La farsa de los cielos
En s a y o s
Traducción y prólogo: JERONIMO LEDESMA
Paradiso
De Quincey, Thomas
La farsa de los cielos : ensayos - 1a ed. -
Buenos Aires : Paradiso, 2005.
172 p. ; 20x14 cm.
Traducido por: Jerónimo Ledesma
ISBN 987-9409-52-3
1. Ensayo Inglés I. Ledesma, Jerónimo, trad.
II. Título
CDD 824
Realizado con el apoyo del Fondo de Cultura B.A.
de la Secretaría de Cultura del G.C.B.A.
Traducción y prólogo: Jerónimo Ledesma
Diseño: Adriana Yoel
Ilustración de Tapa: Albrecht Dürer, Carta de los cielos del norte, 1515
De esta edición:
© Paradiso ediciones, 2005
Fco. Acuña de Figueroa 786, 1180 Buenos Aires
www.paradisoediciones.com.ar
ISBN: 987-9409-52-3
1º edición: 1000 ejemplares
Hecho el depósito que indica la ley 11.723
Este libro se terminó de imprimir en el mes de agosto de 2005,
en Gráfica M.P.S. S.R.L., Buenos Aires - República Argentina
3
INDICE
PROLOGO . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 5
SORTILEGIO Y ASTROLOGIA . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 29
SOBRE EL SUICIDIO . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .51
CAMINANTE STEWART . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 57
MODALES DE FRANCIA E INGLATERRA . . . . . . . . . . . . . . . . 73
SOBRE EL ESTADO ACTUAL DE LA LENGUA INGLESA . . . . . . . . 82
TEORIA DE LA TRAGEDIA GRIEGA . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 103
SISTEMA DE LOS CIELOS . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 123
UN FRAGMENTO DESCARTADO DE LAS CONFESIONES . . . . . .154
NOTAS DEL TRADUCTOR . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .157
BIBLIOGRAFIA . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .171
PROLOGO A LA FARSA DE LOS CIELOS
No me preocupa ninguna valoración que dependa de la
comparación con otros. Colócame donde te plazca en la
escala comparativa: pero aún estando en el fondo de tu
catálogo, déjame gozar recordando las cartas que expresan
el más ferviente interés por algunos pasajes de Las confe-
siones y, a través de su impulso, un interés por el autor.
De Quincey: Prefacio a las Selecciones serias y risueñas
(1853)
Este libro, que llamamos La farsa de los cielos, reúne ocho
textos de Thomas De Quincey (1785-1859) nunca antes traduci-
dos a nuestra lengua. Salvo el último, que es un fragmento des-
cartado de las Confesiones de un Come-Opio inglés, extractadas
de la vida de un intelectual (1821),1 son todos artículos publicados
entre 1823 y 1851 en medios periodísticos ingleses.
Encontrarás aquí estos personajes: un escritor buscando en
una bañera algo que enviar a una revista; un astrólogo de nombre
impronunciable que vive recluido en una cañada; animales (un cor-
dero, un caballo) que parecen suicidas, pero que sólo carecen de
la noción de espacio; un filósofo que está caminando siempre, que
escribe libros imposibles (por ejemplo, unos Viajes por las zonas
5
1 De todas las traducciones del término “Opium-Eater”, la que elige Borges,
“opiófago”, acaso sea la más apropiada. Las razones: brevedad, precisión, ine-
xistencia en el diccionario, sublimidad y analogía con “antropófago”. Sin embar-
go, hemos preferido “Come-Opio” por recomendación de una crítica anónima,
que no ha publicado ni piensa hacerlo. Esta opción, más literal y compacta, tiene
un único defecto: imprime al original un tono cómico que no posee. La formamás
habitual, “comedor de opio”, está irremediablemente estropeada por el significado
del sustantivo “comedor”. Repárase en que el término “opium-eater” fue una
invención exotista de DeQuincey, inspirada en los theriakis de Turquía, que, según
las crónicas, consumían el opio “crudo”.
más interesantes del Globo: para descubrir la fuente del Impulso
Moral: comunicados para conducir a la Humanidad por la con-
vicción de los sentidos a una Existencia Intelectual y un senti-
miento ampliado de la Naturaleza: en el año 5000 del conoci-
miento retrospectivo del hombre según cálculos astronómicos) y
que sospecha que una liga mundial de monarcas aboga por su des-
trucción; el rostro abominable de un fantasma en la oscuridad del
cielo; un niño juguetón y su opiómano padre demoliendo a fle-
chazos los sagrados monumentos de la filosofía.
Pero no sólo personajes raros encontrarás aquí; también
reflexiones sobre diversos temas: sobre la opaca exactitud de las
estrellas y la charlatanería sin vergüenza de los astrólogos, sobre
la verdadera pero incalculable edad de la Tierra, sobre por qué el
Biathanatos de Donne no es una apología del suicidio, sobre el ori-
genmaterial de la tragedia clásica, sobre el misterio del espacio, sobre
los telescopios –que investigan esemisterio–, sobre la diferencia espe-
cífica entre los modales de dos potencias de Europa (la hosquedad
de Inglaterra versus la amabilidad de Francia), sobre el valor del
slang y la evolución de los idiomas, sobre la palabra “humbug”, que
significa “farsante”, sobre el origen digestivo de la locura.
Y todo esto lo encontrarás en una prosa de estilo ameno, ela-
borado y erudito, pero nunca acartonada. Verás que el concepto de
diferencia infinitesimal se ilustra con carreras de caballos y que el
sentido de una nebulosa se esclarece –¿se esclarece?– por referencias
alParaíso Perdido deMilton. Leerás citas y traducciones ymás citas.
Acaso te parezca un cuadro extravagante, una tormenta en una
palangana, un negocio con desparejas mercancías en vidriera.
Pero no es otra la impresión que en general produce la obra ente-
ra de De Quincey. Cuando uno examina los catorce volúmenes de
la clásica edición deMasson (1889-1890) o los ventiuno de la edi-
ción actual de Lindop (2000-2003), se siente como un mareo, un
desconcertado asombro, por la variedad de cosas acumuladas. Cito
algunos títulos: “El tocador de la mujer hebrea”, “La última
6
sesión del Parlamento”, “Coleridge y la ingesta de opio”,
“Carlomagno”, “Revueltas”, “Recuerdos de Hannah More”,
“Wordsworth”, “Sobre el origen de los rosacruces y los fracma-
sones”, “Ricardo simplificado o cuál es la diferencia radical entre
Ricardo y Adam Smith”, “Los movimientos nacionales de mode-
ración”, “La casuística de las comidas romanas”, “Sobre el cris-
tianismo como órgano de la acción política”, “California y la manía
de buscar oro”, “Del asesinato considerado como una de las
bellas artes”... La enumeración otra vez suena a baraja mezclada.
Invoquemos la sensatez de la historia: “la obra entera –escri-
be su más fervoroso lector argentino– está hecha de artículos, que
en aquel tiempo equivalían, en extensión y profundidad, a lo que
hoy llamaríamos libros”.2 Así es. En un lapso de cuarenta y
nueve años, escribiendo para publicaciones periódicas con agen-
das definidas, que participaban, a su vez, de una maquinaria en
formación,3 corrido por las deudas y con una familia extensa, De
Quincey intimó con todos los saberes y todos los géneros y todos
los estilos, con los que manejaba y con los que no. Pero De
Quincey no fue un “periodista” en el sentido moderno del térmi-
no, ni un divulgador meramente, ni siquiera un pálido pirata, y en
parte porque tuvo que ser estas cosasmalgré lui, en un medio que
lo reclamó como tal. Aún cuando escribiera anónimamente, no
desaparecía en las palabras: las palabras, al contrario, lo hacían
7
2 En: Borges, Jorge Luis. Obras completas en colaboración. Buenos Aires:
Emecé, 1997. p. 832-833. La frase de Borges es buena pero engañosa. La equi-
valencia entre artículos y libros disuelve el hecho de que los artículos, en aquel
tiempo, no eran libros y que poseían otra condición social en la república de los
textos.
3 “unamaquinaria en formación”. Para el momento en que escribe DeQuincey, en
pleno siglo diecinueve, el universo de las publicaciones periódicas está, literalmen-
te, en formación. Entre los periódicos del dieciocho y los del diecinueve, median
varias cosas: la politización y diversificación de las publicaciones precipitadas por
la revolución francesa y las guerras napoléonicas; la ampliación del público lector;
la profesionalizaciónde la escritura periodística que dio comienzo con laEdinburgh
Review (1802), la primera en pagar sistemáticamente los textos.
aparecer. Su escritura fue, con respecto a las exigencias de su tiem-
po, tan adecuada como inadecuada, tan dócil como resistente, y
en esa soga de circo, se erigió su literatura. Si De Quincey, esa
prosa que es De Quincey, se integra a su entorno, es por su
seductora diferencia con la norma común, por su excepcionalidad.
La vida del intelecto
Esta filosofía, que yo profeso sobre el éxito del escándalo y
las creederas del lector, no se ha apoderado de mí de impro-
viso, así como suele dominarnos una teoría nueva, expues-
ta con talento, aunque sea falsa, por un espíritu atrevido.
No; creo ante todo en la experiencia...
Lucio V. Mansilla: “¿Por qué...?”
En la biografía intelectual de De Quincey,4 estuvo primero la
casa paterna en Greenhay, cerca de Manchester, y su biblioteca
abastecida de textos religiosos, políticos y poéticos. En 1793, la
muerte del padre puso todo en movimiento. La familia se mudó
varias veces y DeQuincey transitó por varias escuelas y estuvo bajo
la tutela de varios guardianes, aunque ninguno, a su entender, satis-
factorio. En sus conversaciones no faltaron ni el reformismo polí-
tico ni la ciencia de punta. El nombre “Samuel Taylor Coleridge”
llegó a sus oídos por primera vez hacia 1800, cuando era pocomás
que un niño, y llegó como el nombre de un personaje vinculado al
radicalismo de Liverpool, no como el conservador acérrimo al que
Coleridge nos acostumbró después ni como el profeta que gustaba
a Carlyle. Su madre, mujer severamente religiosa, era adepta al cír-
culo deHannahMore. El lector quizá ignora la peculiar política de
esta mujer, More, que combatió activamente, con campañas y ser-
mones, el liberalismo revolucionario de Thomas Paine y Los dere-
8
4 Para los datos de la biografía intelectual seguimos la introducción de Grevel
Lindop aWorks (2000-2003) y su biografía (1993).
chos del hombre, a los que consideraba demoníacos. Fue por inter-
medio de un editor morista (si se nos permite el adjetivo) que De
Quincey conoció parcialmente, en manuscrito, las Baladas líricas,
el libro deWilliamWordsworth y Coleridge que hoy constituye la
marca registrada del primer romanticismo y que tan importante
sería, en todo aspecto, para la formación de De Quincey.
En 1802, De Quincey abandonó la escuela deManchester, en
una huida que Las confesiones hicieron famosa y que no vale la
pena repetir. Cualquiera que consulte ese libro sabrá lo que vino
después: vagabundeos por Gales e Irlanda, pobreza en Londres,
reconciliación con su familia, consumo posterior del opio para ali-
viar un dolor de muelas. De aquel tiempo nos queda un diario que
De Quincey escribió durante 1803, lleno de intenciones literarias,
reflexiones críticas y esbozos ensayísticos. Por ese diario sabemos
que no sólo tenía juveniles anhelos sobre su futuro intelectual, sino
también frondosas fantasías sexuales y un asiduo trato con pros-
titutas. También fue por entonces entusiasmado lector de las
novelas góticas, genero que ensayaría, por encargo, más tarde, con
su Klosterheim o la máscara (1832).
Durante el período en Oxford (1804-1808), De Quincey
empezó los estudios de Kant y conoció a Charles Lamb y, final-
mente, a Coleridge y a Wordsworth. En 1808, como antes en
1802, se fugó de una institución educativa: habiendo elegido la
totalidad de la tragedia griega como tema de examen, al segundo
día de pruebas salió corriendo del college oxoniense. Poco tiem-
po después, estaba viviendo en Grasmere, en el pintoresco distri-
to de los Lagos, en un casa que había pertenecido aWordsworth.
Allí siguió leyendo filósofos: a Kant agregó Spinoza, Leibniz,
los metafísicos alemanes (Fichte, Schelling, etc.). También consumió
místicos y visionarios, como Boehme. Leyó con avidez, pero sin
satisfacción, textos de economía política (hasta conocer la obra de
David Ricardo, esta ciencia le pareció estancada, sin fundamentos
sólidos). Pero lo más importante en ese período fue acaso el que
9
intimara personal e intelectualmente conWordsworth y Coleridge,
sus ídolos de juventud. De la conversación con ellos, especialmente
conWordsworth, derivó muchas de sus propias opiniones críticas,
como la distinción entre literatura de poder y de conocimiento. En
la relación con sus mayores también aprendió otras cosas, como la
miseria de los intelectuales.5 En sus lecturas, había seguido –pudo
comprobar– la misma dirección que Coleridge, “esa dirección en
la que muy pocos de cualquier época nos siguen, la de los metafí-
sicos alemanes, los latinistas, los platónicos taumatúrgicos, los mís-
ticos religiosos” (“Samuel Taylor Coleridge”, 1834).6 El opio,
marca indeleble de DeQuincey, era también la de Coleridge, lo que
le ofrecía un grano más para identificarse con él y robarle su
alma. De aquel tiempo es el irónico autorretrato que nos da en Las
confesiones y que los críticos suelen emplear para caracterizar a De
Quincey como romántico: una cabaña entre montes y lagos, una
tetera inmortal, una mujer dócil, una garrafa de láudano (opio en
forma líquida) y un libro de metafísica alemana. Con eso bastaba,
decía el autor de Las confesiones, para saber que el Come-Opio
andaba cerca. Como la primera edición del libro fue anónima, algu-
nos afirmaron que el único que podía haberlo escrito era Coleridge.
10
5 De Quincey nunca dejó de profesarles admiración, aunque a veces la admira-
ción se volviera ironía, ferocidad y desengaño. En un texto sobre la poesía de
Wordsworth (Tait’s Magazine, 1845), anotó una enseñanza derivada de su trato
personal con el poeta: “No confíes en los príncipes ni en los hijos de los príncipes.
Esta fue la advertencia, la moraleja final en que sintetizó su experiencia un polí-
tico agonizante. Del mismo modo podría decirse: No confíes en los intelectuales
de tu época; no trabes un vínculo demasiado próximo con quienes viven en la
atmósfera de la admiración y la alabanza. El amor de tales personas rara vez se
ajusta al círculo estrecho de los individuos [...] Contempla, pues, el esplendor de
tales ídolos como un extraño que pasa. Mira por un momento como quien com-
parte la idolatría, pero después sigue tu camino, antes que la fragilidad humana
manche el esplendor o que tu admiración desinteresada se confunda con el ofre-
cimiento de laureles o el tributo de los aduladores.” (Works, 15, 224).
6 Sobre el primer conocimiento de Coleridge, Wordsworth y las Baladas líricas
puede consultarse el estudio de Daniel Sanjiv Roberts (2000). La mayoría de los
textos de De Quincey sobre esos Poetas de los Lagos han sido traducidos al espa-
ñol por Jordi Doce (2003).
Estando en Grasmere planeó De Quincey una ambiciosa
obra filosófica, De enmendatione humanu intellectus, que pre-
tendía retomar una inconclusa obra de Spinoza. Ese proyecto que-
daría abandonado para que sus hijos “hicieran memoria de mis
esperanzas derrotadas y mis esfuerzos sin resultado, de los mate-
riales acumulados en vano y de los cimientos sobre los que nunca
se levantó una superestructura.” Pero más tarde, una copia de los
Principios de Economía de David Ricardo, le insufló nuevos
bríos, y pudo encarar un nuevo proyecto, igualmente ambicioso,
que mezclaba un tema ricardeano –la economía política– con una
intención kantiana –la fundación crítica de un sistema. Se trataba
de escribir unos Prolegómenos a todos los futuros sistemas de eco-
nomía política. Los redactó, dice, pero no llegó a publicarlos por-
que fue incapaz de terminar el prefacio y la dedicatoria.
La estructura intelectual de De Quincey quedó fijada a estos
disímiles saberes de la época que la historia denomina romántica; fue
ese extraño aprendizaje el que dictó tanto la variedad como las limi-
taciones de sus futuros temas. En su primer trabajo sostenido, la con-
ducción de laWestmorlandGazette, un periódico de la zona en que
vivía, órgano de un candidato político conservador, repartió sus
curiosos naipes con ingenio y soltura. A pesar de que el público cam-
pestreno debía ser muymetafísico, De Quincey se las arregló para
insertar entre las notas folclóricas, las transcripciones de juicios cri-
minales –tan demandadas por entonces– y los ensayos sobre eco-
nomía política, algunos textos filosóficos (“Kant y Herder”, “Kant
y el Dr. Herschel”, “El planetaMarte”). Sin duda, el formato de un
periódico, que admitía la yuxtaposición de fragmentos, debía resul-
tarle afín. Algo similar debía ocurrir con elmodo de la autobiografía,
que cultivó hasta sumuerte: bajo la excusa de un yo, la autobiografía
daba espacio a casi cualquier cosa, siempre que un estilo la sostuviera
y una experiencia pudiera invocarse.
A pesar de su trabajo y sus obligaciones familiares, De
Quincey nunca dejó de leer libros raros, antiguos y difíciles, y siem-
11
pre se mantuvo informado sobre las novedades de su tiempo. Leyó
lo que escribían sus contemporáneos casi en el momento en que se
publicaba: al igual que Leigh Hunt, y a pesar de sus ideas políti-
cas, fue admirador de Percy Shelley y John Keats; más tarde, aun-
que no escribió sobre ellos, porque la novela decimonónica no le
caía particularmente en gracia, fue lector de Dickens y las Brontë.
Ávido lector de diarios, siempre estuvo atento a la nueva infor-
mación económica, a los cambios en el uso de la lengua y a las con-
troversias políticas. Introdujo en sus escritos las imágenes que le
procuraban la electricidad y la fotografía, nuevas invenciones de
un mundo en progreso.
Una anécdota temprana ilustra la amplitud de los intereses
de De Quincey y el curioso modo en que pretendía combinar-
los, como si todo fuera traducible o como si en los límites de la
traducción se pudiera comprender –o hacer estallar– lo moder-
no. En Las confesiones dice que tempranamente adquirió el
griego. “A los quince años, mi dominio del idioma era tan gran-
de que no sólo componía versos griegos en los metros líricos sino
que era capaz de conversar en griego de corrido y sin la menor
dificultad; no he encontrado después a ningún helenista de mi
época que alcanzase a tanto; en mi caso tal habilidad se debía
a la práctica de traducir diariamente los periódicos a viva voz
en el mejor griego que se me ocurriera extempore; la necesidad
de forzar la memoria e invención en busca de toda suerte de
combinaciones y perífrasis equivalentes a las ideas, imágenes y
relaciones modernas me dio una gama de dicción que nunca
habría logrado con la aburrida traducción de los ensayos mora-
les”. Traducir al griego los periódicos no sólo suponía mejorar
el griego sino también, y acaso más fundamentalmente, tradu-
cir la forma del propio tiempo, descomponerla, verla con la dis-
tancia que otorga la lengua de la cultura.
Pero las ideas no engendran ideas como las mariposas engen-
dran mariposas: sólo cuando se vuelve personal la biografía lite-
12
raria de De Quincey, e histórica su biografía personal, se empieza
a entender qué pasó con este hombre en aquel tiempo.
Hasta la muerte de su esposa –Margaret Simpson murió el
año en que la reina Victoria ascendía al trono–, De Quincey
tuvo con ella ocho hijos, tres mujeres y cinco varones. Para un
arruinado, ocho es un número familiar considerable. Piensa en él,
lector, en ese número, imagina esa cantidad de bocas, esos cuerpos
queridos (De Quincey siempre fue un padre amoroso) pidiendo
sustento. La mala administración de sus recursos, el patológico
descalabro de las finanzas y el hecho de que un escritor de revis-
tas, en aquella época, no pudiera tener un ingreso importante a
menos que lo apuntalara otro trabajo (un puesto de editor o
algo del estilo), sumergieron al grupo familiar en una vida de
angustias y ansiedades. Durante el tiempo en que vivieron en
Grasmere, De Quincey debió pasar largos períodos en Londres y
Edinburgo, alejado de su familia, comunicándose con ella sólo por
carta. Cuando se mudaron a Edinburgo, para evitar separaciones
prolongadas, las cosas no mejoraron demasiado.
En Escocia la morosidad no estaba penada por la ley direc-
tamente, pero había modos indirectos de perseguirla. Existía lo que
se llamaba “tocar el clarín”. El acreedor iba a un tribunal y
denunciaba al moroso. El tribunal, verificados los documentos,
emitía una intimación de pago por orden del rey. Si el moroso no
pagaba la deuda, un oficial de la corte iba a la plaza pública, toca-
ba el clarín y declaraba “rebelde” al moroso por haber desobe-
decido al rey. Como “rebelde”, el moroso podía ser encarcelado.
En un lapso de ocho años, a De Quincey le tocaron el clarín por
lo menos nueve veces, aunque una sola terminó en la cárcel y úni-
camente por un día.
Para De Quincey, la ciudad se convirtió, como luego para
Baudelaire, en un campo minado. En varias ocasiones tuvo que
buscar asilo en el refugio de Holyrood, un sector de Edinburgo
donde los morosos tenían inmunidad jurídica. El asedio de los
13
acreedores y la penuria económica obstaculizaban su trabajo, cier-
tamente. No sólo por la escasez de libros y las ingratas molestias
de estar siempre en fuga, sino, en términos más físicos, por el ries-
go concreto del arresto. A veces De Quincey tuvo que recurrir a sus
hijos para hacer llegar sus textos (que eran traducibles en efectivo
o pago de alguna deuda) a los editores. Un empleado de la Tait’s
Magazine cuenta que no era raro que una de las hijas de De
Quincey irrumpiera de pronto en la redacción, dejara un paque-
te sobre la mesa –un paquete que podía contener, por ejemplo, el
último texto de esta antología– y saliera corriendo de vuelta a la
ciudad. A veces eran otros los emisarios: un policía nocturno, un
cochero.
Estas circunstancias gravitaron en el modo de escribir de De
Quincey. Como no sabía cuándo tendría que producir un artícu-
lo para renovar su crédito (no para sanear su economía, porque tal
cosa era totalmente imposible), en sus mudanzas siempre acarre-
aba montones de libros, papeles y apuntes. Documentos legales y
financieros convivían promiscuamente en su valija con resúmenes
de libros, notas sobre sueños, listas de buenas ideas y ensayos a
medio escribir. Los propietarios estaban tan advertidos del valor
de ese cargamento como el mismo De Quincey, que lo custodiaba
como un alucinado. Más de una vez fue retenido por dueñas de
pensión. Más de una vez, tuvo que salir huyendo el Come-Opio
dejando tras de sí parte de su desesperado capital.
En un estudio sobre las fuentes de los escritos de De Quincey
(The Mine and the Mint, 1965), Albert Goldman reveló un dato
escandaloso. La mayor parte de los eruditos ensayos de De
Quincey tenían una única fuente impresa, aunque el autor fingiese
haber leído, como cualquier especialista, todos los textos sobre la
cuestión. Es más: De Quincey rebajaba la fuente de la que saque-
aba datos, casi siempre acusándola de un estilo flojo, que él
venía a mejorar con el suyo. Este hábito pirata estaba vinculado
a la situación de escritura de De Quincey, quien muchas veces
14
dependía de apuntes desprolijos tomados en tiempos diferentes, de
los libros que tuviera a su inmediato alcance y de aquello que
pudiera recuperar de su memoria, vasta pero imperfecta o, como
dice Borges, “activa”.7 Lo notable, para Goldman, como para cual-
quiera, es que en esas operaciones de disimulado hurto, de tra-
ducción y pastiche, De Quincey forjara un original, un texto
propio, convirtiendo la fuente en otra cosa, en un artículo con un
valor y un sentido agregados del cual la fuente primera carecía.
Los últimos días de Immanuel Kant, que se vende como un
texto de DeQuincey, y así debe ser, es la mejor ilustración del fenó-
meno. Wasianski, el último secretario de Kant, dejó un texto
autobiográfico sobre la vejez, la agonía y la muerte del prestigio-
so filósofo. El texto de Wasianski, con el declarado propósito de
testimoniar el heroísmo de ese grande hombre, resistente en la
adversidad, abundaba en pormenores jugosos sobre su vida ínti-
ma, en notitas sobre las costumbres cotidianas y los devastadores
efectos de su declinación. Las facultades de Kant se debilitan: sus
teorizaciones se vuelven torpes,pierde la noción del tiempo, se
queda dormido sobre las velas y se despierta con el gorro en lla-
mas. De Quincey empieza traduciendo con fidelidad pasmosa el
original deWasianski, pero a medida que avanza, corta, reescribe
y subraya cada vez más enérgicamente. Termina por engendrar un
segundo texto en el que los detalles se han transformado en indu-
dables pasos de comedia que conducen a la ejecución de un des-
tino trágico. Aquello que en Wasianski estaba del lado de la
vida, ingenuamente de ese lado, en De Quincey se organiza en
15
7 En el prólogo a Los últimos días de Emmanuel Kant y otros escritos (1986),
Borges escribió: “De la suma de páginas que componen el libro de Las mil y una
noches, De Quincey, al cabo de los años, rememoraba aquella en que el mago,
inclinado el oído sobre la tierra, oye el innumerable rumor de los pasos que la reco-
rren y sabe de quién son los de la única persona, un niño en la China, predestinada
a descubrir la lámpara maravillosa. En vano busqué ese episodio en las versiones
de Galland, de Lane y de Burton; comprobé que se trataba de un involuntario don
de De Quincey, cuya activa memoria enriquecía y aumentaba el pasado.”
drama, como si la literatura no admitiera, para representar la vida,
otro registro que ése, y como si la vida, en esta tierra, representa-
ra ella misma un teatro dispar.
La farsa de los cielos
¡Os hubiera elevado hasta las estrellas!
Amalia, en la obra de Schiller, Los bandidos
Existe la costumbre de considerar a DeQuincey como un sub-
producto de la era romántica, como un romántico menor. Al igual
que Blake, pero sin su altísima poesía, al igual que Coleridge, pero
sin su estatura intelectual8, De Quincey, el Come-Opio, habría sido
un visionario, un tejedor de sueños, y sus mejores obras habrían
sido esas que se constituyen, aparentemente, del otro lado de la
noche, en las alucinaciones de los sueños, en las digresiones des-
gajadas de la temporalidad, en los paraísos recobrados, etc.
Esta costumbre no es arbitraria y tiene su historia, una que
emerge de las turbias aguas del romanticismo. No sería tan cues-
tionable (en cierto sentido, De Quincey fue un subproducto de
la era romántica) si, por un lado, esta costumbre no implicara
una gruesa falsificación y si no impidiera, por el otro, leer o
releer a De Quincey. Considera este solo dato: para sostener
esta costumbre, para que el Come-Opio siga siendo sólo el escri-
tor de lo sublime, es preciso excluir el ochenta por ciento de su
producción y leer el otro veinte de un cierto modo. Su reputa-
ción en español aún se debe a esta reducción a subproducto de
la era romántica. Descansa, de forma casi exclusiva, en los ensa-
yos del opio, en la sátira sobre el crimen como arte bella, en la
descripción de la agonía de Kant, en los textos sobre sus mayo-
res (Coleridge, Wordsworth) y en un puñado de otros artículos
poco frecuentados. Esta selección no propone desromantizar a
16
8 “estatura intelectual”. La otra estatura de De Quincey, la física, era poca.
De Quincey, sino ampliar la escena, cambiar algunos tonos,
algunos énfasis. De ese modo, acaso sea la noción de romanti-
cismo, antes que la imagen de De Quincey, la que haya que revi-
sar. Lo que sigue es la explicación de esta propuesta. No pier-
des mucho, lector, con esquivarla y saltar ya mismo a La farsa
de los cielos.
En la lectura de DeQuincey como románticomenor, dos ideas
se repiten solidarias. La primera es la idea reductora, convencional,
del romanticismo como arte bella, como poesía de la imaginación
y fuga del mundo. La segunda, que depende de la primera, la equi-
paración del Come-Opio con un sujeto que vive entre la nostalgia
y el anhelo, entre la elegía y el proyecto utópico, asqueado del pre-
sente. Estas ideas son equivocadas, como su solidaridad.
El consumo de opio, que De Quincey inició en 1804 y que
mantuvo durante toda su vida, fue más que una adicción: fue una
vía de reconexión con la comunidad, de la que el propio opio lo
había excluido inicialmente. “El opio, escribió al editor William
Blackwood en noviembre de 1820, me ha reducido a la descorte-
sía de un silencio absoluto durante seis años; esto no me resulta-
rá tan doloroso si el mismo opio me permite, como creo que lo
hará, enviarle un artículo.” No le envió el artículo a Blackwood,
con quien De Quincey se enemistó por diferencias de criterio, sino
al editor de la London Magazine. Pero el opio, sin duda, se com-
portó con docilidad y se prestó –tanto le agrada conquistar a los
hombres– a otra forma de consumo, el literario. El artículo que
envió a la London era la primera parte de Las confesiones de un
Come-Opio inglés; por ellas De Quincey recibió reconocimiento
inmediato, del público y de sus pares, y a partir de entonces, tuvo
asegurado su lugar en la prensa. La publicación de Las confesio-
nes fue a la vez un acto terapéutico y demarketing.
Por la manera en que el “Come-Opio” digiere y asimila el
romanticismo, es y no es “romántico”. Se lo puede definir como
una parodia o una repetición del romanticismo, que señala su
17
muerte histórica y su renacimiento como convención, como
modelo. Al identificarse públicamente con la figura del Come-Opio
y establecer en la base de su carrera esta identificación, De
Quincey trenza, en el medio social, en el mercado de la literatura,
en su fuero interno, dos épocas: la de su primera formación, que
tiene como protagonistas a Wordsworth y Coleridge, a Burke y
Paine, a los revolucionarios franceses y el trágico Napoleón, y la
época de su vida profesional, que se orienta, cada vez más resuel-
tamente, al liberalismo reformista y la pequeña burguesía comer-
ciante, al desaforado mundo de Balzac, de Dickens, de Marx.
Algo stendhaliano hay en De Quincey y viceversa.
La alianza que selló De Quincey con el opio, una alianza ins-
cripta en su cuerpo, en sus hábitos (el opio se ingiere, no descien-
de del cielo ni nace del alma, como la inspiración), no fue un pacto
con la muerte, sino una asociación productiva, una reinvención de
sí para la era del capital. (De Quincey, el adicto, notablemente,
vivió 74 años.) El tipo de producción que surgió de esa alianza, la
producción del Come-Opio, con sus digresiones, fragmentos y fan-
tasmas, con sus placeres y torturas, tampoco fue, por supuesto, la
del prolijo filisteo –para usar el término de Arnold–, la del peque-
ño burgués de buena conciencia, ni la del autor olímpico que,
desde su elevado sitial, desprecia y juzga el caos reinante con dedo
erecto. No podía serlo. Fue una producción del gasto, que incluía
en sus haberes, por definición, la deuda y la ruina. Por supuesto,
esta producción, como arte, como estética, resultaba atractiva para
el consecuente filisteo, una válvula de escape para su propia acu-
mulación, una experiencia vicaria del desorden, de cuyos benefi-
cios podía disponer entregando una dosis reducida del capital acu-
mulado. Esa producción estética resulta más atractiva aún para el
lector contemporáneo, que revaloriza la fragmentación, la ironía
y las contradicciones grotescas.
En los textos del opio (Las confesiones, El coche-correo
inglés, Suspiria de profundis) se repite una estructura que va de la
18
autobiografía a la reelaboración onírica, a la literatura como
sueño. Es un camino que lleva del escenario prosaico de la histo-
ria, marcado por el tiempo y sus inevitables pérdidas, a otro
mundo que, si no es mera compensación del anterior, postula otro
lugar, uno donde el yo deja la cárcel del tiempo y avizora, intuye,
vive, momentáneamente, en la suspensión de los males que liberó
Pandora. En la medida en que este camino empieza en la expe-
riencia de la vida cotidiana y se eleva, gradualmente, al mundo de
los sueños y la prosa apasionada –como llamaba De Quincey a la
prosa poética– supone un sistema de valoración por el cual la
meta, lo alto, es la visión sublime y unificada, y lo bajo, el sórdi-
do y disperso ámbito de la vida. Lo que la ideología romántica pre-
fiere ocultar, es la estructura doble del camino ascendente.
Privilegiando la dirección(subir, siempre subir) y la continuidad
(disolver, siempre disolver), el romanticismo suprime la estructura.
Oculta que el camino al cielo, hecho de lenguaje, esta destinado a
caer siempre y empezar de nuevo, siempre. Al menos en esta tierra
prima la estructura del pecado.
De Quincey fue, en cierto sentido, un propulsor de este pen-
sar, aceptó la escala y la escalada de valores de su época, y él
mismo se la aplica cuando reúne sus textos dispersos. Para la reco-
pilación de sus escritos que lleva el título sugerente y aliterado de
Selections Grave and Gay (Selecciones serias y risueñas), escribió
un prólogo en el que intentaba clasificar su producción y señalar
dónde y cómo hay que buscar el mérito. Postuló tres categorías,
definidas menos por la temática de los textos que por el efecto que
deberían ocasionar y el objetivo con que habían sido elaborados.
En el punto más bajo, agrupó los textos que sólo habían querido
entretener al lector, divertirlo, procurarle placer, como su
Autobiografía; en el segundo, los textos que apelaban, predomi-
nantemente, a la facultad del entendimiento y que denomina
“ensayos”; por último, textos como Las confesiones y su secuela,
Suspiria de Profundis, que constituirían “un tipo más elevado de
19
composición”, un “modo de prosa apasionada que no puede
agruparse con ningún precedente de las literaturas conocidas”.
Evidentemente, el valor más alto, para De Quincey, estaba con este
último modo de “literatura de poder”: veía su originalidad en esos
textos que subían a la cúspide de lo más propiamente literario.9 Y
a juzgar por el modo en que se recibió su obra, no se equivocaba.
No obstante, admite, con cautela, que en cada categoría hay for-
mas mezcladas, cuya determinación como “literatura” no es tan
evidente. Y termina haciéndose una pregunta: “¿por qué accidente,
tan ajeno a mi naturaleza, pretendo sentar las bases para una valo-
ración más alta de mi trabajo (workmanship)?”. La pregunta no
es sólo retórica. Ese accidente, ajeno a su naturaleza, es la presión
de la propia ideología romántica.
Hay un fragmento de Novalis que sirve para caracterizar el
costado utópico del romanticismo. Escribió Novalis: “El paraíso
está, por decirlo así, disperso en la tierra. Por eso es tan difícil de
reconocer. Hay que reunir sus rasgos dispersos, rellenar su esque-
leto; hay que regenerar el paraíso”.10 En esta consigna está sinte-
tizado ese espíritu de reconciliación con la unidad perdida, que
campea en los escritos de fines del siglo dieciocho y comienzos del
diecinueve y que, con el correr de los años, vino a representar cual-
quier romanticismo. Lo singular de esta consigna –que el arte,
20
9 A De Quincey le atribuyeron la primera definición de la palabra “literatura”
como arte autónomo. En un texto temprano, las “Cartas para un joven cuya edu-
cación ha sido descuidada” (1823), escribió: “La palabra literatura es una per-
petua fuente de confusión, porque se usa en dos sentidos, y en dos sentidos sus-
ceptibles de ser confudidos entre sí. En un uso filosófico de la palabra, Literatura
es la antítesis directa de los Libros de Conocimiento. Pero en un sentido popular,
es un mero término de conveniencia para designar abarcativamente todos los
libros en una misma lengua”. Lo que DeQuincey se pregunta entonces, para resol-
ver la confusión, es qué se opone antitéticamente al conocimiento. No es el pla-
cer, dice, sino el “poder”. “Todo lo que es literatura busca comunicar poder; todo
lo que no es literatura, busca comunicar conocimiento.” Sobre esta oposición, con
distintas variantes, vuelve De Quincey en otras ocasiones.
10 Novalis, La enciclopedia (notas y fragmentos), trad. Fernando Montes,
(Madrid: Fundamentos, 1976), p. 19.
como instrumento del absoluto, debería concretar– reside en la
creencia de que el paraíso es recuperable, de que es posible, de
algún modo, por alguna operación mística, una vuelta a eso que
se pone como remoto origen de lo escindido, de lo separado y
caído en la historia. Regeneración del paraíso es sinónimo, en este
punto, de realización del ideal.
De aquí, una primera distinción entre De Quincey y esta ver-
tiente del pensar romántico. Los escritos sobre el opio y sus enso-
ñaciones no admiten la posibilidad de regenerar el paraíso, porque
parten del saber de que el único paraíso no vedado a los hombres
es el paraíso perdido. Hillis Miller, en su The Dissapearance of
God (1965), vio toda la obra de DeQuincey como el efecto de una
conciencia creada sobre este saber. En un intento desesperado, De
Quincey habría escrito textos que buscaban remagnetizar el espa-
cio que, sin Dios, se había vuelto loco; habría tenido experiencias,
insatisfactorias, con sustitutos imperfectos (la escritura, la músi-
ca y el opio) de esa unidad que ya no estaba. Pero Miller, a pesar
de su lucidez, no hizo nada con la comicidad de De Quincey, y lo
deja abandonado a un destino trágico y sublime de ruina gótica,
que sólo en la muerte puede superarse.
En la ley del antagonismo debe buscarse la diferencia básica
de De Quincey con los anhelos románticos. Para De Quincey, la
verdad, generalmente, está a medias, si los elementos no se orga-
nizan como pares antagónicos. Esta ley, que tomó del empirismo,
junto con su defensa de la hilación en la prosa, fue un argumen-
to central de su pensamiento. Todo respondía a esa ley, a un nivel
ontológico, histórico y estético, porque era una ley de la vida: dos
imágenes actúan y reaccionan por una intensa repulsión y anta-
gonismo, y en esa confrontación, por contraste, se asocian.
En una nota de 1823, De Quincey, el Come-Opio, discute con
aquellos que criticaban aMilton el haber sido demasiado sofisti-
cado en la representación del Paraíso. Invoca, como argumento,
la ley del antagonismo. Cito extensamente porque aclara: “esta es
21
la clave para comprender toda la vistosa pompa de arte y erudición
que Milton a veces despliega en situaciones de intensa soledad y
en el seno de la naturaleza primitiva, como, por ejemplo, en el
Edén de su gran poema y en el Páramo de su Paraíso recobrado.
La sombría exhibición de un banquete real en el desierto acentúa
y destaca la sensación de completa soledad y apartamiento de
hombres y ciudades. Las imágenes de esplendor arquitectónico
súbitamente erigidas en el centro mismo del Paraíso, como espec-
táculos evanescentes por la vara de un mago, ponen en portento-
so relieve la profundidad del silencio y la despoblada soledad que
posee este asilo del hombre cuando aún es inocente y feliz. De nin-
gún otro modo y con ningún artificio menos profundo, podía con-
seguirse que el Paraíso entregara sus características específicas y
diferenciales en una forma palpable para la imaginación. Como
lugar de reposo, era necesario ponerlo en colisión directa contra
el ajetreo incesante de la ciudad; como lugar solitario, contra la
imagen de la tumultuosa muchedumbre; como centro de la mera
belleza natural en su esplendor primitivo, contra imágenes de sofis-
ticada arquitectura y trabajo humano; como lugar de perfecta ino-
cencia en la reclusión, debía ser mostrado como el polo antagónico
del pecado y la miseria del hombre social.”
El paraíso debe ser visto, por lo tanto, como lo otro de la exis-
tencia social, como lo otro de la ciudad y la masa, lo otro del peca-
do. El opio, las visiones, los sueños, la poesía, la literatura de poder,
pueden hablarnos en figuras de ese otro lugar, pero esa lengua mís-
tica, siempre será un lenguaje, propiedad del cuerpo y de la his-
toria, condenada a la distorsión constitutiva del intérprete y a la
irreparable fugacidad del tiempo. Ahora, esta renuncia a la rege-
neración del paraíso –y ésta es la segunda distinción de De
Quincey con respecto a la ideología romántica– no provoca en sus
escritos un lamento interminable, sino, por el contrario, la idea
antagónica de una risa sobre las costumbres, de un radical escep-
ticismo sobre los hombres. El paraíso está perdido, ciertas expe-
22
riencias pueden permitirnos atisbar, con nuestros “ojos de carne”
(eyes of flesh),esa zona vedada. Pero mientras tanto, aquí en la tie-
rra, justamente porque el Edén no está con nosotros y porque inú-
tilmente queremos regenerarlo, se representa una farsa, la farsa de
los cielos.
Derivamos la expresión de un artículo que se llama “El sis-
tema de los cielos” y que se incluye al final de esta antología. En
la medida en que la obra de De Quincey consigue sus atisbos del
cielo en el entorno de una población de personajes satíricos y en
la medida en que la fragmentariedad, la ruina, es una de las mar-
cas más evidentes de la obra, revertir el sistema celestial en farsa,
en entremés, en relleno, nos ha parecido justo. Por otra parte, la
traducción que hemos elegido para la palabra “humbug”, que apa-
rece en dos importantes ocasiones, es “farsante”. Esta palabra, que
expresa la avivada, la picaresca de la vida del mundo, se le aplicó
al propio De Quincey al comenzar su carrera. Un periódico satí-
rico que empezó a salir en 1824, la John Bull Magazine, incluyó
entre sus atracciones principales una columna sobre los “Humbugs
of the Age”, es decir, los “Farsantes de la época”, los “chantas”.
Y el primero de estos farsantes, el Humbug N°1, fue el Come-
Opio. Lo describieron así, injuriosamente: “Imaginate un animal
de cinco pies de alto, que se encarama sobre unos palitos, que tie-
nen las medidas pero no las delicadas proporciones de dos rodillos,
con un tipo indescriptible de cuerpo cómico y una cabeza de la
magnitud más portentosa, que le recuerda a uno esas caricaturas
cabezonas que nos ofrecen los ilustradores ocurrentes. En lo que
hace a la cara, su caracter totalmente grotesco queda por completo
fuera del alcance de la pluma.”
La farsa de los cielos propone dedicar más atención a la
dimensión teatral en la que se desenvuelven los textos dequince-
anos, al valor específico de sus retratos y ficcionalizaciones y al
peso que él mismo concede a la representación en y de la vida
pública.
23
La obra de De Quincey, por diversa, extravagante y estiliza-
da, se presta a antologías y traducciones. Frecuentarla me permi-
tió hacer uso de tal virtud. Por supuesto, la costumbre editorial de
proponer siempre los mismos textos, hizo más fácil la tarea de ele-
gir otra cosa. Pero lo más curioso es que los textos aquí reunidos,
sin ser canónicos, tampoco son meramente coyunturales. De
Quincey los valoraba, los incluyó en sus Selections Grave andGay,
los corrigió para que lo recordaran también por ellos.
En la nueva edición de losWorks (2000-2003), obra monu-
mental e impecable, los artículos se ordenan cronológicamente. En
La farsa de los cielos no seguí ese criterio correctísimo. El orden
figura un itinerario, pero no uno cronológico.
En losWorks, asimismo, los textos se editan siempre en su pri-
mera versión, tal como salieron en los periódicos, con las varian-
tes textuales en notas. Para la comunidad académica, en particu-
lar la anglosajona, donde se lee y estudia a De Quincey con
intensidad, la aparición de losWorks fue un acontecimiento glo-
rioso. Los textos quedaron establecidos y la clásica edición de
Masson quedó superada. Pero aquí las cosas son distintas. Los cos-
tosos Works aún no existen y Masson apenas se encuentra. Por
otra parte, la edición deMasson fue De Quincey para aquellos de
nuestros intelectuales que lo consumieron en su lengua: Borges,
Bioy Casares, Girri... De modo que opté por un criterio mixto,
adaptado a las circunstancias: algunos ensayos, como “Sortilegio
y astrología”, “Sobre el suicidio” y “El sistema de los cielos”, per-
tenecen a la edición de Masson (Writings), quien los tomó de la
edición que supervisó el propio De Quincey (Selections Grave and
Gay). El resto procede de la nueva edición, a la que pude, final-
mente, consultar. La información detallada sobre el origen de cada
texto y la versión traducida, se encuentra en las notas. Allí también
aclaro referencias que pueden resultar oscuras y traduzco expre-
24
siones que no están originalmente en inglés. La nueva edición fue
muy útil para confeccionar las notas.
Traducir a De Quincey me exigió algunos malabares. No
siempre mantuve el equilibrio, pero lo intenté. A la conocida
complejidad de la prosa (complejidad conceptual, sintáctica y retó-
rica), hay que sumar la variedad de sus estrategias generales. Si
comparamos, por ejemplo, “Teoría de la tragedia griega” con “El
sistema de los cielos”, en el plano del método y el estilo, veremos
que se ligan por contraste: mientras la “Teoría” avanza concén-
tricamente hacia el corazón material de las cosas, “El sistema” se
expande como si buscara cubrir todo el espacio sideral.
Prosa compleja y variada pero siempre movida por el ritmo.
En ocasiones fue posible recrear ese valor y jugar con tonos y tran-
siciones; en otras, traducir fue experimentar –cito un sueño ajeno–
la sensación absoluta de caer. En la biblioteca de un rioplatense la
prosa de De Quincey engendra riesgosas imágenes: un Halperín
Donghi que se expresa comoMansilla, un Borges distendido, más
macedoniano, que a veces se entrega al ripio que los periódicos
perdonan. Cuando la escritura trata temas mundanos se vuelve
cómica; cuando los temas son intelectuales, quiere sorprender;
cuando el espíritu se juega, la prosa sube y se “apasiona” en arre-
batos sublimes. En el campo de las palabras, en el léxico, De
Quincey siempre busca ser preciso, pero casi nunca prolijo, una
diferencia que los ensayistas, en especial los académicos, solemos
olvidar. La puntuación es peculiar (De Quincey tenía su propia teo-
ría de la puntuación) y la respeté hasta donde fue posible.
Aunque no comentaré los textos, quiero entregar estas
notas: 1. la bañera con papeles de “Sortilegio” existió; las “jóve-
nes damas” y el “muchacho” son hijos de De Quincey; 2. quien
haya leído Sobre el asesinato considerado como una de las bellas
artes, advertirá un eco del efusivo Sapo en el Pozo en el sucio
Chancho en la Cañada; 3. en el retrato de “Caminante Stewart”
se puede leer un reflejo deformado del retratista: el Caminante
25
se une al Come-Opio en la excepcionalidad, pero como con-
tracara; 4. el “sistema de los cielos” empieza con Kant y termi-
na con Jean Paul, como si estuviera encerrado entre esos dos ale-
manes; 5. el fragmento de Las confesiones, como “Sortilegio”,
es un autorretrato del artista como padre, comediante y des-
tructor de falsos ídolos.
Agradezco al British Council el habernos permitido consultar
la British Library; al Conicet y la UBA, el apoyo brindado a mis
investigaciones sobre De Quincey; a la Asociación Argentina de
Cultura Inglesa, su amable disposición. Agradezco también a las
personas que leyeron el trabajo y me dieron su desinteresada
opinión sobre traducciones y notas (Américo Cristófalo, María
Teresa Gramuglio, Adriana Yoel, Guillermo Toscano y García,
Laura Gavilán, Eva-Lynn Jagoe, Paula Bruno, Agustina Lojoya).
A LilaMonti le agradezco el amor y la paciencia. Dedico el trabajo
a Lidia y Joaquín, mis padres.
Jerónimo Ledesma
26
Para hablarte,
no quiero saber nada de tu amado Lactancio,
ni de la indulgencia servil de tu leyenda,
ni de la droga que piensa,
ni de tu seria abominación del veneno.
Esta es mi confesión preliminar.
Thomas de Quincey,
tú, el imaginador para quien el amor era una clepsidra rota,
tú, que hacías gestos de burla
y mirabas a los hombres como planetas extraviados,
ven hoy a recorrer mi colección de máscaras, sabor del espejo,
albergue de la tregua cotidiana.
Ven, acuéstate en un propicio cielo de pizarra,
hombre-dios buscando el ansioso, húmedo caer de las palomas
sobre un arrabal de niñas hambrientas.
Tirso, tirso y frente enriquecida de gas,
toda vergüenza es inhumana y para anunciarte
marcharon por la noche las infinitas caballerías del desvelo.
Ven, dame el puro equilibrio de tu mundo
nunca rebajado a comparar la muerte con la ambigüedad del sueño.
Tirso del pensamiento,
me rescataste del cielo y yo te lo agradezco.
Ríe entonces de lo que el orden y el nivel te hubieran reservado:
“Yo era célebre y admirado,
ahora me comen los gusanos”
Thomasde Quincey.
Alberto Girri, A Thomas De Quincey,
en Playa sola, (1946).
28
29
SORTILEGIO Y ASTROLOGIA1
1. Sortilegio en favor de una institución literaria
Casi a mediados de febrero, recibí de pronto una invita-
ción para contribuir con algún escrito de mi pluma al proyec-
tado ALBUM de una nueva institución literaria, llamada el Ate-
neo, en una gran ciudad occidental.2 ¿Qué podía hacer? Antes
de que llegara la invitación, el día 13 había comenzado; la leyen-
da “a vuelta de correo” era el único límite explícito para res-
ponderla; y la invitación estaba fechada el 10: por lo tanto, ya
habían cumplido su corta vida en este mundo tres “a vuelta de
correo”. No soy de las personas que, tratándose de pan, piden
las cantidades discrecionales (pain à discrétion) de los restaurants
parisinos;3 pero cuando se trata de tiempo, sí. Positivamente,
siempre que debo pensar, requiero tiempo à discrétion. Y fue así
que no me quedó otro recurso que éste: en mi estudio tengo
una bañadera, tan grande que se puede nadar en ella, supo-
niendo que el nadador no sea un hombre ambicioso y se conforme
con avanzar tres pulgadas como máximo. Esta bañadera, reem-
plazada por otra mejor (en lo que respecta a su función origi-
nal), me presta ahora un servicio secundario como depósito de
manuscritos. Está llena hasta el tope de papeles de todo tama-
ño y clase. Cada papel escrito pormí, amí, paramí, de o sobre
mí y, también, contra mí, puede ser hallado, luego de una bús-
queda imposible, en este amplio repertorio. Digamos de paso que
los textos agrupados en la última (u hostil) categoría, han sido
compuestos, principalmente, por zapateros y sastres –un tipo de
30
personas muy afectivas, que se adhieren a uno con la constan-
cia de un emplasto. Esta fidelidad es admirable; pero [suele
manifestarse demasiado a menudo con mal humor y las peque-
ñas alteraciones nerviosas del apego excesivo.] No están con-
tentos si no saben “en qué anda uno”, “qué tiene en mente” y
a dónde viajará. A mí, por ser economista político, me asedian
pidiéndome opinión sobre la moneda, especialmente por esa
forma particular que son las facturas con dos años de atraso; y
siempre quieren que responda a vuelta de correo. Pues bien,
decidí sacar de este depósito algún escrito para el Ateneo. Era
mi resolución indeclinable que la Institución fuera tratada con
plena justicia, por lo menos en lo que puede procurar la volun-
tad humana. Dedicaría al Ateneo cuatro profundas zambullidas
en la bañadera, cuando un solo hombre, por más hiperbólica-
mente ilustre que fuese, no podría haber hecho más de una. Por
otro lado, el Ateneo debía conformarse con lo que le enviara la
fortuna y no reprocharme nada por la sospecha de que los hubie-
ra engañado. Para anular toda posibilidad de un reclamo seme-
jante, solicité la presencia de tres jóvenes damas, que odian todo
lo injusto, como si fueran fiscales, para que observaran el pro-
cedimiento en representación del Ateneo, controlaran que la
pesca se hiciera correctamente y dieran aviso a la corte en caso
de que algo anduviera mal. A las seis de la tarde todo estaba lis-
to en mi estudio. La bañadera había sido intensamente iluminada
desde arriba, para prevenir embustes en ese campo; y el joven
que iba a ejecutar las zambullidas había terminado de ponerse
una bolsa de papas nueva con agujeros en el fondo para sus
piernas. Y como la bolsa estaba atada a su garganta con una ten-
sión asfixiante, dejando un solo agujero para que pudiera mover
su brazo libremente, queda claro que, aun cuando sus inten-
ciones fueran sinceramente fraudulentas y tuviera un arreglo
conmigo, no podría ayudarme ocultando papeles en su ropa ni
con otra artimaña que quisiéramos perpetrar. Habiéndose sen-
31
tado las damas en lugares elegidos admirablemente para detec-
tar cualquier movimiento sospechoso, los procedimientos comen-
zaron. Se dio el paso inaugural con un prolijo discurso de mi par-
te en el que protesté porque se me hacía objeto de sospechas
infundadas y me esforcé por restituirle a mi imagen una abso-
luta pureza de intenciones; pero, lamento decirlo, sin éxito.
Declaré, con cierto énfasis, que en la bañadera, aunque no podía
decir dónde exactamente, había un texto que consideraba del
mismo valor que la mitad de todas mis posesiones: “Y sin embar-
go”, continué, “si nuestro honorable amigo de la bolsa de papas
pescara por azar ese mismo texto, estoy decidido a enfrentar la
situación, sí, en ese caso, expresaré mi interés por la Institución
sacrificando la mitad de mi reino. Aunque ese premio fuera pes-
cado hoy aquí, abandonará esta casa con destino al Ateneo esta
misma noche.” Ante lo cual, la cabecilla de las fiscales, a quien
puedo llamar, en honor a Shakespeare, Porcia,* apagó desa-
gradablemente mi entusiasmo diciendo que no había necesidad
de tanta energía, porque ella y sus letradas hermanas se encar-
garían de cumplir el envío al Ateneo; de hecho, yo no tendría nin-
gún mérito hiciera lo que hiciese. Entonces, para desalojar la
melancolía provocada por los obstinados prejuicios de las fis-
cales, pedí un vaso de vino y, mirando al Oeste5, brindé a la
salud del Ateneo, con la alegórica idea de una joven que está por
ser mayor de edad y entrar en posesión de su dote. “Brindo por
tu prosperidad, querida muchacha”, dije; “eres muy joven; pero
ésa es una falta que, según un viejo adagio griego, disminuye día
a día; estoy convencido de que siempre serás tan amable como
ahora con los extraños necesitados de libros y periódicos. Nun-
ca te vuelvas fastidiosa, querida, como acostumbran algunas
de tu sexo” (diciendo lo cual, miré salvajemente a Porcia). Y lue-
go di la señal al joven para que nos pusiéramos en campaña
* El mercader de Venecia.4
32
–los ojos de Porcia, advertí en silencio, brillaban como los de un
águila. “¡Prepararse para bajar!”, exclamé; y luego: “¡Bajar!”.
A la voz de “¡Prepararse!”, Bolsa de papas se había arrodilla-
do sobre su pierna derecha (quedando su cara en ángulo recto
sobre la bañadera); a la voz de “¡Bajar!”, hundió su brazo dere-
cho en el proceloso mar de papeles. Durante un minuto estuvo
trabajando en ellos como si remara; y entonces, ante la orden
perentoria de “¡Arriba!”, elevó en el aire, como Bruto ilumina-
do por la recriminación de César, su botín. Fue entregado, por
supuesto, a las fiscales, que mostraron de inmediato una leve
curiosidad femenina, ya que se trataba de una carta cerrada y
podía ser una vieja carta de amor que yo hubiera escrito y que
la oficina de correspondencia extraviada hubiera devuelto recien-
temente. Aún lucía fresca y floreciente. Así, aunque no fuera un
premio para el Ateneo, podía ser un secreto interesante para las
fiscales. Lo que resultó y sacamos en cada pesca, lo registraré con
su correspondiente número de orden.
N° 1. Era una invitación a cenar para el 15 de febrero que
había olvidado abrir. Estaba, como dicen los financistas, “llegando
al vencimiento”, pero no vencida, por fortuna (en cuyo caso
sólo queda un pobre remedio), pues faltaban dos días para poder
cobrarla. Arreció una discusión entre las fiscales sobre si ésto ser-
viría para el Album a falta de mejor pesca. Yo postulé que sí, por-
que, si bien una invitación a una cena no podía ser vista razona-
blemente como un texto muy esmerado, siendo su lema Esse
quam videri (que en buen latín significa “Comer* antes que apa-
rentar comer”, como en los banquetes de Barmacida7), supongan,
* Esse¸ comer: el lector, aunque no sea un latinista, tal vez conozca este signi-
ficado adjudicado antiguamente al verbo Esse, por una chanza en latín corrien-
te entre los escolares, a saber: Pes est caput, que a primera vista parece signi-
ficar el pie es la cabeza, pero que en verdad significa: Pes (en su otro sentido,
que equivale a Pediculus, un insecto que no debe ser nombrado) est, come- caput,
la cabeza.6
33
sin embargo, que hubiera enviado la invitación al Ateneo con un
poder para que comieran la cena en mi lugar, ¿la inclusión de ese
sólido bonus8 no habría disminuido la escasez de la cartacomo con-
tribución para elAlbum y no habría mitigado la insatisfacción del
Ateneo? Porcia opinó negativamente que tal cosa fuera posible, por-
que el Ateneo tenía 2000 bocas y debería haber, por lo tanto, 2000
cenas, un argumento que consideré vistoso pero, legalmente hablan-
do, insostenible, porque el Ateneo tenía la posibilidad de designar
un plenipotenciario –un hombre de inmenso calibre– para comer la
cena en representación de los 2000. No sé qué tenía eso de gracio-
so, pero durante la acalorada pelea con Porcia, Bolsa de papas
empezó a reírse tan descontroladamente que me vi en la obligación
de ordenarle en forma imperiosa: “¡Prepararse para bajar!”. Pero
antes de que pudiera obedecerme, fui sacudido por Porcia, que tenía
en sus ojos una mirada de triunfo que me alarmó. Ella y sus her-
manas fiscales habían estado examinando la invitación. “Y”, me
dijo Porcia maliciosamente, “es cierto, como notaste, que faltan dos
días para la cena del 15. Sólo que, por desgracia, la carta es del año
equivocado: ¡es de hace cuatro años!” ¡Oh! ¡Imaginen qué horror!
Además de lamortificación por la victoria de Porcia, me había libra-
do por casualidad de que el plenipotenciario me acusara de enviar-
le lo que ahora podía ser considerado un fraude. Me apresuré a
ocultar mi confusión dando las dos órdenes “¡Prepararse para
bajar! y “¡Bajar!” casi en la misma exhalación. El N°1, después de
todo el desperdicio de erudición legal sobre el caso, había estallado
como una pompa de jabón; y ahora, en consecuencia, se había gene-
rado unamayor expectativa sobre el N°2. Con un gran temblor en
la voz, di la orden final: “¡Arriba!”.
N°2. Me desagrada mencionar que esta pesca dio como
resultado una deuda.9 El disgusto estaba escrito en todos los ros-
tros; y temo que a mi alrededor comenzó a crecer la sospecha,
porque era posible (dada mi experiencia personal en estos mares),
de que hubiera indicado al joven amigo dónde debía dragar en
34
busca de deudas para aumentar la posibilidad de éxito. Pero
declaro fervientemente mi inocencia. Es verdad que sabía hacía
tiempo que esa zona del canal estaba infestada de deudas. Había
pasado muchas veces que buscando algún ensayo literario o
filosófico, en el curso de una hora, sólo sacara variados ejemplares
de deudas. Y había un vasto banco, que yo denominaba las
Arenas de Goodwin10 porque en la memoria del hombre nada se
pescó allí sino una infinita variedad de deudas –algunas grises por
la antigüedad, otras de un tinte neutro, algunas verdes y vivaces.
Pena fue lo que me inspiró ver a nuestro buzo sondear las aguas
en esa peligrosa vecindad. Pero ¿qué podía hacer? Si se lo hubie-
ra advertido, Porcia seguramente habría imaginado que en esa
región había un enorme lecho de ostras o de perlas; y con la
honestidad sólo habría conseguido una convicción unánime
sobre mi traición. Justo debajo del mismo lugar en el que se había
sumergido el buzo, descansaba, tan inmóvil como si estuviera
anclada, una deuda muy antigua. La edad no había suavizado la
atroz expresión de su rostro; por el contrario, la había hecho más
terrible otorgándole un color amarillento. El tamaño de este
monstruo era colosal, cerca de dos pies cuadrados; y en ocasio-
nes me imaginaba que, a pesar de su vejez extrema, su crecimiento
no había concluido. Lo conocía demasiado bien; porque cada vez
que revisaba esa región de la bañadera, buscando lo que fuese y
no encontrándolo, siempre tenía la certeza de que lo pescaría a ése
que no quería ver de nuevo nunca más. A veces, incluso, lo
encontraba bronceándose en la cima de todos los papeles; y me
asaltaba la idea, que puede parecer fantasiosa, de que, en deter-
minadas condiciones atmosféricas, salía a respirar. Pero esta vez
no estaba bronceándose en la superficie; hubiera sido lo mejor
para el Ateneo, pues en ese caso el joven habría sido cauteloso. Si
no estaba arriba, sin duda estaba abajo, y en el mismo centro de
la zambullida del buzo. Incapaz de controlar mis sentimientos,
grité: “¡Virar a estribor!” Pero Porcia protestó enérgicamente con-
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tra esta intervención de mi parte, por considerarla un evidente
acto de malicia. “Bien”, dije, “hagámoslo a tu manera: verás lo
que ocurre”.
N° 3. Está de más decir que pescamos al horrible y viejo tibu-
rón, según lo bautizara tiempo atrás: reconocí sus vastas propor-
ciones y su aspecto bilioso no bien comenzamos a sacarlo, pro-
cedimiento que insumió más tiempo esta vez. Porcia estaba eno-
jadísima porque había renunciado a su derecho de expresar enojo
cuando neutralizó mi juiciosa intervención. Y se puso aun más
enojada, pues, aunque yo lo lamentaba por el Ateneo, no pude evi-
tar reírme cuando vi al truculento y anciano criminal expandir sus
groseras dimensiones –todo esto ensombrecido por la demora y el
mal humor– ante los ojos de las perplejas damas; tan poderoso era
el contraste entre este Behemoth cetrino y las sonrosadas mejilli-
tas. Dicho sea de paso, el N° 2 había sido un ejemplar de la inti-
midación de pago delicada, que exhala sólo zafiros de reclamo y
persuasión; pero este N° 3 era un ejemplar de la especie opuesta,
el reclamo horrífico y gorgónico, que dispara grandes cañones de
amenaza. Como especímenes ideales en sus tipos, ¿no habrían teni-
do un valor para elmuseo del Ateneo, si tuviera un museo, o inclu-
so para su Album? Esto sugerí yo, pero fue denegado, como
todo lo demás que propuse; y con el argumento de que una gran
ciudad era un depósito demasiado vasto de deudas, nativas e indí-
genas, como para que hicieran falta ejemplares exóticos. Decidido
esto, apuramos la siguiente zambullida, la cual, siendo la última
por contrato, nos puso a todos nerviosos.
N°4. Ésta resultó ser, ¡ay!, un discurso dirigido a mí persona
por un amigo ultra-moralista; un discurso sobre la posterga-
ción; y no estaba mal escrito. Había temido que viniera algo de
esa índole; porque, en el momento de bajar, le grité al buzo:
“¡Vira a estribor! Estás yendo de cabeza a los Goodwins; en
treinta segundos naufragarás”. Ante esto, en una agonía de
terror, el buzo desvío el rumbo, pero, evidentemente, sin sos-
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pechar que había vastas estribaciones más allá de los Good-
wins, cardúmenes y bancos de arena, por donde era muerte
segura navegar sin tener conocimientos precisos de lo que ocul-
taba la superficie. Había llegado a un banco de arena ético.
“Sin embargo, después de todo, como ésta es la última pesca”,
dijo Porcia, “estando el discurso bien escrito, ¿no sería acepta-
ble para el Ateneo?” “Posiblemente”, repuse, “pero es muy per-
sonal. No podría permitir que se me expusiera en un libro como
un diletante por principio, a menos que el Ateneo agregara una
nota con su sello oficial en la que expresara completo desa-
cuerdo con la acusación, algo que por razones privadas pienso
que el Ateneo podría negarse a hacer.”
“Y bien,”, dijo Porcia, “dado que en forma arbitraria sustraes
al Ateneo la pesca N° 4, que por contrato es parte indudable de ese
cuerpo, estás en la obligación de concedernos una quinta zam-
bullida; en especial por haber sido tan tramposo en todo este asun-
to.” Con el tono de un hombre agraviado, grité, “¡Amigo Bolsa de
papas! ¿Escucharás en silencio esta acusación? Si, de mi parte, es
un crimen saber y, de la tuya, no saber dónde están los Goodwins,
entonces, ¿por qué no nos vamos al otro lado de esta habitación
y dejamos que Porcia trate de hacerlo mejor ella misma? Yo le con-
cedo la moción. Apruebo una quinta bajada: y sobre todo en vir-
tud del viejo dicho que afirma que los números impares traen suer-
te: numero deus impare gaudet11; sólo le pediré a Porcia que ofi-
cie de buzo en esta última oportunidad.” Las tres fiscales adqui-
rieron el rubor de rosas rojas ante este inesperado requerimiento.
Una cosa era criticar la actuación, pero otra muy distinta hacer-
se cargo de ella: y las bellas fiscales temieron por su reputación pro-
fesional. En secreto, sin embargo, le susurré a Bolsa de papas:
“Verás ahora que tales son el arte y la disposición femeninas que,
cualquiera sea el monstruo quepesquen, lo declararán un gran pre-
mio y se las ingeniarán para sacar algún uso de él que nos deje en
falta a nosotros”.
N° 5. Vibrantes, por lo tanto, eran las dudas, los miedos y
las expectativas de todos nosotros cuando Porcia estuvo “Pre-
parada para bajar” y luego bajó. Movió su mano y hurgó entre
los papeles cinco minutos completos. Cerré los ojos pensando
en desgracias anteriores; pero, estrictamente hablando, ella no
tenía derecho a “hurgar” más de un minuto. Ella alegó que,
por intuición, conocía en qué tipo de papel estaban escritas las
intimaciones de pago; y cualquiera fuera la cosa que sacara,
estaba decidida a evitar las deudas. “No te confíes”, dije; y al
fin, cuando pareció haber elegido, di la voz de mando habitual:
“¡Arriba!”.
“¿Qué es?”, dijimos; “¿Cuál es el premio?”, corriendo todos
hacia Porcia. ¡Oh, hermano, mi simpático lector! ¡Era una hoja
en blanco!
¿Nos reímos o lloramos? Yo, por mi parte, tenía miedo de
hacer cualquiera de las dos cosas. En verdad lo sentía por Por-
cia y, al mismo tiempo, por el Ateneo. Pero, ¡bendito seas, lec-
tor! No había tal llamado a la piedad para Porcia. Con la más
extrema frialdad –tan preparado estaba su ingenio para afron-
tar cualquier situación– dijo: “¡Oh! Ésta es la carte blanche12 para
registrar tus últimos pensamientos. Este es el papel en el que
tienes que escribir un ensayo para el Ateneo; y estamos, así,
facultados por la providencia para asegurar a nuestro cliente el
Ateneo algo expresamente manufacturado para la ocasión, y
no un viejo naufragio de los Goodwins. La Fortuna ama al Ate-
neo; y los cuatro intentos fallidos tenían el fin de fastidiar a esa
institución para incrementar el valor de su premio final.” “¡Ah,
por supuesto!”, dije en voz baja, “¡El fin de fastidiar! ¡Hay
otras damas, además de la Fortuna, que entienden esa pequeña
ciencia!” No era posible desobedecer a Porcia; por lo que me
puse a escribir un ensayo sobre Astrología. Pero antes de comen-
zar, miré a Bolsa de papas, susurrando solamente: “¿Ves? Te
dije lo que pasaría.”
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2. Astrología
Le pediré al Ateneo que acepte como contribución para su
Album una simple reflexión sobre este tema tan desprestigiado.
Respeto mucho la astrología; pero es curioso que mi respeto
por la ciencia haya derivado de mi desprecio por sus cultores –no
exactamente como una directa consecuencia lógica sino como
una sugerencia casual de ese desprecio. Creo en la Astrología
pero no en los astrólogos; en lo que a ellos respecta soy un infiel
incorregible. Permítanme referir, primero, la ocasión que dio
pie a mi reflexión astrológica; y luego, la reflexión misma.
Cuando tenía aproximadamente diecisiete años, vagaba a
pie por el norte de Gales. Durante un corto tiempo, mi centro
de operaciones (al cual volvía siempre luego de todos los reco-
rridos, fueran elípticos, circulares o en zig zag) fue Llangollen
en Denbighshire, o Rhuabon13, a sólo unas pocas millas. Un
día, una joven mujer casada, en cuya cabaña me habían recibi-
do muy hospitalariamente, me dijo que en la vecindad vivía un
astrólogo. “¿Cuál podría ser su nombre?” Era muy buen inglés
el que mi joven anfitriona había hablado hasta ese momento;
pero en este caso prefirió responderme en galés.Mochinahante fue
la breve respuesta. Me permito suponer que mi transcripción
de la palabra no resistirá la crítica galesa; pero ¿qué puede
esperarse del primer intento de un hombre con la ortografía
galesa?, la cual entonces era, y creo que lo es aún, un logro
muy raro en los seis distritos del norte de Gales14. Pero ¿qué sig-
nificabaMochinahante? Porque no hay diferencia entre que un
hombre sea anónimo o se llame a sí mismo X.Y.Z.15 y que ofrez-
ca una tarjeta de presentación con un nombre tan espantoso de
decir, tan torturante de pronunciar, tan imposible de deletrear
comoMochinahante. Que tenía un sentido traducible y que no
era un nombre propio sino un sobrenombre y, de hecho, un gra-
cioso sobriquet16, lo supe con certeza al observar que la joven
sonreía al pronunciarlo. Mi siguiente pregunta me reveló que este
monstruo de nombre pagano significaba Chancho en la caña-
da. Pero realmente, entre el monstruo original y esta interpre-
tación inglesa, casi no se podía elegir; de hecho, la interpreta-
ción, como suele pasar, resultaba la más difícil de comprender.
“Así es sin duda”, dice una dama que está junto a mi codo,
atormentada por una pasión tan poco femenina como la curio-
sidad; “sin duda, es mucho más difícil; pues Mochina no sé
cuánto podría, sabes, significar una cosa u otra, a pesar de lo que
tu o yo pudiéramos decir en su contra; pero con respecto a
Chancho en la cañada, ¡qué terrible disparate! ¡qué imposible
descripción de un astrólogo! Un hombre que, déjame ver, hace
alguna cosa con las estrellas: ¿cómo puede describírselo como
un chancho? Un chancho en cualquier sentido, entiendes; un
chancho en cualquier lugar. Pero, además, un Chancho en la
cañada, ¿por qué? En el caso de que efectivamente fuera un
chancho, debería ser un chancho en una cúpula o un chancho
en la cima de un monte, de modo que pudiera elevarse sobre los
vapores y la niebla. Ahora, te demando, adorable criatura, que
nos expliques en el acto este acertijo. Tú lo conoces; llegaste al
final del misterio; pero ninguna de nosotras, que estamos aquí
sentadas, puede adivinar el significado; nos enfermaremos si
nos haces esperar... Ya tengo un incipiente dolor de cabeza; dilo
entonces de una vez y evítanos esta tortura”.
¿Qué debo hacer? Debo explicarle este asunto al Ateneo;
pero si me detengo a desarrollar una explicación oral para uso
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privado de la dama, no quedará tiempo disponible para el correo
del pueblo, que no espera a ningún hombre y que es sordo inclu-
so a las quejas de las mujeres. A modo de compromiso, por lo
tanto, solicito a la dama que siga mi pluma con sus ojos radian-
tes, un medio por el cual obtendrá la explicación más pronta y
el alivio más rápido para su dolor de cabeza. Yo, por mi parte,
no divagaré y procuraré que mi respuesta sea tan parecida a
una respuesta telegráfica, en lo que atañe a la velocidad, como
una pluma metálica lo permite. Divido mi respuesta en dos par-
tes: la primera se ocupa de “en la cañada”; la segunda de “chan-
cho”. Mis investigaciones filosóficas y una visita al astrólogo me
proporcionaron una razón profunda para describirlo como en
la cañada: a saber que estaba en una cañada. Era el único ocu-
pante de un pequeño receso entre los montes y el único que
vivía en la casa; y era así tan completamente, que si alguna vez
se incubara una conspiración en la cañada, sería claro para mí
que Mochinahante estaría detrás de ella; si una guerra comen-
zara en esta cañada, Mochinachante sería el único combatien-
te; y si se impusiera en la cañada alguna contribución forzosa,
Mochinachante (¡pobre hombre!) debería pagar todo de su pro-
pio bolsillo. La dama me interrumpe en este punto para decir:
“Bueno, puedo entender eso; quedó bien claro. Pero deseo saber
sobre Chancho. Pasemos a Chancho. ¿Por qué Chancho? ¿Cómo
Chancho? ¿En qué sentido Chancho? No puedes tener, y lo
sabes, ninguna razón profunda para eso.”
Sí, la tengo, y una razónmuy profunda, capaz de satisfacer
a los filósofos más escépticos, a saber, que era un Chancho. Mi
hermosa anfitriona me presentó a ese intérprete de estrellas per-
sonalmente; pues yo estaba ansioso por conocer a un astrólogo
y en particular a uno que poseía, además de una profesión tan
rara, el blando cuestionamiento de un nombre tan significativo.
Habiendo contado con una oportunidad tan propicia para inves-
tigar la justeza de ese nombre,Mochinahante, aplicado al astró-
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logo de Denbighshire, me atrevo a declararlo incuestionable.
Había en su vestimenta un abandono y una decoloración anti-
gua o aerugo17 que bastaban para justificar el nombre; y en su
cara se depositaba esa herrumbre lúgubre (o lo que la numis-
mática denomina técnicamente patina) que tiene un valor tan ele-
vado cuando se encuentra en la cara acuñada de un príncipe
siriomacedónico sepultado por elpolvo hace largo tiempo, pero
que, ¡ay!, nada vale si se encuentra en la cara de carne y hueso
de un filósofo vivo. En términos humanos, se diría que el obser-
vador de estrellas necesitaba mucha agua y jabón; pero, en tér-
minos astrológicos, las aguas terrestres tal vez pudieran estro-
pear sus vigilias celestiales.
Mochinahante era bastante cortés; que un chancho, acci-
dentalmente, sea sucio, no implica que sea grosero; y luego de
hacerme sentar en su sillón de estado, comenzó su erudita tarea
interrogándome sobre el día y la hora de mi nacimiento. Sabía
el día con certidumbre; y con respecto a la hora dije lo que razo-
nablemente puede esperarse de quien, sin duda, no estaba miran-
do un cronómetro cuando el hecho aconteció. Establecidas estas
cuestiones, el astrólogo se retiró al cuarto vecino con el propó-
sito (me aseguró) de elaborar mi horóscopo científicamente;
pero a menos que descorchar botellas sea parte de ese proceso,
tendería a pensar que el gran hombre, en vez de velar por mis
intereses entre las estrellas y estudiar mi horóscopo, había esta-
do buscando consuelo para sí mismo en el licor envasado. Regre-
só en un lapso de media hora; con un aspecto más lúgubre, más
feroz, más mugroso (si la mugre permite este adjetivo), más
herrumbrado, o mejor dicho más patinoso (si la numismática me
presta el término), y mucho más necesitado de agua y jabón.
Tenía en su mano un papel con diagramas que contenía supues-
tamente un veloz apunte de mi horóscopo; pero por el tizne que
lo cubría, un visitante malicioso podría haber sugerido la posi-
bilidad de que lo hubiera empleado para otros clientes además
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de mí. Bajo el brazo llevaba un libro en folio que, según aseve-
ró, era un manuscrito de inefable antigüedad. A éste no quería
que lo viera; y antes de abrirlo, como si el libro y yo hubiéra-
mos sido dos reos en los tribunales, sospechados de pergeñar
alguna maldad conjunta (como la de atar un cohete a la peluca
del juez), nos separó uno de otro tanto como lo permitían las
dimensiones de la habitación. Concluidos estos actos solemnes,
quedamos todos listos –yo, el volúmen en folio y Chancho en la
cañada– para desempeñar nuestros papeles en la obra. Empezó
Mochinahante: inició sus declaraciones en tono circunspecto,
alegando, casi con lágrimas en los ojos, que si algo salía mal en
las próximas revelaciones, era por completo contra su voluntad;
que él era impotente y que no podía ser responsabilizado por par-
te alguna del mensaje desagradable que podría tener la desdicha
de transmitir. Yo me apresuré a asegurarle que era incapaz de
cometer esa injusticia; que de todo responsabilizaría a las estre-
llas; que por naturaleza, era muy tolerante; que cualquier leve
resentimiento que pudiera albergar en mí por uno o dos años,
estaría enteramente reservado para las constelaciones conspi-
rativas; y, por último, que estaba preparado para resistir sus
rayos más potentes. Chancho quedó complacido con mi sensa-
tez –advirtió que trataba con un filósofo– y, en un tono más
jovial, me explicó que mi “caso” estaba contenido en los dia-
gramas, místicamente; esos documentos tiznados realizaban, de
algún modo, preguntas al libro; y este libro –un libro de inefa-
ble antigüedad– era el que, en su condición de oráculo som-
brío, daba las inflexibles respuestas. Pero yo no debía enojarme
con el libro más que con él mismo, porque... “Claro que no”,
respondí, interrumpiéndolo; “el libro sólo dicta los sonidos que
están predeterminados por las claves en blanco y negro de los
diagramas tiznados y yo no podría enojarme con el libro, por-
que diga lo que concientemente cree verdadero, más que con una
botella de vino o de licor que se resista a darme sólo uno o dos
42
vasos del precioso brebaje que contiene, aunque yo quisiera
doce, padeciendo un olvido momentáneo, habitual hasta en las
mentes más brillantes, de que yo mismo, diez minutos antes,
me lo había bebido casi todo.” Esta comparación, que para un
crítico bien despierto podría parecer ligeramente malintencio-
nada, recibió la total aprobación de Chancho en la cañada. Evi-
dentemente creía que no existía ni podía ser concebido por la
mente del hombre un estado mental más dispuesto a recibir
noticias desastrosas que el que yo tenía entonces. Él experi-
mentaba un pathos intenso a causa de la botella de licor. Yome
encontraba en un estado de excitación intensa (pathos combi-
nado con horror) por la perspectiva del terrible discurso sobre
mi vida futura que estaba por caer en mis oídos, catapultado por
los diagramas tiznados, desde ese enorme libro de inefable anti-
güedad. Creo que entramos en conexión magnética. ¡Piensa en
eso, lector! ¡Chancho y yo en conexión magnética! ¡Haciéndo-
nos pases mutuos! ¿Qué habría sido de nosotros si de repente
nos hubiera dado por echarnos a caminar sonámbulos? Chan-
cho me habría dejado a mí su cañada; y yo habría lanzado a
Chancho a una vida errante por la cual la condición poco higié-
nica y patinosa del astrólogo habría sido descubierta ante los ojos
desconcertados de Cambria:
El bravo Gloster quedó espantado [o podría haber quedado]
en mudo trance.
¡A las armas!, gritó Mortimer [o, al menos, podría haber
gritado] y empuñó su lanza trepidante.18
Pero Chancho era mejor hombre de lo que aparentaba. No
cedió ni al magnetismo ni al licor envasado; en cambio empe-
zó a leer del libro negro con la entonación de voz más terrible
y, en términos generales, correctamente. Por cierto, cometió un
grave error: empezó en la mitad de la oración en lugar de hacer-
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lo por el principio; pero luego eso surtió un verdadero efecto líri-
co, además de que estaba disculpado por el licor envasado. Las
palabras de revelación profética con las que comenzó fueron
las siguientes: “también él [que era yo mismo, se entiende] será
pelirrojo.” “Eso sí que es una sorpresa”, dije en voz baja; “las
estrellas, parece, pueden mentir como las personas”. “Tam-
bién”, seguía Chancho sin parar, “tendrá veintisiete hijos”.
Demasiado horrorizado estaba por la noticia como para emitir
palabras de protesta. “También”, gritó Chancho con toda la
fuerza de su garganta, “los abandonará”. La cólera restauró mi
voz y exclamé: “Eso no es sólo una mentira de las estrellas sino
una calumnia; y si es lícito iniciar una acción contra las estre-
llas, deberán indemnizarme”. Sería vano incomodar al lector
con todas las profecías monstruosas que me leyó Chancho. Leía
con una furia pítica inquebrantable. Su voz era espantosa: espan-
tosas eran las acusaciones estelares en mi contra, cosas que iba
a hacer, cosas que debo hacer: espantosa fue la ira con la que
denuncié secretamente toda participación en los actos que estas
malignas estrellas me asignaban. Pero siempre me domina la
misma candorosa debilidad: cuando un hombre muestra con-
fianza y fe absoluta en cualquier agente o fuerza, carezco de
ánimo para desengañarlo o poner en evidencia su imbecilidad.
Chancho confiaba –¡oh, cuán enteramente!– en su libro negro
de inefable antigüedad. Demostrar que su libro era una estafa
y que él era otra, lo habría aniquilado en el acto. En conse-
cuencia, me resigné en silencio a pasar por el monstruo en que
Chancho, bajo presión de las estrellas, me había convertido, en
vez de alejarme con bronca de ese hombre solitario que, después
de todo, no era culpable, pues actuaba en representación minis-
terial y leía únicamente lo que las estrellas lo obligaban leer.
Me levanté sin decir una palabra, caminé hasta la mesa y pagué
la tarifa; pues éste es un hecho desagradable que debemos regis-
trar: los astrólogos no dan crédito ni descuentan nada por pagos
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en efectivo. Le di la mano a Mochinahante; intercambiamos
amables despedidas, el sonriéndome benignamente, en un com-
pleto olvido de que me acababa de lanzar a una vida de críme-
nes y tempestades; yo, en respuesta, diciendo secretamente,
como la mejor bendición que pude imaginar: “¡Oh, Chancho,
que los cielos envíen sobre tí su más selecta lluvia de jabones!”.
Cuando emergí al aire libre, le comenté a mi hermosa an-

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